Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 35
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Capítulo 35

THEA

Anya le quitó el protagonismo a Adrienne e informó a todos de que iban a pensar en las tareas y que, llegada el alba, se reunirían de nuevo para asignar las misiones.

Pero, conforme se entablaban conversaciones acaloradas por la sala, una oleada de mareo embargó a Thea.

Se alegraba de seguir sentada, pues tuvo que apoyarse en la mesa y respirar por la nariz hasta que la abandonó aquella extraña sensación.

Tal vez no debería haber invocado su poder tan pronto ni tan repentinamente.

Debía volver a acostumbrarse a él antes...

Wilder la miró y frunció el ceño, preocupado.

Por lo visto, no se le escapaba nada. Sin embargo, Thea esbozó una sonrisa para tranquilizarlo.

No sorprendía a nadie que estuviese un tanto indispuesta porque no había dormido apenas —gracias a él— y su magia le recorría las venas de nuevo.

No se había tomado unos instantes para asimilar su vuelta, como tampoco había tenido tiempo de poner a prueba su fuerza ni su control.

Pero el mero hecho de pensar en su poder provocaba que crepitara en su interior.

Con la magia en mente, Thea miró a Wren, pero su hermana estaba concentrada en otra cosa: en observar a Anya desde el extremo de la mesa con los labios torcidos.

Wren se inclinó hacia Thea.

—¿De verdad pretendéis que crea que ahora todos estamos en el mismo barco?

Thea suspiró y el inquietante mareo volvió a emerger.

—Me lo ha enseñado, Wren... Me ha enseñado lo que le pasó antes de que nos la arrebataran hace tantos años. Seguro que también te lo enseñará a ti...

—No quiero ver nada. Hace un año, me tomó como rehén, Thee. ¿Sabes cuántas pesadillas he tenido en las que veo su cara y en las que noto sus sombras inmovilizándome?

Thea se frotó las sienes. Estaba encantada de ver a su hermana, pero no había dormido lo suficiente como para soportar que dos de ellas se enfrentaran entre sí.

Era un papel extraño que desempeñar, pues solía ser Thea la que causaba los problemas...

Ese pensamiento se fue yendo de su cabeza al darse cuenta de que Wren la miraba fijamente.

—¿Qué pasa?

—No me habías dicho que tu magia hubiera vuelto... —comentó Wren.

—Es algo muy reciente. —Thea soltó una risilla.

—Has hecho una demostración bastante espectacular.

—Alguien debía conseguir que cerraran la boca —respondió.

Wren la miró de los pies a la cabeza antes de hacer una pausa como si se estuviera concentrando en el hilo de poder que percibía entre ambas.

—Es más fuerte, Thea —le dijo—. Al principio pensaba que era... —Señaló a Anya con la barbilla—. Pero no. Eres tú. Te noto en el aire que me rodea y también en mi magia...

Para desesperación de Thea, Anya escogió ese preciso instante para acercárseles.

—Dichosos los ojos que ven a mis hermanas perdidas. —Extendió los brazos como si fuera a estrecharlas, pero se detuvo en seco—. Hola, Elwren.

—Está claro que no te has comportado como una hermana —replicó Wren sin retroceder un paso, pero sin avanzar tampoco.

—Siento mucho que nos conociéramos de ese modo. —La pena demudaba el semblante de Anya—. Por aquel entonces, era la única manera. Me arrepiento...

—Tus arrepentimientos no significan nada para mí.

Thea se encogió al oír esas duras palabras, que le recordaron a sus propios fracasos recientes. Había aprendido que debía pagar un precio por hacer juicios de valor y guardar resentimiento hacia quien no lo merecía. No quería que Wren cometiera el mismo error.

Y entonces lo comprendió: era miedo. Wren había estado aterrorizada en aquellos instantes de sombras en plena batalla de Notos, atada con hilos de oscuridad, sin saber qué horrores la aguardaban.

Y Anya... Su expresión se debatía entre la desesperación y la rabia, puesto que jamás pidió la mano de cartas que le habían repartido.

Mientras que Wren y Thea habían crecido en los confines de Thezmarr, y cabe decir que no fueron las mejores amigas en todo momento, siempre se habían tenido la una a la otra.

Se habían trenzado el pelo mutuamente y se habían contado secretos.

