Capítulo 37 #3
De repente, los árboles que los rodeaban ralearon y les dejaron ver la base de una considerable montaña. Aquella monstruosidad se erigía hacia el cielo, coronada por una cumbre escarpada envuelta en una ondulante tormenta de niebla y nieve.
El aire que respiraban silbaba con un frío de otro mundo que les oprimía los pulmones al inhalar.
A la izquierda de la base rocosa, se hallaba uno de los caminos que iban hacia Tver...
El camino que Talemir y Wilder habían tomado después de que él saliera victorioso de su Gran Rito para ir a apoderarse de su semental de Tver.
A la derecha, el bosque, un mar de pinos viejos que soportaban el peso de un invierno interminable, devoraba el sendero.
Thea ordenó que se detuvieran y desmontó para levantar la vista hacia la montaña que se alzaba ante ella. Escudriñó los salientes rocosos y los árboles espeluznantes, cuyas ramas nudosas parecían dedos huesudos que se extendían hacia algo que jamás podrían alcanzar.
—Me está llamando —murmuró embelesada, soltando las riendas de su yegua.
Wilder siguió su mirada con dolor en el pecho y sus instintos más primitivos entablando una guerra en su interior. Una parte de él quería coger a Thea y alejarla de ese lugar, pero venció ese impulso.
—Yo me quedo aquí —le dijo en cambio.
La montaña tenía su propia presencia, erosionada por la historia y por el tiempo, y albergaba secretos que nunca saldrían a la luz.
En esos instantes, le susurró a él como si lo conociera, como si lo hubiera reconocido después de tanto tiempo y supiera que volvería.
Cuántos destinos se habían decidido en las profundidades de sus valles, en sus fisuras oscuras y en lo alto de su cumbre afilada.
Pero en ese momento únicamente le importaba el destino de una sola persona.
Cuyos ojos verdes se clavaron en los suyos.
Tan solo las décadas que se había pasado entrenando le permitieron respirar al asimilar el fuego que bullía en ella, su belleza y su resolución. Le costó encontrar la voz, pero al hacerlo sonó ronca y llena de una emoción desenfrenada.
—Cuando me enfrente a los dioses en el fin de mis días —le dijo con fiereza—, no me arrepentiré de nada.
Ni de las mentiras que he dicho, ni de las vidas que he arrebatado ni de los ríos de sangre que he derramado.
No me arrepiento de ninguno de esos momentos, ya que todos ellos me llevaron hasta ti.
A Thea se le desbocó el corazón.
—Wilder... —dijo jadeando al reducir la distancia que los separaba.
Wilder posó los labios en los de ella al instante, como si con un beso pudiera detener la fuerza de las mismísimas furias.
El oscuro frenesí que siempre los había conectado reapareció y se convirtieron en una maraña de extremidades y de tormentas de anhelo.
Él entrelazó los dedos con el pelo de ella y profundizó el beso para intentar verter todo lo que sentía en cada roce de labios, en cada caricia de lengua, con un deseo que ardía al rojo vivo de dentro afuera.
Quería decirle que no podría, ni querría, vivir sin ella. Y que, si las furias decidían alejarla de él, haría añicos aquella maldita montaña para recuperarla.
Pero fue Thea quien se apartó entre jadeos.
—Quiero que sepas... que si salgo irreconocible de la prueba, si termino el Rito siendo otra persona... Quiero que sepas que lo que he sentido por ti no lo he sentido por nadie más. Y que...
—Calla. —Wilder volvió a apoderarse de su boca para liberar la creciente oleada de pánico que crecía en sus entrañas—. No pronuncies esas palabras hasta que estemos al otro lado. Hasta que podamos hablar de espadachín a espadachina.
La comprensión absorbió esos ojos tormentosos y Thea asintió lentamente y aflojó el puño con el que le agarraba la capa.
Se separaron y el frío los azotó con mayor brutalidad que antes. La niebla se arremolinaba en la base de la montaña y le hacía señas a Thea con hilos humosos.
—De espadachín a espadachina, pues —dijo. Subía y bajaba los hombros para armarse de valor.
Wilder se quedó con los caballos mientras ella echaba un vistazo a sus armas y dejaba el resto de sus pertenencias en las alforjas. Él le había dicho que no podría llevar nada más al Gran Rito.
Le martilleaba el corazón cuando su aprendiz, su amor, lo miró por última vez. Wilder levantó tres dedos a modo de saludo y de deferencia antes de que Thea se girase hacia la montaña y cuadrase los hombros.
Un centenar de instantes pasaron veloces por delante de los ojos de Wilder, pero no se atrevió a parpadear cuando Thea respiró hondo y se dirigió hacia la niebla creciente.
Al cabo de unos segundos, su silueta se oscureció. Al cabo de unos cuantos más, desapareció.
Wilder siguió observando la niebla que danzaba al paso de ella.
Había creído saber qué era el terror, había creído conocerlo de primera mano. Sin embargo, lo que sentía era algo totalmente distinto. Era el terror de ver cómo algo que siempre había deseado se alejaba hacia las garras del destino, consciente de que, por primera vez, no iba a poder seguirla.