Capítulo 33 #2
—Luego —se limitó a decir la bibliotecaria. Acarició con la mano uno de los puñales ceremoniales que llevaba en la cintura. Thea contuvo una carcajada y recordó que Wilder un día los describió como abrecartas.
—¿A quién más esperamos? —preguntó Wren sentándose en la silla vacía junto a Thea.
En ese preciso instante, tres finos bucles de sombras se espesaron alrededor del marco de la puerta. Torj, Cal y Kipp se pusieron en pie y desenvainaron las armas, preparados para atacar.
Al lado de Thea, Wilder gruñó y se pellizcó el puente de la nariz.
—Por el amor de las furias, Dratos.
—No pasa nada. —Thea extendió una mano hacia sus amigos.
Pero sus palabras no consiguieron aplacarlos, y ella no pudo culparlos habida cuenta de lo mucho que había tardado en comprender la existencia de los tocados por las sombras. Torj y los dos guardianes se quedaron observando cómo la oscuridad se disipaba y Dratos el Sinalba doblaba la esquina.
Thea sintió más que oyó a Wren respirar hondo a su lado, pero su hermana permaneció en calma.
Una mirada hacia las dos académicas thezmarrenses le aseguró que ninguna de las mujeres había entrado en pánico tampoco.
Thea recordó que Wilder le contó que Farissa había intentado ayudar a Talemir Starling cuando este más lo necesitaba, así que conocía a los tocados por las sombras y, obviamente, Audra también.
Con una sonrisa en el rostro y las alas rojinegras plegadas a la espalda, Dratos avanzó por la estancia.
—Ya sabes que me gusta hacer una buena entrada, Hawthorne —comentó, con los ojos verdes resplandecientes.
—¿Qué demonios...? —dijo Cal blandiendo la espada.
—No pasa nada, Cal —lo tranquilizó Thea, preocupada por que su amigo cometiera alguna estupidez—. Dentro de nada, lo entenderás todo.
Dratos pareció deleitarse con la atención recibida mientras decidía qué silla acogería mejor sus alas membranosas. El Asesino de Osos y los dos guardianes contemplaron con incredulidad al explorador tocado por las sombras que tenía el valor de mirarlos fijamente.
—¿Qué? —dijo Dratos antes de abrir mucho los ojos al reconocer a Cal—. Tú eres el canalla que me disparó una llama ardiente.
Wilder apretó la mano de Thea, y ella supo que, aunque no lo admitiría jamás, el espadachín estaba nervioso ante la posible colisión de los dos mundos.
Cal se puso muy rojo y miró a Thea en busca de consejo. Sin embargo, Dratos restó importancia a lo ocurrido con un gesto.
—Agua pasada no mueve molino, guardián. A las señoritas les encanta la cicatriz.
Torj, Cal y Kipp intercambiaron miradas de asombro, pero no enfundaron las armas.
Era todo tan raro que Thea estuvo a punto de echarse a reír.
No obstante, los interrumpió la llegada de otra persona o, mejor dicho, de varias.
Anya irrumpió con una guadaña en el cinto, la cabeza recién rapada y los ojos clavados de inmediato en el trío que estaba en el lado opuesto de la estancia... antes de fijarse en Wren.
Wren se puso tensa y le lanzó una mirada de absoluto desprecio.
Thea debería haberla advertido. La última vez que se vieron sus dos hermanas...
había sido un encuentro poco amistoso. Anya había tomado a Wren como rehén.
Thea recordaba los gritos de Wren como si acabara de oírlos.
Las tres hermanas se habían reunido en medio del caos, rodeadas de sombras y de tormentas, todas luchando contra su propia oscuridad.
—Elwren —la saludó Anya con voz suave e insegura, algo raro en ella—. Soy...
Pero Wren giró la cabeza hacia Thea.
—¿Estás con ella? —le susurró. La rabia que emanaba de sus palabras era de lo más palpable.
A Thea no le pasó por alto que a Anya se le cayó el alma a los pies antes de colocarse de nuevo la máscara de fría indiferencia.
Apoyó una mano en el brazo de Wren.
—Es complicado...
—Pues descomplícalo, Thea.
Reprimiendo las ganas de removerse en el asiento por la incomodidad de la situación, Thea miró a Wilder, que parecía hacer lo imposible por darles algo similar a la intimidad.
—Yo pensé lo mismo que tú —le dijo a su hermana—, pero había una razón...
—¿Una razón por la que me atrapó con las sombras y te atrajo a ti hacia la oscuridad? —dijo Wren resoplando.
—Sí —insistió Thea.
Inmóvil a varios metros, Anya presenció la conversación con la mandíbula bien apretada. La expresión de Wren echaba chispas al observar a su hermana mayor, pero Thea llamó su atención.
—Quiero que escuches...
—¿Que la escuche a ella? —Wren soltó una risa irónica.
—A todos los presentes aquí hoy —repuso Thea con amabilidad—. Y luego quiero que hables con Anya en privado. Como he hecho yo.
Le lanzó una breve mirada a Anya intentando transmitirle que la noticia tardaría un poco en calar y que su existencia y su historia eran difíciles de asimilar, sobre todo para la hermana a la que había intentado secuestrar.
Wren entornó los ojos.
