Capítulo 41
THEA
El alba se derramaba como si fuera sangre por encima de la superficie vasta y cristalina. Thea ya había estado allí antes. Era el Gran Lago de Aveum o uno parecido, situado entre la desolada expansión de un invierno interminable.
Se encontraba en la ribera, con el corazón en un puño y el cuerpo y la mente en el precipicio de todo lo que podían soportar.
No obstante, en la orilla congelada, le aguardaba la última prueba, en la insondable capa de hielo que se extendía ante ella.
La superficie crujía por el peso de una naturaleza eternamente helada y, por debajo, brillaban tonalidades azules, como los espíritus de almas rotas.
—¿Un juego de destino o un juego de elección? —comentó alguien en voz baja a su lado.
Thea se sobresaltó y, al darse la vuelta, vio una figura familiar.
Era Anya de pequeña, la misma que había presenciado la noche en la que la oscuridad cayó sobre Thezmarr. Un escalofrío le bajó a Thea por la columna.
—¿Cómo...? —murmuró. Le sorprendió que la niña no tuviera una forma extraña ni etérea, sino que estuviera viva y respirando a su lado. Incluso le agarró el hombro y notó la solidez de su carne.
—Un juego de destino o un juego de elección —repitió Anya. Esas aciagas palabras resultaban espeluznantes en su voz de niña—. Esta es la última prueba. ¿Elegirás tú tus propias cartas?
Era una forma de expresarse un tanto rara, pero no tanto como la escena que se desarrolló delante de Thea.
—Cuántas decisiones que tomar —prosiguió Anya casi canturreando—. ¿O acaso ya las has tomado? Alquimista. Althea la de las Nueve Vidas. Althea Zoltaire. Althea Embervale. Asesina de espectros. Guardiana de Thezmarr. La Sombra de la Muerte.
—¿Dónde estamos? —musitó Thea cuando la espesa niebla se desplazó más allá del perímetro del lago y las figuras que había al otro lado comenzaron a tomar forma.
Entornó los ojos para intentar atisbar su contorno y su rostro entre la niebla y más allá del destello que el sol del alba arrancaba al hielo.
Se le escapó un gemido al ver quién se encontraba allí.
—No —susurró.
—Las furias lo han querido —le informó Anya siguiendo su mirada por encima de la superficie cristalina—. Así sea.
Kipp, Cal, Malik, Wren, Wilder...
—¿Cómo demonios hemos llegado hasta aquí? —balbuceó Cal forcejeando con las sombras que lo ataban—. ¿Qué está pasando?
Se retorció contra las ataduras sobrenaturales implorando a los demás.
Pero todos estaban igual de atónitos.
Y rodeados por segadores rheguld.
Había un segador delante de cada persona a la que Thea quería. Los monstruos dirigían las garras hacia el corazón de sus seres queridos, que estaban envueltos por sombras que revoloteaban ante sus bocas como si estuvieran dispuestas a poseerlos.
Thea vio el miedo que tenían incluso desde tan lejos.
Miedo y resistencia y amor. Era como si ya hubieran visto suceder los horrores que se avecinaban; como si se hubieran visto a sí mismos, y a ella, yaciendo destrozados sobre el hielo; como si su destino fuera ir al encuentro de las almas que había bajo la superficie.
Cinco segadores. Una interminable extensión de lago congelado ante ella.
—No puedo salvarlos a todos —murmuró pasando los ojos de un ser querido a otro, mientras el pánico, igual que el frío, le calaba los huesos.
—No —convino Anya con voz tan calmada que resultaba cruel—. La verdadera pregunta es... ¿Podrás salvar a alguno?
Thea se quedó perpleja, con el corazón desbocado y temblores en las piernas. Abrió la boca para protestar, para chillar, para maldecir a las mismísimas furias.
—¿Cómo...?
Pero la pequeña Anya levantó un dedito y señaló hacia tres abismos de oscuridad que abarcaban la anchura del gran lago cortando el camino hacia la familia de Thea.
—Esos cráteres de ahí son portales.
Thea se inclinaba de un lado a otro mientras la niebla parecía avanzar hacia el interior del lago. Por encima de la capa de hielo, se iban multiplicando las sombras que rodeaban a sus amigos, a su familia, a todo su mundo.
