Capítulo 34 #3
—¿No te fías de él, pues?
—Me costaría contarle los planes enrevesados de una rebelión, sí —admitió Wilder—. Pero no está aliado con los segadores. De eso estoy seguro.
—Si tú lo dices. —Audra no parecía convencida—. En ese caso, volvamos a Artos. Fue él quien provocó la distracción y quien mandó a sus secuaces a infectar los pozos.
Se hizo el silencio. Varias personas se removieron en sus asientos, mientras que Kipp asentía con entusiasmo desde el extremo de la mesa.
—¿Por qué no utilizan sombras? —se extrañó Dratos con bucles de oscuridad revoloteando a su espalda.
—No lo sé. —Anya suspiró—. Pero Thea y Hawthorne me han dicho que sintieron magia empática en el campamento de prisioneros... Me parece improbable que, si Artos está detrás de todo, lo haya dejado en manos de otros.
—¿Cómo descubrimos de qué veneno se trata, entonces? —preguntó Cal.
La silla de Torj crujió cuando se inclinó hacia delante y deslizó el frasco hacia Wren.
—Todo tuyo.
Wilder se fijó en que a la alquimista le temblaron ligeramente los dedos al coger la botellita.
—Cuando haya terminado de analizarlo, tal vez no pueda devolvértelo —le advirtió.
—Seguro que eres capaz de conseguir todo lo que te propongas —contestó Torj—. Pero, si ocurre eso, así sea. Me lo tengo merecido por no haberlo cuestionado antes.
—Pues ya está decidido. —Audra tomó las riendas de la reunión—. Elwren investigará lo del veneno y nos dirá si hay algo que podamos usar para demostrar el papel que ha desempeñado Artos.
Wren miró a Farissa, su mentora, en busca de aprobación antes de asentir hacia Audra.
—Estupendo —dijo la bibliotecaria haciendo señas a Anya para que continuara.
Anya pasó la vista de Wren a Dratos.
—Mandarás a uno de nuestros tocados por las sombras para ver si descubre más en los pozos, ¿de acuerdo?
—Puedo ir yo mismo. —Dratos se dispuso a levantarse.
Pero Anya se lo impidió con un sutil gesto de la mano.
—Te necesitamos aquí.
Después de dudar brevemente, Dratos se sentó.
Antes de que un silencio de asombro se instalara entre los presentes, Anya prosiguió:
—Sabemos que Artos avanza lentamente por los mediorreinos intentando maldecir a la gente y cubrir sus tierras de oscuridad.
Todos hemos presenciado que cada vez hay menos luz de sol, más desgarros en el Velo y más bosques estériles.
Los informes de otros reinos nos cuentan hechos similares.
Los ríos se vuelven marrones, las cosechas se marchitan y las plantas ya no florecen...
El mundo se pudre a medida que pasan los días, con más monstruos que nunca atravesando el Velo.
Y muchos de ellos están maldecidos con la misma plaga de los espectros y los segadores.
—Deduzco que tienes una propuesta que hacernos, un plan de ataque, ¿no? —le preguntó Thea. Wilder se fijó en que no había tocado el vaso de vino; había prestado toda su atención a las conversaciones sin soltarle la mano.
Anya asintió con la cabeza.
—¿Adrienne?
La aludida se levantó con la misma expresión dura que Wilder le había visto poner varias veces, durante el tiempo que pasó en Naarva, cuando se dirigía a sus exploradores.
—En primer lugar —comenzó con voz clara y confiada—, los mediorreinos deben estar al corriente de lo que está sucediendo. Artos no puede cegar a la gente eternamente y el pueblo deberá elegir bando... Luz u oscuridad, hombres o monstruos.
Dratos emitió un gruñido gutural.
—No me gusta esa dicotomía.
—Ya sabes a qué me refiero. —Adrienne puso los ojos en blanco—. Los reinos que quedan deben unirse contra Artos y su hueste de segadores, espectros y criaturas malditas. ¿Estamos de acuerdo?
—¡Sí! —exclamaron varias voces.
—Estupendo. Thezmarr también debe unirse contra él. Necesitamos a los guardianes, a los escuderos y sobre todo... necesitamos a vuestras alquimistas.
«¿Cómo?». Wilder se giró en la silla para observar a Wren y a Farissa.
Las dos estaban sentadas con la espalda erguida y las manos entrelazadas en el regazo, totalmente tranquilas.
Wilder supuso que no debería sorprenderle, pues Thea le había hablado del talento de su hermana; él mismo la había visto en acción alguna vez.
Pero ¿necesitaban alquimia para enfrentarse a un ejército de monstruos?
—Audra nos dijo que íbamos a ser necesarias —terció Farissa con voz suave—. Os escuchamos.
—Y os estamos muy agradecidos. —Adrienne agachó la cabeza en un gesto de respeto—. Tenemos motivos para creer que vuestras habilidades nos resultarán muy útiles en Naarva...
—¿Naarva? —saltó Thea—. ¿Quieres mandar a Wren a Naarva?
—Y a la maestra alquimista, sí —replicó Adrienne con paciencia—. Allí hemos trabajado con una sustancia que podría cambiar las tornas de una guerra contra los segadores y sus criaturas.
—Ya hemos creado un gas alquímico que remienda el Velo, aunque hemos tenido pocas ocasiones de ponerlo a prueba... ¿A qué clase de sustancia te refieres? —Era obvio que a Wren le picaba la curiosidad.
—No hablamos de ello fuera de nuestros refugios, pero debéis saber que los más poderosos de los nuestros la guardan y protegen con celo.
—Es decir, ¿esperas que demos la espalda a Thezmarr, nos alcemos como traidoras a los mediorreinos y estemos dispuestas a seguiros hacia un reino caído para juguetear con una sustancia de la que no sabemos nada? —Wren miró fijamente a Adrienne.
—Parece que uno de tus sueños se ha vuelto realidad —oyó Wilder que mascullaba Thea a su hermana, quien le lanzó una mirada de reprobación.