Capítulo 36
THEA
Wilder le había provocado tantísimo placer que Thea pensó que moriría.
Su espadachín hacía gala de una deliciosa picardía cuando se liberaba por completo.
Cuántas cosas podían hacer sus dedos, sus labios, su miembro...
Aun así, a pesar de los clímax incontables a los que él había elevado su cuerpo tembloroso y a pesar del subir y bajar constante de su pecho musculoso a su lado, Thea no podía dormir.
No sabía qué era lo que la mantenía en vela, si la vuelta de su magia o la proximidad de la guerra, pero estaba inquieta, mucho más alerta de lo que debería, y la piel le cosquilleaba como si necesitara moverse.
Durante un rato, observó a Wilder durmiendo bajo el resplandor dorado de las ascuas del fuego.
Examinó las líneas de su cuerpo bello y desnudo, los músculos duros esculpidos tras años de entrenamiento y combates, las cicatrices que lucía como medallas de honor...
Su expresión fiera se suavizaba al dormir, un aspecto del guerrero que sabía que no mucha gente tenía la suerte de presenciar.
Cuando terminó de memorizar todas las cicatrices, pecas y líneas que surcaban su tez morena, Thea saltó de la cama, incapaz de aplacar la turbación. Los pies casi le gritaban que se moviera.
Se vistió en silencio y se felicitó por ser lo bastante sigilosa como para prepararse sin molestar al guerrero majestuoso que dormía en su cama. Cuando salió de la habitación, cerrando la puerta suavemente tras de sí, la inquietud de su cuerpo se relajó un poco.
«Energía nerviosa», se dijo al encaminarse hacia las escaleras.
Debían de ser las primeras horas de la mañana.
En la taberna, las sillas y los taburetes estaban del revés sobre las mesas; atrás quedaban ya las notas de los laúdes y de los violines.
Con los brazos cruzados por el leve frío que hacía en la sala, Thea avanzó entre los muebles y oyó el ligero tintineo de algo de cristal.
En el centro de la taberna, un fuego seguía crepitando en el hogar principal, y encontró a un pequeño grupo reunido alrededor de la barra, hablando entre susurros. Anya, Dratos y Marise estaban sentados en taburetes, mientras que Everard se hallaba tras el mostrador, secando jarras con un trapo.
—¿No podías dormir? —le preguntó Anya mientras le preparaba un taburete.
—No. —Thea negó con la cabeza—. ¿Y tú?
—No suelo dormir demasiado en general —replicó su hermana.
Thea tomó asiento, pero no pudo quedarse quieta. Le temblaba la rodilla junto a la barra.
Marise le acercó tres botellas.
—¿Qué te apetece?
—¿No tendréis té por casualidad? —Se pasó una mano por la cara.
—Nunca he visto a nadie que viniese a La Liebre Cantora a pedir una taza de té... —se rio Everard.
—Hay una primera vez para todo —terció Dratos.
—Así es. —Everard se encogió de hombros.
—A mí tampoco me iría nada mal tomar una taza —anunció Anya—. ¿Tienes té de menta?
Thea la miró boquiabierta.
—¿Qué pasa? —le preguntó Anya con la nariz arrugada.
Thea reprimió una sonrisa y vio que Everard se disponía a poner agua a hervir sobre el fuego.
—Que sean dos tazas, por favor —le pidió.
Anya le lanzó una extraña mirada antes de clavar los ojos en la piedra del destino que se había salido de los pliegues de la camisa de Thea.
—¿Me vas a hacer una pregunta sobre esto? —la alentó Thea cogiendo el trozo de jade entre los dedos y acariciando el extremo con el pulgar.
—Creo que no me apetece... Esas cosas nunca le han hecho ningún bien a nadie. —Anya se giró hacia Dratos—. ¿Cuándo vas a tratar mejor a Gus?
Agradecida por el cambio de tema, Thea se guardó la piedra del destino y se retorció las manos. Todavía sentía hormigueos en la piel y un extraño aleteo en el estómago.
Dratos soltó un gruñido.
—¿Cuándo me vas a tratar mejor tú a mí? —rezongó—. Llevo vigilando a ese chico desde que intentaba comerse el barro. Y después de lo que le ha dicho a Adrienne... Se merece una buena paliza.
—¿Sigue molesta? —preguntó Anya con voz suave.
—Se recuperará.
—No es lo que te he preguntado.
Dratos puso los ojos en blanco y miró a Thea con lástima.
—Ahora ya no te vas a librar de estas cosas.
Thea dejó quieta la mano para no volver a sujetar la piedra del destino. El tiempo limitado que le quedaba en los mediorreinos se iluminó delante de ella, cada día y cada mes pasando veloces como los granos de un reloj de arena.
No hizo ningún comentario al respecto.
—A mí no me parece tan mal —optó por decirle al explorador tocado por las sombras—. Sois un grupo de personas que se preocupan las unas por las otras.
—Cuando hayas estado unos cuantos meses con esta gente, opinarás de manera distinta —dijo él resoplando.
Thea rompió a reír y aceptó encantada la taza de té de menta humeante que Everard colocó delante de ella.
—¿Qué ha sido de Cal y de Kipp? —preguntó a Marise y al tabernero, con quienes había visto a sus amigos por última vez.
—¿Al beodo y al más beodo? Poco después de medianoche, nos dejaron para ir en busca de mejor compañía —le contó Marise—. Creo que uno tuvo más suerte que el otro, si entiendes a qué me refiero.
