Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

—Te reto —murmuró, con los ojos ansiosos y brillantes—. Te reto a ir a ver qué está pasando ahí fuera.

Anya se agitó.

—Audra ha dicho que debíamos...

Aun con solo cuatro años, Thea esbozó una sonrisa petulante.

—Sabía que no te atreverías.

—¡Y tanto que sí! —Los ojos de Anya destellaron.

—Acércate tanto como puedas. —La expresión de Thea era de puro triunfo—. No te pierdas ningún detalle.

Wren era demasiado pequeña, pero Thea era una firme aventurera, valiente y siempre metiéndose en problemas.

Incluso a tan tierna edad, sabía que a su hermana mayor la irritaba que la dejaran atrás, y por eso Anya estaba más decidida si cabe a asegurarse su lugar como la exploradora de las huérfanas Zoltaire.

—Date prisa o no verás nada —la provocó la pequeña Thea.

—Ya voy —le susurró Anya.

Thea vio cómo su hermana se iba y se escabullía de la vista de halcón de Audra para pasar junto a Farissa, que estaba distraída con uno de los niños pequeños.

Solamente se dio cuenta de lo que había hecho cuando oyó los gritos.

Thea se apartó a trompicones del espejo profiriendo un grito ahogado.

—No es verdad —dijo resollando y apretándose con una mano el pecho, donde la presión era casi insoportable—. No fui yo... Nunca habría...

«¿Ilusión o realidad?». A eso la obligaban a jugar. «Ilusión, ilusión», se repitió.

Pero su reflejo respondió a su horror torciendo cruelmente los labios.

Thea chilló y avanzó tambaleándose hacia otro camino sinuoso de espejos, débil bajo el peso de los acontecimientos que había provocado en su hermana mayor. Las cicatrices, el ojo perdido, las sombras que estuvieron a punto de devorarla. Era todo culpa de Thea.

La Hija de la Oscuridad había sido creación suya.

Con un grito de angustia, Thea echó a correr e ignoró el movimiento de su reflejo en los espejos. Erigió muros mentales a su alrededor para contener los chillidos de su propia voz, que retumbaba por el laberinto.

Se aferró a las palabras que pronunció Anya en La Liebre Cantora, palabras que sabía sin asomo de duda que había verbalizado su hermana de verdad:

«Las mareas del destino están como siempre han pretendido estar».

Anya había estado a su lado junto a Dratos, Marise y Everard... Y Wilder.

«Wilder»... El nombre de él la inundó como una oleada que caía sobre el fuego y, a lo lejos, oyó cristales haciéndose añicos.

«No pronuncies esas palabras hasta que estemos al otro lado. Hasta que podamos hablar de espadachín a espadachina».

Después de lo que habían vivido, y de todas las veces que se habían dicho esas palabras inexpresables, Thea cayó en la cuenta de que jamás había sido la primera en pronunciarlas.

Siempre había sido él. Wilder siempre era el primero en dar el paso.

Wilder siempre era el primero en arriesgar el corazón. Por ella.

«Si llego a salir de aquí, se lo diré yo primero», se prometió. «Seré yo quien dé el paso por él».

Se rompieron más cristales, que esta vez sonaron más cerca de ella.

Sin saber por qué, Thea echó a correr en esa dirección y descubrió que los espejos que había tras ella habían comenzado a resquebrajarse conforme la escarcha se extendía por su superficie.

Hubo una repentina explosión ensordecedora cuando miles de espejos se rompieron en millones de fragmentos.

El ruido adquirió más y más intensidad, más y más cerca.

Mientras tanto, Thea corría por el laberinto, girando en cada curva, con sus reflejos persiguiéndola o huyendo de la riada de cristales.

No sabía qué opción había tomado ni le dio importancia; tan solo debía llegar al centro, tan solo debía...

Con el corazón desbocado, se detuvo en seco. Le patinaron las botas por el suelo húmedo y extendió los brazos para no perder el equilibrio.

El pasadizo se ensanchó.

Ante ella se alzaba un espejo colosal. El más grande que había visto nunca.

Vio cien versiones distintas de sí misma, distorsionadas y horrendas, rotas y huecas, rabiosas y vengativas. Thea respiró hondo ante cada nuevo ángulo, que la mostraba con claridad, y vio semillas de verdad en cada imagen, además de falsedades.

Finalmente, se miró a los ojos.

Y fue allí donde halló lo más horrible que había llegado a sospechar de sí misma. Vio las partes más corrompidas de la chica que fue y de la mujer en la que se convertiría.

Althea Zoltaire se enfrentó a su lado sombrío.

—Yo... —dijo jadeando—. Una espadachina debe aceptarse a sí misma, sobre todo las partes más oscuras... —Tomó una bocanada de aire—. Yo me acepto. Acepto todo mi ser.