—¿Portales hacia dónde?
La pequeña Anya se encogió de hombros.
—Los han creado para aquellos que se oponen al Gran Rito, para que puedan entrar siempre que lo deseen y desafiar a los guerreros que ansían conseguir un tótem de espadachín y acero naarviano.
—¿Dejan entrar a monstruos?
—Y salir a otros —le dijo Anya—. Te pueden llevar a cualquier parte. Fuera del Gran Rito, a las puertas de la muerte, a otro plano, a ningún sitio. Solo hay una forma de descubrirlo.
—No quiero descubrirlo.
—Pues no traspases el umbral.
Tras encogerse al oír un lejano grito de Wren, Thea desenvainó su espada y el puñal de Malik antes de poner un pie sobre la extensión de hielo y dirigirse de nuevo hacia su hermana.
—¿Cómo puede ser? —le preguntó, incapaz de impedir que le temblara la voz.
El laberinto de espejos había asaltado su mente con ilusiones entrelazadas con hechos reales.
El abrazo del glaciar había maltratado su cuerpo.
Pero ¿qué iba a pasar con la gente a la que quería, que estaba siendo acechada por segadores?
No podía ser real... ¿O sí? Wilder la esperaba al pie de esa montaña de los terrores dejada de la mano de los dioses.
Los demás estaban en La Liebre Cantora. ¿O tal vez no?
Sin embargo, Anya sonrió con una expresión demasiado madura y demasiado sabia para sus jóvenes facciones.
—Después de todo lo que has visto, ¿pensabas que las furias no te pondrían a prueba hasta exprimir sus habilidades al máximo?
—Observó la herida seca del hombro de Thea y cómo cojeaba ligeramente por culpa del tobillo magullado—.
¿Acaso dudas del peligro del Gran Rito? Los segadores han sido invocados a través de portales de oscuridad para poner a prueba tus agallas y tu sacrificio.
Son tan reales como la sangre que saboreas en la boca, tan reales como el frío que ya no sientes en los dedos ennegrecidos...
Otro escalofrío se deslizó por la columna de Thea como si fuera la punta de la garra de un segador. Se tragó el nudo que se le había formado en la garganta.
—¡Pues que así sea! —exclamó, y echó a caminar por el hielo.
La superficie del lago crujió bajo su peso y la fina capa de escarcha que lo recubría pareció estremecerse.
Thea se concentró en poner un pie delante del otro con cuidado para evitar grietas y fisuras ocultas...
Había aprendido la lección en el glaciar.
A lo lejos, veía a Kipp, Cal, Malik, Wren y Wilder...
Todos estaban encadenados delante de un segador cuyas sombras los constreñían más con cada segundo que pasaba y que dirigía las garras hacia la piel por encima del corazón.
—Ya voy —murmuró Thea.
El grito de Kipp se vio interrumpido por un latigazo de sombras que le azotó los labios. Su amigo abrió muchísimo los ojos, aterrorizado.
—Ya voy —prometió Thea con el corazón casi paralizado al verlo a él, al verlos a todos.
El hielo crujió cuando se acercó al primer abismo. En lugar de agua, encontró una forma móvil de oscuridad. Era el extraño cráter brillante que la joven Anya había dicho que era un portal. Si echaba a correr, quizá conseguiría saltarlo según lo que resbalase el hielo, pero...
Pero Thea no tuvo que buscar una alternativa, ya que del portal espeluznante emergió un espectro que siseaba y escupía, y de pronto el olor a pelo quemado le abrumó los sentidos.
Giró la espada y cogió el puñal. El espectro era tan horrendo y grotesco como tantos otros a los que había matado. Le arrancaría el corazón como había hecho con los demás. Los gritos y los chillidos que se elevaban desde el otro lado del lago la impulsaron.
Thea se abalanzó sin contar con que el hielo resbalaría mucho al derretirse bajo sus botas. Extendió los brazos para intentar no perder el equilibrio y alejarse del borde del abismo ondulante.
Con el corazón martilleándole, se irguió y observó al monstruo.
«Voy a tener que ir rápido, pues», se dijo.
Con un borroso destello plateado, Thea lanzó las estrellas arrojadizas con precisión milimétrica para acertar al espectro en los ojos azules y lograr que se tambaleara por el hielo hacia el precipicio del portal.
