Capítulo 43
THEA
—Te comportas como una reina, Althea Embervale —comentó la primera furia con expresión indescifrable.
Las tres diosas se alzaban fieras y radiantes ante ella, con los ojos luminosos como el oro fundido. Eran las eternas guardianas del Gran Rito y de los mediorreinos.
Ante su presencia etérea, Thea recordó que sus nombres no eran conocidos.
A pesar de las numerosas leyendas que habían pasado de generación en generación, sus nombres no habían perdurado.
Nadie las veneraba por su título ni por su valor individual.
En realidad, la fuerza de las diosas había sido reducida a la rabia de una mujer, a la ira de una mujer.
Las furias.
Juntas formaban una tríada que no se asemejaba a nada que se hubiera visto en los reinos. Se erigían delante de Thea, impertérritas contra las mareas crecientes de caos. Determinaban el destino de los hombres y también iban a hacerlo con el de Thea.
—¿No me has oído, Althea Embervale? —habló de nuevo la misma furia—. He dicho que te comportas como una reina.
«Embervale...». El dolor le latía por todas partes. Habló con voz ronca, pero alzó la barbilla al dirigirse a las grandes diosas.
—No —les dijo—. Me comporto como una espadachina.
Una sonrisa se abrió paso lentamente por los tres bellos rostros de las furias.
—En ese caso, una nueva espadachina se alza ante nosotras, hermanas... Una que, por lo visto, también es capaz de blandir tormentas, además de espadas.
—¿Cómo? —logró musitar Thea—. Creía que debía elegir.
—Y has elegido —respondió la furia.
—Pero...
—Pero no naciste para empuñar acero y nada más que acero. No hemos presenciado nunca esa fortaleza de mente, cuerpo y corazón... Hay que ser muy especial para volver a conjurar la magia que se te ha arrebatado.
Thea no dejaba de temblar, y la sorpresa se adentró en sus huesos.
—¿Eso significa...? ¿Significa que puedo ser las dos cosas? ¿Espadachina y portadora de tormentas?
Una sonrisa cómplice curvó los labios de la furia.
—¿Quién va a detenerte? —le preguntó.
Esas palabras llegaron a Thea como un sueño lejano.
No podía hacer nada más que mirar fijamente alrededor, donde los restos de su tormenta de nieve se iban calmando, hasta que no quedó más que una interminable extensión blanca.
Poco a poco, el dolor que había sentido intensamente unos segundos antes se evaporó.
Al bajar la vista, se percató de que, aunque seguía empapada de sangre, tenía las dos manos.
Dio un ligero grito cuando las giró para examinar cada dedo y cada línea de sus palmas. No estaba preparada para apartar los ojos de la mano que creía haber perdido. Podía moverla libremente, flexionar todos los dedos obedeciendo a su voluntad y apretar el puño con la misma fuerza de siempre.
—Ha sucedido —le comentó la segunda furia, observándola con fascinación—. En cierto modo. Levántate la manga.
Incapaz de encontrar las palabras, Thea retiró la tela deshilachada y sucia. Alrededor de la muñeca, tenía una espantosa cicatriz, gruesa y fea y arrugada, como si alguien hubiera unido la carne desgarrada con poca destreza.
La tercera furia se dirigió a ella.
—Vas a sentirlo durante el resto de tu vida.
—¿Y mi hermana? ¿Y mis amigos? ¿Y mi...? —La palabra se le atoró en la garganta.
—Están vivos.
El alivio la embargó, y fue entonces cuando intentó tragarse el nudo de la garganta y levantar la vista para contemplar a las diosas, las diosas que habían creado todas las pesadillas que acababa de soportar.
Las tres furias estaban una al lado de la otra, irradiando gloria e inmortalidad, poder y sabiduría. Eran parecidas en muchos sentidos y diferentes en otros tantos. Intocables y omnipresentes al mismo tiempo. A juzgar por su belleza y gracia, podrían haber sido hermanas.
Ese pensamiento fugaz le cruzó la mente cuando las miró una a una a la cara. En las diosas había algo sobrenatural, pero Thea fue incapaz de descubrir qué era. No eran los puntos de dorada ferocidad de sus ojos ni la elaborada y resplandeciente armadura que portaban sobre las largas faldas...
Se le nubló la visión, y tuvo que echar mano de la poca fuerza de voluntad que le quedaba para mantenerse erguida.
—Lo he superado —consiguió balbucear al fin.
—Pues sí —convino la primera furia—. Ha sido un Rito interesante...
La observó como si ella fuera un espécimen digno de estudio y fijó la vista en el puñal enjoyado que Thea no recordaba haber envainado en el cinturón. Al tocar el mango con los dedos, sintió hormigueos de poder en las puntas.
—Es un arma preciosa —opinó la furia con expresión indescifrable.
—Pertenece a una amiga guerrera —se oyó decir Thea. Deseó que Audra estuviese allí para presenciar ese momento.
—En efecto —contestó la diosa antes de apartar los ojos del puñal.
Con un gesto de ella, el puñal de acero naarviano de Malik se materializó nuevamente en el cinturón. Thea se quedó sin palabras; tan solo se le ocurrió el ronco «gracias» que logró hacer brotar de sus labios.