Thea se miró a los ojos y asimiló que todas las partes rotas podían volver a forjarse para formar algo más fuerte, algo que no se rindiera ante las adversidades.

Al otro lado del resplandor impoluto del cristal, bajo las capas de veneno que la habían empapado, Thea vio cómo su reflejo le devolvía por fin una mirada que irradiaba algo que comprendió.

Era su determinación.

Asombrada, vio cómo la imagen se hacía añicos a su alrededor como si fueran cenizas. Acto seguido, su reflejo cobró vida de nuevo en el laberinto de espejos.

Y, en ese momento, el último tramo de cristal se rompió por la mitad.

Los paneles de espejos se desplomaron en el suelo y se resquebrajaron en millones de fragmentos plateados diminutos.

Y le mostraron dos puertas de elaborada fabricación.

Mientras seguía intentando recobrar el aliento, Thea se secó el sudor de la frente y se apartó los mechones que le caían sobre los ojos, preparándose nuevamente para lo que se avecinaba.

Las dos puertas se abrieron hacia dentro.

Thea emitió un gruñido ahogado al darse cuenta de qué contenían.

Dos futuros.

Una elección.

«No puedes ser una portadora de tormentas y una espadachina al mismo tiempo». Las palabras de Audra reverberaron en la cueva. «Vas a tener que elegir, Thea...».

Le dio un vuelco el estómago y un sabor amargo se extendió por su lengua. No había creído a la bibliotecaria. Pensó... ¿Qué había pensado? ¿Que estaba por encima de las leyes de los mediorreinos? ¿Que las furias harían una excepción por ella?

Se le secó la garganta al examinar los futuros que se le ofrecían.

En el primero, se vio en un campo de brezos.

Su misma presencia irradiaba magia de tormentas, la magia que había terminado adorando.

Le restallaban relámpagos en la punta de los dedos y los truenos retumbaban por el cielo.

Su poder era más grande de lo que jamás había imaginado.

Desde el umbral, lo percibía vibrando por el mundo; podía aceptarlo, podía aceptar aquella fuerza tan potente que lograría que nunca volviera a cuestionarse su lugar en los mediorreinos ni su valía.

En el segundo, se encontraba entre los restos de un lugar que le resultaba dolorosamente familiar, empuñando una espada de acero naarviano.

No era el puñal de Malik ni las armas de Wilder...

Era una espada suya. El arma de una espadachina.

Se enfrentaba a espectros sombríos y atravesaba la oscuridad con rápidos movimientos.

Lucía con orgullo un tótem de espadachina en el brazo derecho, por encima de la armadura.

Pero no había magia. No había ninguna tormenta en su interior.

«Vas a tener que elegir, Thea...», oyó de nuevo.

A modo de respuesta, su magia se activó. La corriente la cruzó del pecho a los dedos de las manos y de los pies exigiendo que la sintiera y la admitiera.

Thea había llegado a adorar esa parte de sí misma, la había acogido con los brazos abiertos en su vida y en su identidad.

¿Qué debía hacer?

Mantuvo a raya el pánico. Dejó a un lado las versiones de sí misma que se le habían insinuado, versiones que la aterraban y le provocaban dolor en el corazón.

Ansiaba más cosas de las que se había dado cuenta. Pero, si debía pagar un precio, lo pagaría sin dudar.

Temblando, cruzó el umbral que la conducía a su existencia como espadachina.

Y un grito brotó de su garganta.

Con los ojos anegados en lágrimas, vio cómo su relámpago se fragmentaba a su alrededor cuando se lo arrancaron con violencia del tejido mismo de su ser.

Con una punzada de dolor inimaginable, le arrebataron el poder, que abandonó su cuerpo con olas poderosas, como si alguien se lo estuviera arrancando de la sangre, de los huesos, del alma.

La agonía fue más allá del padecimiento físico.

Cuando los últimos rayos de luz se alejaron de su piel, Thea vio cómo una parte de sí misma se iba con ellos.

En cuanto terminó la tortura se quedó vacía, jadeando a cuatro patas en el suelo. Temblando y exhausta, se limpió un reguero de sangre de la nariz y se puso de pie.

Un portal se materializó ante ella y se encaminó hacia allí a trompicones.

¿Cuántas horas habían transcurrido ya? ¿Durante cuánto tiempo había luchado consigo misma en el laberinto de espejos? Thea cuadró los hombros. La prueba no había terminado aún, en absoluto.

«Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte», recitó de nuevo para sus adentros al pasar de un aro de fuego al siguiente para afrontar la segunda prueba del Gran Rito, ya sin su magia de tormentas.