DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 1
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DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO

DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO

Por CINTHIA VANESSA BARROS FREILE

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Aurora Domínguez llevaba años tragándose la soledad.

Cada viaje de Máximo era una promesa y una rotura más en su paciencia.

Esta vez, sin embargo, decidió que ya no esperaría más.

Si él no volvía a ella… ella iría a él. Pidió traslado en el trabajo, cambió de escuela a su hija, empacó toda su vida sin contarle nada y, justo cuando su esposo le aseguró que estaría un mes fuera por la apertura de la nueva sede, se trasladó a Nueva York con la esperanza ingenua de recuperar su matrimonio, un matrimonio que, en el fondo, ya estaba muerto.

Aurora Domínguez bajó del taxi con el corazón latiéndole en la garganta.

La noche anterior, Máximo le había jurado por teléfono, con esa voz ronca que todavía la hacía temblar:

«Un mes más, amor. Solo un mes y vuelvo a casa para siempre».

Mentira.

Lo vio salir del edificio de Torres Luxury Motors en la calle 57 a las 6:14 p.m. exactas.

Abrigo camel que ella le regaló en Navidad—, sonrisa de hombre que lo tiene todo controlado.

Pero no iba solo.

Una rubia de piernas interminables se aferraba a su brazo derecho como si le perteneciera desde siempre. Y en el izquierdo cargaba a una niña de apenas cuatro años que gritaba emocionada:

—¡Papi, papi, más rápido!

La niña tenía los ojos grises de Máximo. El mismo hoyuelo en la barbilla. El mismo cabello oscuro con reflejos castaños.

Aurora sintió que el mundo se le caía encima en cámara lenta.

Quiso bajar, gritar, arañarle la cara a la rubia, arrancarle a la niña de los brazos… pero no pudo moverse.

—Señora… ¿está bien? —preguntó el taxista, un dominicano mayor con bigote canoso.

—Siga ese Bentley negro —susurró Aurora, la voz rota—. Por favor.

Veinte minutos después, Park Avenue. Un edificio de cristal y acero que gritaba dinero viejo y nuevo a la vez. El portero saludó a Máximo por su nombre.

Máximo bajó del auto, rodeó el capó con esa elegancia que la había enamorado quince años atrás, abrió la puerta del copiloto y sacó a la rubia.

La besó contra el Bentley como si el mundo fuera a acabarse esa noche. Un beso sucio, profundo, de lengua y manos bajo la ropa. De los que Aurora ya no recordaba.

Eso fue todo. No quiso ver más.

—Lléveme a cualquier sitio donde sirvan alcohol del bueno —dijo, apenas audible—. Ahora.

El taxista la miró por el retrovisor, vio las lágrimas silenciosas y entendió todo sin preguntar.

Diez minutos después la dejó frente al Lotte New York Palace.

Aurora entró tambaleándose sobre sus Louboutins negros, se sentó en la barra de mármol del bar aun con las lágrimas saliéndole sin control, pidió con voz temblorosa:

—Don Julio 1942. La botella entera. Y no me hable.

El barman sirvió sin discutir.

Tres vasos después, la elegante directora editorial que había aterrizado esa mañana en el JFK ya no existía. Solo quedaba una mujer rota que se preguntaba en voz baja en qué había fallado.

Tal vez si no hubiera aceptado el puesto de directora.

Tal vez si hubiera dejado de trabajar y se hubiera dedicado solo a él, como Máximo siempre quiso.

Tal vez si lo hubiera acompañado a todos esos “viajes de negocios” a Nueva York…Ahora sabía por qué nunca la invitó.

Llevaba media botella cuando alguien se sentó a su lado. Sin pedir permiso. Una presencia oscura, magnética, que olía a perfume caro y a peligro puro.

—Tómatelo con calma, preciosa. Ese tequila es para saborearlo, no para ahogarte en él.

Aurora alzó la vista, dispuesta a mandarlo al diablo.

Y se quedó sin aire.

El hombre era alto —muy alto—, traje negro impecable, camisa negra abierta en el primer botón, piel morena, ojos negros que absorbían la luz.

Una cicatriz fina le cruzaba la ceja izquierda como una firma.

Voz grave, con un acento que no lograba ubicar del todo…

algo entre español peninsular y algo más salvaje.

—No necesito consejos de extraños —dijo ella, sirviéndose otro trago.

