Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

WILDER

La tensión se atenuó cuando la conversación sobre el alcohol se hizo prioritaria. En eso por lo menos todos estaban de acuerdo. Sin embargo, la cháchara fue interrumpida por un profundo ladrido.

De repente, un perro colosal se abalanzó sobre Wilder meneando la cola con tanto ímpetu que le hizo daño cuando lo golpeó.

Se quedó mirando al chucho gigantesco, paralizado por la sorpresa.

—¡Dax! —exclamó Thea antes de rascar al perro entre las orejas y en la barriga mientras la criatura le dedicaba una espontánea adoración.

Wilder retiró la silla al ponerse en pie y contemplar la puerta con suma incredulidad.

La enorme figura de Malik ocupaba todo el marco.

—Joder —comentó Torj desde la chimenea.

Pero Wilder seguía con los ojos fijos en su hermano, sin hablar.

Se había llevado una gran sorpresa cuando Malik viajó hasta Tver para la batalla de Notos, pero ¿que estuviera allí?

Los cambios y los viajes habían sido difíciles para su hermano desde que lo hirieron, y hacer dos trayectos de esa magnitud...

Acto seguido, una oleada de culpa lo inundó.

Cuando se declaró traidor, Wilder abandonó a su hermano.

Al contemplarlo en esos instantes, se dio cuenta de que nunca había pasado tanto tiempo sin ver a Malik desde que recibiera aquella cruel herida.

Ni siquiera sabía si sus mensajes habían llegado hasta la fortaleza.

Aquello debió de causar una conmoción y un enorme esfuerzo de adaptación.

La vergüenza se abría paso en su interior y amenazaba con engullirlo por completo.

Ni siquiera se había despedido de él antes de marcharse con los tocados por las sombras.

Había permitido que transcurriera un año entero...

Malik dio dos zancadas gigantescas hacia él y le apretó el hombro antes de estrechar a Wilder en un abrazo de oso. No le dijo nada, como de costumbre, pero la fuerza con la que lo abrazaba bastó para formarle un nudo en la garganta.

Wilder se apartó de su hermano y vio cómo Malik daba un paso hacia Thea, a quien le acarició la cabeza con cariño antes de situarse tras ella. Aunque Wilder advertía que a su hermano le temblaban un poco los dedos, parecía moverse con más calma que nunca. ¿Alguien lo había estado ayudando?

—Malik el Rompeescudos —lo saludó Dratos agachando la cabeza—. Es un placer volver a verte.

Malik no contestó, pero curvó los labios hacia arriba.

A Wilder le extrañó el gesto y se giró hacia el explorador.

—¿Os conocéis?

—Nos conocimos hace mucho tiempo —respondió Dratos— en una boda a la que tú no asististe.

Una nueva punzada de arrepentimiento lo golpeó como un puñetazo en la barriga. Solo había una boda a la que Malik pudiera haber ido después del daño que sufrió, solo había una persona por la que cruzaría los mares, aunque ello supusiera luchar contra mil espectros sombríos.

Wilder ladeó la cabeza en dirección a su hermano.

—¿Fuiste hasta Naarva para la boda de Talemir? ¿Y no me lo dijiste? —Sabía que resultaba imposible ocultar en su voz el dolor que sentía y que era culpa suya.

Malik lo miró fijamente y agarró más fuerte el respaldo de la silla de Thea.

Justo cuando Wilder se disponía a seguir hablando, la puerta se abrió de nuevo para permitir la entrada de Marise, con los brazos llenos de botellas.

—¡He traído provisiones! —anunció.

—Excelente. —Kipp se levantó de un salto y fue a ayudar al comerciante de vino con sus mercancías—. Me alegro de volver a verte, Marise. Te eché de menos durante el eclipse. Ha pasado mucho tiempo.

Wilder abrió muchísimo los ojos. A su lado, Thea negó con la cabeza e intercambió una mirada de disgusto con Cal.

—A estas alturas, no debería sorprendernos... Por lo visto, Kipp conoce a todo el mundo.

—Bueno —terció el aludido con rostro complacido—, a todo el mundo no. Solo a la gente importante.

—¿Te refieres a los borrachos y a los rebeldes? —dijo de pronto Anya con frialdad desde el lugar en el que veía desarrollarse la conversación.

—Como he dicho: a la gente importante. —Kipp le sostuvo la mirada con rostro serio.

Para sorpresa de Wilder, una sonrisa alteró la expresión casi siempre impertérrita de Anya.

—Tú y yo nos vamos a llevar muy bien —comentó. La sonrisa que esbozó le daba aspecto de trastornada.

—Cualquier hermana Zoltaire es amiga mía. —Kipp estaba más interesado si cabe.

—Pero no somos Zoltaire, ¿verdad que no? —Anya frunció el ceño, divertida.

Hizo una pausa como si esperase a que los presentes soltaran exclamaciones de sorpresa. Aunque Wilder dedujo que todos los que estaban entre esas cuatro paredes habían descubierto la existencia de las herederas delmirianas en algún que otro momento.

Kipp tan solo se encogió de hombros y deslizó por la mesa el vino que había traído Marise.

—Lo mismo da —le dijo a Anya—. Cualquier hermana de Thea es amiga mía.

—Me alegra saberlo, Hijo del Zorro —repuso Anya con sombras titilantes alrededor.