Giró la espada y le rebanó el cuello. De la herida comenzó a manar sangre negra y un aullido se alzó por los aires, lo bastante fuerte como para zarandear las montañas de los alrededores.
Thea saltó sobre el cuerpo, le hundió el puñal en el pecho y desgarró la carne podrida, los tendones y los huesos hasta llegar al corazón.
El monstruo dio un último grito antes de que ella le arrancase el corazón con unos cuantos tajos expertos; acto seguido, lanzó el órgano palpitante hacia las sombras de las que había surgido la criatura.
Solamente cuando había arrojado el corazón se dio cuenta de que el cadáver se deslizaba hacia la extraña sustancia, hacia el portal de misteriosos destinos..., y de que con la mano inerte seguía sujetándole el tobillo a modo de tenaza.
Con un grito, Thea resbaló por el hielo, arrastrada por el cuerpo del espectro cuando la mitad inferior desapareció lentamente por el abismo sombrío.
Con un único tajo poderoso, cercenó el brazo del monstruo y lo separó por completo del cuerpo justo cuando el resto de la criatura se desvanecía en la oscuridad.
Jadeando, Thea se apartó del portal, se arrancó la mano con garras en lugar de dedos del tobillo y la tiró hacia la sustancia resplandeciente con un grito ahogado.
—Joder —masculló, con el corazón a punto de salirle por la boca. Había estado a punto. La sangre le brotaba del tobillo allí donde el espectro le había desgarrado la piel, pero se la limpió y se puso en pie al instante para contemplar la ancha fisura sombría que iba a tener que saltar...
—¡Thea! —gritó Cal.
Levantó la vista a tiempo de ver un hilo de sombras entrando a la fuerza en la boca de Malik. El cuerpo del gigante forcejeaba contra las ataduras de ónice que lo rodeaban, y el segador siseó en su dirección.
Thea notó el sabor de la bilis. Miró alrededor desesperada en busca de una manera de cruzar el abismo de oscuridad.
Durante unos segundos, se retrotrajo a la prueba de iniciación de los escuderos, donde Cal, Kipp y ella pasaron de las Islas Encadenadas a tierra firme usando nada más que palos para impulsarse por encima del abismo...
Pero allí no había palos que usar y se le agotaba el tiempo.
—¡Aguanta, Malik! —exclamó, aunque el gigante no llegó a oír sus palabras. El pánico estaba a punto de embargarla; lo presentía en el aire que la envolvía, avivado por la malicia de los segadores que aguardaban al otro lado. Iban a llevarse a su familia uno a uno de la forma más agónica posible.
Pero Thea no pensaba permitir que sucediera. Iba a salvarlos a todos. Y que las furias se apiadaran de los segadores cuando llegara hasta allí, pues pensaba hacerlos pedazos con las manos por todo el daño que habían infligido.
Respiró hondo y envainó las armas para echar a correr. No quería que las espadas le hicieran perder el equilibrio. Dio varios pasos atrás, calculó la distancia lo mejor que pudo... y se lanzó a toda velocidad.
Corrió hacia el abismo con todas sus fuerzas sin importarle cómo le resbalaban las botas por el hielo: lo aprovechó para aumentar su impulso.
Y, de pronto, salió volando por los aires pasando por encima del oscuro vacío y agitando las piernas al divisar el otro lado del portal.
Aterrizó con un fuerte golpe, resbaló por la superficie mojada y se torció la rodilla antes de rodar por el hielo con un chillido.
A pesar del dolor y de los temblores, soltó un inestable suspiro de alivio. Por lo menos no se había deslizado hacia el abismo. Estaba en superficie firme, donde podía asegurarse mejor.
Después de cuadrar los hombros, Thea afrontó la siguiente fase.
Todavía le quedaban dos portales más que cruzar y cinco segadores a los que enfrentarse al final.
Si conseguía liberar primero a Wilder y a Cal, la ayudarían a acabar con los segadores, dedujo ante los gritos y el violento latigazo de poder de ónice que veía a lo lejos.
No había rastro de más acero naarviano, pero contaba con su puñal. Tendría que bastarle.
Aunque se quedó sin aliento al ver a la persona que emergía del siguiente portal sombrío.
Era Wilder.