Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

THEA

Ahí estaba la magia de las tormentas, que recorría la esencia misma de su alma. Ahí estaba el núcleo del poder que había echado de menos durante tanto tiempo; cobraba vida y le rogaba que lo liberase en el mundo.

Thea apenas se atrevió a respirar al observar, revoloteando por su piel, las chispas de un blanco brillante que formaban parte de ella tanto como el corazón que le martilleaba en el pecho.

Ahora que su magia le recorría la sangre, se dio cuenta del gran vacío que había tenido en su interior.

Y de lo rota que había estado una parte de su ser.

Wilder tenía razón: la pena la había alejado.

Y ella había luchado para recobrarse del todo.

Notaba el poder en la punta de los dedos, así como la habilidad de conjurar y controlar los relámpagos y los truenos.

Notaba la llamada de las tormentas fuera de La Liebre Cantora, muy lejos de allí.

Durante un instante, Thea se perdió en las canciones de las tormentas, tanto internas como externas.

Por todos los dioses, cuánto las había echado de menos.

A medida que los relámpagos destellaban en sus venas, florecía la esperanza.

Esperanza hacia la guerra que se avecinaba.

Las fuerzas rebeldes querían contar con otra portadora de tormentas, ¿no?

Por fin tenía ese poder en los dedos. Por fin tenía algo más allá de sus espadas y de la terquedad para ayudar a combatir la oscuridad.

¿Y el Gran Rito? Había recuperado su ventaja y pensaba tomar lo que le pertenecía. ¿Quién la iba a detener?

Mientras esos pensamientos la recorrían uno a uno, levantó la vista sorprendida hacia el hombre que la miraba, el hombre que la había visto pasar por todas las fases.

Seguían tocándose.

¿Cómo era posible que su relámpago no le hiciera daño? ¿Cómo era posible que Wilder siguiera acariciándole la piel ardiente? ¿Cómo era posible que en su bello rostro no hubiera nada más que fervor y admiración?

—¿Te has arrepentido alguna vez de no pedir la inmortalidad a las furias? —le preguntó Thea en voz baja.

—Ni una sola vez hasta que te conocí... —respondió Wilder—. Pero luego me pregunté si mi camino habría sido diferente y si, en caso de que todo hubiera ocurrido de otro modo, nos habríamos llegado a conocer. Eso es algo de lo que sí que me arrepentiría, pero no de perderme mil vidas interminables.

—Aunque... —Thea tocó su piedra del destino, donde también chisporroteaban los relámpagos.

Wilder le cogió la mano y, una vez más, ella se quedó maravillada al no hacerle daño y al emular la fuerza que le habían entregado a él las furias.

—Quiero que se lo pidas —le dijo el espadachín—. Por ti, no por nosotros. Por todo lo que has luchado. Te mereces mucho más que las cartas de la baraja que te han tocado.

Sus palabras se alejaron de allí cuando Thea vio que el relámpago no solo revoloteaba sobre su piel, sino también sobre la de él, del mismo modo que ella sentía el trueno gestándose en su pecho. Su magia... conocía a Wilder. Sintió que lo reconocía en los mismísimos huesos.

Wilder Hawthorne no se encogió cuando ella lo tocó con el poder de una tormenta. No retrocedió ante su intensidad.

Le había preguntado dónde estaba, dónde se había metido la Althea Zoltaire a la que había conocido.

Thea levantó la vista y le sonrió.

—Aquí estoy, espadachín.