Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 30
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Capítulo 30

THEA

Thea esperó a sentir el peso de él sobre ella, pero eso no ocurrió. Colorada por la vergüenza y el deseo, lo miró. Wilder iba de un lado a otro de la habitación y se pasaba las manos por el pelo mientras respiraba profundamente.

—Tenemos que hablar —consiguió decirle con los dientes apretados.

—No me ha parecido que eso fuera lo que querías hacer —replicó Thea envalentonada, incorporándose y con el ceño fruncido.

—Lo que quiero y lo que necesito son dos cosas distintas.

—No sé si en nuestro caso es así.

Las palabras se escaparon de los labios de Thea antes de que pudiera impedirlo y flotaron entre ellos como granos suspendidos en un reloj de arena.

Wilder la miró a los ojos.

—Siempre he sabido que serías mi perdición.

Thea tragó saliva con dificultad. No quería ser su perdición, ya no. Quería ser el principio.

—Yo...

—No soy el primer hombre en romper un juramento... Tampoco el primer espadachín en hacerlo —dijo él con voz repentinamente ronca.

Thea lo observó desde la otra punta de la estancia, sin saber si sería capaz de dar un paso hacia él, mientras la tensión entre ellos crepitaba como el fuego y las palabras que llevaban mucho tiempo guardándose finalmente salían a la luz.

Era un hombre majestuoso, incluso con la ropa gastada por el viaje, el pelo oscuro recogido de cualquier manera y la barba sin recortar.

Todos y cada uno de sus movimientos parecían alterar la energía que lo rodeaba, como si le estuviera costando contener el poder que le habían proporcionado las furias.

Wilder dio un paso hacia ella, con un océano revuelto en esos ojos plateados.

—Puede que haya roto el juramento que hice en Thezmarr...

—añadió con brusquedad como si le doliese pronunciar esas palabras.

Encorvó los hombros hacia delante como si el peso de esa carga fuera demasiado grande—.

Pero no he roto ninguna promesa que te haya hecho a ti.

Ninguna que fuera importante. Necesito que lo sepas.

—Wilder... —dijo Thea jadeando.

—Te dije que te quería. Para mí eso significó algo, lo significó todo.

—Ya lo sé. —Los remordimientos le retorcían las entrañas.

Wilder se irguió lentamente, levantó una mano y se acarició, por debajo de la camisa, la cicatriz que le había dejado la flecha de Thea y que debía de seguir doliéndole. La contempló sin hablar. Un temblor recorrió la fuerte columna de su cuello al tragar saliva. Aun así, siguió guardando silencio.

Thea a duras penas conseguía llenarse los pulmones de aire. Un segundo más y perdería los estribos.

Las palabras se derramaron como una marea cuando redujo la distancia entre ambos.

—Lo siento. Siento mucho todo lo que ha pasado. La cagué. Debería haber confiado en ti, debería haber sabido que había otra versión de la historia, que nunca me harías daño a propósito y que tenías un motivo... —Se le rompió la voz—. Perdóname. Por favor. Perdóname, Wilder.

—Ya te he perdonado —murmuró alzándole la barbilla con el índice para que lo mirase a los ojos—.

Entiendo tu reacción. La confianza no es fácil de ganar teniendo en cuenta todo lo que has vivido.

Intentaba protegerte, intentaba salvaguardar tu futuro por si lo que sospechaba no era cierto.

Pero no es excusa. No debería haberte ocultado secretos a ti. ¿Me perdonas tú a mí?

Thea soltó una brusca exhalación por el contacto.

—No hay nada que perdonar —le aseguró.

Esperó a que uno o los dos se apartasen, pero no lo hicieron. Esa vez no. Nunca más, si de ella dependiera. Se miraron fijamente; Thea cogió la mano de Wilder, que tenía sobre la cintura. Cada segundo que transcurría era como un golpe a un yunque que afianzaba la fuerza imparable que los envolvía.

Thea hinchó el pecho y la piedra del destino le calentó el esternón.

—Ojalá pudiéramos volver un año atrás. Nos han robado todo ese tiempo.

—No nos has robado nada —susurró él mirándola a la cara con desesperación—. Yo no he hecho sino pensar en ti día tras día.

Thea contuvo un sollozo cuando la asaltó aquella revelación.

—Pero podríamos haber tenido más tiempo...

Los ojos de Wilder se oscurecieron y Thea lo vio todo: calor, deseo y aquello de lo que nunca habían podido desprenderse. Amor.

—Si solo te queda un año de vida, vívelo al máximo y vívelo a mi lado.

Wilder se lo dijo como si fuera sencillo. Tal vez lo fuera.

—Thea... ¿Qué cantidad de tiempo basta para cambiar la vida?

Antes de que le pudiera responder, la besó.

Los labios de Wilder se apoderaron de los suyos con una intensidad que casi la destruyó. Thea le devolvió el beso y emuló cada movimiento de su lengua, cada roce de sus labios, rodeándole el cuello con los brazos y pasándole los dedos por el pelo.

