Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—¿El arma estará lista...?

Una sombra salió disparada de Dratos y le dio una colleja al muchacho.

—Madre mía, primo. ¿Eres tan duro de mollera como las agujas con las que tejes eso que usas? —Dratos se pellizcó el puente de la nariz.

«Primo», pensó Thea mientras presenciaba la conversación con gran interés.

—Solo era una pregunta —dijo el chico frotándose la cabeza.

—Pues nada de preguntas. Aquí hay gente nueva y todavía no sabemos si es de fiar.

Un rubor se extendió por el cuello de Thea. Era muy extraño cómo habían cambiado las tornas y de pronto era ella la traidora.

—Creía que era la hermana de Anya. —El joven frunció el ceño—. Son familia, ¿no?

Thea sintió una punzada al oírlo. Habían mantenido una sola conversación real, habían intercambiado una sola sonrisa... A pesar de la sangre que compartían, Anya era una desconocida para ella. Y Wren estaba más lejos que nunca.

—Debe de ser agradable vivir en el mundo simple y colorido de Gus, ¿eh? —Dratos puso los ojos en blanco—. ¿Por qué no te vas a tejer calcetines a otra parte?

El tal Gus dejó el tejido sobre la mesa y se recostó en la silla para dirigirle a su primo una mirada desafiante mientras del torso le brotaban sombras que formaban una masa amenazadora a su alrededor.

—Oblígame —le espetó encolerizado.

Dratos se puso en pie enseguida.

—Serás...

—¡Basta! —gritó Anya—. Por todas las furias. Si los Castemont queréis medir quién la tiene más grande, id a hacerlo a otra parte.

Transcurrió un minuto en el que las sombras revolotearon por la tienda hasta que los dos parecieron calmarse.

—Y es una bufanda, idiota —masculló Gus cogiendo de nuevo las agujas.

Thea tuvo que morderse los nudillos para no echarse a reír. Pese a toda la oscuridad y el mal que campaban por el mundo, aquella riña familiar entre primos distaba mucho de lo que se había imaginado al pensar en los tocados por las sombras.

Dratos se desplomó sobre su silla y alzó la pipa con un gruñido de irritación.

—¿Por dónde íbamos?

—Por las armas y ese príncipe sombrío del que todos habláis tanto —le recordó Thea.

—El Príncipe de las Sombras —la corrigió Dratos—. Y enseguida lo descubrirás, thezmarrense... Pero antes debemos estar seguros de tu lealtad.

—Yo respondo por ella —terció Wilder.

Anya observaba el diálogo desde el extremo de la mesa, con la nariz fruncida por los recelos.

—La cuestión es que nunca he estado del todo convencido de tu lealtad, espadachín —replicó Dratos—. Además, no eres demasiado imparcial a juzgar por los ruidos que salían de tu...

—Termina la frase. —Wilder se inclinó hacia delante, amenazador, y apoyó los codos en la mesa—. Te reto a terminarla.

Anya volvió a golpear con el vaso sobre la mesa.

—Salid todos los hombres. Ahora.

—Anya —protestó Dratos—. Solo estamos...

—Haciéndome perder el tiempo, joder, como de costumbre —estalló—. Marchaos.

—Nos comportaremos. —Dratos levantó las manos a modo de rendición.

Unos tentáculos de sombras brotaron de la Hija de la Oscuridad, agarraron el respaldo de las sillas de los hombres y los alejaron de la mesa.

—No lo voy a volver a repetir —les dijo Anya sin ceder lo más mínimo—. Tenéis tres segundos exactamente antes de enteraros de quién tiene las sombras más largas de verdad.

Dratos, Wilder, Gus y un grupo de hombres salieron de la tienda y abandonaron el consejo de guerra a la vez. Se hizo un silencio mientras las sombras de Anya retrocedían hasta desaparecer.

Thea no pudo contener la sonrisa. Acababa de confirmar que su hermana le caía bien, en efecto.

Adrienne resopló y puso los libros sobre la mesa.

—Ya era hora. ¿Nos ponemos a trabajar, señoras?

—Creía que no me lo pedirías nunca —repuso Anya negando con la cabeza cuando la entrada de la tienda se cerró.

Durante los primeros minutos, Thea guardó silencio y prestó atención mientras las rebeldes repasaban la logística y los números; extendieron un mapa enorme de los mediorreinos sobre la mesa y utilizaron marcadores de madera para señalar dónde estaban las fuerzas que habían diseminado por los reinos.

Thea sabía que al permitirle presenciar aquella reunión estaban confiando mucho en ella y que muchísimas vidas correrían peligro si esa información cayese en las manos equivocadas.

El orgullo le inundó el pecho al ver a las mujeres decidiendo la estrategia de guerra y tomando las decisiones difíciles. Habiéndose criado en Thezmarr, se había pasado toda la vida a cierta distancia, relegada a las afueras, y de pronto...

Thea observó el mapa con interés y pasó la vista hasta los marcadores que vio ubicados en lugares inesperados.

—Creía que Naarva estaba perdida —comentó cuando Adrienne situó un marcador en la segunda isla, donde tiempo atrás se había erigido la universidad.

Adrienne miró a Anya solicitando su permiso.

Thea intentó no sentirse ofendida. Les había dado motivos de sobra para que no confiaran en ella.

No había cuestionado las cosas que debería haber cuestionado.

