Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

WILDER

Sin Thea, el tiempo era circular: no tenía principio ni fin. Wilder no sabía cuántas horas y días habían transcurrido, solo era vagamente consciente de que el sol salía y se ponía en algún punto más allá de los pinos.

Se mantuvo tan ocupado como podía hacerlo un hombre varado en medio de la fría nada: se encargó de los caballos, reunió leña, construyó un refugio improvisado, cazó. Una existencia sencilla salpicada por las necesidades corporales y por el color cambiante del cielo.

En un momento dado, salió del trance de días sin fin gracias a una sensación palpitante que notó en el antebrazo. Era la herida de la refriega contra el aracne, cuyo veneno había cubierto el corte.

«Hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que te mate.

Tarda en activarse, así que no te das cuenta enseguida.

Pero debéis evitarlo sea como sea. Os dejará hecho trizas de todos modos», les había dicho Torj a los aprendices en Aveum, las mismas palabras que un día les dijo Talemir cuando eran guardianes.

Agradecido por la distracción, Wilder se apoyó en el tronco de su árbol preferido, justo delante del camino y de la niebla arremolinada de la montaña. Una vez allí, se quitó la hombrera e hizo una mueca al apartar la tela de la camisa del corte pegajoso.

Un olor amargo le inundó las fosas nasales.

—Mala señal —masculló para sí mismo. Se lo había dicho muchas veces desde que Thea cruzara el umbral hacia el Gran Rito. Además de los caballos, su voz era el único ruido que sonaba en aquel lugar, y lo aliviaba momentáneamente de la tortura de estar atrapado en su propia cabeza.

Observó la herida. Estaba a un paso de infectarse; ese fue su primer error. El segundo fue asumir que el veneno del aracne era de avance lento y que sus efectos a veces podían estar varios días latentes...

—Joder. —Lo último que quería era que, cuando Thea saliera del Gran Rito, encontrara su cadáver congelado.

La sensación que experimentaba en los confines de los sentidos le resultaba extrañamente familiar, y solamente cayó en la cuenta después de haber limpiado y cubierto la herida.

Los grilletes. Les habían aplicado algún tipo de alquimia que reprimía su fuerza.

En la zona de la herida, sentía algo parecido, igual que en todo el brazo.

Soltó una ronca carcajada, que fue lo bastante sonora como para sobresaltar a los caballos.

Wren había utilizado veneno de aracne en sus experimentos; tenía que ser eso.

Wilder no sabía por qué le hacía tanta gracia, pero volvió a reírse y negó con la cabeza, incrédulo.

Era probable que se hubiera adentrado en el reino del delirio.

A lo largo de los últimos días, había intentado evitar que su mente divagara sobre lo que podría estar ocurriendo en la montaña, aunque en vano.

Cuando no llevaba a cabo ninguna tarea, su imaginación lo transportaba a un vívido viaje por todos los horrores a los que se había enfrentado a petición de las furias.

También había visto los Grandes Ritos de otros espadachines con el orbe de la memoria.

El único consuelo que le quedaba era que Thea también los había visto y que él la había preparado para todos los escenarios que los dioses habían urdido en el pasado.

Cuando se hizo de noche de nuevo, Wilder atendió a los caballos y cogió la piedra de afilar de la alforja de Thea antes de instalarse en el refugio improvisado que había construido alrededor del fuego.

Se quitó las armas y las tendió en el suelo para comenzar la metódica labor de limpiarlas y afilarlas una a una.

Sus espadas estaban en condiciones casi perfectas, pero la tarea le dio algo en lo que concentrarse, algo que estabilizaba el temblor que había empezado a zarandearle las manos.

Mientras pasaba la piedra de afilar por el acero con gesto experto, rememoró el momento en el que le enseñó a Thea a hacerlo durante sus viajes hacia y desde Delmira.

Por aquel entonces, le dio tanto miedo lo que había entre ellos que no le había sujetado las manos ni se las había guiado como quería.

Sin embargo, desde ese instante se las había guiado en numerosas ocasiones.

Mientras las llamas de la pequeña hoguera danzaban y crepitaban, se dejó cautivar por los leves chasquidos del metal contra la piedra, con movimientos que después de tantos años eran ya un hábito.

Fuera del refugio, el viento susurraba entre los árboles vetustos mientras la luz de la luna se filtraba entre el quebrado dosel para arrojar un resplandor casi etéreo sobre el entorno oscuro y helado.

