Capítulo 29
THEA
Thea se rio, se rio de verdad, por primera vez en muchísimo tiempo. El peso que se quitó de encima al hacerlo era indescriptible. Se enjugó una lágrima y miró fijamente a Wilder.
El guerrero tenía los ojos plateados brillantes y los hombros tensos, como si hubiera respirado hondo y se hubiera olvidado de soltar el aire.
La miraba de un modo que le provocó un vuelco en el estómago y le inspeccionó el rostro como si no fuera la aprendiz que nunca quiso tener ni la amante que no tenía fe en él.
La miraba como si la conociera de toda la vida, como si siempre hubiera formado parte de él.
—¿Qué pasa? —le preguntó, nerviosa de pronto, a pesar de que la taberna bullía de actividad y de ruidos alrededor de ellos.
Wilder la observó unos segundos más.
—Es que...
—¡La mesa os espera! —les anunció Everard con entusiasmo haciendo señas para que lo siguieran.
Ella vaciló, pero Wilder se limitó a ir tras el tabernero, con una ligera sonrisa coqueteando con sus labios al adentrarse en las profundidades de La Liebre Cantora.
Thea no se había dado cuenta de lo enorme que era ese local.
Había varias salas, todas repletas de mesas y sillas disparejas, con un fuego ardiendo en cada chimenea.
Las vigas vistas de roble desgastado y las puertas adornadas con enredaderas de hierro forjado proporcionaban un ambiente íntimo a pesar del tamaño, y el aire era denso con el aroma reconfortante de hidromiel especiado y carne asada.
El local estaba bien iluminado, con velas titilantes que creaban un resplandor cálido derramándose sobre el suelo de piedra erosionado.
Como Everard guiaba a Thea y a Wilder, ninguno de los clientes les echó un segundo vistazo; estaban demasiado cautivados por el propietario.
En ese sentido, le recordó mucho a Kipp.
Resultaba que Kipp, o «El Hijo del Zorro» como se refería a él todo el mundo en La Liebre Cantora, tenía unas relaciones excelentes. Everard acompañó a Thea y a Wilder hasta un reservado con cortinas, cojines cubiertos de terciopelo y una pila de mantas de piel para calentarse el regazo.
Thea se sentó apoyada en la pared y se tapó las piernas con una de las mantas. Con cada segundo que pasaba, más se daba cuenta de lo que le gustaba La Liebre Cantora.
—¿Qué os pongo, pues? —les preguntó Everard juntando las manos como si la idea de darles de comer le proporcionara una alegría desmedida—. He pedido que os traigan jabalí y unos cuantos platos más, pero ¿qué os apetece beber, amigos?
Wilder se dispuso a responder, pero Everard lo interrumpió dándose un golpe en la frente con una mano al caer en la cuenta de algo.
—¡Ahora todo tiene sentido! —exclamó—. Marise me envió...
Sin terminar la frase, se marchó.
—¿Todos los propietarios de una taberna son como él? —preguntó Thea al verlo desaparecer hacia lo que supuso que sería la cocina.
—Bueno, ya conoces a Albert del Zorro —replicó Wilder—. Es un poco menos... excéntrico, ¿no?
Antes de que Thea pudiese contestar, Everard regresó con dos vasos y una botella oscura de vino. La botella tenía una ramita en el cuello con una nota. El tabernero la deslizó por encima de la mesa.
—Deduzco que es para vosotros.
Wilder frunció el ceño al leer el caótico mensaje. Acto seguido, una sonrisa se abrió paso lentamente por su atractivo rostro y se recostó en el asiento con una carcajada.
—¿Qué dice? —se interesó Thea.
Wilder le tendió la nota mientras Everard descorchaba la botella y les llenaba generosamente los vasos. Thea le dio las gracias y pasó a concentrarse en la misiva. La tinta se había corrido un poco por el pergamino y tuvo que entrecerrar los ojos para descifrar las letras.
«Te has perdido la fiesta del Tinto Muerto. Lo lamentarás».
—¿Te está amenazando? —Thea arrugó la nariz.
—¿Amenazando? —dijo Wilder riendo—. No. —Miró hacia Everard—. Bebe con nosotros, amigo mío. Queremos comentarte unos asuntos logísticos.
