Capítulo 34 #4
—Os daré más detalles después de esta reunión —les aseguró Adrienne—.
Pero para los demás nuestras tareas están claras.
Anya y Dratos deben reunir a los tocados por las sombras para formar una unidad de combate unificada.
Yo recopilaré información y haré lo que pueda para liberar a los prisioneros de los campos sombríos que habéis mencionado.
Necesitamos que un grupo se dirija a Tver para hablar con el rey Leiko; también debemos convencer a la reina Reyna de la traición de Artos.
Y tenemos que cortar la corrupción de Thezmarr e imponer un mando justo en la fortaleza.
—¿Y ya está? —murmuró Cal.
—Y una cosa más. —Adrienne lo ignoró—. Audra... Puede que hayas organizado esta reunión, pero hay una cosa que no nos has contado...
La bibliotecaria levantó la vista, se recostó en la silla y apoyó las manos en lo que, según ella, eran puñales «ceremoniales».
—¿El qué?
—Se rumorea que conoces a alguien que sabe a dónde escaparon las guardianas de Thezmarr hace veinte años.
—No sé de dónde lo has sacado.
—No me acuerdo —dijo Adrienne—. Pero, si fuera posible, te pediría que te pusieras en contacto con esa persona y fueras a buscarlas.
—No sé a qué te refieres —insistió Audra con frialdad.
—Claro, claro —convino Adrienne—, pero ya me has oído.
Farissa levantó una mano. A juzgar por la cara que puso Adrienne, el gesto le resultó tan gracioso como desconcertante.
—¿Sí? —le preguntó la exploradora.
—Quiero saber qué propones que hagan las herederas de Delmira.
Wilder notó cómo Thea se ponía tensa a su lado.
—Una es ahora mismo mi aprendiz —siguió Farissa—, otra lo es de un supuesto espadachín de Thezmarr caído...
—Dirigió una mirada irónica a Wilder—. Y la tercera es un semiespectro, que no es precisamente la situación ideal habida cuenta de la reputación que tenía vuestra familia real. ¿Cuál es vuestro plan de acción?
—Ella es la mayor. —Thea señaló a Anya con la barbilla—. Es la heredera.
—Pero es un espectro sombrío —intervino Wren—. Ningún ciudadano de los mediorreinos la aceptará como reina, ni siquiera de un reino caído —afirmó con dureza, y varios de los naarvianos se encogieron al oírla.
—En primer lugar —Anya se dirigió a ella fríamente—, preferimos que nos llamen tocados por las sombras. En segundo lugar, no veo por qué un anuncio real iba a influir en nuestros planes de batalla. Nadie se sumará a nuestra causa gracias al apellido Embervale, te lo aseguro.
—Si la gente conociera la verdad, quizá sí lo haría —terció Audra dando vueltas a uno de sus puñales con los dedos—. Que vuestra madre y vuestro padre no fueron los culpables de la oscuridad que cayó sobre Delmira, quiero decir.
—Y ¿cómo vamos a demostrarlo? Solo contamos con mi palabra —repuso Anya con amargura—.
La palabra de un espectro sombrío, como bien ha dicho mi querida hermana pequeña, juega totalmente en nuestra contra.
Y nuestra mera existencia no demuestra la traición de Artos.
Dejando a un lado a las herederas portadoras de tormentas, los mediorreinos solo saben que la familia Embervale provocó la destrucción de su propio reino.
—¿Qué me dices de las cartas que intercambiaron nuestra madre y la reina de Naarva? —propuso Thea.
—Cualquiera puede falsificar una carta. —Anya negó con la cabeza.
—Pero si encontráis a alguien que sepa la verdad...
—Nadie que esté vivo y sepa eso dará un paso al frente ahora mismo. Debemos buscar otra manera.
—¿Qué más da? —insistió Thea.
Wren se mostró de acuerdo con un gruñido.
—¿Acaso se puede salvar algo de Delmira? No hay más que escombros y ruinas.
—No sería la primera vez —murmuró Torj desde el extremo de la mesa—. Conozco un reino parecido que se reconstruyó por completo.
Al advertir los sentimientos encontrados que mostraban las hermanas Embervale en el rostro, Wilder se aclaró la garganta.
—Quizá debamos priorizar la preservación de los reinos que siguen en pie.
Al final fue Kipp quien, como siempre, rompió la tensión del momento.
—Teniendo en cuenta el lugar de esta reunión, supongo que buscamos cierto grado de discreción al llevar a cabo estas importantes tareas, ¿no?
Se alzó un murmullo de aprobación y varias personas asintieron con la cabeza.
—Pues Marise, Everard y yo mismo contamos con medios para viajar, que algunos de vosotros ya habéis descubierto y muchos de vosotros desconocéis del todo.
Thea se inclinó hacia Wilder.
—¿Ahora también es una especie de contrabandista entre reinos?
—Creo que es bastante probable. —Wilder soltó una leve risotada.
El Hijo del Zorro señaló a Marise y a Everard para que se acercaran.
—Cuando decidáis a dónde va cada cual, venid a vernos y os conseguiremos un salvoconducto para que evitéis a los que os estén persiguiendo —les dijo a los rebeldes, con los ojos desprovistos del brillo de antes.
Wilder le dio un apretón a Thea en la mano antes de ponerse en pie, incapaz de soportar más tiempo la inmovilidad.
—Kipp ha dado en el clavo... ¿Quién decide qué misiones se asigna a cada cual, en caso de que haya alguien dispuesto a llevarlas a cabo? —preguntó.
—Eso es lo mejor de todo —respondió Adrienne con una sonrisa—. Vosotros lo decidís. Todos vosotros.