Pero el alcohol ya había hecho estragos en ella, miro al hombre como si lo conociera de toda la vida, se tomó otro trago y se lo contó todo.

La traición. La niña. El traslado secreto.

Que era directora editorial de Vesper & Blackwell para Latinoamérica.

Que tenía un fideicomiso millonario que heredó de su familia, pero que Máximo lo administraba todo “porque él entiende mejor de inversiones”.

El desconocido escuchó en silencio. Sin interrumpir. Sin falsa compasión.

Cuando Aurora terminó, él habló con una calma que helaba la sangre:

—Divórciate mañana mismo. Y cuando lo hagas, asegúrate de que le duela donde más le duele: en el orgullo y en el bolsillo. Ese hijo de puta no merece ni una de tus lágrimas.

Aurora soltó una risa amarga que sonó a llanto.

—¿Y qué sabes tú de quince años de matrimonio? ¿De una hija que mañana va a enterarse de que tiene una hermanita secreta?

Él la miró fijo, sin parpadear.

—Sé que yo mataría por una mujer capaz de amar tan intensamente y llorar por amor después de quince años.

Algo se encendió dentro de Aurora. Rabia. Dolor. Y una chispa de deseo que creyó extinguida para siempre. El bar estaba semivacío, pero con música latina de fondo —un bolero suave con toques de jazz— empezó a sonar más fuerte. El desconocido se levantó y extendió la mano.

—Baila conmigo. Solo una canción. Para que olvides un rato.

Aurora dudó, el tequila nublando su juicio. Pero tomó su mano. Grande, cálida, fuerte.

La llevó a la pista improvisada entre las mesas.

La pegó a su cuerpo con una mano en la cintura, la otra entrelazada.

Era alto, 1.93 de músculo puro, y ella se sintió pequeña, envuelta en él.

Sus caderas se movieron al ritmo lento, rozándose apenas, pero lo suficiente para que un calor traicionero le subiera por el vientre.

Su aliento le rozó el oído.

—Eres hermosa cuando te sonrojas—susurró—. Tus ojos verdes me están matando.

Aurora levantó la vista, sus labios a centímetros de los de él. El roce de sus cuerpos era eléctrico, prohibido. Sintió su erección contra su muslo y un jadeo se le escapó.

—No hagas esto —murmuró, pero no se apartó.

Él sonrió satisfecho.

—¿Qué? ¿Recordarte que eres deseable?

El baile duró una eternidad y un instante. Cuando la canción terminó, Aurora estaba temblando, el deseo reprimido mezclándose con la rabia.

—Quiero pagarle con la misma moneda… —susurró, temblando—. ¿Pasarías la noche conmigo?

El hombre la miró sorprendido. Luego negó despacio.

—No me aprovecho de mujeres borrachas. Si voy a tenerte, quiero que estés consciente.

Ella bajó la mirada, rota.

—Ni para vengarme sirvo… —susurró—. Soy tan poca cosa…

Él le tomó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo directo a los ojos.

—No digas eso —él tomó su rostro con suavidad, obligándola a mirarlo—. Eres hermosa. Esos ojos verdes… me hicieron venir hasta aquí. Ese cabello negro… esa fuerza que aún tienes pese a estar quebrándote. No es poca cosa. Eres extraordinaria.

Hizo una pausa. Su pulgar rozó apenas el labio inferior de ella, enviando una descarga por su espina dorsal.

—Sube conmigo. Te duchas, duermes la borrachera y mañana decides si sigues queriendo venganza…

o algo mucho más interesante.

Aurora, tambaleándose, aceptó. Subieron en el ascensor privado hasta la suite 4500.

Él la dejó sobre la cama king size, fue al baño, abrió la ducha.

Cuando regresó, Aurora ya estaba profundamente dormida, el vestido de seda negro subido hasta los muslos, el rímel corrido como lágrimas negras.

Él sonrió en la penumbra.

Sacó su teléfono.

—Luca —dijo en voz muy baja—. Quiero todo sobre ella.

Nombre completo: Aurora Domínguez de Torres. Llegó hoy desde Ciudad de México, quiero saberlo todo. Dirección del apartamento que alquiló, movimientos financieros del marido… y todo lo que tenga que ver con Vesper & Blackwell. Me lo das antes de las seis de la mañana.

Colgó.

Se quitó la chaqueta, se sirvió un whisky y se sentó en el sillón de cuero frente a la cama.

Observó a la mujer que dormía plácidamente, ajena a la tormenta que se avecinaba.