Wilder gimió contra su boca, la levantó y la abrazó con fuerza, como si pudieran fundirse en uno solo. Thea se retorció contra él; todas las partes de su cuerpo ansiaban sus caricias, sus labios, su miembro.

El espadachín no la llevó hasta la cama como esperaba.

La apoyó en la pared. Las lámparas se sacudieron cuando golpeó la fría y dura superficie con la espalda y lo envolvió con las piernas para saborear la fricción en el centro de su ser, allá donde se le clavaba la erección.

En una maraña de lenguas y dientes, exploró sus labios con los suyos y se deleitó con cada sensación que le provocó.

Lo besaba como si Wilder fuera su aire, perdiéndose en él.

—¿Crees que se puede morir por esto? —dijo jadeando cuando la bajó hasta posar los pies en el suelo. Él liberó sus manos para explorarla—. ¿Por este deseo y esta ansia?

—Sería una bonita forma de morir. —Wilder hablaba con voz ronca mientras le acariciaba las curvas, con un tono grave que reverberó por su cuerpo y avivó el anhelo que ardía ferozmente en su interior.

Ella llevó las manos hacia los botones de su camisa y los desabrochó uno a uno con dedos que temblaban por lo que estaba por venir.

Por las furias, cuánto había echado de menos eso, cuánto lo había echado de menos a él.

Una columna de piel dorada llena de cicatrices quedó al descubierto.

Thea le pasó las manos por la increíble extensión de su pecho y se deleitó con su calor y con lo duros que se le ponían los pezones al tocarlo.

Cuando la camisa desapareció del todo al fin, observó la cicatriz por encima del pectoral.

La primera vez que la vio, el corazón se le había llenado de rabia y un falso odio.

En la taberna, al deslizar los dedos por la suave línea rosada, quería venerarla.

Acercó los labios a la marca, la besó y recorrió la zona de tejido arrugado con la lengua.

Wilder se tensó, con las manos inmóviles en su cintura, como si supiera que Thea necesitaba hacer aquello. Ella creó un camino de besos por la cicatriz, por su clavícula y finalmente por su cuello, donde notaba su pulso acelerándose.

Se apartó ligeramente para mirarlo a los ojos. Era muy atractivo. Duro y fiero, pero hermoso.

Wilder sabía el poder que ejercía sobre ella, y Thea también. Esa certeza le curvó los labios en una pícara sonrisa.

Y de pronto le metió una mano debajo de los pantalones y de la ropa interior.

Thea gimió cuando Wilder le introdujo un dedo en busca del lugar donde ansiaba tenerlo. Ya estaba húmeda por él y jadeando.

—Por el amor de los dioses, ya estás lista para mí —dijo gruñendo sobre su cuello.

Ella le agarró la erección por encima de la ropa y apretando aquella dura longitud.

—¿Y tú no?

Wilder soltó una carcajada áspera y grave.

—Ha pasado un maldito año, princesa. Siempre estoy listo para ti.

Cualquier ápice de control restante se desvaneció cuando Wilder se adueñó de su boca con un frenesí sombrío al tiempo que introducía un dedo en su interior.

Thea gimió contra sus labios y llevó sus manos al cinturón mientras él añadía un segundo dedo para provocarle ese torbellino de placer embriagador por el cuerpo. Las espadas de Wilder golpearon el suelo cuando le cayeron los pantalones hasta las rodillas y su miembro salió disparado hacia arriba.

Thea interrumpió el beso febril para observarlo. Era perfecto.

Debió de haberlo dicho en voz alta, pues él se rio.

Aquel sonido recorrió sus huesos y le provocó un delicioso estremecimiento de placer a lo largo de su columna. Thea no pudo soportarlo más. Apartó la mano de Wilder de sus pantalones y se puso de rodillas.

—Thea... —le advirtió.

Acarició con la lengua la ancha cima de su miembro y se lo introdujo en la boca hasta el fondo de la garganta.

—Que las furias... ¡Joder! —dijo él rugiendo, enredando los dedos en el pelo de ella.

Thea sonrió y se deslizó arriba y abajo por su erección. Con una mano le acarició los testículos mientras le lamía entero. Lo sentía ardiente y duro y sedoso en su boca, y los ruidos que emitía él estaban a punto de ser su perdición.

Wilder le cogió el cabello con un puño demoledor y ella gimió mientras separaba las piernas como si su propia excitación se amplificara al notar los escalofríos de él. Lo engulló por completo y se ganó un nuevo gruñido gutural de los labios del guerrero.

El espadachín se movió con ella y arremetió contra su boca.

—He pensado en ti todos los días desde que nos separamos —dijo con voz áspera—. He pensado en tu boca perfecta. —La embistió de nuevo—. En tus pechos perfectos. —Y otra vez—. En lo bien que encajamos. —La sujetó fuerte antes de volver a hacerlo—. Todos los días, joder.

La palabrota le derritió el cuerpo.

Wilder la levantó del suelo con las mejillas teñidas de rosa y la respiración desbocada.

—No pienso dejar que esto termine tan rápido.

