Capítulo 28
WILDER
Wilder soltó una maldición cuando Thea y él volvieron a recorrer los pasadizos con las mochilas a la espalda y las armas sujetas en su sitio.
Se había pasado buena parte de un año yendo de aquí para allá y apenas había estado más de una noche en el mismo lugar.
De repente, debía marcharse otra vez, con más conflictos gestándose en el horizonte inmediato.
—Qué callado estás —se arriesgó a decir Thea cuando las botas de ambos crujieron sobre la gravilla mojada.
—Como siempre —repuso Wilder avivando el paso.
—Y una mierda. La primera vez estuviste callado porque te comportabas como un maldito cascarrabias, pero con el tiempo te has ido abriendo.
—Sigo siendo un maldito cascarrabias.
—Eso es verdad —dijo Thea mientras le dirigía una mirada de soslayo—. ¿En qué estás pensando?
—¿Sinceramente?
—Sinceramente.
Wilder quería decirle que, aunque habían intimado, aunque le había sujetado la mano, todavía sentía cierto dolor en el corazón.
Wilder le había hecho daño, pero ella también le había hecho daño a él.
Y ahora que la persecución había terminado, ese dolor perduraba a pesar de todo.
Pero era un tema demasiado peliagudo como para sacarlo a colación en esos instantes. Se limitó a suspirar.
—Echo de menos mi cabaña.
Thea giró la cabeza en su dirección y lo miró con absoluta incredulidad.
—Debes de estar de broma.
—Lo digo muy en serio —contestó él sin emoción.
—Estamos a punto de entrar en guerra. Nos hemos aliado con adolescentes que blanden sombras. Hay monstruos con ocho ojos y ocho patas cruzando el Velo e intentando matarnos. ¿Y tú echas de menos tu cabaña?
—Creo que no comprendes la gravedad de la situación —le insistió Wilder—. ¿Te imaginas el estado de mis plantas? Me apuesto lo que quieras a que Malik no las ha regado ni un día.
Aunque le dolía mencionar a su hermano, mereció la pena cuando Thea lo miró como si le hubieran brotado dos cabezas antes de que una sonrisa se abriera paso por su rostro y se echara a reír.
No existía ningún ruido más maravilloso.
A excepción de...
Wilder interrumpió ese pensamiento antes de que desembocara en algo peligroso.
—Me alegro de que te divierta mi desolación, aprendiz.
—¿De verdad sigo siendo tu aprendiz? —le preguntó sin dejar de sonreír.
Por todos los dioses. Wilder se pasaría todo el día observando esa sonrisa.
—Tal me llamó su aprendiz mucho después de que superase el Gran Rito —le dijo—. Básicamente para sacarme de mis casillas.
—¿Y esa es la razón por la que tú me llamas así?
—Puede.
Durante unos segundos, la complicidad entre ambos fue como antes de que todo se hubiera ido al traste.
Un breve descanso, un breve recordatorio de lo fácil y cómodo que podría ser.
No habían estado a solas desde que él la llevó al clímax con sus dedos en la tienda.
El simple hecho de recordarlo hacía que a él le hirviera la sangre.
Pero el tiempo no estaba de su parte, si es que había llegado a estarlo en algún momento.
Debían seguir avanzando y cerciorarse de que Anya y los demás podían desplazarse hasta allí sanos y salvos.
—¿Con quiénes nos vamos a reunir, por cierto? —quiso saber Thea mientras ajustaba las correas de su mochila y cuadraba los hombros bajo su peso.
—Con aliados.
—Ha vuelto el espadachín críptico al que conozco y... —Dejó la frase a medias—. ¿Cal y Kipp estarán ahí?
—Sí, es el punto de encuentro que le comenté a Torj. Deberían juntarse con nosotros ahí.
La oleada de alivio que sintió Thea se reflejó en su rostro. Wilder sabía que, aunque la guerrera se fiara del Asesino de Osos, una parte de ella no descansaría hasta que viese de nuevo a sus amigos con sus propios ojos. Cuanto antes sucediera, tanto mejor.
—Lo último que sé es que Torj intentaba reclutar a Esyllt y a Audra —prosiguió—. Tengo la sensación de que ella lleva veinte años esperándolo.
—¿Audra va a ir... al punto de encuentro?
Wilder se encogió de hombros. No quería que Thea se hiciera muchas ilusiones con la posible aparición de Audra o de alguien más.
—Ya lo veremos.
Le había pedido a Torj que fuera discreto y que solamente enviara un mensaje a sus amigos más fiables del gremio. Había llegado el momento de que Thezmarr supiera qué cotas alcanzaba la corrupción y de que la fortaleza desempeñara un papel en la guerra que se avecinaba.
—¿No hay más preguntas? —dijo extrañado.
Thea pareció meditar al respecto antes de hablar de nuevo.
—Se me ocurren un sinfín de preguntas —le dijo lentamente—, pero me da que ya no tengo derecho a formularlas...
Wilder detestaba la vacilación de su tono, pero agradeció la franqueza total de sus palabras, ya que él se sentía igual.
—Es culpa, entre otras cosas —murmuró—. Yo también la siento.
—No sé..., no sé cómo dejarla atrás.
—Poco a poco. Quizá podamos empezar haciendo una pregunta cada uno y ver a dónde nos lleva eso... ¿Qué te parece?
Thea observó el túnel interminable que se extendía ante ellos.
—Supongo que tenemos tiempo.
—Imagino que sí. —Wilder soltó una carcajada—. Tú primero.
