Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 38
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Capítulo 38

THEA

La niebla la cubrió y Wilder desapareció de repente. Cuando Thea miró hacia atrás por donde había llegado, no vio nada más que una neblina blanca que parecía empujarla hacia delante y animarla a avanzar.

«Ha llegado la hora», se dijo cuando se encaminó hacia el terreno sagrado del Gran Rito. Se había pasado toda la vida soñando con aquello... y estaba a punto de enfrentarse a las pruebas letales ingeniadas por las propias furias, desafíos que iban a tensar los límites de su resiliencia mortal.

«Que lo intenten», pensó al comenzar a subir la cuesta de la montaña.

El suelo era irregular e inclinado, con rocas heladas ocultas bajo un manto de hojas cubiertas de escarcha.

A su alrededor, el aire era húmedo y punzante y le calaba los huesos con la sensación de cercanía del bosque.

Apenas veía retazos de cielo por encima del dosel arbóreo, pero le trajo sin cuidado.

Gracias a la magia de las furias, sabía cuál era el camino: hacia delante.

La niebla se retorcía en torno a sus tobillos conforme andaba.

Le ardieron las pantorrillas cuando la cuesta se fue empinando y complicando.

Agradeció para sus adentros no llevar mochila.

Sin embargo, con cada paso que daba, crecía su agitación.

Se le aceleraba el corazón ante la inmediatez de la primera prueba que debería afrontar.

En cualquier momento, esperaba verse impulsada a un vórtice de caos.

Pero no fue así.

«Mente fuerte, cuerpo fuerte, corazón fuerte», repitió para sí misma al poner un pie delante del otro.

Thea sabía que la posibilidad de un peligro inminente podía llegar a ser tan ardua como el propio peligro, así que se preparó mentalmente e intentó concentrarse en la tarea física de subir la formidable montaña.

Cuando comenzara la prueba, se daría cuenta.

El tiempo se convirtió en una extensión de la nada absoluta.

No había marcadores para indicar las horas que transcurrían, tan solo el sudor en su frente y la sed que le secaba la lengua y la garganta.

No tardó demasiado en percatarse de que, si pretendía continuar, debía hidratarse.

Por suerte, no faltaban los riachuelos estrechos que descendían por la montaña y Thea se puso de rodillas junto a uno y ahuecó las manos en el agua gélida.

Se las llevó a los labios y bebió profusamente.

Cerró los ojos cuando el líquido helado le golpeó los labios y le calmó la boca reseca, y bebió hasta saciarse.

Al abrirlos de nuevo, ya no estaba junto a ningún arroyo.

Se encontraba en el interior de la montaña, enfrente de una pared de espejos.

La cueva estaba iluminada por antorchas, cuyas llamas se reflejaban en las superficies fulgurantes que había ante ella.

Thea vio su expresión de asombro en su propio reflejo, y la confusión que sentía se incrementó conforme recorría la longitud de los espejos.

Al moverse, estos creaban una extraña ilusión óptica que la seguía por todas partes.

Se le puso la piel de gallina cuando dos de las hojas reflectoras se abrieron hacia dentro.

En el interior, vio un pasadizo espejado. Y, en el otro extremo, más espejos.

«Es un laberinto», dedujo.

Por aquel pasadizo centelleante, el silencio se alzaba más fuerte que cualquier ruido, y su llamada espeluznante resultaba casi palpable.

Thea se situó en el umbral e hizo de tripas corazón, consciente de que lo que la aguardaba entre esas paredes iba a poner a prueba su resolución mental como nunca.

«Debo llegar al centro».

Ese pensamiento brotó de la nada, una voz distante de la razón, y supo que era lo que debía hacer. En el centro del laberinto, había algo esperándola.

Apoyó las manos en los mangos de las armas, respiró hondo y entró.

De inmediato, las puertas de espejos se cerraron tras ella y la dejaron en el inicio del largo camino.

Del techo colgaban lámparas cuyas llamas iluminaban el mar de estalactitas que pendían como puñales.

Aunque Thea sabía que acabar empalada por una formación mineral era la menor de sus preocupaciones.

Allí había un peligro; lo notaba reptándole por la piel, lo presentía queriendo hincarle los dientes...

Y más peligroso aún era lo que la aguardaba al otro lado de los pasadizos serpenteantes.

Poco a poco, echó a caminar e intentó no sobresaltarse cada vez que un espejo se movía y le mostraba su reflejo desde un nuevo ángulo. No era más que un truco de ilusión y de luz, diseñado para mantenerla tensa, anticipando el primer ataque.

Con cada paso que daba por el laberinto, se le apretaba el nudo que se le había formado en el pecho, una presión justo encima del corazón que se iba volviendo más pesada.

Era imposible saber cómo se accedía al centro del laberinto; no había señales ni carteles a la vista.

Los pasadizos sinuosos le ofrecían más de lo mismo: su propio rostro multiplicado.

De repente, oyó un susurro.

Era su propia voz la que la llamaba, pero no consiguió comprender qué decía.

