Capítulo 39
THEA
Thea se había pasado toda la vida danzando con la muerte y creyendo que el trozo de jade que llevaba en un collar conseguiría mantener a raya su final.
Al alargar el cuello y observar lo que se alzaba delante de ella, sin embargo, se preguntó si no habría estado equivocada desde que tenía uso de razón.
Tal vez había llegado el momento en el que, después de todo, la muerte se apoderara de ella.
Se hallaba otra vez fuera de la montaña, delante de una pared totalmente vertical de hielo, que se alzaba hacia la niebla, tan alta que ni siquiera veía la cima, tan alta que levantar la vista producía cierto mareo.
La superficie brillaba bajo la pálida luz de la luna, y Thea se dio cuenta, distraída, de que se había hecho de noche.
Aunque no sabía qué día era; resultaba imposible saber cuánto tiempo había tardado en subir la montaña y cuánto tiempo había pasado encerrada en el laberinto de espejos.
Sintió una débil punzada de hambre en la parte baja del vientre y un ansia distante por beber agua, pero aquello no significaba nada.
Las sensaciones, la luz... No había manera de saber qué era real ni qué había sido producto de los mismísimos dioses.
Thea respiró hondo y examinó el titán congelado que había ante ella, que parecía desafiar la gravedad y cualquier cosa parecida al coraje mortal.
Era un testimonio de la naturaleza despiadada de las furias, una trampa letal que se erigía hacia el cielo, una barrera interminable que se extendía a ambos lados hasta donde se perdía la vista.
Hacia la cima, debajo del hielo, se veía una sombra... Parecía una cadena gigantesca atrapada en las garras del frío, cuya presencia contrastaba enormemente con la superficie nívea.
Todo lo demás era blanco y cristalino, a excepción de un montoncito de objetos a los pies de la pared. Azotada por el aire gélido que le maltrataba la piel, Thea se agachó y examinó lo que habían dejado allí para ella.
Picos. Puntas de hierro.
El reto era evidente.
Thea debía escalar la pared.
Con el corazón martilleándole las costillas, cogió los picos. A duras penas notó cuánto pesaban debido al entumecimiento que ya se había apoderado de sus manos. ¿Cómo pretendían que trepase si era incapaz de sentir las extremidades?
En Thezmarr no nevaba casi nunca, y le tocaba enfrentarse al ascenso invernal más peligroso que cabía imaginar.
Al encajar las puntas de hierro en sus botas, se maldijo por no haber entrenado con más ahínco durante sus viajes.
Siempre supo que durante el Gran Rito habría algún desafío que pondría a prueba su fuerza física...
¿Por qué no se había preparado mejor? Daba igual a cuántos monstruos hubiera matado si no podía levantar su propio peso.
«Monstruos...». Ese pensamiento la embargó de pronto, y Thea dirigió su atención hacia la línea sombría que surcaba la superficie blanquecina.
Se había enfrentado a segadores, a espectros, a habitantes del arrecife, a aracnes y a aulladores, pero lo que estaba hundido en el hielo era un artilugio de invención humana tan terrorífico como todas esas criaturas.
Había oído hablar de un artefacto que se utilizaba en las murallas de Aveum.
Al activarlo, arrojaba toda una capa de la fachada provocando una lluvia de caos y matando a todo aquel que fuera lo bastante osado como para intentar trepar.
El temor se ovilló en sus entrañas. Thea no sabía qué era, pero no importaba. Tan solo había una manera de superar aquella prueba, que consistía en subir el obstáculo helado que se alzaba ante ella.
Terminó de encajar las puntas de hierro en las botas y comprobó su solidez propinando unas cuantas patadas a la nieve.
Le daban cierta torpeza, pero no le cabía duda de que pronto daría gracias por contar con ellas.
A continuación, cogió los picos. Pequeños y sencillos, eran filos que resplandecían intensamente bajo la luz de la luna.
Thea intentó sacudirse los nervios del cuerpo y se acercó a la base de la pared. Levantó la vista y soltó un silbido entre dientes...
«El abrazo del glaciar...». Oyó aquellas palabras como si las hubiera pronunciado en voz alta, pero sabía que no había abierto la boca. Era un susurro de las furias, acompañado de una fría ráfaga de viento que bajó por la pared. Era una advertencia.
Aunque el instinto le pedía a gritos que huyera a toda prisa de allí y que no clavara el pico en el hielo, no le quedaba alternativa.
Se trataba del Gran Rito.
No había vuelta atrás.
Thea blandió el pico por encima de su cabeza. El primer ruido que hizo el acero al perforar el hielo reverberó por aquel espacio extraño y desolado como si fuera un grito de guerra.
Clavó las puntas de hierro de la bota en la pared y comprobó el aguante antes de permitir que sus herramientas soportaran todo su peso.
—En fin, allá vamos —masculló para sí misma balanceando el segundo pico hacia el hielo.
Tras avanzar con los picos y las puntas de hierro, Thea se quedó suspendida a unos cuantos metros por encima del suelo.
