Capítulo 42 #2
—Una enredadera plaga —masculló para sí misma al reconocer al mismo ser que Wilder y ella habían detectado en lo alto de los acantilados de Thezmarr.
A modo de respuesta, la criatura se contorsionó y rompió el hielo a su paso.
Thea se estremeció. Tan solo veía los tentáculos de sus extremidades en el borde del hielo, pero sabía que, en algún lugar de las sombrías profundidades, el monstruo se alimentaba de un huésped. Más enredaderas se retorcieron en su dirección y el hedor se intensificó.
«Esas plantas son venenosas. Un simple roce sobre tu piel te provocará un dolor enorme. Y también puede afectarte al cerebro; si consigue penetrarlo, es capaz de convertirte en un mero cascarón».
La advertencia de Wilder volvió a ella causándole un nuevo escalofrío.
Pero el monstruo no estaba atacando. De hecho, parecía proteger el borde del abismo, contoneándose lentamente, como si su mera presencia pudiera detenerla.
Al otro lado de las líneas titilantes de los portales, los segadores retiraron sus sombras para mostrarle el daño que habían infligido a sus seres queridos.
Wilder había vuelto, con la piel y la ropa ensangrentadas al forcejear con las garras que lo inmovilizaban. Ese era el Wilder al que conocía.
Wren abría muchísimo los ojos, con la frente cubierta de sudor y la tez pálida. Cal y Kipp no se encontraban en mejor estado; los dos mostraban las marcas de los forcejeos, mientras que Malik parecía congelado, irradiando terror a raudales, tan intenso que Thea casi pudo tocarlo.
—Ya voy —les dijo, aunque no estaba segura de que pudieran oírla.
Esta vez echaría a correr durante una distancia mayor para evitar la enredadera que cubría el perímetro del portal. Cuando lo hubiera cruzado, podría liberar a Wilder. Juntos se enfrentarían a los segadores y salvarían a los demás. Habían salido victoriosos de situaciones mucho peores.
Thea se puso en marcha y corrió con todas sus fuerzas para saltar por encima del último abismo en dirección al hielo sólido que había al otro lado.
Se le entrecortó la respiración al caer sobre una superficie resbaladiza pero dura. El olor a pelo quemado estaba lo bastante cerca de ella como para provocarle arcadas: el primer segador clavaba los ojos malvados en su cuerpo.
Pero Thea estaba harta. Harta del Gran Rito, harta de los obstáculos, harta de las amenazas hacia ella y hacia sus seres queridos. Cogió el puñal de acero naarviano de Malik y se preparó.
Se acercó al segador que retenía a Wilder y se irguió con fanfarronería, como si estuviera dispuesta a permitir que el monstruo probara lo que tanto ansiaba en el mundo, precisamente lo que ella ya no tenía.
—Ven a cogerla si te atreves —dijo provocando al monstruo moviendo las espadas a modo de invitación y rezando a las furias para que la criatura no advirtiera la ausencia de su magia. «Que venga. Que se entere por las malas de que sin magia soy igual de letal».
Un chillido brotó del segador, que se precipitó sobre ella.
Thea se agachó y esquivó las garras y los latigazos de sombras.
A esas alturas, había danzado suficientes veces con la oscuridad como para conocer su ritmo.
Luchó como si ella misma fuera otra sombra, sin dar importancia al hielo que crujía bajo sus botas ni a las heridas que se acumulaban en su cuerpo.
Embargada por una ardiente determinación, se sintió empoderada incluso cuando los otros segadores olisquearon el aire y se encaminaron hacia ella.
Cinco segadores.
Una futura espadachina.
Creía en sus probabilidades de vencer.
Thea luchó contra la arremetida de los latigazos de ónice y de las garras afiladas, incapaz de llegar hasta Wilder para liberarlo. Apenas si veía a los demás a través de las volutas de oscuridad, a través de las pesadillas que los segadores conjuraban a su alrededor.
Pero todo lo que vio ya lo había visto con anterioridad, ya lo había afrontado en el laberinto de espejos, del que había salido triunfal. No iban a poder con ella. Ya no.
Acabó con el primer segador saltando hacia su pecho y arrancándole el corazón del torso.
Mató al segundo clavándole el pie en el hielo con el poder de sus estrellas arrojadizas y sacándole el corazón con el puñal.
El sonido seco que hicieron los dos corazones malditos al caer al suelo fue como el estimulante latido de un tambor de guerra.