Thea aceleró el paso. Cuanto antes alcanzara el centro de ese lugar y afrontara el desafío, mejor.

«En el Gran Rito, el tiempo transcurre de forma distinta», le había comentado Wilder en el bosque Sangriento.

Sabía que varias horas en el ritual podían equivaler a apenas unos segundos en los mediorreinos, y viceversa; formaba parte de la leyenda del Rito.

Esa certeza no hizo sino ponerla más nerviosa por acelerar el proceso.

Cuando incrementó la velocidad, no obstante, algo parpadeó en su reflejo. Se le heló la sangre cuando los espejos dejaron de imitar sus movimientos.

En cuanto se movió, sus reflejos se quedaron quietos.

Decenas de Theas se la quedaron mirando. No avanzaron cuando ella avanzó. No levantaron una mano cuando lo hizo ella. No parpadearon cuando ella parpadeó.

Se limitaban a reflejar la podredumbre de su interior.

Se le escapó un grito ahogado al ver qué anidaba bajo la superficie de su cuerpo.

Egoísmo. Avaricia. Odio.

Era una versión de sí misma que apenas reconocía, una que encadenaría y destruiría a aquellos que le importaban para así conseguir lo que quería.

Pero también oyó un susurro de verdad...

Sus reflejos se retorcieron y danzaron triunfales cuando esa semilla se instaló en el abismo del doliente pecho de Thea.

Agarró las espadas con la fuerza suficiente como para que le ardieran los nudillos, y fue ese dolor el que la ancló al presente y le permitió moverse.

«Llega hasta el centro», se dijo. «Llega hasta el centro y mata al monstruo que te esté esperando».

Los susurros llenaron el aire. Eran murmullos que la acechaban con su propia voz y se deslizaban por su piel como el aceite. Promesas de poder si consentía en entregar un pedazo de sí misma; «las partes que de todos modos no importan», dijo retumbando una voz en su mente.

Un leve dolor le palpitaba en las sienes cada vez que apartaba la vista de los espejos, como si hubiera ingerido demasiado vino o estuviera observando directamente el sol.

Se obligó a mirar hacia los espejos, donde aparecía abierta en canal a la vista de cualquiera: su crueldad, su obsesión, su terquedad y su indiferencia para con los demás.

Sí, había retrocedido y se había adentrado en cada uno de esos sentimientos y en más para llegar a donde había llegado, desde donde se contemplaba en toda su repugnante gloria.

Se obligó a llenarse los pulmones de aire y alzó una mano del puñal al pecho, como si así pudiera aliviar una parte de la presión que la atenazaba.

Sin embargo, al dejar de tocar la empuñadura tosca de su arma con la palma de la mano, se sintió más desconectada.

El latido que buscaba bajo su piel no estaba ahí.

No había nada más que vacío y el beso de la malicia sobre su alma.

Un beso no dado por monstruos ni por malvados tiranos, sino por sí misma. Sabía a ella. La conocía a ella.

Thea se tambaleó ante aquella potencia, pero consiguió doblar el siguiente recodo. La recibieron más reflejos que ofrecían nuevas versiones distorsionadas de su persona que le agredían la psique y agitaban sus creencias.

«Claudica», oyó susurrarse a sí misma a lo lejos. «Claudica ante tu verdadero ser».

—No —dijo gruñendo en alto. El sonido de su auténtica voz le permitió descansar momentáneamente del embate de locura que estaba a punto de consumirla.

En cierto modo, sabía que el laberinto de espejos estaba diseñado para desplegar el caos en su mente, para fragmentar sus creencias, sus recuerdos y su percepción de sí misma.

Pero aquella certeza no servía de nada delante de su propia imagen, ya que cada nuevo reflejo que veía alteraba su habilidad para diferenciar ilusión y realidad.

—No te vuelvas loca —se dijo—. Sigue caminando, sigue caminando —recitó.

Notaba cómo movía los pies, pero era incapaz de distinguir la distancia que recorría.

No sabía si estaba más cerca o más lejos del centro del laberinto, pero no podía quedarse ahí parada y ver cómo se desarrollaban aquellas versiones de pesadilla de sí misma.

Todo estaba distorsionado. Sus arrepentimientos, sus miedos, todo lo que creía saber sobre Althea Zoltaire, la guardiana de Thezmarr.

De repente, oyó un ligero chasquido.

Al principio pensó que tal vez se trataba de su magia y se preguntó si podría desaparecer en una tormenta de relámpagos y truenos.

Pero en los dedos no le susurraba ninguna tormenta.

De hecho, vio cómo se formaba escarcha en los extremos de los espejos, hielo que se cristalizaba de la nada por encima de sus numerosos reflejos.

Como un marinero atraído por la canción de una cirena, se sumió en un trance que la acercó más al cristal para contemplar lo que reproducía.

Era la escena que Anya le había mostrado: eran pequeñas y se ocultaban en la bodega con Audra y Farissa al mando, que las protegían de la oscuridad que consumía el patio de Thezmarr. Pero esa vez era Thea quien le susurraba a Anya.