Wilder detuvo la mano con la que sujetaba la piedra de afilar y sintió hormigueos en la cabeza al oír un ligero chasquido cerca de él.

En silencio, agarró sus dos espadas de acero naarviano y se puso en pie para salir del refugio con la esperanza de que la nieve no crujiera bajo sus botas.

Abstraído, se preguntó si el espía del enfrentamiento contra los aracnes había decidido reaparecer.

No le iría nada mal distraerse un poco; de hecho, agradecería librar un combate con espadas o incluso con sus propias manos si así dejaba de obcecarse con el Gran Rito, aunque solo fuera durante unos instantes.

Al mirar hacia los caballos y ver que estaban tranquilos, Wilder peinó el bosque con la mirada y reparó en que el peso de la espada enseguida le tensaba el corte del brazo.

No se atrevía a pensar largo y tendido en ello, pero tenía la ligera impresión de que el veneno lo estaba afectando más de lo que le habría gustado.

Mientras blandía sus majestuosas espadas, recorrió el perímetro del campamento y la impaciencia al final pudo con él.

—Muéstrate —ordenó con voz ronca.

Se hizo el silencio, que se prolongó en la oscura noche.

Pero, de pronto, Wilder levantó la vista al oír el inconfundible batir de unas alas.

No eran las membranosas que había acabado reconociendo muy bien, sino emplumadas. Y, en efecto, cuando inspeccionó las ramas superiores, una pluma cayó desde el cuerpo de un gran halcón.

—Terrence —murmuró Wilder—. ¿Qué diablos haces aquí?

El pájaro se lo quedó mirando con ojos amarillos implacables y extendió las alas antes de plegarlas con delicadeza emitiendo un solemne graznido.

Otra cosa sacudió los arbustos, y Wilder se giró, con las espadas en alto aún, preparado para atacar.

La nieve se aplanó bajo un peso considerable, y el espadachín se quedó observando la enorme figura de Dax, el perro de su hermano. El chucho soltó un débil ladrido y corrió hacia Wilder para acariciarle las piernas y lamerle las manos, que había bajado a los lados por el alivio.

Observó a las dos criaturas con un resoplido alegre.

—Os han enviado a echarme un ojo, ¿eh? —susurró mientras rascaba a Dax detrás de las orejas. Echó a caminar hacia su refugio y notó una ráfaga de viento junto al hombro cuando Terrence planeó hacia el campamento.

Un tanto desconcertado, Wilder se sentó ante el fuego y al final se sumió en un sueño irregular.

Soñó con Thea. Con el cabello color bronce de ella que le acariciaba el pecho al besarle el torso.

Con sus ojos tormentosos cuando discutía con él, con el olor a sal marina y a bergamota jugando con sus sentidos.

Soñó con Thea blandiendo la espada y derramando sangre maldita.

Soñó con el manantial caliente y con hundirse en su interior. Soñó con ella susurrando su nombre.

Cuando se despertó, algo no iba bien.

Dax le estaba toqueteando con el hocico el brazo herido, encima del cual se había dormido.

Al moverse, el dolor y la fiebre lo embargaron.

Por todos los dioses, ¿tanto veneno había realmente en la herida?

Pensó que tan solo debería pasar unos cuantos días con náuseas, pero lo que lo inundaba en esos instantes iba mucho más allá.

Con un gemido de dolor, Wilder se incorporó y la cabeza le dio vueltas con aquel repentino movimiento. La mitad de las víctimas de un aracne morían. Eran las estadísticas. Él no quería ser una de ellas, pero la herida no pintaba bien.

Dax la olisqueó y gruñó.

—Ya lo sé, ya lo sé —le dijo Wilder mientras contenía las náuseas que lo asaltaron.

No debería haberse tumbado. Toda la noche en posición horizontal le había dado rienda suelta al veneno para extenderse por su cuerpo.

Al examinar el lugar donde había dormido, solo le cabía esperar haber tenido la cabeza en alto o, de lo contrario, el veneno le habría podido llegar al cerebro.

Dax levantó las orejas y Terrence soltó un graznido de advertencia desde arriba.

Wilder se puso en pie y avanzó a trompicones hacia el extremo del bosque para observar el camino largo y sinuoso que iba hacia Tver. En el horizonte vio una nube de polvo, el claro indicio de un ejército en movimiento.

Soltó una maldición, incapaz de divisar los pendones ni los colores desde lejos.

Regresó tambaleándose hacia los caballos.

Sabía que Thea guardaba un anteojo en algún lugar.

