Capítulo 37 #2
Wilder no le dijo nada de aquello a medida que cabalgaban por la vastedad glacial de las afueras de Aveum.
Por cómo agarraba Thea las riendas y por cómo tensaba los hombros bajo las pieles, Wilder sabía que se estaba preparando mentalmente y que era algo que había comenzado a hacer en el momento preciso en el que había acabado con el primer segador rheguld en el bosque Sangriento.
Conforme se adentraban en las profundidades del bosque, hacia las montañas oscuras y escarpadas que se alzaban a lo lejos, el miedo que Wilder saboreaba en la lengua espesó también el aire que lo rodeaba, una fuerza tangible que amenazaba con absorberlo por completo.
La tierra misma parecía conspirar contra su avance.
Cada paso que daban los caballos era contrarrestado por vientos aulladores y por un terreno irregular plagado de peligros ocultos bajo los cascos de los animales.
Sin embargo, siguieron adelante, como habían hecho siempre ante los peligros y los desafíos.
Era Wilder quien insistía en que se detuvieran cada pocas horas para descansar, lo que fue una guerra constante contra la obstinada determinación de Thea y el poder de las propias furias.
—Debes estar descansada cuando llegues al punto de partida, Thea —le dijo con amabilidad—. No servirá de nada que corras y lo alcances agotada. Tienes que estar fuerte y cargada de energía.
Thea gruñía, pero al final cedía. Por terca que fuera, su aprendiz sabía que no había que oponerse a esa lógica.
Fue durante uno de esos breves descansos, en los que el silencio que los rodeaba parecía ensordecedor, cuando Wilder notó el peso de otra presencia. Se le erizó el vello y un hormigueo le bajó por la columna.
—No estamos solos —murmuró mientras sacaba las espadas de las fundas con un sigilo experto.
Thea lo imitó dirigiéndole una mirada recelosa.
—¿Es la prueba? ¿Ya ha empezado?
Wilder observó el horizonte. Varias sombras revoloteaban en su visión periférica, entrando y saliendo de su campo visual como fantasmas nocturnos.
—No —respondió—. Es otra cosa totalmente distinta.
Para su sorpresa, Thea esbozó una pícara sonrisa.
—Estupendo. Necesito algo que rebaje la tensión.
—Pues en ese caso... —Wilder alzó las armas cuando advirtió movimiento detrás de los árboles.
El aire crujió a su alrededor y atisbó la tormenta que brillaba en los ojos de Thea.
—Ahora no —le avisó—. Vas a necesitar todo ese poder para el Gran Rito.
Por una vez, su aprendiz acató su advertencia. Wilder se fijó en que apretaba la empuñadura de la espada al tiempo que desenvainaba el arma de Malik de la cintura y le dirigía un solo gesto de asentimiento.
Codo con codo, vieron cómo tres aracnes se dirigían hacia ellos desde los árboles.
Eran más pequeños que el que apareció en Vios, pero estaban igualmente maldecidos por la oscuridad. Un extraño sonido reverberó en el aire cuando se aproximaron tres figuras un tanto grotescas: una fusión malvada de araña y humano y odio, cuyos múltiples ojos resplandecían con un hambre siniestra.
—Las probabilidades de triunfo son altas —comentó Thea blandiendo el acero a modo de invitación.
—¿Por qué lo dices? —se sorprendió Wilder.
Thea se encogió de hombros.
—La última vez, te enfrentaste a uno de esos monstruos con la pata de una silla rota.
Dicho esto, su aprendiz se abalanzó.
Wilder la siguió. Sus espadas soltaban destellos bajo la débil luz de la luna y el reflejo de la nieve. El guerrero se movió con la gracia de las furias asestando golpes precisos y veloces a la oscuridad al avanzar hacia las capas de exoesqueleto quitinoso del mayor de los monstruos.
—¡A tu izquierda! —le gritó Thea, y él esquivó justo a tiempo una gruesa telaraña que volaba en su dirección. El aracne chasqueó los colmillos, que parecían pinzas, y rezumó veneno al precipitarse hacia el espadachín sobre sus ocho patas extravagantes.
Wilder dio una voltereta y notó el beso gélido de la nieve en la espalda al rodar por debajo del monstruo y hundir sus espadas en la mitad inferior de sus extremidades.
El aullido que le arrancó sacudió los carámbanos de los árboles más cercanos, pero Wilder ya se había puesto en pie de nuevo. Vio de reojo que Thea no era más que un borrón de movimiento antes de precipitarse hacia la espalda del aracne y clavarle los aceros en el tórax por detrás.
El monstruo se tambaleó sobre las patas cercenadas. De sus heridas manaba sangre negra, que manchó la nieve cuando se desplomó.
Wilder saltó de la criatura caída sin perder ni un instante para ir en busca de Thea. La vio blandir la espada y el puñal contra los dos aracnes más pequeños, con el rostro demudado por la determinación y el juego de pies impecable como siempre, a pesar de la nieve.
Ondeando las espadas, Wilder se colocó a su lado.
