Capítulo 36 #2
El alboroto fue instantáneo, y de repente todos los rodearon y se dispusieron a servirse un trago ellos mismos en la barra. Por lo visto, después de que Thea y Wilder se marcharan, el grupo tomó la decisión de que cada uno se sirviera a sí mismo.
—Deberíamos habernos quedado en la cama —refunfuñó Wilder, reacio a soltarla, antes de buscar un taburete en el que sentarse. A Thea la sorprendió que ese asiento pudiera acoger el cuerpo colosal del espadachín.
—¿Nos trasladamos a la sala privada? —terció la voz de Adrienne desde el otro lado de la barra. Con oscuras ojeras, se estaba recogiendo la espesa melena rubia.
—No es necesario. —Everard agitó una mano—. La Liebre Cantora no abre al público hasta mediodía.
—¿Hay algo de comer? —preguntó Kipp cuando apareció, con el pelo cobrizo imitando el nido de un pájaro en lo alto de su cabeza.
—Lo hay si lo sabes cocinar —respondió Everard con la ceja arqueada con aprensión.
Torj irrumpió en la estancia con un montón de leña en los brazos con la que alimentó las llamas titilantes.
—Puede que sea el último plato caliente que comamos en una buena temporada. No la fastidiemos dejando que Kipp o Cal nos lo preparen. Enséñame dónde está la cocina, Ev.
Al oírlo, Dratos se rio.
—Ya ha cocinado para mí algún que otro espadachín, y no sé si todos somos muy amantes de la sal. Echaré un vistazo.
La zona principal de la taberna se convirtió en un avispero de actividad.
El desayuno lo preparó la extraña pareja formada por un espadachín y un explorador naarviano tocado por las sombras, mientras Cal, Kipp y Gus —que había conseguido dejar de tejer durante un rato— disponían las sillas y las mesas.
Thea y Wilder ayudaron a Marise y a Everard a traer más leña del almacén de fuera.
El viento gélido intensificó la inquietud que sentía ella en su interior; el ajetreo de la taberna la había aplacado temporalmente.
Aspiró el fresco aire invernal y ansió dar un paso hacia el bosque, a pesar de llevar ramas en los brazos.
—¿Thea? —la llamó Wilder desde la puerta.
Ella lo miró a los ojos. Con una capa de pieles grises sobre los hombros y los ojos afilados como el acero, tenía aspecto de guerrero imponente.
—Ya voy —le dijo antes de echar un último vistazo hacia el bosque susurrante lleno de escarcha.
Finalmente, los miembros del atípico grupo se sentaron alrededor de una gran mesa, con varias bandejas de comida humeante colocadas ante ellos.
Kipp ya estaba metiendo una cuchara enorme en un montón de huevos revueltos.
Aunque sabía que debería estar hambrienta, Thea no notó nada más que la irritante e insistente sensación de que debía moverse.
«Maldita magia», maldijo en silencio.
Mientras todos se servían y comenzaban a comer, Anya se colocó en el extremo de la mesa. Para sorpresa de Thea, Wren se sentó a su lado.
—Hoy es el día de tomar decisiones difíciles —les anunció Anya—.
Cuando terminemos de desayunar, quiero que todos sepamos qué vamos a hacer y dónde vamos a ir.
Recordad las misiones que debatimos anoche...
si podéis —añadió lanzando una elocuente mirada hacia Kipp, Marise y Everard—.
Pensad en vuestros puntos fuertes y en qué lugares encajáis mejor para servir a los mediorreinos.
Hablad unos con otros. Comentad vuestras opciones. Y luego ya concretaremos los detalles.
En la mesa se sucedieron las conversaciones, y Thea no pudo sino admirar la autoridad con la que su hermana se dirigía no solo a aquellos a los que conocía, sino también a quienes eran desconocidos, adversarios incluso, apenas unas horas antes.
«Ten cuidado con la furia de alguien de Delmira».
Cuando las palabras regresaron nuevamente a ella, Thea miró a Malik, que estaba contemplando el fuego. Hacía muchos años, el guerrero había sabido quién era Anya y de qué era capaz.
—No estás comiendo —murmuró Wilder al reparar en el plato que ella no había tocado.
