Capítulo 37
WILDER
Un silencio total y absoluto se apoderó de la taberna, y Wilder vio cómo el semblante de Thea cambiaba al encajar la pieza del rompecabezas.
—El Gran Rito —murmuró ella con un deje de incredulidad tiñéndole la voz.
—Sí —le aseguró. Intentó hablar con voz firme y mantener a raya sus miedos.
Atónita, Thea miró a la mesa que ocupaban los rebeldes al lado de él.
—Ahora no puede ser. La guerra, el...
—Es ahora. —Wilder recordaba la sensación con sumo detalle. Vio la sorpresa, el miedo y, lentamente, la determinación que inundaban a su aprendiz—. Una espadachina portadora de tormentas es exactamente lo que necesita esta guerra.
Lanzó una mirada desafiante a Anya esperando a que se opusiera, a que argumentara que una guardiana portadora de tormentas era mejor que una futura espadachina muerta. Para su sorpresa, sin embargo, Audra agachó la cabeza para mostrarse de acuerdo.
—El camino de Thea es obvio. —La Hija de la Oscuridad se tocó el hombro izquierdo con tres dedos, como hacía tanta gente en señal de respeto hacia un espadachín.
—Pues el mío también —dedujo Wilder.
Thea giró la cabeza y se centró en él.
—No puedes...
—Te acompañaré hasta dondequiera que llegue la prueba. Tal como mi mentor hizo conmigo —le dijo sin asomo de dudas en la voz, que le estaba costando mantener tranquila y firme. Pero Thea no tenía por qué saberlo.
—Joder... —masculló Kipp al ponerse de pie, negando con la cabeza antes de meterse entre Wilder y Thea y rodear a su amiga con los largos brazos—. Siempre he sabido que serías la primera.
—¿De veras? —murmuró Thea.
Kipp estaba un poco pálido y Wilder no pudo culparlo por ello, pero el guardián se esmeró en mostrar la sonrisa de siempre.
—Claro que sí. Ya eres casi una espadachina, Sombra de la Muerte.
Thea se apartó de Kipp, y Cal la abrazó justo después.
—Lo tienes en el bote —le aseguró.
—Gracias —musitó ella con un rubor propagándose por sus mejillas.
Wilder vio cómo Adrienne se levantaba y se aproximaba a Thea con expresión dura y decidida. Sujetó la mano de su aprendiz y se la estrujó al hablar:
—Mi amigo y yo nos hemos separado muchísimas veces con los años para enfrentarnos a peligros inimaginables...
y siempre hemos sobrevivido, siempre hemos encontrado la manera de regresar junto al otro.
Y por eso ahora te deseo, Althea Embervale, que la suerte esté de tu lado, pero no la vas a necesitar.
Eres la guerrera que presentí que estaba por llegar desde el principio.
Wilder vio asombrado cómo una traviesa sonrisa iluminaba el semblante de Thea.
—Gracias.
A continuación, fue el turno de Audra, quien puso una mano firme en el hombro de Thea.
—Ve a buscar tus cosas. Tus armas, tu armadura y todo eso. No vas a necesitar nada más.
Claramente aturdida, Thea asintió y subió las escaleras.
Wilder se dispuso a seguirla, pero el Asesino de Osos le bloqueó el paso y lo llevó aparte. Lo que más deseaba Wilder en el mundo era asegurarse de que Thea estaba bien y de que tenía todo lo que podría llegar a necesitar.
—¿Me vas a soltar otra perla de sabiduría, Elderbrock? —dijo sin más intentando apartar a su compañero espadachín—. Ya has estado antes en esta situación, ¿verdad?
—No exactamente. —Torj ponía cara de incomodidad.
—En ese caso, ¿por qué me impides pasar?
—Escúchame un segundo.
—Te he dado más de un segundo. —La agitación vibraba en el pecho de Wilder.
—Cuanto más te acercas a la auténtica felicidad, más miedo da. —Torj lo fulminó con la mirada—. Es un miedo que se cuela por entre las grietas, que aguarda los momentos más débiles para atacar. Es ese «y si» mientras esperas a oscuras... ¿Y si todo va mal? ¿Y si lo pierdes todo?
Wilder se quedó paralizado. Sus peores temores cobraban vida en las palabras de Torj.
El Asesino de Osos le agarró el hombro con fuerza y lo devolvió al presente.
—Pero no son esas las preguntas que debes formularte, hermano. Hoy no, ahora no. Mejor dicho, pregúntate esto: ¿y si consigues lo que siempre has querido?
—Está a punto de emprender el Gran Rito, Torj —se oyó decir, con la voz a punto de romperse.
—Como ha querido hacer desde que aprendió a caminar —le recordó Torj—. Sé fuerte por ella.
Wilder se tragó el nudo que tenía en la garganta.
—No soy tan valiente como antes —admitió—. Porque ahora tengo algo que perder.
—¿Acaso ser un espadachín no significa eso: afrontar los miedos de todos modos?
Las palabras de Torj golpearon a Wilder como si de un hachazo en el pecho se tratara, y se quedó unos instantes clavado en el suelo a medida que la verdad de lo que le había dicho su amigo calaba en su ser. Cuando se recobró y se giró hacia las escaleras, Thea ya las estaba bajando.
