Capítulo 44
THEA
El corazón de Thea amenazaba con explotarle en el pecho. Fuera lo que fuese que estaba ocurriendo, estaba mal, terriblemente mal. ¿Qué hacía el ejército de Artos acampado en las afueras del bosque? ¿Por qué Torj volvía a decir que Wilder era un traidor? ¿Dónde estaba?
Pero Thea no pudo por menos que asentir por instinto.
—Gracias —susurró.
El rey Artos empujó a Torj y la estrechó en un largo y firme abrazo, como una hija a la que hacía tiempo que no veía.
—Mi querida Althea. ¡No dejas de triunfar una y otra vez! Estoy muy orgulloso de ti.
Thea recordaba un tiempo lejano en el que aquellas palabras le habrían calentado el corazón de la misma forma en la que la habilidad empática de Artos intentaba quebrar su exterior en esos instantes con un estallido de calor.
Pero Thea se había convertido en una espadachina y sabía el canalla y traidor que era el rey en realidad.
Le había salvado la vida dos veces y el daño que había hecho Artos con esas nuevas oportunidades era imperdonable.
Una lección de hacía tiempo volvió a ella de pronto.
«La primera lección que te dan al ser un guerrero de Thezmarr es esta —le había dicho Wilder—: debes saber que tus acciones tienen consecuencias.
Algunas más que otras. Y esas consecuencias las acarrearás contigo el resto de tu vida. ¿Me has entendido?».
Y tanto que lo entendía. Artos Fairmoore había tomado sus dones y había escupido en la cara de todo lo que Thea llegó a defender. La espadachina era consciente de que no le quedaba mucho tiempo en el mundo, pero iba a acabar con él antes de que se terminaran sus días.
Aun así, mostró una sonrisa en su rostro.
—Gracias a la fe que tenéis en mí, señor —dijo con calma.
Junto a Artos, vio que Torj se relajaba. «Luego», le transmitió con los labios.
El rey le dio una palmada en la espalda antes de apartarse para mirarla de arriba abajo de nuevo.
—Jasira estará encantada. Has hecho historia, Althea. Tu nombre se recordará dentro de siglos: la primera mujer espadachina desde las mismísimas furias originales.
—Es una victoria para las mujeres de los mediorreinos, majestad —replicó llevándose una mano al corazón y haciendo una reverencia—. Esperemos que Thezmarr permita que, a partir de ahora, cualquier chica de los tres reinos pueda empuñar armas y entrenar como escudera.
—Claro, claro —repuso el rey, aunque parecía tener la atención puesta en otra cosa.
—Disculpadme, señor... En el Gran Rito, el tiempo no transcurre del mismo modo. ¿Os importaría decirme... cuánto hace que llegasteis aquí?
—Me hago una idea de los terrores que has padecido, querida. —La empatía demudó el semblante del rey—. Han pasado cinco días desde que acampamos en estas tierras.
Thea tuvo que echar mano de todo su entrenamiento y fuerza de voluntad para mostrarse impertérrita.
—Gracias.
—No hay de qué.
Se le revolvieron las tripas al detectar el matiz empalagoso que edulcoraba la voz del rey.
—¿Y qué ha sido de mi prisionero? ¿Se ha fijado ya la fecha para su juicio?
—¿Juicio? —le preguntó el rey Artos, sorprendido—. Querida, después de los horribles acontecimientos del eclipse de luna ardiente, los gobernantes decidimos que no habría ningún juicio.
Thea contuvo las ganas de doblarse por la mitad al notar cómo se quedaba sin aire.
—¿No habrá juicio?
—De ninguna manera. En cuanto lo capturamos, lo enviamos a la Torre Escarlata.
Thea se tambaleó. Todo su cuerpo se desmoronaba bajo el peso de las palabras de su enemigo.
«¿Qué sabes de la Torre Escarlata?».
«Lo suficiente... Sé lo suficiente de ese lugar como para decir que yo también habría elegido la muerte».
Había sido una de las primeras conversaciones que había mantenido con Wilder, cuando él hizo gala de arrogancia e irascibilidad. Pensar que el guerrero estaba allí...
—Señor, ¿me permitís que os sugiera que dejemos retirarse a la espadachina Zoltaire? —intervino Torj, cuya presencia estoica calmó a Thea y le recordó que no debía perder los estribos—. El Gran Rito... exige mucho a los participantes. Necesita recuperarse...
—Por supuesto, por supuesto. —El rey Artos le dedicó un aspaviento antes de dirigirse directamente a Thea—. Cuentas con nuestro agradecimiento más sincero, Althea. Gracias a ti, el traidor está donde le corresponde.
—Os doy mi palabra como espadachina, señor: se hará justicia. —Thea se puso tensa.
—Oh, no me cabe ninguna duda. —El rey Artos sonreía de oreja a oreja—. Se te ha asignado un alojamiento apropiado...
—Me temo que no puedo quedarme, majestad —lo interrumpió armándose de valor.
—Pero ¡debes descansar! —dijo extrañado el rey—. El propio Elderbrock...
—Me han aconsejado que me dé prisa en llegar a Tver, señor, para capturar a un semental. Voy a necesitar uno para la guerra que se avecina.
El rey puso cara de querer oponerse, pero algo se lo impidió.
—Si esa es la voluntad de las furias, no puedo oponerme.
—Así es, majestad. —Thea agachó la cabeza.
