Capítulo 42 #3
Su magia se había esfumado. Su espada se había esfumado. El puñal de Malik se había esfumado. Para enfrentarse a los últimos monstruos, lo único que le quedaba era el puñal de ceremonias enjoyado de Audra, un simple abrecartas.
El dolor era tan constante y tan agudo que era incapaz de saber dónde terminaba una herida y comenzaba la siguiente.
Llevaba la ropa raída, cubierta de sangre, y la trenza medio deshecha y también apelmazada.
El tobillo amenazaba con ceder a su peso mientras le seguía cayendo sangre del muñón del brazo.
Althea Embervale estaba hecha pedazos, y aun así... Aun así, seguía en pie, agarrando el diminuto puñal con la única mano que tenía.
Una chispa de energía agitó la punta de sus dedos, un amago de lo que llegó a ser.
Debería haber sido imposible, pero era innegable el chisporroteo de poder que crecía en su interior. Conocía su cántico mejor de lo que se conocía a sí misma.
Con la cabeza ladeada hacia el cielo, lo aceptó todo. El amor, el dolor, el hecho de reforzarse entre tanto caos. Y allí, con apenas fuerza para mantenerse en pie, con sangre manándole de las heridas, Thea decidió que no pensaba sacrificar nada más.
No pensaba elegir. Se había pasado la vida entera viéndose obligada a elegir. Se acabó.
Había demostrado hasta la saciedad que tenía el cuerpo fuerte, la mente fuerte y, finalmente, el corazón fuerte.
Thea agarró el puñal y levantó la barbilla en un gesto desafiante, dispuesta a enfrentarse a su destino.
—El puñal más pequeño es el que puede marcar más la diferencia —murmuró.
Le llegó el sabor de la lluvia en el viento. Y, de repente, el aire crepitó.
Thea cogió aire por primera vez sin problemas y reconoció la llamada de la tormenta, reconoció el estallido de su propio poder, cuya superficie a duras penas había superado.
Hasta ese momento.
«Yo soy la tormenta». Repitió mentalmente esas palabras como si fueran un mantra.
Thea abrazó la semilla de magia de su interior y dejó que floreciera, que se desplegara hasta formar algo fiero e implacable.
Una abrasadora agonía la atravesó cuando el relámpago cauterizó sus heridas y le quemó la carne hasta formar nuevas cicatrices.
Thea soltó un grito de guerra cuando su magia la inundó e inundó el lago congelado que la rodeaba.
Por su piel danzaban brillantes rayos blanquecinos, que restallaron en el aire a su alrededor.
Preparada para liberar su poder en el mundo, Thea blandió su magia y la usó como la extensión de sí misma que era para invocar relámpagos y apuntar hacia los segadores restantes.
Los aullidos de los monstruos se convirtieron en la melodía de su tormenta y no sirvieron más que para cautivar a su trueno y a su relámpago. La nieve se arremolinaba en torno a sí y en torno al lago tal como ella le ordenaba.
Su relámpago destruyó las cadenas que retenían a sus amigos y Thea dejó que la tormenta arreciara; se negaba a contenerla y a contenerse por nada ni por nadie. Proyectó el caos sobre el cielo y sobre la nevada que comenzó a caer y que ocultó el lago congelado.
Con una mano, Thea invocó el poder de las antiguas tormentas.
A su alrededor, todo crepitaba y crujía con las nubes oscuras, que crecían con una energía inimaginable, una energía que solamente ella era capaz de dominar.
Varios relámpagos de un azul blanquecino restallaron para formar innumerables tridentes que golpearon el suelo, iluminaron el páramo congelado y eliminaron los portales sombríos de la superficie del lago con un resplandor casi cegador.
—Yo soy la tormenta.
Finalmente, atravesó a los segadores con sus relámpagos y les carbonizó el corazón con la magia de las tormentas.
«Uno. Dos. Tres».
Conjuró y blandió la tormenta y persiguió las volutas de oscuridad con un torrente de nieve y de relámpagos. Los copos brillantes acariciaban la tierra con una racha mortal.
Thea se alzaba en medio de todo eso. Partió el cielo por la mitad, invitó a la ventisca a danzar con su tormenta y cargó cada copo de nieve con su magia para que todos ellos centellearan con una iridiscencia vibrante antes de unirlos en un halo de brillantes relámpagos.
La fuerza de su poder lo devoró todo; era una corona electrificada creada por ella.
La tormenta eléctrica de nieve de Thea se llevó los últimos rastros de oscuridad, de sangre y de dolor y zarandeó los cimientos mismos de la montaña en la que se encontraba.
Había regresado al lugar donde había comenzado todo, había regresado a la montaña de las furias.
Y estaba sola.
Wilder, Wren, Cal, Kipp y Malik habían desaparecido.
Thea estaba resuelta en su fortaleza de hielo y poder, canalizando la esencia misma de la tormenta que se intensificaba sobre ella. Permitió que su magia rabiara y arreciara dejando tras de sí un rastro de helada devastación.
Inquebrantable e inmóvil, vio cómo tres figuras con capa emergían de la nevasca.
Thea pausó la tormenta cuando las mujeres se retiraron la capucha.
En el fondo, sabía quiénes eran.
Las espadachinas originales.
Las mismísimas furias.