Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 39 #3
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Capítulo 39 #3

Un grito roto de terror surgió de sus labios al observar un monstruo que no era de este mundo. Las escamas cristalinas centelleaban como lágrimas de los mismísimos dioses y unos ojos penetrantes de color zafiro dejaban hielo a su paso.

Thea retrocedió con cuidado para no mirarlo directamente a los ojos y no quedar totalmente congelada.

Era un basilisco de hielo.

Una criatura antigua, la personificación de la ira del invierno.

El monstruo volvió a rugir, y esta vez remató el rugido con una nota aguda que amenazaba con derruir las montañas que los rodeaban.

En un acto reflejo, Thea quiso recurrir a su poder...

Pero había desaparecido.

Ninguna magia podría salvarla ya.

Desenvainó el puñal con una mano temblorosa.

El cuerpo del basilisco se retorcía en el caos de nieve y esquirlas heladas, como si acabara de despertar de un gran letargo bajo el hielo.

Sus escamas resplandecían con tonos azules y plateados e intentó mirarla con sus ojos letales, dos esferas idénticas de fuego escarchado que ardían en deseos de congelarla.

La enorme figura se enrolló, preparada para atacar.

Con o sin magia, Thea nunca había sido de las que esperaban.

Con un grito silencioso en los labios, se abalanzó con el puñal en dirección a la blanda barriga del monstruo.

Sin embargo, el basilisco era veloz, mucho más veloz de lo que debería ser una criatura de su tamaño.

Golpeó a Thea con la cola afilada y ella vio el veneno que desprendía la punta.

Saltó para esquivar la arremetida, agradecida por haberse pasado la vida jugando a las alquimistas bailarinas y agradecida a las sombras con las que había luchado y que la habían ayudado a ser más rápida.

Tras evitar otro embate de las horribles púas, consiguió clavar el puñal en las escamas más blandas y derramar su sangre sobre la nieve.

Pero las escamas eran duras y no había conseguido hundir lo suficiente el arma.

Sus esfuerzos solo consiguieron encolerizar todavía más a la criatura.

Una explosión de hielo estuvo a punto de golpearla. Thea se apartó de su camino. Un aullido surcó los aires, y ella se agachó para rodar por la nieve ensangrentada y esquivar dos horrendos colmillos que se clavaron en el suelo.

Aterrada y exhausta, Thea echó muchísimo de menos su magia.

Lo que más quería en el mundo era hurgar en su interior y encontrar la semilla de poder para echar al basilisco de la montaña de una vez.

Pero en su interior no había más que silencio.

Ningún relámpago restalló para responder a su llamada. Ningún trueno rugió en la distancia...

De hecho, el suelo que pisaba tembló con tanta fuerza que no pudo seguir en pie, y la púa letal se hundió en la nieve, a apenas unos centímetros de su costado.

Thea se puso en pie y blandió el puñal con una mano dolorida, tambaleándose. Evitó otro golpe y otro, pero sus reservas de energía estaban agotadas y sus movimientos resultaban torpes. Desesperada, intentó volver a usar su magia...

Un repentino movimiento la cegó durante un instante y la lanzó a la nieve, donde se quedó sin aliento por completo.

Un dolor abrasador le atravesó el hombro.

Un grito indescriptible brotó de sus labios.

De la herida manaba sangre caliente, que le producía una extraña sensación sobre la piel helada.

Thea se quedó boquiabierta al ver el origen del dolor. Uno de los colmillos del basilisco seguía ensartándola, despegado de la boca del monstruo.

Con un grito de agonía, se arrancó el colmillo de la carne, y el monstruo atacó de nuevo.

Pero Thea salió disparada.

Se abalanzó sobre la criatura, le rodeó el cuello escamoso con las piernas y hundió el colmillo en uno de los ojos de zafiro.

El basilisco corcoveó y rugió, y lanzó a Thea por los aires.

Al monstruo le brotaba sangre del ojo, de donde seguía sobresaliendo el colmillo.

Derramó más sangre cuando todo el cuerpo se sacudió en un doloroso espasmo, zarandeándose y contoneándose, hasta que la cola se desplomó por el borde del precipicio.

Thea abrió la boca en busca de aire, desesperada, y retrocedió cuando un último aullido estuvo a punto de ensordecerla. El basilisco no podía aferrarse a la nieve y la gravedad se encargó del resto para conducir la parte superior del cuerpo hacia la caída mortal.

Una loca carcajada de incredulidad murió en los labios de Thea.

Con su propio colmillo clavado en el ojo, el peso del monstruo lo arrastró hasta el extremo del precipicio.

Y se cayó.

Al cabo de varios segundos, se oyó un estruendo procedente del abismo.

Thea parpadeó. La sorpresa la constreñía como si fuera una tenaza. Medio sollozando, se obligó a gatear y a dejar la mayor distancia posible entre ella misma y el borde y la bestia.

Finalmente, bajo la nieve, tocó tierra firme con las manos y las rodillas y dio gracias con lágrimas y con sangre. Acercó los labios a los copos helados con un grito roto.

Solo levantó la vista cuando dejó de boquear y resollar, cuando se quedó sin lágrimas y su herida había dejado de sangrar profusamente. Un ligero reguero caía a la suave nieve blanca que pisaba.

Delante de ella, se extendía un páramo congelado.

Y el tiempo se detuvo siniestramente.