—Has sido muy valiente. Son muy pocos los que consiguen enfrentarse a sí mismos y a sus pesadillas y salir enteros del desafío.
Thea se sentía de todo menos entera. Dudaba de que volviese a sentirse así hasta que viese a Wren, Cal, Kipp y Malik con sus propios ojos.
Dudaba de que volviera a sentir nada hasta que Wilder la rodeara con los brazos musculosos y pudieran pronunciar esas palabras que no se habían dirigido...
De espadachina a espadachín. Pero Thea se guardó esos pensamientos para sí misma.
A continuación, tomó la palabra la segunda furia.
—Se te va a otorgar todo lo que merece una espadachina de los mediorreinos.
Thea soltó una exhalación, pero no se atrevió a hablar. Todavía no.
—Los gobernantes te harán entrega de sus respectivos regalos cuando regreses a sus tierras. Pero hay una cosa que queremos darte aquí y ahora... —La tercera furia dio un paso adelante y extendió las manos hacia ella.
Una majestuosa espada se materializó.
El filo resplandecía, pulido a la perfección, con una punta afilada, estrecha y mortífera.
Lo habían elaborado con maestría y exudaba un aura de belleza y de poder.
Thea apenas conseguía respirar. ¿Durante cuánto tiempo había soñado con ese momento?
¿Durante cuánto tiempo había imaginado poseer una espada propia?
—¿Estás preparada para jurar tus votos de espadachina? —le preguntó la primera furia.
—Sí. —Aturdida, Thea asintió.
La luz danzó sobre el filo de la espada cuando la furia pronunció las siguientes palabras:
—Acércate la espada al pecho y oirás la voz. Haz ahora los juramentos.
Con el corazón desbocado, Thea alargó un brazo y rodeó con una mano la empuñadura cubierta de piel elástica. Al tocarla, una antigua magia la inundó y las palabras se formaron en su cabeza, tal como la furia le había prometido.
Comenzó a hablar.
—Yo, Althea Zoltaire...
—Ese no es tu verdadero nombre, portadora de tormentas... —la reprendió la furia con amabilidad.
Thea titubeó y afirmó la mano sobre la empuñadura. Su magia zumbó como respuesta al poder extraño, creciendo en su interior. Prestó atención de nuevo.
Esta vez, recitó con voz más fuerte:
—Yo, Althea Embervale, prometo dedicar mi espada y mi vida a la protección de los mediorreinos.
Sintió el alcance de esa promesa en los huesos y el resto de las palabras le brotaron de la lengua en una firme sucesión.
—Ante la luz de las furias, prometo lealtad para expulsar el mal de estas tierras. Cazaré, castigaré y mataré a todo aquel que amenace estos reinos. Mi sangre y mi acero son vuestros. Juro que, cuando llegue el último día, responderé a la llamada.
Cuando el juramento salió de sus labios, Thea agarró la espada con las dos manos.
El resto del extraño mundo se disipó al evaluar el peso del arma.
Jamás había visto un acero más bello, jamás había sostenido nada que encajara tan perfectamente con ella.
La espada cantaba sobre su mano y Thea percibió el susurro de su magia y de su origen.
—Es acero naarviano —dijo jadeando sin poder contenerse.
—Sí, portadora de tormentas. Es acero naarviano. El último, extraído directamente de la fuente. Ahora eres una espadachina.
La furia tocó con un dedo la punta afilada de la espada y Thea vio de pronto cómo se desplegaba una escena...
La lluvia de estrellas con la que las mismísimas furias habían arremetido contra el reino, un borrón de trayectos brillantes y potentes ante el cielo nocturno.
El cráter que se formó en la tierra, que entonaba el canto de su poder y de su magia.
Y Thea lo sujetaba con las manos. Por fin había encontrado la pieza que faltaba de su rompecabezas... y que se había forjado con sangre y acero.
—Gracias. —Agachó la cabeza.
—Y, sin embargo, no es lo único que quieres pedirnos —comentó la tercera furia—. No es lo único que esperabas obtener del Gran Rito.
—No... —susurró Thea.
—Pues pídenos lo que quieras —le dijo la furia—. Puedes hacernos una pregunta.
Thea bajó su nueva espada hacia un lado.
Su cuerpo seguía cantando con el peso del arma en la palma.
Miró a la furia a los ojos y echó atrás los hombros.
Podrían proporcionarle tiempo, una vida que compartir con Wilder, con la familia que había hecho por el largo y tormentoso camino.
Era el momento que había esperado durante toda la vida, la oportunidad de coger el destino por los cuernos y doblegarlo a su voluntad.
Y la aprovechó.
—¿Cuáles son vuestros nombres? —preguntó en voz baja pero firme.
Las tres furias pusieron la misma cara, y Thea supo que las diosas no solían sorprenderse a menudo.
—No es la pregunta con la que has venido hasta aquí.
—No —admitió Thea—, la verdad es que no. Pero es la pregunta que os hago de todos modos.
—Ningún hombre nos lo ha preguntado antes.
—No soy un hombre.
Se hizo un largo silencio entre ellas.
—¿Por qué nos lo preguntas? —se interesó la primera furia.