Verla lo dejó sin aliento.
Enfundada en la armadura que él había adaptado para ella, se había recogido el pelo color bronce a la moda de las guerreras extranjeras del otro lado del Velo.
Llevaba la espada sujeta a la espalda y los puñales de Malik y de Audra en la cintura.
Portaba una pesada capa de piel sobre los hombros, y sus ojos, antes abiertos y preocupados, desprendían firmeza y claridad.
Torj había estado en lo cierto al detenerlo. Thea había necesitado esos segundos a solas.
Wilder se armó de valor y dejó que Thea se despidiera para ir a la habitación a recoger sus cosas. Se dio prisa, pues sabía que la llamada del Gran Rito cada vez sería más intensa, como había sido en su caso y en el de aquellos que lo acometieron antes.
Se sujetó las espadas a la espalda. Enfundó todos los puñales que poseía y se los colocó por el cuerpo.
Recorrió la estancia en busca de algo que pudiera necesitar ella durante el trayecto que debían recorrer.
Intentó encontrar tareas prácticas para aplacar el temor desbocado que lo atravesaba, pero nada era capaz de detener tanta potencia.
Wilder quería protegerla de todo lo que iba a tener que afrontar, aunque Thea no era así, y él lo sabía.
Thea se enfrentaría al Gran Rito sola, como siempre había planeado hacer, como siempre había debido hacer.
Wilder se echó agua en la cara y, cuando se reunió con el grupo en la planta inferior, Thea lo esperaba en el umbral de la puerta; el viento y la nieve aullaban afuera como la canción de una cirena que la atraía hacia las antiguas profundidades.
Wilder se situó a su lado y se maravilló con la fuerza de ella y la determinación con la que apretaba la mandíbula al escudriñar a sus compañeros, que se habían agolpado a su alrededor.
Wren se abalanzó y rodeó a su hermana con los brazos antes de susurrarle algo que tan solo pudieron oír Thea y Wilder.
—Recuerda qué eres, Althea la de las Nueve Vidas.
—Esperemos que ese nombre me resulte apropiado —respondió Thea al intentar soltarse de su hermana.
Pero Wren la apretó unos segundos más.
—Recuerda qué eres, Thea... —le repitió.
Thea se apartó y la miró a los ojos. Las hermanas se transmitieron algo que Wilder no comprendió.
—Soy la tormenta... —murmuró Thea.
—Eso es. —Wren sonrió y la soltó.
Wilder vio de soslayo cómo Anya se quedaba al margen del grupo, pasando el peso de un pie a otro, con una clara expresión de incomodidad en el rostro, como si no supiera cuál era su lugar.
Thea se fijó en ella y le dio un fuerte abrazo.
—Nos vemos pronto, hermana.
Wilder sintió una punzada de empatía cuando el alivio invadió la cara de Anya, sustituido enseguida por la máscara de calma que se colocó.
—Cuento con ello.
Thea asintió, se incorporó y cuadró los hombros antes de dirigirse a todos los presentes.
—Que las furias os den la fuerza necesaria para las batallas que se avecinan —les dijo con las manos en los mangos de sus puñales—. Pero, por todos los dioses, no empecéis la guerra sin mí.
Todos y cada uno de ellos se llevaron tres dedos al hombro a modo de saludo militar, con las lágrimas empañando varios pares de ojos.
Y las hermanas Embervale se situaron hombro con hombro, unidas.
Wilder le hizo señas a Thea para que empezase a caminar y juntos abandonaron La Liebre Cantora y se adentraron en el frío furibundo para ir a buscar a los caballos.
—Solo estamos tú y yo, aprendiz —le dijo.
—No seré tu aprendiz durante mucho más tiempo, espadachín.
—No, en eso tienes razón.
El trayecto por el interior de Aveum fue tan endiabladamente lento como aterradoramente rápido.
Las horas del día pasaban volando, el clima era despiadado y la nieve no mostró indicios de transigir, acompañada por el frío punzante que azotaba los huesos de Wilder.
Su temor crecía con cada paso que daba Bollito.
No era solo porque supiera el destino que aguardaba a Thea ni porque supiera que las pruebas a las que se enfrentaría ella serían como poco peligrosas y como mucho mortíferas...
No tardó demasiado en darse cuenta de por qué un terror distinto lo había apresado entre sus garras.
El Gran Rito conducía a Thea hacia el mismo lugar donde él lo había emprendido hacía años, a los pies de una de las altas montañas de la cordillera de Aveum.
Mientras avanzaban por la abundante nieve e intentaban soportar los vientos gélidos, Wilder procuró recordar lo que Talemir, el Príncipe de los Corazones, le había contado al encaminarse él hacia su propio Gran Rito.
Pero apenas se acordaba con nitidez de ese momento.
Tan solo rememoraba la firme concentración con la que había cruzado un reino para ir al encuentro de las furias, la misma que impulsaba a Thea a atravesar las tierras heladas.
Dio gracias por que esa concentración y la determinación de ella disiparan cualquier sombra de duda que amenazara con consumirlos a ambos.
Wilder creía en Thea con todas las fibras de su ser, pero pensar en lo que estaba a punto de soportar su aprendiz era una carga casi demasiado grande que sobrellevar. Ya le dolía el corazón por ella.