CAPÍTULO 3
POV: Dante
Estaba en The Dead Rabbit, mi bar de siempre en el Financial District, con el tercer whisky en la mano y su perfume todavía clavado en la nariz. Dos putos días y aún podía olerla: vainilla, jazmín y rabia pura. Aurora Domínguez. El nombre me quemaba la lengua cada vez que lo pensaba.
Daniel llegó, se sentó y aceptó el vaso sin preguntar.
—¿Ya leyó el artículo? —pregunté sin preámbulos.
—Sí. Y está destrozada. ¿Por qué demonios se lo diste el primer día?
—Porque esa boda es el 25 de diciembre —dije con calma—. Y ella merece saberlo antes de que el cabrón le mande las invitaciones.
Daniel soltó una carcajada amarga.
—Te conozco desde hace quince años, Dante. Nunca te había visto obsesionado con nadie. ¿Por qué ella?
Me quedé callado un segundo, mirando el hielo girar en el vaso.
—Porque es la primera mujer que me miró a los ojos llorando… y aun así me pareció lo más fuerte que había visto en mi vida.
Daniel negó con la cabeza.
—Tiene hija, fideicomiso millonario, marido… Está casada, joder.
—Ese matrimonio es papel mojado —dije, y mi voz sonó más oscura de lo que pretendía—. Y cuando algo me pertenece, no hay anillo que valga.
Tres semanas después.
Sala de juntas, piso 42.
Entré y el silencio fue inmediato. Todos habían oído los rumores: el depredador que compró la editorial en una noche y echó al viejo CEO por la ventana (metafóricamente, por ahora).
Y entonces la vi.
De pie junto a la columna, vestido negro recto, sin mangas, hasta justo encima de la rodilla.
El tejido se le pegaba al cuerpo como una segunda piel cada vez que respiraba.
El cabello negro suelto, ondas perfectas que caían sobre sus hombros desnudos.
Labios rojos discretos, pero suficientes para que me imaginara cómo se verían hinchados después de besarla hasta perder el sentido.
Sentí que la sangre me bajaba directo a la entrepierna.
Tuve que apretar la mandíbula para no gruñir.
Di el discurso breve, frío, implacable. Aumentos, reestructuración, resultados. Aplausos.
Pero solo la miraba a ella.
Y ella me miraba a mí.
Y se sonrojó.
Perfecto.
Al terminar, le dije a Daniel al oído:
—Tráemela. Ahora.
Veinte minutos después.
Mi oficina. Paredes de cristal con vistas a todo Manhattan. Yo de pie junto a la ventana, de espaldas, esperando.
La puerta se abrió.
Entró. Cerró con cuidado. El clic del pestillo sonó como un disparo.
Me giré despacio.
—El bar del hotel —susurró, casi para sí misma.
—O la suite 4500 —corregí, voz baja.
Sus ojos verdes se abrieron un segundo. No sabía eso.
—Siéntese, señora Domínguez.
—No hace falta. Solo vengo a entregar el informe que pidió Daniel.
Se acercó al escritorio, dejó la carpeta y dio un paso atrás. Rápida. Siempre huyendo.
Me moví antes de que pudiera retroceder más. Dos pasos. La tuve a menos de un metro. Olía exactamente igual que aquella noche. Me estaba volviendo loco.
—¿Cómo se siente trabajando para el hombre al que le pidió que la follara hasta olvidar su nombre? —pregunté en voz tan baja que solo ella pudo oírlo.
Se quedó helada. El pulso le latía visible en el cuello.
—Aquella noche no cuenta —dijo con la voz temblorosa pero firme—. Estaba borracha. Destrozada. No era yo.
—Para mí fuiste lo más real que he tenido en años.
Di otro paso. Ahora estábamos tan cerca que podía ver el lunar justo encima de su clavícula izquierda. Quería morderlo.
—Señor Rivas…
—Dante —corregí—. Y si vuelves a decirme “señor Rivas” con esa boca, te juro que te doblo sobre este escritorio y te hago olvidar hasta cómo te llamas.
Sus labios se abrieron en un jadeo silencioso.
Vi cómo sus pezones se marcaban bajo la tela fina del vestido.
No llevaba sujetador.
Mierda.
Retrocedí un paso. Apenas. Me costó la vida.
—Tienes razón —dije, forzando la voz neutra—. Aquella noche no cuenta.
Pero esta sí.
Y cuando estés lista para aceptar lo que los dos sentimos, aquí estaré.
Ella tragó saliva, los ojos brillantes.
—No voy a traicionar mis votos.
—Tus votos ya los traicionó él —repliqué—. Y cuando decidas devolverle el golpe… quiero estar ahí para verlo.
Se dio la vuelta, abrió la puerta.
Antes de salir, sin mirarme:
—No va a pasar, Dante.
Cerró de un portazo.
Me quedé solo, respirando como si hubiera corrido una maratón.
Me ajusté la erección dolorosa dentro del pantalón y sonreí en la penumbra.
Miente fatal, preciosa.
Y yo tengo toda la paciencia del mundo. Pero no mucha. Porque cuando Aurora Domínguez decida quemar su matrimonio… yo voy a ser la gasolina. Y el fuego.