—Si piensas que voy a ir a alguna parte con ese monstruo...
—Por favor, Wren. No es propio de ti emitir una sentencia sin tener toda la información.
La culpa floreció en sus entrañas nada más pronunciar esas palabras.
¿Acaso no era lo que había hecho ella con Wilder?
Se ruborizó y se concentró de nuevo en Wren.
Casi oía a su hermana apretar los dientes, pero por suerte Wren se sentó en la silla, se cruzó de brazos y dirigió la vista hacia la puerta.
Thea suspiró, con los hombros agarrotados por la tensión.
Adrienne y Gus entraron a continuación. Adrienne dirigió un gesto de asentimiento a Thea y a Wilder.
—Me he ocupado de traer vuestros caballos de Aveum y de acomodarlos en el establo de al lado —dijo a modo de saludo.
—Gracias. —Thea sonrió al ver a Wilder fruncir el ceño. Supuso que al espadachín no le hacía ninguna gracia que otra persona montara a Bollito, pero no pronunció palabra.
Gus tampoco al pasar por delante de ellos en la sala. La prenda de punto burda y holgada que llevaba le hacía parecer menor de los diecinueve años que tenía. Wilder emitió un gruñido de desaprobación; obviamente, no le gustaba que un muchacho estuviera en su consejo de guerra.
Dratos se lo quedó mirando.
—Ya lo hemos debatido —le explicó el explorador señalando a su primo con la barbilla, dejando claro que él no quería a Gus allí.
—Y ganó la mayoría —terció Adrienne con rotundidad pasándole un brazo por los hombros a Gus y acompañándolo hasta una silla para asegurarse de que había una distancia apropiada entre los dos parientes.
Torj y Cal se quedaron bastante inquietos cuando varias sombras siguieron revoloteando por la estancia. Miraron a Wilder, quien sutilmente alzó una mano de la mesa. «Esperad», les pidió.
Thea tuvo que esforzarse para no negar con la cabeza.
Parecía irreal ver a la alianza de tocados por las sombras en un lugar público como aquel, y más todavía sentándose delante de thezmarrenses.
Hacía menos de una semana, seguía persiguiendo a Wilder por los reinos con el corazón exigiéndole venganza.
Su lealtad a los gobernantes de los mediorreinos había sido inquebrantable e incuestionable.
Y, sin embargo, ahora estaba allí sentada.
Los dos mundos colisionaban con una fuerza que la dejó momentáneamente perpleja.
La tensión entre los presentes la ponía de los nervios.
Estaba convencida de que en cualquier momento se desataría una pelea...
Wilder le dio un apretón en el muslo bajo la mesa, como si hubiera advertido su cambio de actitud.
No obstante, Thea no era la única que estaba cayendo en la cuenta. Los distintos grupos de los reinos se contemplaban unos a otros, como si se retaran a ver quién era el primero que estallaba.
—Más vale que alguien nos explique quién ha organizado esta reunión —dijo Torj mirando a Dratos con suspicacia.
—A mí no me mires, Asesino de Osos —respondió Dratos—. Se me ocurren decenas de cosas que preferiría hacer...
—¿Acaso el destino de los reinos está en los últimos puestos de tu lista de prioridades? —le espetó Adrienne.
—Por si no te has dado cuenta, los reinos no han tratado con demasiada justicia a...
—¿Justicia? —intervino Anya—. ¿Quieres que hablemos de justicia?
El chirrido de una silla al retirarse atravesó la tempestad que arreciaba entre los presentes. Audra, la bibliotecaria de Thezmarr, se encontraba en el extremo de la mesa.
—Yo he organizado esta reunión —anunció. Por encima de los anteojos, les dedicó a todos una mirada penetrante. Cuando puso su atención en Anya, su expresión se suavizó—. Que conste una cosa... Siento mucho lo que tuviste que soportar siendo tan pequeña.
Thea se sobresaltó al percatarse de que Audra conoció a Anya cuando era una niña.
«Audra me dijo que me quedase contigo y con Wren. Pero nunca se me ha dado bien hacer caso».
—Intenté salvarte de ese destino —añadió la bibliotecaria—, pero lo que ha ocurrido ya no se puede deshacer. Te doy las gracias por responder a mi llamada a pesar de todo.
Anya tan solo agachó la cabeza.
—Creáis o no en esas cuestiones, la profecía nos une a todos —prosiguió la mujer—.
Nos acercamos a los últimos días... y un amanecer de fuego y sangre se cierne sobre nosotros.
Aquellos que luchamos contra el mismo mal hemos luchado demasiado tiempo unos contra otros, en lugar de enfrentarnos al verdadero enemigo.
Nos hemos dividido y debilitado durante demasiado tiempo y hemos combatido como si fuéramos peones de un tablero de ajedrez.
—Apoyó las manos sobre los mangos de sus puñales—.
Ha llegado la hora de que seamos aliados.
Ha llegado la hora de que afrontemos juntos la guerra que se avecina.
Se hizo un silencio cuando las distintas facciones desplazaron las miradas entre los presentes, con las palabras de Audra envolviéndolos a todos.
Cal al final tomó la palabra con una increíble frialdad:
—Vamos a necesitar más bebidas.
Kipp le dio una palmada en la espalda.
—Es la mejor idea que has tenido nunca.