Anya había crecido en la oscuridad, con monstruos por compañía.

—Wren. —Thea le puso una mano en el brazo con suavidad.

Con las mejillas sonrojadas, Wren abrió sorprendida los ojos ante la intervención de Thea.

—Por favor —le suplicó—. Dale una oportunidad.

Anya se quedó inmóvil y, aunque su expresión permanecía indescifrable, Thea supuso que a ella también la había sorprendido su gesto.

La Hija de la Oscuridad se calmó momentáneamente al mirar a los ojos ardientes de Wren.

—Escúchame, por favor. Podemos ir a hablar a algún sitio tranquilo. Y luego me sigues odiando tanto como te apetezca.

Wren buscó la mirada de Thea y esta asintió con la cabeza. Cuando se marcharon hacia la sala principal, Anya se giró y le dio las gracias con los labios.

Mientras sus hermanas —todavía le costaba asimilarlo— solucionaban sus diferencias, Thea se fijó en la ajetreada estancia.

Cal y Kipp hablaban largo y tendido con Marise y Everard.

Había varios mapas extendidos hacia el final de la mesa, cubiertos ya de círculos de manchas de vino, para la sorpresa de nadie.

Dratos y Adrienne se inclinaban hacia delante y hablaban con un Gus enfurruñado, a quien le habían confiscado la costura.

Thea se preguntó qué había planeado el muchacho al sacar el tema de que un espadachín intentaba matarlos, como hizo Wilder con los prisioneros.

El propio Wilder había ido a buscar a su hermano.

Los dos guerreros gigantescos parecían fuera de lugar junto a una chimenea y una repisa de medidas normales.

Dax estaba sentado estoico a los pies de Malik y Wilder hablaba entre susurros con su hermano, con expresión tensa.

Thea vio el dolor que irradiaban sus ojos, pero la expresión de Malik seguía un tanto distante.

—Te veo bien —dijo una voz conocida.

—Audra —la saludó Thea antes de dar la vuelta por completo.

La bibliotecaria de Thezmarr tenía el mismo aspecto de siempre: seria y rígida, con los ojos penetrantes de alguien que sabía un millón de cosas que no debía saber.

—Vaya año tan interesante que has tenido, Althea —comentó Audra observando al extraño grupo que se había reunido allí.

—Es una manera de describirlo.

—Y, aun así, aquí estás... Confío en que sirvieran de algo las palabras que te dije cuando viajamos juntas por el Sendero del Doliente, ¿no?

Thea la miró extrañada y recordó el extraño trayecto que había hecho con su antigua tutora.

—«Si buscas poder en un mundo de hombres y monstruos, no hay nada más poderoso que el conocimiento...». —Thea dejó la frase a medias.

—Y la habilidad de blandirlo —remató Audra.

—En ese caso, ¿tienes algún conocimiento que quieras que blanda yo, Audra? —le preguntó envalentonada.

—Más de lo que vale mi propia vida —le respondió la bibliotecaria, críptica—. Pero hoy solo hay una cosa que quiero que aceptes de mí... —Se sacó uno de los puñales del cinturón y se lo tendió—. Es un préstamo, claro está —le advirtió.

El puñal era diminuto comparado con el de acero naarviano de Malik, pero Thea comprendió la importancia del gesto al instante. Intentó rechazar el arma.

—Audra, no puedo quedármelo...

—Y tanto que sí. —Audra insistió en dárselo—. Llegará el día en el que lo necesites, y nosotros te vamos a necesitar a ti.

—Es que... —Thea no sabía por qué discutía. Se había pasado la vida entera discutiendo con su tutora sin conseguir nada.

Estuvo a punto de tambalearse al ver a Audra sonriendo, nada menos.

—¿Recuerdas lo que te dije? —añadió Audra—. El puñal más pequeño es el que puede marcar más la diferencia. —Dicho esto, la mujer se marchó y dejó a Thea boquiabierta, sosteniendo el puñal enjoyado.

—¿Sigue insistiendo en que son solo de adorno? —le preguntó Torj asintiendo hacia el arma que resplandecía en su mano al tiempo que le servía un vaso de vino.

—Creo que los días en los que se aferraba a esa excusa ya han quedado muy atrás —murmuró Thea, aturdida todavía.

