Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 32
68%

Capítulo 32

WILDER

El relámpago que ardía en los dedos de Thea parecía latir con un ritmo que Wilder no conseguía distinguir, pero con cada destello de poder sintió cómo Thea volvía en sí y volvía a él.

Ya no era la chica que espiaba a los espadachines ni que entrenaba en secreto en el bosque Sangriento. Atrás quedaba la escudera desesperada por dejar huella. Atrás quedaba la guardiana que obedecía sin preguntar.

Ante él había una portadora de tormentas, una futura espadachina.

Y era suya.

Wilder seguía desnudo y contemplaba a Thea embelesado mientras ella asimilaba su magia, una magia que no le hizo daño al recorrerle la piel con sus caricias.

—Es preciosa —le dijo—. Igual que tú.

—¿Cómo es posible? —murmuró Thea al observar los potentes rayos.

—Debe de ser que follo muy bien. —Una sonrisa le curvó los labios.

Thea clavó los ojos en los suyos con un intenso brillo en los iris verdosos.

—¿Ah, sí?

La sonrisa se abrió paso en el rostro de Wilder cuando la estrechó contra sí y la besó con fervor.

—Las cosas como son, princesa.

Thea se rio y él deseó poder embotellar ese sonido. Se limitó a cogerla en brazos y llevarla hasta la cama. Le traía sin cuidado que fuera muy tarde porque había esperado un año entero en volver a tenerla. Pretendía venerarla concienzudamente durante todo el tiempo que fuera posible.

La tumbó en la cama y examinó su desnudez con atención, mientras su miembro volvía a endurecerse.

Pasó las manos por los lados de los muslos de Thea y se maravilló con la suavidad de su piel y con cómo el cuerpo de ella respondía al instante a sus caricias; Thea separó las piernas y a él se le secó la boca.

Nunca se cansaría de ella, nunca dejaría de desearla, de desear su mente, su cuerpo y su alma.

El modo en el que Thea lo miraba le confirmó que ella sentía lo mismo, y Wilder juró por las furias que, por insaciable que fuera, nunca dejaría de intentar complacerla. Hacerla feliz día sí y día también iba a ser su misión principal.

Los ojos de ella se nublaron por el deseo y se acarició los senos hasta endurecerse los pezones para provocarlo.

—Baja más —le indicó él—. Baja más las manos.

Un brillo desafiante iluminó los ojos de Thea, pero obedeció deslizando las manos por su vientre hasta ese calor que, como tan bien sabía él, se acumulaba entre sus piernas.

—Ábrete —le pidió mientras se sujetaba la erección y se pasaba la mano lentamente de la base a la punta—. Más. Quiero verte entera.

La oyó respirar hondo mientras con una mano se separaba para exponerse y mostrárselo absolutamente todo.

—¿Así? —La respiración de Thea se aceleró.

—Exacto, así. —El miembro le palpitó en la mano al verla y se inclinó hacia delante para exhalar un poco de aire frío directamente sobre el resplandeciente sexo—. Tócate, Thea —le dijo—. Sabes que me encanta mirarte.

Obedeciendo sus instrucciones, Thea se rodeó el clítoris y se le escapó un gemido que provocó un rayo de placer que fue directo hasta los testículos de Wilder. Él no apartó los ojos de ella ni dejó de masturbarse.

—¿Quieres añadir un dedo? ¿O prefieres que tome yo las riendas a partir de aquí? —le preguntó él, acercándose más.

Al oír sus palabras, Thea arqueó la espalda y elevó los pechos, cuyos pezones duros casi suplicaban la caricia de sus labios.

—A ti... —dijo jadeando—. Te deseo a ti.

Wilder no necesitó oír nada más. Se sentó entre los muslos separados de ella y frotó el miembro contra la humedad que encontró.

Después de rodearle uno de los pezones con los labios, se introdujo en su interior tan solo un centímetro.

Le mordisqueó el pezón y Thea chilló antes de que él le pasara la lengua por el punto sensible y se hundiera otro centímetro.

—Por todos los dioses —dijo Thea jadeando a su lado.

—Si necesitas rezar, no te cortes, princesa —le dijo antes de introducirle el miembro por completo.

Thea se contorsionó debajo de él y arqueó en la cama con un grito ahogado para arañarle la espalda con las uñas, gesto que lo alentó. La embistió con movimientos cada vez más despiadados.

La follaba como la amaba: firme, dura e implacablemente.

Thea estuvo a la altura y le mordió el labio hasta oírlo sisear, a las puertas del dolor.

—Suéltate por completo, espadachín —le dijo sin aliento levantando las caderas para acoger sus acometidas.

A Wilder se le escapó un gruñido primitivo cuando ella se retorció bajo su cuerpo.

Quería que aquello durase eternamente, quería repasar cada centímetro de su cuerpo con las manos y con la boca.

—Fóllame desde atrás, Wilder —le pidió moviéndose ya.

Se puso a cuatro patas al instante y le ofreció unas vistas maravillosas de su cintura y de sus curvas de infarto. Tras arquear la espalda, Thea se arrimó contra él exigiendo más.

Y Wilder estuvo encantado de dárselo.

Volvió a introducirse en su interior.

—Joder... —masculló cuando esa nueva postura le permitió hundirse aún más en ella.

—Sí, Wilder... —murmuró Thea cayendo sobre los codos.

Verla así estuvo a punto de aniquilarlo.

Le agarró las caderas y la embistió una y otra vez.

Comenzó a temblar por el esfuerzo de contenerse.

Los gritos de éxtasis de ella lo llevaron al límite y lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que la amaba y en lo mucho que esperaba que ella se diera cuenta con cada arremetida.