Había que reconocer que Kipp ni siquiera se alteró. Como de costumbre, su única prioridad era la bebida.

—¿Has traído lo mejor de lo mejor, Marise? —le preguntó mientras servía vasos y los iba repartiendo.

—La duda ofende. —Marise resopló—. No puedo permitir que bebáis la orina que sirve Everard en su taberna.

—Te he oído —dijo la voz de Everard desde fuera.

—Te lo diría a la cara —replicó Marise, pero negó con la cabeza e hizo una mueca hacia Kipp.

Audra soltó un suspiro de impaciencia desde el extremo de la mesa.

Thea se aclaró la garganta.

—¿Podemos comenzar la reunión o qué?

Wilder contuvo una sonrisa. Le costaba creerse que aquel grupo se hubiera reunido en una sala de La Liebre Cantora.

Exploradores tocados por las sombras, la general de la guerrilla naarviana, las herederas perdidas de Delmira, espadachines, guardianes, alquimistas de Thezmarr, un tabernero, un mercader de vino...

y Gus, que tejía en silencio en un rincón.

Era una combinación dispar que Wilder no había visto nunca. Estaban haciendo historia.

Finalmente, cuando todos se sentaron alrededor de la mesa, después de presentarse y con vasos en las manos, el tono se volvió serio.

Sonó un fuerte chirrido cuando Anya retiró la silla y se puso en pie para examinar la extraña mezcla de gente que la rodeaba tras haber recuperado su expresión habitual de líneas duras y ceño fruncido.

—Algunos de vosotros solamente me conocéis como la supuesta Hija de la Oscuridad, que, según la profecía, traerá fuego y sangre sobre los mediorreinos...

Alguien resopló a la derecha de Wilder y supo sin girarse que se trataba de Audra, que era incapaz de guardarse sus opiniones. En efecto, la bibliotecaria negaba con la cabeza.

—Es ridículo —masculló, y Farissa asintió para mostrarle apoyo.

—Estoy de acuerdo —continuó Anya—. Pero, en realidad, soy Anya Embervale, la auténtica heredera del reino de Delmira, portadora de tormentas, tocada por las sombras y —hizo una pausa para mirar por la mesa— hermana mayor de Althea y Elwren de Thezmarr.

El silencio era palpable, roto únicamente por un aplauso.

Kipp se quedó con las manos en plena palmada delante del pecho.

—¿No? —Miró alrededor, asombrado—. Creía que era el momento...

Por fortuna, Cal le propinó un violento empujón y lo lanzó sobre la silla.

Una vez más, en los ojos de Anya brilló un destello de diversión, pero retomó el relato.

—Me capturaron cuando era pequeña y me culparon por el ataque a Thezmarr de hace años.

A los mediorreinos les dijeron que yo era la responsable de la muerte y de la destrucción de tanta gente, que fui yo quien trajo un alba de fuego y sangre sobre la tierra...

Pero, a pesar de lo que hayáis podido oír por ahí, no soy ninguna fuerza malvada que propague la oscuridad por los mediorreinos.

No soy la señora de los monstruos ni una tirana amante de las sombras.

Se detuvo y escudriñó los rostros de los presentes.

—Lo que sí soy es alguien que quiere poner fin a las maldiciones que azotan estas tierras y revelar la verdad de nuestra historia y de nuestro presente a aquellos que sean capaces de hacer algo al respecto.

—¿Y de qué verdad se trata? —La voz de Wren se alzó sobre la mesa mientras fulminaba a su hermana mayor con una mirada venenosa.

—Que hay una raza de gente tocada por las sombras que no supone ningún peligro para nuestros reinos.

—Anya ni siquiera se inmutó—. Que está siendo perseguida y culpada por las acciones de otra persona...

—Unas cuantas sombras débiles temblaron a su espalda cuando la emoción le cubrió la cara—.

Y que es el rey Artos quien ejerce un control absoluto sobre los mediorreinos desde la caída de Delmira hace años.

Él es el responsable de la caída de nuestro reino, además de la de Naarva y, más recientemente, del ataque a Tver.

—¿Tienes la prueba que necesitamos? —preguntó Audra como si tal cosa.

—¿Además de la palabra de los mismísimos tocados por las sombras? Solo fragmentos —admitió Anya.

Wilder se giró hacia Audra.

—Hace unos cuantos días, Thea y yo vimos un campamento en las afueras de Aveum. Los espectros corrían a sus anchas y usaban su oscuridad para maldecir a inocentes y convertirlos en soldados sin cerebro... Y quien lideraba el campamento era el maestro de las mazmorras de Harenth del rey Artos.

—Dejando aparte el hecho de que la palabra de un espadachín caído no es una gran garantía...

Podría actuar por su cuenta —observó Audra, aunque el tono que había empleado sugería que no le creía.

Que hubiera sido ella quien había organizado aquella reunión le confirmó a Wilder que la bibliotecaria sabía mucho más de lo que insinuaba, como de costumbre.

—Es posible —concedió Wilder para proseguir con la conversación—.

Pero también estuvimos presentes en Harenth cuando Artos tuvo a dos tocados por las sombras en su poder.

Los estaban torturando para sonsacarles información, aunque resultaba claro como el agua que eran más humanos que espectros.

Lo que sucedía en esas mazmorras no era justo.