Thea jamás había visto a una persona más feliz al recibir una invitación para hablar de logística. Pero enseguida descubrió que no era la conversación lo que lo atraía, sino el vino.
—Te advierto de que es sumamente posible que necesitemos otra botella —le avisó Wilder mientras brindaba con el vaso de Everard.
—Te advierto de que en esta taberna eso no es nunca un problema.
Callada y divertida, Thea presenció cómo los hombres hablaban de la fiesta del Tinto Muerto de Marise con gran intensidad antes de que Wilder sacara el tema que los ocupaba.
—Para mañana por la noche, necesitamos poder entrar discretamente y usar una sala de reuniones privada —comenzó a decir el espadachín antes de elegir con cuidado sus siguientes palabras—. Los invitados... En fin, son de naturaleza controvertida.
—¡Ni una palabra más! —exclamó Everard—. Eres amigo de Kristopher. En lo que respecta a ese muchacho, tenemos una política de no hacer ninguna pregunta.
—Seguro que para proteger tu negocio deberás...
—Hasta el momento, las tabernas hermanadas de los mediorreinos han soportado todos los momentos históricos horribles —lo interrumpió Everard—. Son refugios seguros para los bebedores y pensadores de nuestra época. Kipp es uno de los mejores. Es el motivo por el que este sitio sigue en pie.
—¿Qué hizo? —le preguntó Thea. Le había picado la curiosidad. ¿Cómo era posible que su amigo se hubiera granjeado una reputación así en aquellas tierras si había pasado la mayor parte de su vida en la fortaleza?
—Uy, esa es una información de alto secreto —repuso Everard guiñándole un ojo—. Pero sus amigos son nuestros amigos, así que obtendréis todo lo que necesitáis.
El pecho de Thea se llenó de calor ante la lealtad de aquel hombre y ante la fe en su amigo, a quien los comandantes a menudo subestimaban o tildaban de inútil. Era un mundo extraño y fantástico en el que Kipp Snowden era más legendario que las leyendas de Thezmarr.
—Gracias —le dijo de corazón.
—Es un honor servir a los mediorreinos. —Everard agachó la cabeza—. En fin, decidme lo que necesitáis y me iré a ver por qué tarda tanto en salir la comida.
Al parecer, Wilder seguía un tanto desconcertado por lo que estaba sucediendo, así que se recostó con el vaso en la mano mientras Thea tomaba las riendas de la situación.
Con la mayor concisión posible, le contó a Everard que necesitaban una sala de reuniones privada con espacio suficiente para más de una docena de personas.
Y que iban a necesitar llegar y marcharse sin que ningún cliente los viese.
Y, si era posible, que les prepararan varias habitaciones donde pasar la noche.
Cuando terminó, Everard tan solo asintió.
—Eso está hecho. —Y se alejó después de prometerles que les servirían la comida en breve.
Thea notó que Wilder volvía a observarla.
—¿Algo que decir, espadachín? —le preguntó al tiempo que cogía su propio vaso y bebía un sorbo.
Una explosión de frutos rojos estalló sobre sus papilas gustativas y cerró los ojos para paladear el sabor.
No se parecía en nada al vino que había probado durante el baile de máscaras. Era más complejo, con muchas más capas.
—Nada que decir, princesa —dijo Wilder en voz baja—. Todavía no, al menos.
Thea estaba a punto de presionarlo, pero la comida llegó con una pompa más digna de una familia real que de dos viajeros harapientos.
Cualquier preocupación salió volando por la ventana junto a los modales de Thea cuando les pusieron delante platos humeantes.
Con el olor a carne de jabalí especiada que se elevaba, se le hizo la boca agua.
De repente, se moría de hambre. En los últimos largos meses de invierno, había comido muy pocos platos calientes y bastante espaciados en el tiempo, así que decidió aprovecharse de la influencia de Kipp al máximo.
Se preguntó si su amigo le pediría la moneda del rey para pagar todo aquello, aunque poco le importaba ya.
A esas alturas, no tendría reparo alguno en vaciar las arcas del rey Artos.
Wilder y ella comieron juntos con las cortinas abiertas para poder contemplar el resto de la taberna y observar en silencio las idas y venidas.
—Me gusta este sitio —comentó Thea al ver a un juglar con un laúd moviéndose entre la multitud y a un grupo escandaloso de mujeres que apuraba jarras de cerveza en el rincón del fondo.