El frío punzante de la pared le calaba el torso y le empapaba las capas de ropa.
Debía subir deprisa si quería evitar el efecto mortífero que podría tener el estar expuesta a esas condiciones.
Intentando no pensar en la creciente caída e intentando soportar el agarrotamiento de las extremidades a consecuencia del frío, Thea lanzó el pico hacia arriba y se impulsó al clavar las puntas de hierro en la superficie vertical, una y otra vez.
Su aliento formaba vaho, y en ese momento dio gracias por ello, pues la distraía de bajar la vista hacia la distancia que la separaba del suelo despiadado.
Thea trepó a un ritmo que se le antojó agónicamente lento.
Le castañeteaban los dientes con la fuerza suficiente como para zarandear su cerebro dentro del cráneo, pero siguió avanzando, sumida en el ritmo de los picos y las puntas de hierro, poniendo a prueba el agarre con cada ascenso entre la niebla.
Le dolían los músculos, que enseguida comenzaron a arderle con cada movimiento; sin embargo, no se amilanó, consciente de que cualquier error podría hacer que se desplomara hacia lo que ya parecía un verdadero abismo a sus pies.
El corazón se le aceleraba con cada impulso, y no se atrevió a bajar la vista para ver cuánta distancia había trepado. Respiró por la nariz. El viento gélido le golpeó los pulmones hasta hacerla jadear y aflojó un poco la mano con la que sujetaba uno de los picos.
Se arrimó a la pared con todas sus fuerzas y cerró los ojos durante unos segundos de pánico.
«No me arrepentiré de nada. Ni de las mentiras que he dicho, ni de las vidas que he arrebatado ni de los ríos de sangre que he derramado. No me arrepiento de ninguno de esos momentos, ya que todos ellos me llevaron hasta ti».
Las palabras de Wilder regresaron a ella como un destello de fuego en una noche larga y oscura, y Thea apretó los dientes, hundió el piolet en la superficie de hielo por encima de la cabeza y se alzó.
Se aferraba a esas palabras como se aferraba a los picos: con todo su ser. Permitió que la abrazaran como el propio Wilder la había abrazado durante tantas noches.
La pálida luz de la luna se iba atenuando y la oscuridad conquistó el hielo. La temperatura alrededor de Thea descendió aún más. La pared parecía gruñir. El ruido estremecedor de un chasquido llenó el aire cuando el hielo recibió el embate del vendaval que le azotaba la espalda.
Pasaron varias horas. Las extremidades le ardían con cada movimiento. En el horizonte, los primeros rayos dorados del alba comenzaron a bañar el mundo. Thea se aferró a los picos con tanta fuerza que se hirió los nudillos bajo los guantes y un caliente reguero de sangre le cayó por la piel helada.
No sabía cuánto había conseguido subir por la pared.
Tan solo sabía que el viento ululante amenazaba con arrancarla de la superficie.
Como si tuviesen garras, las ráfagas tiraban con fuerza de su capa y de su trenza, y todo su cuerpo tembló ante el esfuerzo que suponía seguir pegada a la pared vertical del glaciar.
«Althea la de las Nueve Vidas», recordó. Esa era ella. Viviría todas esas vidas cuando hubiera terminado aquella tortura y...
El hielo volvió a crujir.
Numerosas grietas escarpadas irrumpieron en la superficie a modo de traicionera red de venas heladas. Era otro laberinto, una imitación del laberinto de espejos del que acababa de salir victoriosa.
Con un grito, Thea clavó el pico por encima de su cabeza en el hielo, que se resquebrajó, a punto de precipitarse hacia una caída que no veía.
De la garganta le surgió un chillido de terror.
La mano le salió volando, y, durante medio segundo, creyó que se desplomaba.
Pero las incontables horas de entrenamiento hicieron acto de presencia y consiguió agarrar bien el pico y hundirlo con todas sus fuerzas en otra porción de hielo.
Jadeando, comprobó que aguantara su peso.
Lo aguantaba.
Se le escapó un sollozo de alivio al reanudar la subida, con una gota de sudor deslizándosele entre las escápulas a pesar del frío penetrante.
Era un feroz recordatorio de que no podía confiarse, no debía sumirse demasiado en el ritmo del ascenso, pues la fachada de hielo se iba volviendo más traicionera y ya solo le ofrecía lugares de apoyo efímero.
Bajo el exterior de la pared, la acechaban peligrosas fisuras, ávidas del menor de los errores o de una mala colocación de uno de los picos.
Ignorando el temblor de los músculos y el dolor de manos y pies, Thea siguió trepando.
Sabía que las furias pretendían ponerla a prueba de todas las maneras posibles, y había estado más que dispuesta a lanzarse a sus pies y quedar a su merced.
Apretó el pico e hizo una mueca cuando consiguió recostarse en la pared cristalina.
Escalar aquella mole pretendía poner a prueba su fuerza, su resistencia, y por todos los dioses que pensaba demostrar de qué pasta estaba hecha.