Thea guardó silencio durante un rato, pero él no la presionó.
Finalmente, lo miró a los ojos y Wilder vio la misma pena que había atisbado con anterioridad y el mismo arrepentimiento bajo la superficie.
—¿Crees que podemos volver a ser lo que éramos antes?
—No vamos a empezar con asuntos triviales, ya veo... —susurró.
Thea apartó la vista y la fijó al frente con concentración militar.
—Thea. —Hizo que se detuviera y esperó a que esos ojos tormentosos se fijaran en los suyos—. No creo que podamos volver atrás... —dijo lentamente intentando elegir las palabras con cuidado.
—Entonces, ¿qué...?
—No quiero volver atrás —afirmó, esta vez con más rotundidad—. No quiero volver a lo que fuimos. Pero sí quiero ir hacia delante, hacia lo que podríamos llegar a ser.
Esas palabras flotaron entre ambos, y Wilder jamás se había sentido tan desnudo ni vulnerable.
Se había hartado de mentiras y de medias verdades.
Se había hartado de ponerse la máscara que encajaba mejor en cada ocasión.
Thea le había pedido más de una vez que fuera sincero, y sincero era lo que pensaba ser.
Advirtió cómo Thea soltaba el aire antes de asentir.
—¿Y tú? ¿Cuál es tu pregunta?
Había un millón de cosas que deseaba saber, un millón más que quería haberse pasado el último año descubriendo con ella, pero en esos instantes debía preguntar algo no por él, sino por el destino de los mediorreinos.
Le hizo señas para que siguieran caminando y sostuvo la antorcha en alto ante ellos para iluminar el camino rocoso.
—¿Ha habido algún indicio de tu magia?
Thea no alteró el paso, pero Wilder percibió su vacilación.
—¿Esa es tu pregunta?
—Esa es mi pregunta.
Durante unos segundos, no se oyó nada más que el goteo de humedad de las paredes de la cueva y sus propios pasos.
—La respuesta es no. Nada de magia —contestó al fin—. Siento decepcionarte.
—No me has decepcionado —repuso Wilder.
Pero el suspiro que profirió Thea le confirmó que no se lo creía.
—Contaban con tener a otra portadora de tormentas en su bando, ¿verdad? —le preguntó ella.
—Se comentó.
—En detalle, seguro —añadió, resignada.
—¿Y qué más da? —exclamó él—. Que les den.
—¿Que les den? —Thea arqueó una ceja—. ¿A las fuerzas rebeldes por las que has roto tus votos y has infringido cien leyes para ser su aliado?
—Todavía no he hecho las paces con todo eso —admitió—. Pero sí. Así es como me siento. Eres mucho más que tu magia, Thea. Eres mucho más que una sola cosa. Y cualquiera que diga lo contrario puede irse a la mierda.
Una leve sonrisa tensó los labios de ella y Wilder se enorgulleció.
—¿Han intentado hablar con Wren? Aunque su último encuentro con nuestra querida hermana mayor no fue demasiado bien —dedujo Thea.
—No lo sé. Hay cosas que Anya no quiere contarme a mí.
—¿Por mi culpa?
—Más o menos.
—Siento mucho impedirte estar en el meollo.
—A veces es agradable no estar en el meollo de todas esas tonterías. —Wilder se encogió de hombros.
—No te creo ni media palabra, espadachín —replicó con un poco más de ligereza—. Por cierto, Dratos es otro cantar...
—Vaya. —Wilder enarcó una ceja—. Te ha llamado la atención, ¿eh?
—¿Estás celoso?
—Un hombre poco seguro de sí mismo quizá lo estaría.
—Pero tú no eres un hombre poco seguro de sí mismo.
—La última vez que lo comprobé, princesa, no.
Torcieron en un recodo y un olor claro a licor fermentado golpeó las fosas nasales de Wilder.
—Ya casi hemos llegado —anunció.
—¿Ya?
—No íbamos demasiado lejos. Cruza los dedos por que podamos salir sin que nos vea nadie.
—No sé si te has dado cuenta, pero no eres precisamente un ciudadano normal y corriente de Aveum. ¿Acaso no te están buscando ahora mismo todas las fuerzas militares de los mediorreinos?
—Y por eso saldrás tú primero. —Wilder dejó la antorcha en la lámpara más cercana y palpó la pared hasta encontrar la hendidura.
—¿Dónde estamos? —le preguntó Thea.
Wilder empujó la puerta oculta con el hombro y los goznes oxidados crujieron por la falta de uso. Después de volver a coger la antorcha, cruzó el umbral y le hizo señas a Thea para que lo siguiera.
Ella frunció el ceño al ver varios barriles y estantes de botellas oscuras cubiertas de polvo.
—Me has traído a una bodega —comentó sin más.
—No es una bodega cualquiera. —Wilder no pudo evitar sonreír.
—¿No? —dijo Thea resoplando—. No me gustaría nada que las fuerzas rebeldes se reunieran en un lugar tan apretado...
—No es eso. —Wilder se rio—. Es la bodega de una de las mejores tabernas de los mediorreinos.
Localizó la escalera que conducía hacia una trampilla y esperó a Thea en lo alto. Cuando se le unió, abrió la puerta y la luz inundó la bodega.
—Bienvenida a La Liebre Cantora, Thea.
Ella abrió muchísimo los ojos y, en un visto y no visto, cerró la trampilla de golpe para amortiguar el ruido de violines y charlas del local.
—¿Se te ha ido la cabeza? —exclamó—. ¿Pretendes entrar en una maldita taberna cuando...?