—Muy bien, Althea. Llévate uno de nuestros mejores capones. Insisto. Mándame un mensaje cuando te hayas apoderado de tu caballo de guerra. Los mediorreinos todavía te van a necesitar.
—Por supuesto, señor. Estoy aquí para servir. —Thea agachó la cabeza por última vez antes de dejar al oscuro rey de los mediorreinos tras de sí, con silenciosas promesas de venganza en los labios.
Primero se hizo con un capón, ya ensillado y listo. Luego, fue a buscar a Torj.
—Espadachín Elderbrock, ¿a lo mejor me podrías decir dónde se hallan las tierras de las manadas tverrenses?
Torj asintió y echó a caminar con ella lejos del campamento de guerra, de regreso al margen del camino, con el caballo castrado siguiéndolos.
—¿Qué narices ha ocurrido? —le preguntó Thea en cuanto ya nadie podía oírlos.
—Estaba herido...
—¿Herido? Cuando lo dejé, estaba bien.
—Veneno de aracne. Al final lo incapacitó completamente.
Thea apenas podía respirar.
—Pero ¿está vivo?
—Está vivo... —respondió Torj lentamente, pero el dolor que le surcaba el rostro le contó el destino que aguardaba a su espadachín—. Para cuando Dax vino y me trajo, Artos ya lo había atrapado.
—¿Dax?
—Así es como nos hemos estado comunicando entre los distintos grupos. También con Terrence. Dax me trajo hasta aquí. Pero, como te he dicho, ya era demasiado tarde.
«—Ese sitio es la encarnación de todos los horrores imaginables —les había contado a Thea y a los demás a bordo del Voluntad de las Furias
en otra vida—. Cualquiera en su sano juicio preferiría morir que pisar esa isla.
—¿Nadie ha vuelto de allí? —le preguntó Kipp.
—No —contestó Wilder».
Thea no podía aplacar el martilleo del pecho ni la urgencia por invocar una tormenta que cayera sobre todos ellos al mirar al Asesino de Osos.
—¿Lo encontraste tú aquí?
—No. —Torj negó con la cabeza—. Ya lo habían apresado. —Dio unos cuantos pasos antes de señalar hacia un ancho roble—. Él mismo se encadenó a este árbol. Debió de verlos llegar. Quiso simular que tú lo habías capturado antes de iniciar el Gran Rito.
Thea contuvo el sollozo que le subía por la garganta al agacharse ante el roble y darse cuenta de las huellas de botas del suelo. Pero hubo algo que llamó su atención.
Se acercó más al árbol y se le paró el corazón al ver algo tallado en el tronco.
Un mensaje para ella.
Un relámpago.
Tras coger los mangos de su flamante espada y del puñal de Malik, con el ligero zumbido del acero naarviano que hacía las veces del único consuelo que podían ofrecerle las furias, Thea se levantó.
Se aferró al trueno que rugía en su interior y a la magia de las tormentas que le recorría las venas mientras se giraba hacia Torj.
—¿Y bien? —le soltó con la voz dura como el hierro.
Torj le entregó una bolsa con provisiones y señaló hacia el camino.
—Si sigues este sendero hasta que rompa el alba mañana, llegarás a una encrucijada. El primer camino te conducirá hasta Tver. Por ahí alcanzarás los valles donde viven los sementales.
—¿Y el segundo camino?
—Te llevará al oeste, muy al oeste, hasta encontrarte con el mar.
—Gracias. —Thea asintió.
—Si quieres, te acompaño...
Thea negó con la cabeza. Tenía claro como el agua el rumbo que debía tomar.
—Si no estás en Thezmarr, tu lugar está junto al rey oscuro. Necesitamos que alguien esté cerca de él en todo momento. Cuando llegue el momento, vamos a necesitar la información que hayáis recabado.
—¿Qué vas a hacer tú? —le preguntó Torj con recelo en los ojos.
—Cumpliré mi deber con los mediorreinos —respondió Thea. Encajó la bota en el estribo y montó sobre su caballo.
—En ese caso, te deseo buena suerte, espadachina.
—Lo mismo digo, Asesino de Osos —contestó antes de presionar el lomo del capón con los talones.
Levantando nieve a su paso, Thea no miró atrás cuando su caballo comenzó a galopar. Arrimó el cuerpo a la crin del capón y se sujetó fuerte ante el viento gélido que los azotaba. Mantuvo la vista clavada al frente, ansiosa por que rompiera el alba.
Conforme Althea Embervale cabalgaba por los mediorreinos, convirtiendo las tierras por las que pasaba en un mero borrón, sintió la fuerza proporcionada por las furias en el cuerpo y en el corazón.
Sintió también la incesante presencia de la magia de las tormentas, que se gestaba bajo la superficie, a la espera de ser liberada sobre sus enemigos.
Galopó incansablemente por encima de hielo y nieve. Las horas no significaban nada para ella, no eran más que las horas que Wilder Hawthorne debía de estar sufriendo. Intentó controlar esos pensamientos, pero le resultaba imposible.
La única distracción era el batir ocasional de alas desde arriba, donde apareció el halcón Terrence, planeando bajo la luz de la luna. Thea halló cierto consuelo en la sigilosa presencia del ave.
El alba llegó demasiado tarde para su gusto.
Una esfera de color rojo sangre se alzaba en el horizonte y derramaba tonos fulgurantes por el cielo cuando Thea alcanzó la encrucijada del camino.
En otra vida, había cabalgado por los valles de Tver al lado de Wilder.