Capítulo 34 #2
—¿Qué les pasó a los prisioneros tocados por las sombras? —preguntó Gus sin dejar de mover las agujas de tejer en ningún momento.
Wilder se permitió respirar hondo para hacer acopio de fuerzas.
—Los maté yo —confesó.
Todos los tocados por las sombras se echaron hacia atrás.
—Fue por piedad —intervino Thea cogiéndole una mano al espadachín—. Uno de ellos ya había sucumbido a la oscuridad. No sabemos si estaba maldito o qué, pero resultaba imposible salvarlo. Y el otro...
—Déjalo, Thea —murmuró Wilder con amabilidad.
—No —protestó ella, categórica—. Deben saber por qué.
—Miró a los tocados por las sombras de la mesa—.
El segundo de los vuestros sufría tantísimo que su agonía no parecía tener fin inmediato.
Pretendían torturarlo hasta matarlo. Wilder se interpuso y le ofreció paz y acabar con su sufrimiento. Y el prisionero lo aceptó.
Torj tomó la palabra desde el otro extremo de la mesa.
—Por eso mataste al que Cal y yo disparamos en el cielo...
Wilder agachó la cabeza a modo de confirmación.
—¿Estás matando a tocados por las sombras? —Gus abrió mucho los ojos con gesto acusador—. Eres un... —Sus sombras cobraron vida a su alrededor.
—Calma, primo —le avisó Dratos.
—¿Calma? ¿Quieres que me calme cuando acaba de admitir que está asesinando a los nuestros...?
—No es así —lo rebatió Thea.
Pero Gus estaba encolerizado y sus sombras se iban multiplicando. Al instante, Cal y Kipp se pusieron en pie y blandieron sendas espadas.
—Detente —le ordenó Cal con la mandíbula apretada por la determinación mientras las sombras de Gus azotaban el perímetro de la estancia.
—¡No! Estáis hablando como si nada de...
—¡Gus! —exclamó Dratos—. Hay una explicación.
La oscuridad se incrementó como respuesta y un vaso de cristal se rompió.
El grupo estalló en gritos de rabia; de repente, todos se levantaron y comenzaron a gritarse unos a otros. Desenfundaron armas, tiraron más vasos y surgieron nuevas sombras.
Y, de pronto, un trueno perforó la algarabía.
Varios relámpagos se agitaron encima de la mesa.
—Ya basta —ordenó Thea aferrándose a la superficie de la madera.
Algunos dieron un brinco al notar la descarga. Otros se quedaron paralizados, observándola embelesados.
—Ya basta —repitió, y su magia palpitó enfáticamente.
Todos clavaron los ojos en ella, Wilder incluido.
Era una joven formidable.
Lentamente, Dratos se acercó a su primo y le hizo sentarse nuevamente en la silla.
—Hawthorne nos escribió a Anya y a mí. Ya lo sabíamos —le dijo con amabilidad—. Hawthorne hizo lo posible para poner fin a su sufrimiento. De estar en su situación, yo habría querido que hiciera lo mismo conmigo. ¿Lo has entendido?
La tensión desapareció poco a poco de los demás. Aunque a Wilder le dolía el pecho, se ancló al presente gracias a la mano de Thea mientras todos respiraban hondo y volvían a tomar asiento.
—Un día estuvimos en esa situación. —Gus miró seriamente a su primo—. No pienses que no me acuerdo porque era joven —añadió en voz baja—. Y fue otro espadachín quien también quiso poner fin a nuestras vidas al pensar que no merecía la pena salvarnos.
—Y se equivocó —replicó Adrienne con un tono de reprimenda—. Y ese espadachín ha luchado a nuestro lado desde entonces. Nos ha defendido y nos ha protegido buscando hacer del mundo un lugar más seguro. ¿O no?
—Tú no eres una tocada por las sombras —protestó Gus.
—¿Me vas a decir que no soy de tu familia, Angus Castemont? —Los ojos de Adrienne brillaban coléricos y el joven tuvo el buen tino de recular—. ¿Me vas a decir que no he luchado por ti como si fueras de mi propia sangre?
—No —murmuró el muchacho con un rubor de vergüenza avanzando por su rostro.
—Pues no se hable más de este tema, joder —sentenció la naarviana negando con la cabeza.
—Suerte que no debíamos decir palabrotas... —tuvo las agallas de mascullar el chico.
—Cuando seas el general de una fuerza rebelde durante varios años y te veas obligado a aguantar a un mocoso sombrío —Adrienne lo miró a los ojos—, podrás decir palabrotas.
Se oyó un suspiro de frustración cuando Dratos apuró el resto de su vaso.
—Te dije que no lo trajeras.
—No me busques las cosquillas —le espetó Adrienne.
—Me alegra ver que los rebeldes con los que quizá nos vamos a aliar forman una familia tan feliz —terció Torj.
—Por lo menos, lo que ves es lo que hay, Asesino de Osos —replicó Dratos antes de saludar a Anya con un nuevo vaso de vino—. ¿Qué estabas diciendo?
Había que reconocer que Anya no perdió el ritmo y prosiguió como si no hubiera presenciado ninguna riña familiar.
—Si aceptáis nuestra palabra y la palabra de vuestro espadachín, y si creéis que Artos está detrás del veneno que emponzoña los mediorreinos, lo siguiente que hay que hacer es preguntarse una cosa: ¿qué es lo que quiere?
—Lo que siempre ha querido —dijo Audra—. Unir los reinos bajo un solo mando: el suyo. Y gobernar las sobras podridas.
—Más o menos —coincidió Anya—. Con los recursos que ha invertido para «salvar» Tver y para ayudar en la reconstrucción del castillo, ya casi se ha hecho con el control del reino, lo sepa el rey Leiko o no.
