Capítulo 33
THEA
Con la magia acumulándose bajo su piel y la mano de Wilder en la suya, hacía mucho tiempo que Thea no se sentía tan ella misma.
A pesar de la descomposición de los mediorreinos, para ella las piezas que le faltaban del rompecabezas habían encajado entre sí, y le daba la impresión de que podía respirar de nuevo y de que sería capaz de enfrentarse a lo que se avecinara como siempre había planeado hacer.
Tenía relámpagos restallando en cada una de sus terminaciones nerviosas; Wilder se había encargado de ello la noche anterior.
Cuando se dirigieron hacia el piso inferior de la taberna, Thea tuvo que comprobar más de una vez que no irradiaba ninguna chispa.
Resultaba liberador haber recuperado su magia y sentir nuevamente toda su fuerza y su poder en la punta de los dedos.
No se dio cuenta de lo mucho que se había acostumbrado a ese latido hasta que desapareció.
Al presentir que Wilder la observaba mientras rodeaban sillas y mesas, lo miró.
Sonreía.
No era la sonrisa leve que le curvaba las comisuras de los labios ni la sonrisa arrogante que a menudo esbozaba para volverla loca.
No, era una sonrisa auténtica. Las duras facciones de su rostro fiero se suavizaron, su hoyuelo se profundizó y sus ojos parecían focos de luz de estrellas en lugar de acero derretido. Qué apuesto era. Y era suyo.
—Cuidado, princesa —murmuró al apretarle la mano con suavidad.
—¿Qué pasa? —Thea lo miró sin comprender.
Wilder se humedeció los labios y ensanchó la sonrisa todavía más.
—Noto la tormenta que se fragua en ti...
—¿La notas? —Thea estuvo a punto de detenerse en medio de la taberna.
—Aquí mismo. —Wilder se frotó el centro del pecho.
—¿No te da miedo? —Ya le había formulado una pregunta parecida hacía tiempo, en los acantilados de Thezmarr, en otra vida. Pero desde entonces habían ocurrido muchas cosas. Todo había cambiado y había muchísimos retos por venir aún...
—Nunca me ha dado miedo. —Le plantó los labios en el dorso de la mano y le dio un beso, una sensación ardiente pero breve sobre su piel.
Algo en Thea se relajó, un nudo de tensión que no sabía que se le había formado. Le dedicó a su espadachín una rápida sonrisa antes de situarse por delante y cruzar las últimas estancias de La Liebre Cantora.
Fiel a su palabra, Everard había reservado toda una sección privada de la taberna para la reunión. En la chimenea crepitaba un fuego y, sentados ante una enorme mesa de roble, estaban Torj Elderbrock, Cal y Kipp.
Thea soltó la mano de Wilder y echó a correr cuando los dos últimos se pusieron en pie nada más verla y casi la derribaron con un abrazo apasionado sonriendo de oreja a oreja.
Estrechó a sus amigos desbordada por el alivio.
—Cuánto me alegro de veros —les dijo, reacia a soltarlos todavía.
—Lo mismo digo, Thea —repuso Cal, aunque se echó hacia atrás ante el alto espadachín que se cernía sobre ellos.
Thea contuvo una risotada y se dejó llevar por la alegría que sentía al verlos.
—¿Estáis bien los dos?
—Nunca hemos estado mejor —le aseguró Cal, que seguía queriendo mantenerse a cierta distancia.
Kipp, sin embargo, le pasó un brazo por los hombros, sonriendo radiante, y desplazó la vista hacia Wilder.
—La Sombra de la Muerte y su fiel mentor, el infame espadachín caído... Juntos al fin. Tenéis un aspecto... renovado.
Tras él, Torj soltó un gruñido.
Aquel ruido no hizo sino complacer más a Kipp, y finalmente la soltó y tendió la mano a los demás.
—El dinero, caballeros.
Para sorpresa de Thea, tanto Torj como Cal arrugaron la nariz y metieron una mano en el bolsillo en busca de la bolsa del dinero. Cal le entregó un puñado de monedas a Kipp con una mueca, mientras Torj lanzaba la bolsa entera sobre la mesa.
—Increíble —masculló el espadachín.
—¿En qué consistía la apuesta? —dijo Wilder riendo.
—Ah, en nada importante —respondió Kipp, recogiendo alegremente las ganancias y meneando las cejas—. Una pequeña apuesta entre amigos.
—Vete a la mierda, Kipp. —Thea se desplomó en la silla más cercana, incapaz de reprimir la sonrisa.
—¿Así es como tratas a tu querido amigo, cuyos infinitos contactos te han salvado el pellejo? —Dirigió a Wilder una mirada cómplice—. Te dije que ibas a necesitar ese pañuelo, ¿o no?
—Pues sí, y te lo agradezco. —Wilder se sentó al lado de Thea—. Te debo una.
—Siempre resulta positivo contar con el favor de un espadachín —replicó Kipp con una sonrisa—. Te lo cobraré en su debido momento.
—No me cabe ninguna duda. —Wilder se rio.
—¿Cuándo ocurrió este intercambio de favores vuestro? —quiso saber Thea con las cejas arqueadas.
—Eso solo lo sabemos nosotros y tú nunca lo vas a averiguar. —Kipp se encogió de hombros.
Torj se levantó, ya sin fruncir el ceño, y alargó un brazo por encima de la mesa para sujetar el antebrazo de Wilder a modo de saludo.
—Me alegro de que los dos consiguierais salir de esa maldita cúpula flotante —dijo asintiendo con la cabeza en dirección a Thea.