Había conseguido que encerraran en una celda de hielo a uno de sus principales campeones...

Le había salvado la vida al rey Artos no una sino dos veces y había malogrado el intento de obtener información valiosa.

Pero, para su sorpresa, Anya asintió dando su aprobación sin vacilar.

Adrienne le hizo señas para que se acercara y Thea no tuvo que pensárselo dos veces. Se aproximó a la naarviana y contempló el mapa.

—¿Perdida u oculta? —le preguntó Adrienne moviendo el marcador para que pudiera verlo mejor—. Además de las Islas Rotas, en Naarva hay tres islas principales. Aquí —señaló— es donde está la capital, la ciudadela de Ciraun y la famosa forja naarviana.

Thea estaba al corriente, pues se había pasado toda la vida ansiando conseguir una espada de acero naarviano.

—Y luego está la isla del sur, la más próxima a la Torre Escarlata —continuó Adrienne—. ¿Te suena?

Thea asintió.

—Genial. En ese caso, sabes que debes mantenerte alejada sí o sí. Muy cerca de ahí, está el sitio donde se instaló una guarida de espectros que Hawthorne y su mentor nos ayudaron a destruir hace mucho tiempo.

Thea se moría por que le contaran más detalles, pero cerró la boca y se limitó a escuchar.

—Aquí es donde estaba antes la Universidad de Naarva.

—Adrienne movió el dedo hacia la tercera isla—.

Una institución de agricultura y horticultura de renombre...

—Respiró hondo—. Para el resto de los mediorreinos, Naarva dejó de existir cuando sucumbió hace años a la oscuridad.

Pero una gran parte de nuestra gente pasó a la clandestinidad.

Muchos sobrevivieron y siguieron sobreviviendo, a pesar de los espectros y segadores que asolaban sus tierras.

Fue aquí donde se originaron muchos de nuestros tocados por las sombras.

Y fue aquí donde empezamos a contraatacar.

—¿Todo este tiempo? —Thea no pudo evitar mirar a Anya, que se entretenía en el extremo de la mesa fingiendo que no estaba escuchando. Su hermana le había contado que había reunido a los tocados por las sombras, pero, por la expresión que ponía Adrienne, eso implicaba mucho más de lo que parecía.

—Expulsamos la oscuridad poco a poco —le dijo Adrienne—.

Las sombras en las que vivimos ahora son obra de nuestra gente...

Sigue habiendo zonas que no son seguras, donde todavía hay espectros y segadores y toda clase de criaturas malditas que has visto en estos últimos meses al recorrer los reinos, pero Naarva es nuestra.

Y hemos luchado con ahínco para asegurar su supervivencia.

—¿Cómo? —se interesó Thea pasando los dedos por las líneas del mapa.

—Cuando destruimos la guarida de espectros hace años, descubrimos algo que podía ayudarnos. Más que el acero y más que los hombres. Lo protege ese al que llamamos el Príncipe de las Sombras y es nuestro recurso más valioso contra...

—Ya es suficiente —la interrumpió Anya en voz baja.

Adrienne le dirigió a Thea una mirada de arrepentimiento antes de responder a su líder:

—Seguro que te das cuenta de que Hawthorne se lo contará todo, ¿no?

—Y por eso precisamente no le he contado todo a él.

Adrienne lo asimiló durante unos segundos antes de encogerse de hombros.

—Como quieras, pues.

—Lo entiendo —terció Thea—. Todavía no me he ganado toda vuestra confianza... —Cuadró los hombros y miró a su hermana de hito en hito—. ¿Cómo me la puedo ganar? —Como Anya no respondió al instante, Thea insistió—: ¿Qué necesitas de mí?

Dejó que la insinuación flotara entre ambas. Anya sabía que no le quedaba magia y que el poder que tiempo atrás blandió se había apagado como una vela.

Anya se sirvió un poco de agua de la jarra y apuró el vaso antes de tomar la palabra.

—Hawthorne ha organizado que nos reunamos con algunos aliados en una ubicación delicada pero importante.

—Muy bien...

—Necesitamos que él y tú os adelantéis al grupo y aseguréis una entrada discreta para nosotros. Hawthorne me confirma que no será ningún problema, pero lo buscan por los mediorreinos. Y, de un tiempo a esta parte, no ha pasado desapercibido precisamente.

—¿Y yo sí? —Thea resopló—. ¿Sabes que corren rumores después de que él y yo desapareciéramos a la vez...?

—Ya resolveremos ese problema cuando sea el momento.

—¿Resolveremos? —repitió Thea.

—Es lo que he dicho. —Un amago de sonrisa tentó los labios de Anya.

—Pensaba que no te fiabas de mí. —Thea ladeó la cabeza.

—No me fío de nadie —aseveró Anya—. Y por eso sigo viva.

Adrienne se aclaró la garganta.

—Fingiré que no me ha ofendido tu comentario.

—Estupendo. —Anya se giró de nuevo hacia Thea—. Lo dicho, ¿te adelantarás a nosotros? ¿Te asegurarás de que es un camino seguro para Dratos y Gus, que son incapaces de no sacar las sombras cada dos por tres?

—¿Por qué no? —Thea se encogió de hombros.

—Muy bien. —Anya le arrojó una mochila que había estado todo ese tiempo en el suelo y esbozó una sonrisa—. Ya te puedes ir.