—De todos modos, nadie se lo ha creído nunca. —Torj se rio.

—Y a ella le ha dado lo mismo. —Thea no pudo sino imprimir un matiz de admiración en su voz—. ¿Crees que averiguará dónde están las antiguas guerreras del gremio?

—¿Que si lo averiguará? —El Asesino de Osos se echó a reír—. Thea... Audra sabe exactamente dónde están desde que se marcharon.

—Pero...

—Pero ¿qué? ¿Osiris la interrogó? ¿La amenazó durante años? Ya debes de saber que Audra es dura de pelar. No ha cedido nunca. Y nunca cederá, en mi opinión...

Torj enseguida se puso tenso a su lado y Thea supo por qué.

Wren había reaparecido en el umbral de la puerta con los ojos rojos e hinchados. Thea dio un paso hacia su hermana, pero la mano amable que le puso Torj en el hombro la detuvo.

—Déjame a mí —se ofreció. Sin esperar a que le contestara, se dirigió hacia Wren. El corpachón del guerrero la tapó, la alejó y la ocultó a simple vista.

Thea sonrió para sus adentros. «Qué curiosa es la vida».

Mientras avanzaba la noche, en los infrecuentes momentos en los que no entablaba ninguna conversación, Thea contemplaba la escena que la rodeaba.

Vio a la Hija de la Oscuridad saludar al mercader de vino y a la general de la guerrilla naarviana darle una palmada a Cal en la espalda.

Vio a Dratos el Sinalba proyectar bucles de sombras por la estancia y vio a Malik sonreír cuando Dax intentó alcanzarlos.

Thea cayó en la cuenta de lo que estaba viendo en realidad: la posibilidad de un mundo que jamás se atrevió a imaginar, el inicio de algo justo, equitativo e inequívocamente positivo.

El vino y el parloteo fluyeron y en algún punto Kipp anunció que los mejores bebedores y pensadores de los mediorreinos se habían congregado allí. De no haber sido porque su amigo iba bebido, Thea habría estado de acuerdo con él.

Una presencia cálida e imponente se materializó a su lado y la envolvió con el olor familiar a palisandro y a cuero, y a hogar.

—Llévame a la cama —le murmuró Thea a Wilder.

El guerrero se inclinó hacia delante hasta rozarle el lóbulo de la oreja con los labios.

—El día en que te responda que no a eso será el día en que habré perdido la cabeza.

—En ese caso, ¿a qué estás esperando, espadachín?

No se excusaron ni se despidieron de nadie al escabullirse lejos de la noche escandalosa que se había desplegado ante ellos.

Thea miró atrás con una sonrisa en los labios.

Por la mañana, cuando se reunieran de nuevo para cimentar los planes, más de uno tendría dolor de cabeza, pero...

en su interior ardía una llama de esperanza.

Evidentemente, no se trataba del grupo de guerreros thezmarrenses disciplinados e implacables con los que siempre se había imaginado combatiendo.

Era un grupo mejor.

—¿Hay alguna tarea en particular para la que quieras presentarte voluntario mañana? —le preguntó a Wilder cuando subieron las escaleras hacia su habitación.

Él metió la llave en la cerradura de su puerta y los dos entraron. Tan pronto como cerró la puerta tras de sí, Wilder la estrechó y plantó los labios ardientes e insistentes en los suyos antes de apartarse y mirarla a los ojos.

—Me importa un comino a dónde me manden siempre y cuando sea contigo.

Thea exhaló un suspiro.

—¿Te parece bien, princesa? —Sus ojos adoptaron el resplandor oscuro que le hacía flexionar los dedos de los pies, y bajó la mano de su nuca a su pecho, donde sintió el latido acelerado de su corazón.

—Me parece bien —le respondió poniendo una mano encima de la suya. Observó cómo entrelazaban los dedos y cómo la palma enorme y callosa de él se giraba para envolver la suya, más pequeña y cubierta de cicatrices.

Acto seguido, se puso de puntillas y le dio un beso firme y ansioso. Profirió un gemido de placer cuando Wilder separó los labios y le acarició la lengua con la suya al tiempo que le cubría el cuerpo contra la puerta.

Thea quería notarlo en todas partes.

Y Wilder Hawthorne la complació.