Cuando miró hacia los tres segadores restantes, estuvo a punto de parársele el corazón. Se dirigían nuevamente hacia el lugar donde habían encadenado a su familia. Sombras oscuras giraban a su alrededor, estrangulando la vida de sus seres queridos, abriéndose paso a la fuerza por sus gargantas.
—¡No! —gritó Thea abalanzándose.
El dolor cegador que le abrasó la muñeca no se parecía a nada que hubiese experimentado antes. Ardiente y helado al mismo tiempo, le atravesó la piel, la carne y los huesos; una agonía en su forma más pura.
Con lágrimas cayéndole de los ojos, Thea dio media vuelta... y vio la enredadera que le estaba sujetando la mano.
«Un simple roce sobre tu piel te provocará un dolor enorme».
Thea chilló cuando la tortura se incrementó.
Se le llenaron las comisuras de la boca de saliva al caer de rodillas con un sollozo quebrado.
—¡Haced que pare! —gritó con la voz descarnada conforme el monstruo le iba chamuscando capas de piel.
En algún punto lejano, alguien gritó.
¿O fue ella?
Lo único en lo que podía pensar era en la tortura que le desgarraba la muñeca, que le subía por el brazo y que pretendía llegar hasta su cerebro.
Más chillidos.
Thea parpadeó entre las lágrimas, entre las sombras arremolinadas, y vio que un segador hundía las garras afiladas en el pecho de Wren. Otro monstruo le estaba haciendo lo mismo a Wilder y otro a...
La enredadera se retorció y la visión de Thea se volvió negra.
Se le escapó un jadeo ahogado y se obligó a abrir los ojos y a concentrar sus fuerzas en la mano que tenía libre. Palpó en busca de su espada, de su puñal, de lo que fuese.
Rozó con la punta de los dedos el puñal de Malik y bajó la mano para rodear el mango. Con un jadeo, lo hundió en el brazo de la enredadera, que desprendió un hedor nauseabundo.
Pero el monstruo tan solo le retorció más la muñeca y le arrancó un grito gutural de la garganta. Thea tuvo arcadas con un dolor que le daba ganas hasta de morirse. No podía atravesar a la criatura; sus extremidades eran demasiado duras, casi impenetrables, pero lo intentó con sollozos rotos.
Fueron los gritos de los demás los que le impidieron clavarse el puñal en su propio pecho.
Luchó con la poca fuerza que le quedaba contra la sujeción del monstruo, que la estaba arrastrando hacia el abismo.
La agonía era insoportable y amenazaba con consumirla de los pies a la cabeza.
Sentía un dolor intenso allá donde el ser la sujetaba y la abrasaba por completo; acto seguido, una oleada de fuego se adentró en sus músculos y en sus huesos.
La locura la sobrepasó y se sacudió ante la enredadera, hundiéndole en vano el cuchillo en las extremidades nudosas. No sirvió de nada. No había manera de detener al monstruo ni de debilitar su agarre... O quizá sí.
Con otro chillido, bronco por el caos que parecía superarla, Thea cogió el arma con la palma de la mano. Con un movimiento rápido y preciso, no cercenó la enredadera, sino su propio brazo.
El grito que profirió fue más animal que humano.
Notó cada centímetro del puñal que le rebanaba la piel, los tejidos, los huesos.
Su respiración se alteró. Ya no era más que unos jadeos breves y superficiales que se negaban a bombear el frío aire hacia sus pulmones.
De la herida abierta brotaba sangre roja. Thea estuvo a punto de desplomarse cuando el filo cortó las últimas capas de su carne.
El dolor era un fuego que llameaba al final de su muñeca y la mano que le quedaba le tembló tanto que soltó el puñal y se alejó del abismo sombrío, arrastrándose por su propia sangre.
La enredadera siseó y escupió al ovillarse sobre sí misma, sin aflojar los tentáculos que sujetaban la mano mutilada de Thea.
Con el sabor amargo de la bilis al final de la garganta, Thea estuvo a punto de resbalar en un charco carmesí al levantarse.
Se tambaleó cuando se llevó el ensangrentado muñón al pecho.
El calor de su propia sangre le empapó la ropa y jadeó por el dolor al tiempo que intentó contrarrestar las arcadas.
Se le llenó la visión de puntos negros, pero se mantuvo erguida.
Había tomado una decisión inimaginable tras otra. Portadora de tormentas o espadachina. Su amante o sus amigos. Su mano o su vida... Y todavía le quedaban unas cuantas más.
Wilder o Wren o Cal o Kipp o Malik.