CAPÍTULO 4 — La reina en pie de guerra
POV: Aurora
Salí de la oficina de Dante con el corazón latiéndole como un tambor de guerra.
El portazo resonó en el pasillo vacío, pero no tanto como el eco de sus palabras en mi cabeza: “Cuando estés lista para aceptar lo que los dos sentimos, aquí estaré.” ¿Qué demonios se creía?
¿Que porque me salvó una noche de borrachera y ahora era mi jefe, podía reclamarme como un trofeo?
No. Rechacé el calor que aún me quemaba entre las piernas, el recuerdo de su aliento cerca, su cuerpo a un suspiro de distancia.
No necesitaba otro hombre complicándome la vida.
Bastante tenía con Máximo y su maldita doble vida.
Ese era el fuego que me consumía de verdad: la traición, la boda planeada, la niña que llamaba “papi” al hombre que juró ser solo mío.
La noche se prolongó en un insomnio sin fin.
Las siluetas en el techo de mi habitación parecían danzar al ritmo de mis inquietudes, reflejando la tormenta interna que me consumía.
No logré descansar. No derramé lágrimas.
Simplemente reflexioné. Cuando el sol hizo su aparición, ya había tomado una determinación.
No lo dejaría ir tan fácil.
No importaba que me hubiera engañado. No importaba que hubiera otra mujer, otra familia.
Lo quiero destruir. Amo lo que Máximo representaba —nuestra vida, nuestra hija—, pero ahora lo odiaba con la misma intensidad.
Si el destino me llevó hasta este punto siguiendo sus pasos, ¿por qué debería rendirme?
Mi hija no crecería con un padre mentiroso que la visita en vacaciones.
Y esa amante… Frida Villarreal, la psicóloga “excepcional”, admirada y valorada.
Tal vez fue su elección. Pero yo… yo era superior.
Yo soy su esposa legítima, y eso pesa más que cualquier cosa.
Si Máximo pudo mantener una farsa durante años, yo también podría.
Pero la mía sería para desmantelarla todo.
Con esa firme resolución, me levanté de la cama y me dirigí a la ducha.
El agua fría impactó mi piel como pequeñas dagas heladas, pero no me preocupó.
Necesitaba estimular cada célula de mi ser, enfriar mis pensamientos.
Mientras el chorro me golpeaba, imaginé a Frida: rubia, sonriente en esa foto del artículo, con Máximo rodeándola como si fuera su reina.
¿Qué le dio ella que yo no? ¿Terapia gratuita para sus mentiras?
¿Una hija que no le recordaba sus obligaciones?
Me sequé con furia, decidida. Hoy empezaría a conocer a mi rival.
Vería qué la hace tan especial… y cómo arrebatárselo todo.
Me vestí con mayor esmero del habitual. Un atuendo sofisticado: falda lápiz negra que abrazaba mis curvas, blusa de seda roja como la sangre que quería derramar, tacones altos que resonaban como pasos de conquista.
Al mirarme en el espejo, no vi a una mujer traicionada. Vi a alguien lista para la batalla.
El trayecto hacia el trabajo fue una combinación de luces y sonidos.
Los rascacielos proyectaban sombras alargadas sobre las calles, y la brisa de Nueva York traía consigo el aroma del café recién hecho y del asfalto mojado.
Pero mi mente estaba en Frida. El artículo se había publicado hace tres días —el 20 de noviembre, como indicaba el borrador—.
Hoy, 23 de noviembre, el mundo ya sabía de su “boda del año” en Los Cabos.
¿Máximo habría leído las reacciones? ¿Frida estaría celebrando? Pronto lo averiguaría.
Al llegar a la oficina, Daniel me recibió en la entrada con dos cafés en la mano.
—Aurora, hoy pareces diferente —comentó con una sonrisa intrigante.
Levanté una ceja, forzando una compostura que no sentía del todo. El encuentro con Dante aún me tenía la piel erizada.
—¿Qué tonterías dices? Me arreglé igual que siempre.
—No es eso… —me observó con detenimiento—. Es tu expresión. Hay algo distinto en ti. Como si hubieras declarado una guerra.
No podía dejar que nadie percibiera lo que estaba sucediendo en mi mente. Sonreí levemente, como si todo estuviera bajo control.
—Debes estar imaginándolo. Pero gracias por el café.
Daniel me lo ofreció, aún con una mirada pensativa.
—Mi amigo quedó impresionado con tu corrección en el artículo. Mencionó que tienes un ojo crítico excepcional y que desearía contar con tu apoyo de vez en cuando. Por supuesto, te compensarían por ello.
Agradecí en silencio esta distracción. Si ocupaba mis días en compromisos laborales, no dejaría lugar para pensamientos que solo me harían sufrir.
Además, era la oportunidad perfecta: la revista de Daniel era la que publicaba sobre Frida.
Podía usarlo para obtener más información sin levantar sospechas.
—Es maravilloso. Me encantaría colaborar con una revista tan renombrada. ¿Sabes? Ese artículo sobre la psicóloga me impactó mucho. Frida Villarreal parece una mujer fascinante. ¿Tienes más detalles sobre ella? Quizás para un seguimiento editorial.
Daniel parpadeó, sorprendido.
—Claro, puedo pasarte su contacto si quieres. Es una gran profesional. ¿Por qué el interés?
—Solo curiosidad profesional —mentí con una sonrisa—. Me encanta apoyar causas humanitarias como la suya.
—Por supuesto. Y te agradezco por la oportunidad, Daniel.
Me di la vuelta y caminé hacia mi oficina con pasos firmes. Cada nueva tarea, cada documento que debía corregir, cada reunión que debía programar… todo serviría como distracción.
No reflexionaría sobre Dante y su mirada que me desnudaba.
No podría imaginar que, tras años de entrega absoluta, Máximo prefiriera seguir mintiendo a enfrentarme con su verdad. Podíamos haber ido a terapia, arreglado nuestro matrimonio… pero planear una boda cuando aún estamos casados. No. Ahora iba a conocer a mi rival, ver qué le dio ella.
Y me aseguraría de que la elegida fuera yo… para destruirlo todo.
Porque si Máximo iba a caer, caería por mi mano.
Y Frida Villarreal sería la primera en sentir el golpe.