—Pensé que te gustaría.
—¿Por qué lo dices?
—Porque aquí puedes ser quien quieras ser —Wilder se encogió de hombros— y a nadie le importa un bledo.
—Una situación bastante diferente a la del resto de los mediorreinos, ¿eh? —Thea bebió otro trago de vino.
—Pues sí.
—¿Quién quieres ser tú? —le preguntó mientras apartaba el plato, incapaz de comer ni un bocado más.
—Alguien que esté a la altura —repuso Wilder. Pero, antes de que Thea pudiera decirle que efectivamente lo estaba, desplazó la vista y la fijó en la mesa de billar que se encontraba en la otra punta del local—. ¿Te acuerdas de cuando jugamos?
—Sí.
Un seductor calor ardía en los ojos de él al fijarlos en los de ella.
—¿Te acuerdas de lo que pasó después?
Thea tragó saliva con el cuerpo en tensión y una oleada de deseo inundándola al oír una mera mención de esa noche.
—Sí —dijo jadeando. Había repasado aquellas horas en incontables ocasiones, a menudo en contra de su voluntad, en la oscuridad de su tienda o bajo las estrellas.
El cojín en el que estaba sentada se movió y se dio cuenta de que se estaba deslizando por el reservado. Wilder la atrajo hacia sí hasta que se apoyó en su costado y enseguida la envolvió el calor que él desprendía.
Cuando levantó la cabeza, vio que el espadachín la estaba observando con sus ojos plateados como metal fundido.
—¿Quieres volver a jugar al billar? —le preguntó Thea mordiéndose el labio inferior.
—No.
Thea le pasó un dedo por la curva musculosa del muslo.
—Entonces, ¿qué quieres?
Wilder estaba increíblemente quieto, a excepción de un breve temblor que traicionó sus esfuerzos por contenerse. Al final cedió y le plantó un beso apenas perceptible en el cuello, pero que bastó para poner al rojo vivo todas las terminaciones nerviosas del cuerpo de Thea.
—Sabes muy bien lo que quiero. —Su voz grave vibraba sobre su piel y provocó punzadas de anhelo que la recorrieron entera.
Thea levantó la cabeza en un gesto desafiante.
—Pues tómalo.
El deseo fulguró en los ojos de Wilder, que la rodeó con el cuerpo ignorando a los clientes que estaban al otro lado del reservado.
Thea aspiró su olor con los labios peligrosamente cerca de los de él y un latido de excitación en su interior. Cuánto lo deseaba, por todos los dioses. Lo deseaba con todas las fibras de su ser.
Wilder extendió un brazo y recorrió su labio inferior con el pulgar antes de dejar que sus dedos siguieran la línea de su cuello y se deslizaran por entre sus senos.
El roce era leve, apenas una caricia, pero Thea lo sintió como si fuera fuego.
Sin querer, separó las piernas debajo de la manta que le tapaba el regazo y se arqueó reprimiendo un gemido.
El espadachín le acarició el cuello con la nariz antes de morderle la suave piel y rozar con la lengua aquel lugar sensible.
—Las normas no las vas a poner tú, princesa —le advirtió.
Casi se le escapó un grito de rabia antes de que Wilder se pusiera en pie de repente, la levantara y la colocara encima de su hombro.
Sin reducir el paso, cogió la llave que había sobre la barra y se dirigió a las escaleras del fondo.
Thea apenas recordaba que, cuando se conocieron en el bosque Sangriento, él había amenazado con hacerle eso exactamente...
«¿Vas a volver de buena gana conmigo hasta la fortaleza? ¿O prefieres padecer la indignidad de que te levante, te cuelgue de mi hombro y te lleve yo?».
En la taberna, no se lo había preguntado siquiera.
Los clientes de La Liebre Cantora silbaron y vitorearon cuando Wilder avanzó entre la multitud.
Thea estaba demasiado asombrada como para hacer nada más que colgar del hombro fornido de él.
Observó los rostros sonrientes de la gente y los gestos lascivos que hacían conforme Wilder se aferraba a sus muslos por detrás con las manos y la subía por las escaleras.
Se movía a toda prisa, y al poco abrió una puerta de un puntapié.
La cerró tras de sí y, acto seguido, la arrojó sobre un colchón de plumas.