—Kipp parece tener un efecto sorprendente sobre las mujeres. —dijo Thea resoplando.
—Él no, el otro. —Everard la imitó—. La Flecha Llameante, o así se llamó en incontables brindis.
—¿Cal? —se extrañó Thea.
—Ese. El arquero. Hace unas horas lo he visto escabulléndose por ahí con una muchacha.
Thea profirió una carcajada y deseó haber visto la cara que ponía Kipp cuando Cal por fin lo derrotaba en una conquista. Negó con la cabeza y sonrió.
—Me alegro por él.
—Se le ha ocurrido la mejor idea —se quejó Dratos—. Yo he cometido el error de beber con una gente tan aburrida como vosotros.
Anya se atragantó con el té, que se derramó por el borde de la taza.
—Como si hubieras podido elegir. No he visto ninguna cola de mujeres dispuestas a...
Dratos extendió las alas con un resplandor rojizo.
—Pensaba que no querrías que le enseñara estas preciosidades a la buena gente de La Liebre Cantora.
—¿Cuándo te ha frenado mi opinión?
Thea sorbió el té y presenció el enfrentamiento dialéctico con diversión.
Pero, por muy entretenida que estuviera, aquella extraña sensación interna seguía incordiándola y no dejaba de menear los pies debajo del taburete.
¿Estaba tan desacostumbrada a su propia magia que le entraban ganas de salir de su propio cuerpo?
No supo cuántos minutos u horas se pasó sentada en la barra. Debía de haberse sumido en sus pensamientos durante un rato, pues, cuando se volvió a concentrar en sus compañeros, estos debatían acaloradamente sobre quién debería escoltar a las alquimistas hasta Naarva si aceptaban ir allí.
—¿Cómo ha ido tu conversación con Wren? —le preguntó Thea a Anya al recordar de pronto los ojos rojos de su hermana y cómo el Asesino de Osos se la había llevado.
—Tan bien como cabía esperar. —Anya se puso rígida.
—La has alterado —se arriesgó a decir Thea.
—Toda mi vida la ha alterado —la corrigió Anya—. No ha sido fácil de ver, ¿sabes? Tampoco ha sido fácil de mostrar.
Thea agachó la cabeza y se acordó de los detalles espantosos que la Hija de la Oscuridad le había mostrado hacía apenas unos cuantos días.
—Necesita tiempo...
—Tiempo que no tenemos —dijo Anya—. Pero he hablado con la maestra alquimista... Hace mucho, ayudó a uno de nosotros o, en cualquier caso, lo intentó. Sabe mucho sobre el Velo, sobre su composición, sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Entrará en razón.
—¿Y si no es así?
Dratos parecía dispuesto a decir algo insolente, pero abrió mucho los ojos al ver aproximarse a alguien y cerró la boca.
Un brazo cálido y fornido le rodeó el pecho a Thea desde atrás y un olor familiar se apoderó de sus sentidos.
—No me gusta despertarme y que no estés en mi cama —dijo la voz ronca de Wilder sobre su pelo.
Thea se removió en el asiento y vio que estaba deliciosamente desaliñado, con el pelo oscuro revuelto y la camisa solo abrochada a medias, como si hubiera advertido su ausencia y hubiera ido en su busca sin esperar a despertarse del todo.
De pronto, posó la boca sobre la suya y le apresó los labios en un beso profundo y lujurioso. La besó lenta y meticulosamente delante de todo el mundo.
Alguien silbó con fuerza.
—No hace mucho, querías matar a ese canalla —comentó Dratos cuando se separaron—. Madre mía, cómo han cambiado las mareas del destino...
Anya se aclaró la garganta en el taburete al lado de Thea.
—Las mareas del destino están como siempre han pretendido estar —murmuró—. Voy a despertar a los demás. Ya casi ha amanecido.
Dratos gruñó y apoyó la cabeza en el mostrador tapándose los ojos mientras Marise y Everard se llenaban los vasos con un líquido ambarino y brindaban por los bebedores y pensadores de los mediorreinos por enésima vez. Thea no comprendía cómo seguían en pie. Serían dignos rivales de Kipp, sin duda.
Sin dejar de rodearla con el brazo, Wilder cogió la taza de ella, bebió un sorbo de té tibio y puso una mueca.
—No entiendo cómo puedes beber esta agua de hierba.
—¿Qué dices? —Thea frunció el ceño—. Si tú la bebes muy a menudo.
—Jamás. —Wilder soltó una risotada.
—Pero siempre la llevas en la alforja. Incluso la tenías en la cabaña.
Wilder apoyó la barbilla en el hombro de ella y apartó la taza.
—¿Para quién crees que era? —Le dio un suave beso en el cuello—. Me dijiste en nuestro primer viaje juntos que era tu preferido. Yo lo usaba solo para fines medicinales. Siempre lo tenía por ti. Lo odio con toda mi alma.
Thea sintió una explosión de calor al imaginarse a su tosco espadachín comprando té de menta exclusivamente para ella.
Aquel instante tranquilo y agradable fue interrumpido demasiado pronto por la llegada de casi todos los presentes en la reunión de la noche anterior, todos con cara de tener un poco de resaca. Aunque Thea se fijó en que Cal lucía una expresión tímidamente satisfecha en el rostro cansado.