Capítulo 43 #2
Todos sus propios títulos se reprodujeron en su mente. «Thea. Althea la de las Nueve Vidas. Althea Zoltaire. Althea Embervale. Escudera. Guardiana. Asesina de espectros. Sombra de la Muerte. Espadachina. Heredera».
—Porque los nombres denotan poder —repuso— y porque las mujeres cuya voluntad está grabada en la historia merecen que tallen sus nombres también.
Las furias intercambiaron una mirada entre sí para mantener una conversación antes de que la tercera diera un paso adelante.
—¿Esa es tu pregunta?
—Esa es mi pregunta.
La diosa asintió.
—En ese caso, yo soy Iseldra.
—Y yo soy Morwynn. —La segunda se adelantó.
La primera furia, la que se había dirigido a ella cuando el Rito se desvaneció a su alrededor, le dedicó una sonrisa.
—Y yo soy Valdara.
«Iseldra, Morwynn y Valdara...».
—Es un placer conoceros. —Thea les hizo una reverencia. Se preguntó si sería la primera reverencia que hacía voluntariamente delante de alguien que la merecía y no por obligación.
—El placer es nuestro —replicó Valdara.
El trío de diosas la miraron fijamente y el silencio se prolongó en el abismo que la separaba de las furias. A Thea le hormigueaba la punta de los dedos, pero no sabía si era debido a su magia o a la de ellas.
Finalmente, se giró para marcharse y dejar atrás el Gran Rito.
—Althea —la llamó Morwynn—. En cuanto a la otra pregunta que querías hacernos...
Iseldra le lanzó una mirada de complicidad.
—La de la inmortalidad.
—Nos alegramos de que no nos la hayas pedido —terció Valdara entrelazando las manos ante sí— porque no te la habríamos concedido.
Atónita, Thea no pudo más que observar a las diosas. No sabía cuántas sorpresas más iba a tolerar su corazón.
—En el tiempo que te queda, harás más que suficiente —continuó Valdara con la voz teñida de amabilidad.
Pero Iseldra le dedicó una mirada más adusta.
—Tienes demasiado amor como para ser inmortal.
A Thea le dio un vuelco el estómago.
—Es que...
Morwynn levantó una mano para hacerla callar.
—No puedes vivir eternamente sin amor...
Valdara dio un paso adelante y apoyó una mano sobre la piedra del destino que descansaba bajo la camisa de Thea.
—Y solo tendrás un amor.
Ante el roce de la furia, el fragmento de jade se calentó contra su piel y Thea observó a las diosas. En las palabras que le dirigían, podían sobreentenderse muchas cosas; no le cabía ninguna duda, pero...
—Vete, Althea Embervale, espadachina y portadora de tormentas de los mediorreinos. Hay mucho que hacer.
«Solo tendrás un amor».
—Gracias —les respondió agachando la cabeza—. Prometo ser merecedora de los honores que me habéis otorgado.
Cuando esas palabras se despegaron de sus labios, se formó una niebla blanca muy espesa que ocultó a las furias y que la elevó por los aires con un remolino de nieve y luz.
Varios instantes de las pruebas destellaron ante ella cuando su cuerpo emprendió un viaje por el tiempo y por el espacio, con el viento helado sacudiéndole el pelo y abrasándole las mejillas.
Hasta que sintió el suelo bajo las botas.
No era la superficie resbaladiza y cristalina del lago, sino tierra firme cubierta de nieve.
Cuando se movió, notó que se activaban la fuerza, la velocidad y la agilidad proporcionadas por las furias.
Parecía irreal tener todo ese repentino poder, como si de pronto su cuerpo fuera demasiado veloz y poderoso para su entorno.
Se deleitó brevemente con ello. Ya había sido antes fuerte y rápida y había estado más en forma que nunca, pero de golpe se había vuelto imparable.
Tan pronto como dio otro paso adelante, notó algo que le ceñía el brazo.
Bajó la vista y ahogó un grito.
Su tótem de espadachina.
Hecho de acero perfecto, fulguraba intensamente bajo el etéreo resplandor que habían dejado las furias tras de sí: dos espadas entrecruzadas, con una tercera en el medio.
Thea lo acarició con el pulgar. Apenas se atrevía a creer que por fin tuviera uno en su haber.
Pero el suyo era distinto de los que había examinado con atención. Su tótem contaba con algo que jamás había visto.
Detrás de las tres espadas, había líneas de relámpagos.
—Pero ¿qué...? —masculló al bajar la mano hacia un lado, y le hormigueó ligeramente la muñeca mientras lo hacía.
«Ya lo analizaré más tarde», decidió. Lo único que quería era ver a Wilder, lanzarse a sus brazos y alegrarse por su victoria, por la victoria de ambos.
Sabía que nunca se arrepentiría de la pregunta que había formulado ni de su decisión; las mismas furias se lo habían insinuado.
Thea sabía en el fondo que, independientemente del destino que la aguardara, prefería vivir un solo año con Wilder Hawthorne que afrontar mil vidas sin él.
Lenta pero firmemente, la niebla se disipó y le mostró un frío día nevado.
Pero Wilder no estaba allí.
En su lugar, vio a un ejército.
El ejército de Harenth, para ser precisos, con el rey Artos en la vanguardia.
Thea notó un sabor metálico en la lengua al dirigirse hacia el rey con una mano apoyada en su espada de acero naarviano y su tótem de espadachina centelleando bajo el sol invernal.
En ese instante, se olvidó de todo: de quién era ella en teoría y de quién era Wilder para la corona.
Se olvidó de la política que entraba en juego y de todo lo que importaba en ese mundo sumido en sombras que la rodeaba.
Solo le importaba una cosa, un hombre.
—¿Dónde está? —exclamó, con una tormenta gestándose en su interior—. ¿Dónde está mi...?
—¿Prisionero? —Torj Elderbrock terminó la frase por ella.
El Asesino de Osos apareció de la nada y se situó entre Thea y el rey Artos para sujetarle las manos y apretárselas a modo de advertencia.
—Felicidades, espadachina Zoltaire. Tanto por haber superado el Rito como por haber triunfado en estas tierras. Sabemos que debemos darte las gracias por haber atrapado de nuevo al traidor de Wilder Hawthorne. Los mediorreinos están en deuda contigo.