—Contigo también estoy en deuda. —Wilder agachó la cabeza.
—Entre espadachines no hay deudas que valgan. —Torj esbozó una sonrisa sincera.
Se hizo una breve pausa cuando los grandes guerreros se mostraron respeto mutuo.
—Ahora parezco idiota —balbució Kipp.
—Es que eres idiota —bromeó Cal.
Thea contuvo una risa cuando Torj soltó un sufrido suspiro, se frotó las sienes y tomó asiento de nuevo.
Kipp lo ignoró por completo y se apartó del guerrero para hablar con Thea.
—¿Qué novedades nos traéis, alteza real? Has recuperado a tu espadachín, has conseguido una nueva hermana y has descubierto los placeres de mi segunda taberna preferida... —Esperó ansioso a que ella le contara el resto.
Incapaz de evitarlo, Thea alargó un brazo y tocó el de Kipp con un dedo para lanzar un chispazo de energía hacia su amigo.
—¡Ay! —Dio un brinco y se llevó el brazo al pecho en un gesto dramático antes de abrir los ojos como platos al caer en la cuenta de lo que significaba—. No me digas...
Se giró y extendió otra vez la mano hacia Cal y Torj.
—Pagad, amigos míos.
Cal emitió otro gruñido y sacó más monedas del bolsillo, totalmente colorado.
Torj se quedó mirando la mano de Kipp.
—Ya te he dado todo lo que tenía.
—Vaya, pues odio tener que decírtelo, pero no deberías apostar más de lo que puedas pagar, ¿no crees? Es una forma irresponsable de jugar...
Torj enarcó una ceja a modo de reto.
—¿Qué te parece si libramos un combate?
—¿Qué te parece si lo dejamos en tablas? —repuso Kipp a la ligera sentándose con un brillo de alegría en los ojos.
—Lo suponía —masculló Torj negando con la cabeza, incrédulo, antes de volver a dirigirse a Wilder y a Thea—. Ahora mismo sois la comidilla de los mediorreinos.
—¿Ah, sí? —preguntó Thea.
—Así es. La mitad de los reinos cree que os habéis fugado juntos y que ahora los dos sois traidores. La otra mitad opina que has ido a perseguir de nuevo al espadachín caído, Thea, y que esta vez lo entregarás hecho trizas.
—Hemos intentado dar fuerza a la última posibilidad donde era posible, claro está —añadió Kipp.
—Y os estamos agradecidos —terció Wilder.
Kipp se inclinó hacia delante y su bolsa de monedas tintineó.
—¿Cuán agradecidos?
Torj se recostó en su silla y negó con la cabeza.
—Hawthorne, ¿vas a decirnos con quién nos reuniremos exactamente antes de que pierda más dinero ganado con sudor y esfuerzo, y de que estrangule a este imbécil por su incesante parloteo?
Wilder soltó una carcajada, pero la magia de Thea se activó de repente como si hubiese reconocido a alguien. Se levantó de golpe cuando tres figuras encapuchadas entraron en la sala. Cuando se apartaron la tela de la cara, se le escapó un grito y se precipitó con los brazos extendidos.
—¡Wren!
Al cabo de unos segundos, las hermanas se fundieron en un abrazo. Audra, la bibliotecaria de Thezmarr, y Farissa, la maestra alquimista de la fortaleza, aguardaban detrás de ellas.
—No me puedo creer que estés aquí —musitó Thea apartándose para mirar a Wren a la cara. Su hermana parecía mayor, más fuerte, y su propia magia zumbaba—. Qué contenta estoy de verte.
Thea lo decía de corazón. Desde la última vez que vio a su hermana pequeña, habían sucedido muchas cosas, y había tanto que quería contarle.
Thea no sabía cuándo la relación entre ellas había dejado de ser mordaz, pero había cambiado.
Ya no veía a Wren como una hermana pequeña irritante y a veces taimada, sino como una persona a la que respetar y, en ocasiones, temer.
Una compañera. Estaba orgullosa de tener una hermana como ella.
—Y yo de verte a ti, Althea la de las Nueve Vidas... —Wren le devolvió la sonrisa antes de desplazar los ojos hacia Wilder con cierta cautela—. Veo que ya no lleva mis grilletes especiales.
—Ya no —asintió Thea.
—Se lo ha pasado muy bien con esas malditas esposas —contestó Wilder—. Y eso que le dije que, si quería atarme, solo debía pedírmelo.
—No necesitaba saber eso. —Wren arrugó la nariz.
—Y yo que pensaba que necesitabas saberlo todo —intervino Torj con una sonrisilla.
—No necesito saberlo todo —masculló Wren. Torj había encontrado la manera de volver a sacarla de sus casillas—. Pero lo esencial estaría bien saberlo.
El Asesino de Osos se limitó a sonreír.
Wren lo ignoró y pasó a saludar a Cal y a Kipp.
—Me alegro de que sigáis de una pieza.
—Seguro que en ningún momento habéis dudado de nosotros, oh alteza real —dijo Kipp con un gesto exagerado y una media reverencia.
Torj puso los ojos en blanco.
Thea atrajo la atención de su hermana.
—Tenemos mucho de lo que hablar.
—Ya lo creo —convino Wren lanzando otra mirada incisiva hacia Wilder.
Thea se echó a reír y estrechó de nuevo a Wren con una explosión de calor en el pecho.
—Él es lo menos importante de todo.
De soslayo vio a Audra y a Farissa tomando asiento al otro lado de la mesa. Cuando Thea se dispuso a saludarlas, Audra le hizo señas para que se quedara donde estaba.