Capítulo 28 #2
—No —la cortó con calma—. Tú vas a entrar en una maldita taberna. Yo te voy a seguir. A cierta distancia, hasta que sepamos que estamos a salvo. Y luego te voy a invitar a beber algo.
—¿Eres un espadachín de Thezmarr y ese es el mejor plan que se te ha ocurrido? —Thea lo fulminó con la mirada.
—¿Tienes alguna idea mejor, aprendiz?
—Por lo menos esperemos a que haya menos gente . —Soltó un gruñido de irritación.
—Ahora es cuando hay menos gente.
—Que las furias se apiaden de mí —masculló armándose de valor—. Muy bien. De perdidos, al río.
Sin otra palabra de advertencia, la trampilla se abrió de nuevo y Thea salió de la bodega.
Se movió con gracia y confianza, como si hubiera visitado La Liebre Cantora cien veces.
Wilder aguardó unos segundos antes de seguirla, se caló la capucha y se ajustó la caída de la capa para ocultar las espadas que llevaba al cinto.
La Liebre Cantora estaba igual que cuando había ido por última vez: era un lugar cálido, escandaloso pero acogedor. En la sala de al lado, un par de violines creaban una melodía alegre, mientras la multitud daba palmas y, sin duda, bailaba al son de la música.
Wilder salió de la trastienda y vio a Thea junto a la barra. El local estaba abarrotado de clientes, tanto que Wilder no pudo avanzar ni un centímetro sin chocar contra alguien. Notaba la mirada de Thea desde la otra punta de la estancia, clavada en él hasta que se situó a su lado.
—¿Qué quieres beber, princesa? —le preguntó Wilder señalando al camarero.
Pero no llegó a oír la respuesta de Thea, ya que alguien tropezó con él por detrás y se le cayó la capucha. El hombre que estaba detrás de la barra se quedó paralizado, con un trapo en la mano, y entornó los ojos al verlo.
—¡Te conozco! —exclamó mientras dejaba en el mostrador el paño y la jarra vacía que sostenía—. Eres el espadachín caído...
La música se detuvo, las conversaciones languidecieron y, de repente, todo el mundo observaba a Wilder.
Él hizo una mueca al ver a varios hombres corpulentos poniéndose en pie. Era evidente que pensaban hacerse los héroes por una noche. A su lado, Thea hacía lo mismo que él: evaluar sus probabilidades de éxito. Era imposible que se marcharan de la taberna sin matar a muchas personas.
El silencio se intensificó en el local y Wilder se desplazó un poco. Calculó la distancia que había hasta la salida, dedujo lo cerca que estaban las habitaciones y pensó cómo hacer el menor daño posible...
Alguien hizo crujir los nudillos. Una silla chirrió al retroceder por el suelo de piedra. Wilder oyó el claro sonido que hacía el acero al ser desenfundado.
—Ya te he dicho que era una pésima idea —masculló Thea llevándose una mano a la empuñadura de la espada.
—¿Qué es eso? —La voz del tabernero rompió el tenso silencio. Señalaba hacia el pecho de Wilder.
Tras intercambiar una mirada de perplejidad con Thea, Wilder bajó la vista.
—¿El qué?
Para su sorpresa, el hombre se aproximó, se inclinó sobre la barra y tiró de algo que llevaba él en el bolsillo.
—¿Qué demonios haces? —Wilder se echó hacia atrás.
—Soy yo quien hace las preguntas aquí... —El tipo volvió a señalar—. ¿Qué es eso?
Wilder negó con la cabeza con incredulidad y vio el retazo de tela amarilla descolorida que sobresalía de su bolsillo delantero. Lo reconoció como el pañuelo que Kipp le había dado para limpiarse la sangre de la nariz hacía unas semanas.
—¿A ti qué te parece que es? —le espetó apretando los puños—. Un pañuelo, desgraciado.
—¿De dónde lo has sacado? —insistió al tiempo que contemplaba a los clientes que los rodeaban.
—De un amigo. ¿Qué importancia tiene? —respondió Wilder, aún más encolerizado cuando el tabernero le sacó la tela por completo del bolsillo y la extendió sobre la palma de su mano, admirando maravillado el zorro que estaba bordado en la esquina.
«¿Qué diablos está pasando?», pensó Wilder, totalmente descolocado.
El hombre agitó el trozo de tela delante de él como si así pudiera comprender su significado.
—¿Eres amigo del Hijo del Zorro?
Wilder se lo quedó mirando. ¿En qué idioma le estaba hablando?
—¿Cómo?
—¿Eres amigo de Kipp Snowden? —El tipo volvió a mover el pañuelo en su dirección.
De repente, Thea le bajó los puños apretados a los lados y esbozó una amplia sonrisa.
—Sí —terció—. Somos amigos suyos.
—¿De veras? —repuso el tabernero, pensativo—. Porque un amigo de Kipp es amigo mío. Sin hacer preguntas.
—Pues somos muy amigos de Kipp —le aseguró Thea.
—Demostrádmelo.
Boquiabierto, Wilder vio a Thea mirar al tipo de arriba abajo y luego cruzarse de brazos.
—Es capaz de irritarte hasta que te entran ganas de llorar. Es un bocazas, se pasa el día comiendo y nunca paga la cuenta de nada.
El tabernero la observó. Transcurrieron varios segundos.
Y, de repente, la expresión del tipo cambió por completo y estampó la palma de la mano en el mostrador al soltar una estentórea risotada.
—Sí que lo conocéis. —Alargó el brazo y le dio una fuerte palmada a Wilder en el hombro—. ¿Por qué no lo habías dicho antes, hombre?
Con Wilder patidifuso y sin habla ante el giro de los acontecimientos, el tabernero les hizo señas a los clientes para que se ocuparan de sus propios asuntos y a los músicos para que siguieran tocando.
—Soy Everard, el propietario de este magnífico establecimiento —anunció antes de dirigirse a un camarero—. Saca un plato de jabalí. ¡Y vino! ¡Y tarta! Y...
Se alejó gritando órdenes y haciendo aspavientos con las manos.
Lentamente, Wilder se volvió hacia Thea, atónito.
La sonrisa de ella era radiante. A continuación, echó atrás la cabeza y soltó una carcajada profunda y melódica.
Fue el sonido más hermoso que Wilder había oído nunca.