CAPÍTULO 2
POV: Aurora
Desperté con un dolor de cabeza que parecía un martillo golpeando mis sienes.
La habitación era desconocida: techos altos, cortinas pesadas que filtraban la luz del amanecer neoyorquino, una cama king size que podría tragarse a tres personas.
Parpadeé confundida, y entonces lo noté: aún llevaba puesto mi vestido negro de anoche, arrugado pero intacto.
Gracias a Dios, no había hecho nada irreversible.
O al menos, eso esperaba. Me maldije en silencio mientras me incorporaba.
¿Cómo había sido tan estúpida? Media botella de tequila en un bar de hotel, contándole mi vida a un desconocido.
El alcohol nunca había sido mi amigo, y anoche lo había convertido en mi peor enemigo.
Me arrastré hasta el baño, mis pies descalzos sobre la alfombra mullida, y abrí la ducha con agua fría como castigo.
Bajo el chorro helado, los recuerdos volvieron sin piedad.
Máximo saliendo del edificio con esa rubia colgada del brazo.
La niña en sus brazos, llamándolo “papi”.
El beso apasionado contra el Bentley. Mi mundo derrumbándose en Park Avenue.
Lloré en silencio, las lágrimas mezclándose con el agua, mi cuerpo temblando no solo por el frío.
Quince años de matrimonio, una hija en común, y él tenía una familia paralela.
¿Cómo no lo vi venir? ¿Cómo fui tan ciega?
Pero no solo recordaba la traición. También al desconocido del bar.
Alto, ojos negros, voz grave. Le había contado todo, y peor aún, le había pedido que pasara la noche conmigo.
“Fóllame”, le dije. Dios, qué vergüenza.
Otra tontería más bajo la influencia del alcohol.
Me enjaboné con furia, como si pudiera lavar el bochorno.
Salí de la ducha, me sequé y me vestí de nuevo con el mismo vestido arrugado.
Tenía que salir de allí, pagar la cuenta y volver a casa.
Tenía mucho que organizar: qué decirle a Valeria, cómo confrontar a Máximo, si divorciarme o intentar salvar lo insalvable.
Mi mente era un torbellino, pero lo primero era lo primero.
Bajé a la recepción del Lotte New York Palace, el lobby reluciente como si nada hubiera pasado. Saqué mi tarjeta de crédito, lista para pagar la suite y olvidar la noche.
—Buenos días, señora. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó la recepcionista con una sonrisa profesional.
—Quiero pagar la cuenta de la suite 4500.
Ella tecleó algo en su computadora y negó con la cabeza.
—Ya está pagada, señora. Y le dejaron una nota.
Tomé el papel con desconfianza, mis dedos temblando ligeramente. Lo abrí:
“Espero verte pronto, Aurora. Y deseo que en nuestro próximo encuentro tu propuesta siga en pie. Dante Rivas.”
Mi rostro se sonrojó al instante. Dante Rivas.
Ese era su nombre. Recordé mi osadía, cómo le había pedido sexo a un completo desconocido.
“Ojalá no me lo vuelva a cruzar o moriré de vergüenza”, me dije mientras guardaba la nota en mi bolso.
Salí del hotel, el aire fresco de octubre golpeándome la cara, y revisé mi teléfono por primera vez.
Tenía un mensaje de Máximo. Ni siquiera se había dignado a llamar. Solo un texto breve:
“Amor, estoy muy ocupado con los despachos del pedido para Asia. Estaré en casa en 3 semanas. Te amo. Máximo.”
Lancé el teléfono contra el asiento del taxi con rabia, el aparato rebotando inofensivamente. El maldito era el rey del engaño. ¿En casa? ¿Qué casa? ¿La nuestra en México o la de su rubia en Park Avenue? Pero ya vería. Ya vería lo que era capaz de hacer una mujer herida.
* * *
* * *
Llegué al pent-house que había comprado en el Upper East Side —supuestamente para comenzar nuestra nueva vida juntos en Nueva York— y lo primero que me recibió fue el olor a mole recién hecho.