Obviamente, su siguiente objetivo es Aveum, a juzgar por los campamentos que hemos visto.
Y ahora que la reina Reyna está de luto, el reino es más vulnerable que nunca.
—¿Los tuyos se harán responsables del ataque del aracne? —preguntó Torj apretando los dientes.
—No fuimos nosotros —repuso Anya con frialdad—. No somos los culpables de todos los males que asolan estas tierras. Fue una distracción creada por Artos y por sus lacayos. Al otro lado de las cúpulas, había algo que ansiaba... ¿O no?
Torj tuvo la decencia de sonrojarse.
—Mientras en Vios campaba el caos, los segadores enviaron una unidad de espectros y aulladores hacia los Pozos de Pureza. Y los atacaron.
Por toda la sala se oyeron murmullos y gritos ahogados.
—¿Qué son los Pozos de Pureza? —preguntó Gus con el ceño fruncido.
—Son la fuente del aguantial sanador de Aveum —le explicó Wilder—. La misma agua que nos ofrecen a los espadachines en un frasco después de superar el Gran Rito.
Gus abrió mucho los ojos.
—¿Cuáles fueron los daños? —La voz de Anya estaba desprovista de emoción.
—Los guardianes thezmarrenses que estaban apostados allí pudieron derrotarlos, pero todavía no se ha confirmado el alcance de los daños infligidos a los pozos —informó Torj—.
No me cabe ninguna duda de que alguno habrá quedado contaminado y de que los segadores enviarán refuerzos. No será la última vez que los ataquen.
—¿Sabemos cómo los han contaminado? ¿Con qué sustancia? —La voz suave de Wren sonaba fuera de lugar entre aquellas duras palabras de guerra, pero sus preguntas cayeron sobre el grupo como si de una manta se tratara.
—Suponemos que con algún tipo de magia sombría —contestó Torj con una mueca de disculpa—. El mismo veneno que han usado para transformar a hombres en aulladores y para infectar a otros monstruos con oscuridad. ¿Por qué?
Wren permaneció un instante con la mirada perdida.
—¿Podría ser que fuera un veneno diferente?
—Podría ser —Torj frunció el ceño—, pero...
Wren miró por la mesa hacia Kipp, que parecía ser el único cuya mente discurría igual que la suya. El guardián asintió al caer en la cuenta.
—Cuando un guardián se convierte en espadachín... —empezó a decir Wren lentamente, como si las ideas se estuvieran formando a medida que hablaba—, todos los reinos le dan un regalo, ¿verdad?
—Sí —confirmó Torj.
—El regalo de Harenth es un veneno, ¿correcto?
—Sí. —El Asesino de Osos se encogió de hombros—. Pero ¿qué tiene...?
—¿Qué hace ese veneno? —lo interrumpió la joven alquimista.
Torj enarcó una ceja. Metió una mano en el bolsillo y sacó un frasco pequeño que colocó encima de la mesa ante sí con expresión de perplejidad.
—La verdad es que no lo sé —murmuró—. No lo he usado nunca. —Miró hacia Wilder—. ¿Hawthorne?
—Perdí el mío cuando me hicieron prisionero. —Wilder se puso tenso—. Tampoco he llegado a usarlo.
—¿Ninguno de los dos lo ha usado? —dijo Wren, claramente atónita—. ¿Habéis visto a algún otro espadachín usar ese veneno con los años?
—No... —Las mejillas de Torj se tiñeron de rosa—. Ahora que lo mencionas, no.
—¿Por qué creéis que es así? Seguro que, en algún momento de la historia, habría resultado útil, ¿no? —insistió Wren con la nariz arrugada como si tuviera ciertas sospechas.
—Pues...
«No lo digas, estúpido». Pero Wilder sabía que Torj nunca dejaría de ser Torj.
—Supongo que entre los espadachines hay una creencia... ¿Por qué usar veneno cuando puedes matar a un hombre con la espada, con el martillo o con los puños? Es que... en fin, el veneno... es un arma de mujeres.
Al lado de Wilder, Thea negó con la cabeza, disgustada.
—Idiota —masculló lo bastante bajo para que solo Wilder la oyera.
Wren soltó una risilla burlona.
—¿Me estás diciendo que, después de tantos años con espadachines luchando por los mediorreinos, ninguno de vosotros sabe qué tipo de veneno regala Harenth a aquellos a quienes bendicen las furias?
Torj expresó la misma vergüenza que Wilder sentía al responder:
—Pues... los aquí presentes no.
—Por mucho que disfrute viendo a guerreros removerse incómodos ante las preguntas de nuestras alquimistas —terció Audra—, ¿a lo mejor podrías ir al grano, Elwren?
Wren asintió.
—Quiero decir que, si pudiéramos relacionar el veneno que Harenth entrega a los espadachines con el que está contaminando los Pozos de Pureza, ahí tendríais la prueba de la culpabilidad de Artos.
—O de otro espadachín —añadió Adrienne—. Hay uno de los vuestros que no está aquí presente, ¿verdad? Y es el que goza de una reputación de crueldad y malicia...
—Otra vez con esas, no. —dijo Wilder gruñendo—. Vernich es un desgraciado, sin duda, pero no es un espadachín caído.
—Entonces, ¿dónde está? —Adrienne lo miró fijamente—. ¿Por qué no lo has sumado a nuestro bando? Es evidente que nos iría bien contar con alguien a quien apodan el Carnicero.
Wilder se pasó los dedos por el pelo e hizo una mueca.
—Vernich siempre ha sido complicado. Es impredecible.