Wilder redujo el ritmo hasta una cadencia lo bastante torturadora como para acercarlos a ambos al umbral de la locura y extendió un brazo para jugar con su clítoris hasta que la oyó proferir un grito ahogado.

Thea se incorporó y le estampó la espalda en el pecho para, acto seguido, sujetarle la nuca con una mano.

—¿Vas a volver a correrte para mí, Thea? —murmuró él, con la otra mano cogiéndole el cuello y apretándoselo suavemente.

Se movió con ella exprimiendo su placer con largas y lujuriosas embestidas y deleitándose con ese sudor que hacía que los dos cuerpos se movieran como uno solo.

Thea lo agarró más fuerte y Wilder supo que estaba a punto... Y gracias a las furias, porque él también. Llevaba un buen rato acercándose al precipicio con ella.

Le acarició el clítoris una segunda y una tercera vez antes de pellizcar con suavidad ese punto sensible.

Thea gritó y se tensó alrededor de su miembro al tiempo que descendía para que se hundiera por completo.

Wilder perdió el control. El clímax arreció como una tormenta que lo inundaba con tanta virulencia que fue un milagro que no se desplomara encima de Thea. Estalló largamente y se derramó en su interior con un rugido.

—Furias sagradas... —gimió mientras surcaba las últimas olas en un trance de puro deleite sin dejar de arremeter lentamente contra su portadora de tormentas.

—Rézales tanto como quieras —murmuró Thea atrayéndolo hacia ella al caer sobre el colchón—, pero no van a poder salvarte.

Wilder soltó una carcajada ronca y la estrechó para darle un beso en el pelo mojado.

—¿Quién querría que lo salvaran de esto?

Wilder rodeaba a Thea con los brazos e inspiraba el olor embriagador que desprendía.

Dormida, ella frotó la espalda contra su pecho y lo buscó aun en las profundidades del sueño, y él siseó al notar el contacto.

Ya volvía a estar duro y repasaba las distintas maneras en las que podría despertarla, cuando alguien llamó a la puerta.

—Sé que has tenido un día y una noche largos, espadachín, pero están llegando los tuyos... —le anunció la voz de Everard.

Wilder gruñó sobre el cuello de Thea.

Ella se desperezó con su propio gimoteo de protesta.

—Dime que he imaginado esa voz.

Wilder le plantó un beso en el hombro desnudo y contuvo las ganas de darle la vuelta y volver a colarse entre sus piernas.

—Me temo que no.

—¿Han dicho que llega el grupo? Creía que no vendrían hasta que se pusiera el sol.

Wilder hizo una mueca al dirigir la vista hacia la ventana.

—Es que se está poniendo el sol. —Se habían pasado el día follando y durmiendo.

—Joder —masculló ella.

Wilder estaba muy de acuerdo. Solo los años de disciplina y entrenamiento consiguieron sacarlo de la cama caliente, y se fue a avivar el fuego de la chimenea y a calentar agua sobre las llamas para que pudieran lavarse.

Notó la mirada de Thea clavada en él al moverse por la habitación desnudo, con el miembro duro bamboleándose. La miró a los ojos.

—No te hagas ilusiones, princesa.

—Ni en sueños. —Thea se humedeció los labios.

Wilder se vio obligado a apartar la vista para no iniciar algo que no iban a poder terminar, pero no pudo evitar la sonrisa que jugueteó con sus labios al ir a buscar la ropa que se habían quitado la noche anterior.

En esos momentos tranquilos, cuando se lavaron ante el fuego y se sonrieron y compartieron miradas ardientes, la necesidad de expresarse lo asaltó.

Quiso decir algo, algo poderoso que transmitiera todo lo que lo había atravesado al verla abrocharse la camisa; una acción tan sencilla que le resultaba muy familiar e íntima.

Fue en ese instante suspendido en el tiempo cuando se percató de que las palabras no bastaban, de que el amor que sentía por ella exigía que se lo diera todo, y estaba más que dispuesto a entregarse entero.

Thea levantó la vista al guardarse la piedra del destino entre los pliegues de la prenda de ropa.

En cuanto la vio, Wilder notó un nudo en el pecho.

Buscó algo que decir, algo que aliviara la presión que se acrecentaba en su corazón.

Estaba embelesado con ella, con todo lo que había luchado y conseguido, con la magia que percibía vibrando en su cuerpo hasta en esos momentos y con el hecho de que lo hubiera elegido a él.

—Me estás comiendo con los ojos —observó Thea—.

Y estás medio desnudo. —La sonrisa que le dedicó estuvo a punto de destrozarlo—.

No es que me queje —añadió pasándole los dedos por el pecho desnudo—, pero más vale que bajemos.

Torj y los demás ya nos sorprendieron en Harenth, ¿recuerdas?

No me apetece que vuelvan a irrumpir en nuestra habitación.

Aquel recuerdo sacó a Wilder de su trance y se rio. Se puso la camisa y se deleitó en silencio con la mirada lujuriosa de Thea, clavada en la piel desnuda que desaparecía bajo la tela.

Se ataron las armas en su sitio y se encaminaron hacia la puerta.

—¿Estás preparada? —le preguntó Wilder, deseando más que nada en el mundo que pudieran quedarse encerrados en sus aposentos.

—Creo que ninguno de los dos lo está —admitió Thea—, pero ya nos las arreglaremos.

—¿Juntos? —Wilder le tendió una mano.

El calor le floreció en el pecho cuando ella entrelazó los dedos con los suyos y abrió la puerta con la otra mano.

—Juntos.