Aromático, picante, reconfortante. Entré a la cocina, donde Rosa, mi nana y ahora la niñera de Valeria, removía la olla con una cuchara de madera.
—Rosa, qué rico huele —dije, forzando una sonrisa.
Ella se giró, su rostro redondo iluminándose.
—Como no viniste a dormir, pensé que vendrías con el señor Máximo. Le estoy preparando su comida preferida.
—Ay, Rosa, si supieras…
—No me asustes, mi niña. ¿No me digas que le pasó algo a tu esposo?
—No, nada de eso.
Pensé en contarle la verdad. Rosa era más que una empleada; prácticamente me había criado después de que mi madre muriera joven. Era familia. Pero aún no sabía qué hacer con la noticia de la infidelidad de Máximo. ¿Decírselo a ella? ¿A Valeria? Guardé silencio, el nudo en la garganta apretándose.
—No pasó nada. Máximo no está en la ciudad; al parecer está visitando las fábricas. Así que ese mole nos lo tendremos que comer nosotras. ¿Dónde está Valeria?
—Aún duerme. Se quedó esperándote hasta tarde. Está muy emocionada por ver a su padre.
—Voy a cambiarme. Despiértala; almorzaremos apenas esté lista.
* * *
* * *
Al día siguiente.
No puede dormir bien, aún estoy confundida, una parte de mi quiere luchar por él, pero la otra quiere matarlo.
Pero afortunadamente era mi primer dia en la nueva cede y podría dejar de pensar al menos por unas horas.
El edificio de la sede central de Vesper & Blackwell en Nueva York me dejó sin aliento.
Un rascacielos antiguo en el corazón de Manhattan, con ventanales que capturaban el bullicio constante de la ciudad.
Era un mundo muy diferente a la sede de México: más caótico, más vivo.
Apenas crucé las puertas giratorias, sentí la diferencia.
Pasillos amplios, escritorios ocupados por gente hablando por teléfono o tecleando sin parar.
El ritmo era acelerado, exigente, desafiante.
Justo lo que necesitaba para no pensar en Máximo.
Subí en el ascensor hasta el vigésimo tercer piso y, al salir, una joven de cabello oscuro y sonrisa radiante me recibió.
—¿Eres Aurora, verdad? Soy Nora, tu asistente. —Su voz desbordaba energía.
Le sonreí de vuelta.
—Un placer conocerte, Nora.
Desde el primer momento, me recordó a mí misma a los veinte: llena de ilusiones, dispuesta a todo por su carrera.
—Ven, quiero presentarte a todos.
Me guio por la oficina, presentándome a mis nuevos colegas.
Cada uno tenía su propia personalidad, pero todos compartían una pasión inquebrantable por los libros.
Conocí a Daniel, el director de la sede, un hombre de unos cincuenta años, cabello entrecano y porte imponente, aunque su trato era cálido.
—Te doy la bienvenida, Aurora. Estamos muy entusiasmados de tenerte aquí.
—Es un placer para mí, Daniel.
Más tarde, Olivia, una editora con estilo impecable y mirada perspicaz.
—Si sobrevives la primera semana aquí, entonces realmente tienes talento —comentó con humor.
Reí con ella, aunque su broma me hizo notar el nivel de exigencia. También Alex, el diseñador editorial con sentido del humor contagioso, y Paul, el jefe de ventas, quien me advirtió: “Aquí todo avanza rápido, así que espero que disfrutes de la velocidad”.
Era un equipo diferente al que conocía, pero las interacciones me resultaban agradables.
Me informaron que el nuevo dueño llegaría en semanas.
Nadie en la sede lo había visto en persona todavía: la noticia se dio por mail interno, y la presentación oficial estaba programada para dentro de tres semanas.
Dicen que es temido en el sector: compró el 51% de la editorial en una operación hostil, desplazó al viejo CEO y ahora dirige con mano de hierro.