—No sé si te has dado cuenta, pero tengo un poco de prisa —masculló ella.
—Pensaba que ya te habrías encargado de estos dos pequeñines —replicó Wilder, consciente de que Thea a menudo respondía a cualquier desafío.
—En ese caso —una sonrisa traviesa le curvó los labios—, apártate y observa cómo se hace, espadachín.
Thea se lanzó hacia los monstruos y atravesó oscuridad y carne nudosa con la espada y con el puñal.
Provocó los aullidos de las dos criaturas y una lluvia de sangre negra que salpicó la nieve prístina que los rodeaba.
Wilder le cubrió las espaldas, pero le dio carta blanca para atacar, pues sabía que lo necesitaba.
Thea necesitaba que le hirviese la sangre y calentar el cuerpo para las pruebas que se avecinaban. Necesitaba confiar en sus habilidades.
Las formas malditas de los dos aracnes restantes recularon con cada movimiento de las espadas de ella, incapaces de soportar la ferocidad del ataque de Thea.
Hundió el puñal en uno de los cráneos humanoides de los monstruos y lanzó una sucesión de estrellas arrojadizas hacia los numerosos ojos del otro.
—No me equivoqué con lo que dije hace mucho tiempo... —musitó Wilder mientras la observaba cortar en pedazos a las criaturas.
—¿Con qué? —le preguntó ella entre golpe y golpe.
—Con que eres todavía más bella con un acero en las manos y la sangre de tus enemigos esparcida por la cara.
Vio el destello de una sonrisa antes de que, en una maniobra definitiva, Thea diera un salto para esquivar un latigazo de oscuridad y girara el cuerpo por los aires para caer con una pose perfecta, meter la espada en el cuello grueso del último monstruo y arrancarle la cabeza por completo.
La cabeza rodó por la nieve con un golpe seco justo cuando Thea cayó con maestría junto al cadáver desplomado.
—No está mal, aprendiz —murmuró Wilder—. No está nada mal.
Pero Thea clavaba los ojos en los árboles, donde una rama desnuda se bamboleó y sacudió los tranquilos copos de nieve que se habían posado en ella.
—Hay alguien ahí.
Wilder cargó hacia los matojos y enseguida encontró las huellas que se alejaban de la nieve medio derretida. Peinó el bosque con la mirada, pero no vio nada más que nieve blanca y árboles estériles. Quienquiera que hubiese contemplado la batalla había huido.
Y era probable que fuera quien les había mandado a los aracnes.
Se oyó la caída de una gota y luego de otra.
Wilder examinó la nieve bajo sus pies y divisó una mancha diminuta de color rojo, que contrastaba con el blanco radiante. Era sangre. Sangre humana.
Y se dio cuenta de que era suya.
Tenía la manga de la camisa empapada de sangre.
Tras darle la espalda a Thea, que seguía en el claro junto a los cadáveres de los monstruos, se miró el antebrazo.
Allí, debajo de la piel raída de la hombrera y de la tela desgarrada de su camisa, tenía un fino tajo ensangrentado que le surcaba la piel.
No era profundo. Wilder ni siquiera lo notaba, pero lo que lo hizo titubear fue la capa traslúcida de una sustancia que cubría los extremos de la herida.
«Veneno».
—¿Por qué tardas tanto? —lo llamó Thea—. ¿Has visto algo?
Wilder se bajó la manga y se limpió el rastro de sangre.
—Alguien nos observaba —la informó al regresar al claro—, pero ya se ha marchado.
—¿Espías? —preguntó Thea mirando al bosque con el ceño fruncido.
—Puede —contestó—. Pero ahora ya no es asunto nuestro.
—¿Seguimos adelante, entonces? —Thea enfundó las espadas.
Wilder silbó hacia Bollito, que llegó trotando entre los árboles, perseguido por la yegua de Thea.
—Seguimos adelante.
Las altas montañas de Aveum se alzaban ya cerca, cerniéndose sobre ellos en pleno anochecer igual que la importancia del inminente Gran Rito.
Wilder notaba el débil rastro del veneno en su cuerpo, pero expulsó ese pensamiento de su cabeza. Su prioridad era Thea y llevarla a donde debía estar. Ya se enfrentaría más tarde a las consecuencias del arañazo del aracne.
Su aprendiz y él avanzaron entre árboles desnudos por una pendiente peligrosamente inclinada, cubierta de nieve y de hielo. El aire se volvía más frío con cada segundo que pasaba y formaba vaho ante ellos. Wilder empezaba a perder sensibilidad en la punta de los dedos.
—¿Wilder? —La voz de Thea interrumpió la quietud.
—¿Qué pasa?
—Casi hemos llegado.
Él también lo había presentido. Notó la familiaridad al aproximarse a los pies de las montañas con el corazón desbocado, que amenazaba con subirle hasta la garganta. Las palabras de Torj se reprodujeron en su mente.
«Sé fuerte por ella».
De ahí que tan solo asintiera con la cabeza.
—Estupendo.