Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 42
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Capítulo 42

THEA

Santas furias, estaba más apuesto que nunca, más fiero, más suyo de lo que jamás se había permitido soñar.

La confusión la inundó al mirar tras él y descubrir que el guerrero había desaparecido de las garras del segador. El rey de los espectros lo había liberado y su espadachín estaba allí con ella.

Casi loca por la extenuación, con el cuerpo hecho trizas, Thea observó el rostro que tan bien conocía, el rostro que había amado durante lo que parecía toda una vida.

—Thea... —murmuró él con dolor en la melódica voz al verla contemplar a los segadores, a sus sombras y a los cautivos—. Ya casi ha terminado —le dijo.

El simple hecho de oírlo hizo que le fallaran las rodillas y le provocó un grito de angustia en los labios.

Thea quiso contárselo todo: lo que había visto y lo que había hecho en las dos pruebas anteriores.

Wilder sería el bálsamo que curaría su alma maltrecha.

Todo volvería a la normalidad ahora que él estaba ahí.

El olor a palisandro y a cuero le envolvió los sentidos. Wilder estaba con ella.

Quiso echarse a llorar. Quiso abandonarse a la fatiga que se ceñía a sus huesos y lanzarse al fin a los brazos de él. Wilder la cogería. Siempre lo hacía.

—Ya lo sé —le dijo con calma extendiendo los brazos hacia ella—. Podemos salir de aquí los dos juntos...

Cuando el calor que irradiaba su mano se posó sobre el guante raído y cubierto de sangre de Thea, las palabras que había pronunciado casi no habían calado en ella. Casi.

Pero se encogió al oírlas y levantó la vista con el ceño fruncido mientras le apretaba los dedos.

—No puedo abandonar a los demás —le dijo. Su propia voz la llevó a desviar la vista hacia sus amigos y su hermana, que estaban siendo torturados en la ribera congelada. Thea no podía soportarlo. Debía moverse, debía llegar hasta ellos...

—No puedes salvarlos.

Thea dio un paso atrás con un nudo de temor en las entrañas.

—Los dos podríamos salvarlos.

—No. —Wilder negó con la cabeza—. Hay demasiados enemigos.

Y es demasiado peligroso luchar cerca del abismo.

—Redujo la distancia que los separaba y le acarició la mejilla antes de pasarle un mechón de pelo apelmazado detrás de la oreja, mirándola con ojos plateados llenos de amabilidad y comprensión.

Thea anhelaba apoyarse en sus caricias, en el consuelo que le ofrecía.

—Pero podemos salvarnos nosotros —se apresuró a añadir él—. Puedes dejar atrás toda esta locura. Y ser libre a mi lado.

Thea notó un sabor amargo en la lengua. Dio un paso atrás.

—Tú nunca me pedirías eso. Nunca abandonarías a tu hermano.

—Lo haría si con ello te salvara a ti.

—No. —Temblorosa, Thea desenvainó la espada y el puñal—. Déjame pasar.

—No puedo hacerlo, Thea.

—Sí que puedes. Apártate.

Pero Wilder negó con la cabeza y su espada apareció de la nada.

—Estás cometiendo un error.

Aunque le rompiera el corazón que apenas había acabado de sanar, Thea sabía que el espadachín que estaba ante ella no era el mismo hombre al que conocía. Ya fuera una ilusión de las furias o la magia oscura del portal fulgurante, no pensaba dejar que la engañara; esta vez no.

—Lo siento —murmuró antes de abalanzarse.

El acero se estrelló contra el acero y provocó una lluvia de chispas cuando el falso espadachín y su aprendiz bailaron por el hielo.

La expresión del impostor se transformó en un gesto cruel y malvado, y Thea supo que había tomado la decisión correcta.

Él blandía la espada no para herirla, sino para matarla, y Thea, que estaba un tanto debilitada por las pruebas anteriores, se vio superada por la fuerza que le habían otorgado las furias al guerrero.

Sin embargo, quienquiera que fuera esa criatura tenía el rostro de su amor y luchaba como Wilder, y Thea conocía todos los pasos, pues el mismo Wilder la había entrenado y lo había hecho a conciencia.

Thea se enfrentó al impostor sobre la resbaladiza superficie del hielo y contrarrestó cada golpe con uno propio, con los dientes castañeteándole y dolor en los huesos ante cada impacto.

Pero no se rindió. Le brotó sangre cuando él le hizo un tajo en el antebrazo, pero Thea apenas lo sintió; tan solo notó el reguero cálido y rojizo que le caía por la piel.

Los gritos de la orilla formaban una canción constante. «Los salvaré aunque muera en el intento, pero primero tengo que superar esto», se dijo Thea.

Se rodearon el uno al otro, ella evitando con cuidado los portales sombríos a ambos lados del hielo.

Oía susurros procedentes de los oscuros abismos, palabras que la atraían hacia ellos, promesas de victoria y poder.

Presentía también la fuerza de las almas rotas que estaban bajo el hielo, que le indicaban que se uniera a ellas en las tranquilas profundidades.

Gritó cuando la espada del impostor la atacó y a duras penas consiguió bloquear una maléfica estocada dirigida a su cara.

La fuerza del golpe la mandó hacia atrás por el hielo y la dejó sin aliento.