Frío, implacable, adicto al control… y peligrosamente atractivo.
Solo espero que no sea un problema. Ahora más que nunca necesito trabajar para no pensar en él.
Estaba por salir cuando Daniel entró a mi oficina.
—Aurora, sé que ya casi es hora de salir. ¿Tienes un momento?
—Claro, cuéntame.
—Me gustaría que leyeras un artículo antes de su publicación. Es de un amigo mío, propietario de una revista muy reconocida. Necesita una segunda opinión editorial antes de mandarlo a imprenta.
—Por supuesto, estaré encantada de ayudar.
Me entregó un sobre con varios documentos.
Aunque no era mi tarea directa, quería mostrar mi dedicación, era mi primer día aquí, tal vez me quiere probar y no pienso decepcionarlo.
Me senté en mi escritorio, saqué los papeles y empecé a leer.
El artículo trataba sobre una psicóloga que ofrecía apoyo sin costo a niños liberados de los cárteles mexicanos.
Una historia conmovedora, bien elaborada, que resaltaba el trabajo humanitario de esta mujer y el incondicional respaldo de su familia.
Sin embargo, al llegar a las fotografías que acompañaban el artículo…
Todo se detuvo. Tres personas sonreían frente a la cámara: una imagen de felicidad y amor, una familia ideal.
Frida Villarreal. Y ahí estaba él. Máximo.
De pie, con su brazo alrededor de la mujer que el artículo presentaba como su prometida.
Mis ojos recorrieron la imagen con ansiedad: él sostenía a la niña, la misma niña que había visto esa noche fatídica.
El artículo describía la vida de la mujer, y en la entrevista ella hablaba de su increíble prometido y que pensaban casarse este año, en el cumpleaños número cuatro de su hija, pues lo habían pospuesto debido a los compromisos de ambos.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Leí la entrevista completa con las manos temblando.
Frida hablaba de su “increíble prometido”, de cómo habían pospuesto la boda hasta el cuarto cumpleaños de su hija porque “ambos teníamos compromisos laborales muy demandantes”.
Decía que su futuro esposo era “un hombre entregado a su familia, que había estado viajando mucho por la expansión de su empresa, pero que pronto todo eso terminaría”.
Pronto todo eso terminaría… porque pensaba dejarme a mí.
Cerré los ojos un segundo y respiré hondo.
Cuando los abrí, bajé hasta el pie de página del artículo.
Y ahí estaba la fecha de publicación programada:
20 de noviembre de 2025.
Dentro de dos días.
Y debajo, en letra pequeña, el titular que me atravesó el pecho como una bala:
«La boda del año en Los Cabos: el empresario Máximo Torres y la psicóloga Frida Villarreal se casarán en una ceremonia íntima el próximo 25 de diciembre, coincidiendo con el cuarto cumpleaños de su hija Emma.»
25 de diciembre. El día de Navidad. El mismo día en que Máximo y yo nos casamos hace quince años.
Sentí que me faltaba el aire. El muy hijo de puta no solo tenía otra familia.
Iba a repetir nuestra fecha exacta con ella.
Me quedé mirando la foto, las lágrimas quemándome los ojos, pero sin caer.
Traicionada. Herida hasta el alma. Y lo peor: una parte de mí aún creía que era mi culpa.
Si hubiera sido más atenta, si lo hubiera acompañado en esos viajes, si no hubiera priorizado mi carrera… tal vez nada de esto habría pasado.
Tal vez aún seríamos felices. Pero no. No iba a dejar que esa boda pasara.
No después de todo lo que le di.
No después de quince años.
Una idea descabellada se cruzó por mi mente, como un relámpago en la tormenta.
Debo conocer a la amante de mi esposo. Saber quién es Frida Villarreal de verdad.
Qué tiene ella que yo no. Y cómo destruirla antes de que me destruya a mí.
Porque si Máximo iba a caer, iba a caer conmigo. Y yo iba a ser quien lo empujara.