Capítulo 39 #2
Hincó un pico y luego el otro, apoyó el pie derecho y luego el izquierdo; se afanó en escalar la pared totalmente vertical mientras percibía la presencia de aquellos que la habían trepado antes que ella: sus miedos, sus triunfos y sus fracasos estaban tallados en el mismísimo hielo.
Una voluntad pura la motivaba allá donde flaqueaba su energía, y jadeó con cada movimiento, con cada vez que estuvo a punto de dar en un desperfecto de la superficie o en una grieta que podría haberla llevado consigo al vacío.
A esas alturas, estaba totalmente rodeada por niebla danzarina y era incapaz de ver el abismo inferior por mucho que lo deseara. Significaba que se estaba acercando a la cima. Tenía que ser eso.
Pero fue como si, al atreverse a adentrarse en su cerebro cansado, ese pensamiento hubiera provocado los temblores que se apoderaron de la pared.
Advirtió movimiento más abajo, lejos de su vista, que bastó para apartarle una de las botas de la fachada, y le resbaló el pie...
Con un grito ahogado, Thea se aferró a los picos y se enganchó al hielo con el pie.
Sus puntas de hierro habían destrozado cualquier zona inmediata donde buscar tracción o soporte.
Le costó encontrar algún tipo de apoyo, ya que las puntas se deslizaban por la superficie resbaladiza con un doloroso chirrido.
La pared volvió a estremecerse.
Fue como si toda la estructura respirara hondo antes de...
Thea giró la cabeza a la izquierda, donde toda una capa de hielo se había retirado de la pared con un crujido espectacular.
Se le escapó un grito de terror al aferrarse a los picos para seguir subiendo.
Una de las puntas de hierro de las botas se le cayó; los problemas que había tenido habían aflojado el nudo con el que se la había sujetado en el pie.
Con un mudo chillido de horror, vio cómo se desplomaba.
Cuando más partes de la pared se desmoronaron en una cascada mortífera, se fijó en que entre el hielo no había ninguna trampa ni nada destructivo de origen humano.
Era una cola llena de escamas, con púas afiladas y traslúcidas en la punta.
Que se abría paso por el hielo a toda prisa hacia ella.
La cola destrozaba todo lo que encontraba a su paso provocando una lluvia de hielo y rocas y nieve sobre el abismo.
Thea se atragantó con el grito que se le quedó atascado en la garganta. No había modo alguno de conseguirlo, no había modo alguno de apartarse de aquel camino de destrucción. No podría escalar lo bastante rápido, ni aunque conservara la punta que acababa de perder.
Aturdida por la conmoción, observó el entorno helado mientras la cola de un monstruo desconocido avanzaba hacia ella desde arriba, cortando la superficie del hielo como si fuera una fina capa.
El tiempo se ralentizó a medida que las escamas de un azul pálido se le aproximaban más y más.
Thea intentó canalizar a su Kipp interno y evaluar la situación en lugar de reaccionar por puro pánico.
Procuró calcular la distancia entre el lugar en el que estaba y la cima de la pared, la velocidad con la que la cola iba rebanando el hielo y si la criatura estaba o no preparada para atacar desde el saliente.
Al analizar el resto del ascenso vertical, llegó a la misma conclusión que antes: era imposible. Y no sobreviviría a la caída.
Thea notaba la fuerza de la cola monstruosa en el viento que la rodeaba, que le zarandeaba la trenza y le azotaba el rostro.
Tan solo reaccionó cuando notó el beso de la muerte en el aire.
Y no optó por hacer un último intento por seguir trepando, sino por soltarse.
Thea aflojó los picos y saltó de la pared...
Y cayó.
El viento la sacudía y le desgarraba la ropa y la piel.
Hasta que extendió los brazos y, envuelta por una lluvia de hielo al deslizarse por la escarpada superficie, buscó con las manos entumecidas la gruesa cola que se retorcía por la fachada de la pared.
Thea permitió que la golpeara al azotar la formidable pared vertical e ignoró el dolor que la invadió, tan insoportable como si varias cuchillas le estuvieran desgarrando la carne. El impulso de la cola la subió, cada vez más arriba, por la pared.
Cuando vio el rubor del sol por encima de la niebla, se soltó nuevamente.
Con el pulso retumbando en sus oídos, Thea saltó al aire frío alargando los picos mientras caía entre las nubes.
Se hundieron en el hielo y volvió a deslizarse por la majestuosa caída vertical.
Pero Thea clavó la punta de hierro que le quedaba en la pared.
El dolor le abrasó el tobillo cuando una única extremidad tuvo que soportar todo su peso de pronto.
Temblando, profirió un chillido. Pero no se soltó ni titubeó al reanudar el ascenso.
Pico, pico, punta. Pico, pico, punta. Tres gestos repetidos, con los dientes tan apretados que le ardía la mandíbula.
Notaba el sabor de la sangre en la lengua.
Sentía el fuego de numerosas heridas repartidas por su cuerpo y veía la mancha que dejaba su propia sangre sobre la pared helada allá donde la cola había estado a punto de aplastarla.
Pico, pico, punta. Pico, pico, punta.
Cuando volvió a alzar el pico, no encontró resistencia ni superficie sólida donde clavarlo.
Con un jadeo traqueteante, palpó con los dedos...
Y encontró el final de la pared.
Y encontró la salvación.
Con todas las fuerzas que le quedaban, Thea trepó hasta el borde y se impulsó por encima de la cumbre.
De repente, un rugido ensordecedor estuvo a punto de lanzarla por el precipicio de su muerte. A continuación, levantó la vista.