Jadeando, se puso en pie y la devastación la asaltó cuando vio el rostro hermoso de Wilder demudado en una mueca.

Pretendía matarla y hacerla pedazos hasta no dejar nada de ella.

Con serios problemas para que le bajara el aire por la garganta, Thea evaluó sus recursos y reservas. Le quedaban tres estrellas arrojadizas en la bota, contaba con el puñal que sostenía, con el que Audra le había dado y con su espada. Si consiguiera...

El Wilder falso cargó y el lago congelado se sacudió con la intensidad de su poder.

Rápida como el rayo, Thea pasó por debajo de él y le rajó detrás de las rodillas con la espada y el puñal, tal como lo había visto hacer para inmovilizar a espectros. Los tendones y los nervios quedaron destrozados tras el paso de los filos.

El impostor soltó un rugido que sacudió las montañas.

Y un chorro de sangre negra cayó al hielo.

No, aquel no era su Wilder.

La criatura que estaba ante ella era un monstruo del inframundo, procedente de los portales sombríos que seguían llamándola.

Thea profirió un grito al abalanzarse sobre el monstruo. Su rabia se había desatado e incentivaba cada movimiento que hacía. ¿Cómo se atrevían a ponerse la cara de él? ¿Cómo se atrevían a coger su cuerpo y ponerlo en su contra?

—Has regresado...

Las mismas palabras que un día él le dirigió con amor.

Thea saltó sobre su oponente y le retorció el cuerpo, un cuerpo que conocía a la perfección, a pesar del poder que contenía.

Con un abrupto sollozo, clavó el puñal de acero naarviano en la barriga del impostor rebanando carne y músculos para acceder al blando órgano vital del interior.

Liberó el arma de nuevo antes de hundírsela directamente en el oscuro corazón.

El farsante abrió mucho los ojos, y las astillas que quedaban del corazón de Thea se convirtieron en polvo cuando los iris plateados que había contemplado en innumerables ocasiones buscaron sus ojos al exhalar el último aliento.

La oscuridad explotó y recorrió el hielo como si fuera la ola de una marea.

Thea arrancó las espadas del cuerpo que se retorcía debajo de ella a tiempo para clavarlas en el hielo como si fueran los picos para aferrarse y soportar el embate del vendaval que azotó la superficie y provocó que el lago crujiera.

No había terminado.

Thea se puso en pie, sangrando y con dolor en el pecho, y contempló el abismo sombrío. Ya había derrotado a dos de los guardianes, y no le cabía duda de que iba a tener que enfrentarse a otro en cuanto cruzara el tercero.

Se tomó unos instantes para respirar, apoyar las manos en las rodillas y tomar una bocanada de aire tras otra.

Su energía se estaba esfumando, tanto la exterior como la interior.

No se atrevió a hacer un repaso de sus heridas porque, aunque a duras penas sentía algo, sabía que tendrían peor aspecto de lo que se imaginaba.

Y su mente... Su mente parecía haberse hecho trizas, como los fragmentos rotos de los espejos del laberinto que había superado, como los susurros de oscuridad, que fue lo único que quedaba del impostor que había lucido el rostro de su espadachín.

¿Quién se había creído al pensar que podría salir victoriosa, al creer que era digna de las furias y del Gran Rito?

Mientras esos pensamientos sonaban más fuerte en su cabeza, se fijó en las sombras que se arremolinaban alrededor de sus tobillos, procedentes del portal brillante que la separaba de la última fase.

—No —susurró incorporándose—. No es así como termina.

Después de limpiarse la sangre de la comisura de la boca, divisó la espada del impostor caído, que estaba en la nieve. Fue cojeando hacia el arma y la recogió con una mueca. No era de acero naarviano, eso estaba claro, pero tampoco resultaría del todo inservible.

Apretando los dientes, enfundó sus armas de nuevo y se puso en posición. No vaciló, no titubeó ni permitió que el dolor agudo de las heridas la detuviera.

Echó a correr hacia el cráter y saltó por encima justo cuando acercó los pies al borde.

Y ella se elevó otra vez y utilizó la espada del impostor para impulsarse sobre el hielo hacia el otro lado, donde la clavó para anclarse a tierra firme en lugar de resbalar sin control hacia el siguiente pozo de oscuridad.

Lo primero que notó fue el silencio.

Los gritos habían cesado.

Dirigió la mirada hasta la orilla, donde su hermana y sus amigos estaban casi cubiertos por la negrura; tan solo atisbó sus botas moviéndose bajo el poder de los segadores.

Se le escapó un sollozo, pero se mantuvo erguida. Aunque el lago crujió siniestramente bajo sus pies, siguió alzada y utilizó toda su fuerza de voluntad para mantener a raya el terror y el pánico al tiempo que examinaba el portal sombrío en busca del oscuro guardián. Pero esta vez no había ninguno.

De hecho, alrededor del límite del abismo, había otra cosa.

Enredaderas.

Sin acercarse demasiado, Thea se agachó para echarles un vistazo. Las plantas tenían el color de las algas oscuras y se retorcían por el hielo.

Cuando una gélida ráfaga de viento la envolvió, un hedor pútrido le inundó las fosas nasales.