La desnudó y gimió al verla sin ropa. Veneró cada centímetro de su piel con besos y caricias provocativas, hasta el punto de que la dejó hecha un mero charco a sus pies. Sus ásperas palmas la repasaron entera como si no supiera por dónde comenzar. Y de pronto se decidió.

Le puso las manos en los senos y se los estrujó hasta que Thea arqueó la espalda y pudo notar la húmeda excitación palpitándole entre las piernas.

—Wilder... —dijo jadeando mientras le bajaba el resto de los pantalones.

Él se quitó la prenda con una patada y los dos se quedaron ahí, desnudos, embebiéndose de la desnudez del otro.

Thea profirió un gemido cuando Wilder le pellizcó un pezón y volvió a colocarle una mano entre las piernas.

—Deja que te saboree antes de follarte —le pidió con un matiz de súplica en la voz.

—Sí —resopló, con las piernas casi en estado líquido al verlo arrodillarse ante ella.

Wilder se pasó una de sus piernas por encima del hombro y la abrió. El aire frío besó su parte más íntima. Thea vio la humedad que resplandecía en su sexo cuando Wilder deslizó un solo dedo por su centro con un gemido.

—Por todos los dioses —murmuró—. Estás hecha para mí, Thea.

Dicho esto, lamió directamente su centro, succionando con amabilidad, justo donde ella lo quería sentir. Thea chilló ante aquella sensación y ante el millón de chispas que estallaron por su cuerpo desde la base de la columna hasta la punta de sus dedos.

Wilder la devoró. Cada pasada de su lengua malvada sobre el clítoris anulaba el poco control que sentía sobre sí misma y avivaba el infierno que se desataba en su interior.

Cuando él levantó una mano y le acarició el pezón con sus diestros dedos, Thea echó la cabeza atrás hasta golpearse con la pared y gimió en alto.

—Joder... —masculló Wilder contra su centro. Al bajar la vista, Thea vio que se sujetaba el miembro con la otra mano, cuya punta estaba húmeda con su propio deseo.

—Wilder... —dijo jadeando—. Quiero...

Con movimientos apresurados, él se levantó y la apoyó en la pared para darle besos salvajes.

—Ya lo sé —dijo gruñendo—. Ya sé exactamente lo que quieres.

Bajó la mano entre ambos y pasó la punta de su miembro por el húmedo calor de ella. Se situó sobre su entrada, donde se detuvo un instante.

El calor estalló en el pecho de Thea cuando la miró a los ojos.

—Ahora solo estamos tú y yo —le dijo—. Ahora y siempre.

A Thea le costó tragar el nudo que se le había formado en la garganta. Asintió.

—Ahora y siempre.

Y Wilder se introdujo en su interior de golpe.

Thea se entregó a la fuerza del guerrero y vio estrellas cuando se apretó alrededor de su miembro.

Gritó cuando él se movió dentro de ella con una poderosa acometida tras otra, cada una más embriagadora que la anterior.

Se dejó ir, sintiendo como el placer y el amor que sentía por Wilder la consumían.

Él gimió contra su cuello y Thea estuvo a punto de estallar allí mismo. Wilder coló una mano entre sus cuerpos y le acarició el clítoris, a punto de convertirla en un millón de pedazos.

Thea bajó la vista más allá de los contornos del vientre musculoso de él, más allá de la V

que señalaba hacia donde se unían con aquellas embestidas ardientes y poderosas. Cada acometida le vaciaba más la mente. No había pensamientos, solo la sensación que él le producía, las de ambos.

Wilder se adentró en ella una y otra vez, ambos temblando en el precipicio mismo del deseo. A su alrededor se formó una energía que vibraba en el corazón de Thea. Ella lo sentía, lo sentía a él, en el tejido de su alma.

Clavó los ojos en los suyos, en ese color plateado oscuro que abrasaba como el fuego.

—Córrete para mí —le ordenó Wilder mientras le rodeaba el clítoris con un dedo y la follaba sin miramientos.

Thea sollozó cuando su cuerpo obedeció. Gritó su nombre al llegar al éxtasis, con todo su cuerpo estremeciéndose con la fuerza de él. El clímax la inundó con una velocidad cegadora, una ola tras otra, una sensación tan intensa que no supo si algún día volvería a la realidad.

Wilder se tensó con la respiración acelerada al exprimir las últimas oleadas del orgasmo de ella antes de soltar un grito. Su espadachín se estremeció y se derramó en su interior con un jadeo ahogado. Los dos temblaban y se aferraban el uno al otro como si fueran a separarlos en cualquier momento.

Thea esperó a que la corriente que la atravesaba se atenuara y la dejara satisfecha y aturdida. Sin embargo, lo que zumbaba en sus venas no la abandonó.

Al oír a Wilder coger aire de pronto, se vio obligada a abrir los ojos.

Y estuvo a punto de desmayarse. En la punta de los dedos, le bailoteaban pequeños relámpagos.

El poder crepitaba en su interior y la bestia durmiente que anidaba dentro de ella despertó de la duermevela. Thea observó su propia magia.

La voz grave de Wilder reverberó en su cuerpo, cálida y llena de orgullo.

—Has regresado, princesa.