Thea pinchó un trozo de beicon con el tenedor sin dejar de golpetear el suelo con los pies.
—No puedo.
Wilder la miró fijamente y ella suspiró antes de meterse la comida en la boca.
—Eres insufrible —masculló.
Ese comentario le valió un amago de sonrisa.
Conforme continuaba el desayuno, Thea escuchó varias conversaciones acerca de quién debía ir dónde y por qué. Kipp, como de costumbre, se erigía en el centro de la estrategia, y ella se sintió reconfortada por la cabeza fría de su amigo, a pesar del aspecto resacoso que mostraba.
Torj insistía en llevar a las alquimistas hacia Naarva, pero Kipp negaba con la cabeza.
—En Thezmarr necesitamos tener a alguien de confianza. ¿Quién mejor que un espadachín para arrojar luz sobre lo que hemos descubierto aquí? Necesitamos que la fortaleza esté de nuestro lado. Es un bastión que no podemos permitirnos perder, sobre todo por lo cerca que está del Velo.
—Esyllt está en Thezmarr. Si lo convencemos, será de fiar —repuso Torj—. Si las alquimistas son tan vitales como asegura Anya...
—Lo son —intervino ella.
—Van a necesitar a un digno protector —terminó Torj.
—Y lo van a tener —terció Dratos—. Yo las acompañaré. Soy un guerrero experimentado y conozco Naarva como la palma de mi mano.
—Pero...
—¿Qué crees que encaja mejor con nosotros? —Thea se giró hacia Wilder.
—¿No me lo vas a decir tú? —replicó él, divertido.
—Mi primer impulso era ir a hablar con los gobernantes —le dijo lentamente—, pero no sé si, después de las mentiras que les han contado, aceptarán de buen grado tu presencia.
—¿Qué alternativa nos queda?
—¿Reunir a los guardianes repartidos por los mediorreinos para formar una fuerza unificada? —pensó en voz alta.
—Puede que nos enfrentemos al mismo problema...
Thea suspiró.
—¿Y si vamos a buscar pruebas de la traición de Artos? Es algo que podríamos hacer desde las sombras.
Wilder miró a Anya, que estaba sumida en una conversación con Audra que Wren escuchaba atentamente.
—Creo que esta vez no vamos a seguir en las sombras, princesa.
De pronto, Thea se puso en pie, incapaz de recordar haber tomado la decisión de levantarse. Su silla chirrió por el suelo cuando se alejó de la mesa y los presentes guardaron silencio a su alrededor.
Wilder se puso a su lado al instante y le sujetó la cara con las manos.
—¿Qué ocurre?
—Me tengo que ir —insistió. La inquietud que llevaba gestándose en su interior desde la noche anterior había crecido sobremanera y le resultaba insoportable permanecer quieta. Se dirigió hacia la puerta.
Wilder le impidió el paso.
—¿Qué está pasando, Thea? —le preguntó con voz calmada pero con los ojos en llamas.
Ella iba de un lado a otro, errática.
—Es mi magia —murmuró—. No estoy acostumbrada. Me tira desde dentro y hace que me sienta...
Esa vez, Wilder le sujetó los hombros con las manos para inmovilizarla, aunque no hizo sino incrementar su deseo de ponerse en marcha.
—Dime exactamente lo que sientes —le ordenó con voz preñada de autoridad al levantarle la barbilla y obligarla a observarlo a los ojos—. Mírame, Thea. Cuéntame.
Thea respiró hondo entre temblores.
—Es como si estuviera en el lugar incorrecto. Es como si algo tirara de mí lejos de aquí, como si debiera estar en otro sitio. Fuera, lejos. —Lo miró sin molestarse en ocultar el pánico que la embargaba—. Mi magia... está fuera de control, ¿verdad?
Durante unos segundos, no comprendió la expresión que cruzó el rostro del espadachín. Dolor y orgullo, deseo y temor, todo reunido en una mirada hermosa e intensa. Wilder apoyó la frente en la suya momentáneamente.
—Es magia, en efecto —dijo al fin—, pero no es la tuya.
Él también respiró hondo como si se estuviera preparando para lo que se avecinaba.
—Es la magia de las furias. Lo que estás sintiendo, Thea, es la llamada del Gran Rito.