Estuvo a punto de vaciar el contenido de la bolsa de ella para encontrarlo, pero al hallarlo al fin volvió hacia el camino, con la frente perlada de sudor por el esfuerzo.

Se puso el pequeño cilindro delante del ojo y ajustó el enfoque para alargar el alcance del artilugio.

Dax ya gruñía a sus pies, y, cuando Wilder vio los colores y los pendones, estuvieron a punto de fallarle las rodillas.

Era el rey Artos quien cabalgaba directamente hacia él, con un ejército entero a su espalda.

—Joder... —dijo jadeando. A su cerebro le costaba pensar entre la neblina del veneno que lo recorría.

Debía actuar deprisa.

Con un último arrebato de energía, Wilder se puso en marcha.

Desmanteló el refugio y ocultó las pruebas de cualquier tipo de campamento.

Todas las tareas eran un latigazo sobre la herida del brazo, cuyo dolor le provocó arcadas.

Con cada gesto se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, no podría luchar.

Ni contra un hombre ni, evidentemente, contra un ejército.

De ahí que tomara una decisión.

Wilder soltó a los caballos y dejó las alforjas a los pies de las montañas. Esperaba que ningún soldado se adentrara en la niebla arremolinada.

Se quedó una sola cosa.

Los grilletes que Wren había creado con el mismo veneno que circulaba por sus venas.

Sujetando las pesadas esposas con las manos, al oír acercarse el estruendo de la marcha del ejército, Wilder se giró hacia Dax.

—Márchate de aquí —le indicó al perro—. No quiero que Artos relacione nada de esto con Malik.

Dax soltó un grave ladrido y se quedó clavado en el suelo.

—¡Vete! —le ordenó Wilder con tono autoritario usando una parte de la necesaria energía que le quedaba—. Lárgate de aquí. —Echó a Dax de allí y rezó por que el perro regresara a La Liebre Cantora junto a su hermano.

Con un gimoteo, el chucho desapareció entre los árboles y Wilder estuvo a punto de desplomarse por el alivio. Había visto a Mal perder demasiadas cosas por su culpa como para que también perdiera a su compañero canino.

Se le nubló la vista y, durante unos segundos, una oleada de rabia irracional lo inundó. ¿Cómo había podido llegar tan lejos para terminar allí, tan cerca de ver a Thea emerger del Gran Rito, y sucumbir por un maldito rasguño?

Pero expulsó esos pensamientos y la urgencia lo impulsó a actuar.

Se apoyó en el árbol junto al que había dejado una cuerda del refugio. Con un jadeo entrecortado, se dejó caer sobre la nieve y se puso la cuerda alrededor de sí mismo y del tronco mientras le ardía todo el lado derecho.

Cuando apenas pudo moverse, se retorció con la espalda arrimada al tronco para grabar algo en la corteza con la punta del puñal. Un símbolo, una marca personal.

Se le cayó el puñal sobre la nieve y Wilder lamentó haberse preocupado tanto por su arma, que iba a dejar que se oxidara en aquel húmedo entorno. Aunque fue un pensamiento efímero, pues su respiración se volvió superficial.

«Una última tarea», se dijo. «Una última cosa y podrás cerrar los ojos».

Introdujo las muñecas en los grilletes, azotado por una nueva oleada de incomodidad, y los cerró.

—¿A quién tenemos aquí? —exclamó una voz con sumo engreimiento.

Wilder se tomó unos instantes para hacer acopio de fuerza, inhalar una bocanada de frío aire montañoso y dar gracias por que nadie que le importase fuera a presenciar su caída.

Levantó la vista e, incapaz de seguir manteniendo a raya el efecto del veneno, vio el hermoso rostro del rey Artos Fairmoore.

Miró a los ojos verdes de su enemigo sin vacilar, sin miedo.

—No era necesario que trajeras a todo tu ejército, Artos.

—Un rey de los mediorreinos ha muerto por tu culpa —anunció el rey—.

Ordenar que un ejército te persiga y te encadene está más que justificado.

Pero veo que alguien nos ha ahorrado las molestias.

Por lo visto, los rumores eran ciertos. ¿Supongo que debemos dar las gracias a Althea Zoltaire por haberte capturado?

—Es una enemiga formidable —dijo Wilder con un gruñido.

Lo último que vio fueron los ojos amarillentos de Terrence, que batió las enormes alas bajo un cielo azul intenso.

—No me arrepiento de nada —murmuró imaginando unos ojos tormentosos de color celadón.

Y la oscuridad lo cubrió por completo.