Capítulo 27
THEA
Con todas las terminaciones nerviosas absolutamente crispadas, Thea dejó que Wilder la condujera hacia la reunión.
Todavía notaba la huella de él en su cuerpo, en su alma, hasta el punto de que no dejó de lanzarle miradas ni de preguntarse si se trataba de alguna magia de espadachín que todavía no había descubierto.
El simple hecho de ver su bello rostro o de que Wilder le rozara el dorso de la mano con el pulgar bastaba para prenderle fuego de nuevo. No había acabado con él en absoluto.
Una sonrisa le curvó las comisuras de la boca al guerrero y apareció su hoyuelo, y Thea supo que Wilder veía fácilmente todos sus pensamientos escritos en su cara.
Y le trajo sin cuidado. Quería que él supiera lo que le había hecho y lo que le esperaba cuando por fin pudiera ponerle las manos encima.
Cuando entraron en la enorme tienda, Thea vio primero a Anya, en el extremo de la mesa.
Las alas de su hermana no estaban por ninguna parte, como tampoco sus sombras.
Sin embargo, resultaba igual de intimidante sin todo eso debido a sus facciones duras, la cabeza rapada y esos ojos penetrantes que observaban a todos.
Los titubeos y la tristeza de la conversación de la noche anterior habían desaparecido.
—Ya era hora... —comentó Anya con una insinuación y una pizca de diversión en la voz.
Un rubor inesperado tiñó las mejillas de Thea cuando esta aceptó la silla que Wilder le ofrecía.
Tomó asiento y examinó al resto del extraño grupo de seres que se había reunido alrededor de la mesa, en cuyos rostros detectó sonrisas cómplices.
Wilder estaba a su izquierda y Adrienne, sentada justo frente a ellos.
Un joven con rizos oscuros y una tosca prenda de punto, que en realidad era un adolescente, tejía en un rincón y levantaba la vista de vez en cuando; tenía los mismos ojos verdes que Dratos.
Había varios exploradores a los que Thea no reconoció, pero supuso que eran de Naarva, como la mayoría de los miembros del campamento.
En el respaldo de una silla, estaba Terrence, el halcón que durante una temporada había hecho las veces de emisario entre Wilder y las fuerzas naarvianas. Se alzaba regio y clavaba los ojos amarillos en Thea como si se encontrara molesto y tuviera mejores sitios donde estar.
Y luego estaba Dratos, con las alas plegadas tras la espalda y sombras revoloteando alrededor de él.
Thea no pudo evitar encogerse al verlas.
Durante mucho tiempo, había interpretado ambas cosas como el epítome del mal, pero ahí las tenía, formando parte de Dratos tanto como la mano con la que se llevaba la pipa a la boca.
El explorador la sorprendió contemplándolo fijamente.
—¿Algo que decir, futura espadachina?
Thea no se acobardó. De hecho, lo miró a los ojos.
—¿Puedes ocultarlas si quieres? Me refiero a las sombras y las alas.
El explorador de ojos verdes exhaló una O de humo perfecta.
—¿Por qué iba a querer hacer eso? No pienso ocultar mi verdadera naturaleza para contentar a nadie.
Pareció esperar a que Thea insistiera, pero ella se limitó a encogerse de hombros.
—Me parece bien.
—Sí, sí. —Anya puso los ojos en blanco—. Todos sabemos lo oscuro y majestuoso que eres, Dratos el Sinalba. Ahora, si no te importa, ¿podemos hacer planes para la maldita guerra? Ya ha habido suficientes retrasos. —Lo último lo dijo lanzando una elocuente mirada hacia Wilder.
Las comisuras de los labios del espadachín se curvaron hacia arriba de nuevo y Thea le dio un codazo al tiempo que se sentaba más erguida.
Aunque la mención de la guerra hizo que le diera vueltas la cabeza.
¿Acaso tan solo habían transcurrido unos pocos días desde que la recibieron con toda clase de honores en las cúpulas flotantes de Vios como defensora del reino y dejó a Cal y a Kipp en medio de un enfrentamiento contra un aracne?
Wilder le había asegurado que sus amigos estaban a salvo con Torj, pero seguía sin parecerle correcto haberlos abandonado.
Habían pasado muchísimas cosas y quería hablar con ellos sobre un montón de asuntos.
Todo había cambiado. Su mundo entero se había puesto patas arriba, y los quería a su lado.
Anya la miró con comprensión en los ojos como si a ella también le costara creerlo. Le dedicó una vacilante sonrisa.
Thea se la devolvió. Había toda una vida de secretos y de experiencias que contar, pero no iban a contar con el lujo de estar juntas con los mediorreinos destruidos a su alrededor y la piedra del destino oculta bajo la camisa de Thea.
Y, aun así, Thea quería conocer a su hermana.
Esperaba que su sonrisa se lo transmitiera.
Anya asintió y pareció recobrarse antes de girarse hacia el grupo y golpear la mesa con el vaso tres veces. Los fulminó con la mirada a todos hasta que la cháchara llegó a su fin.
—Bienvenidos, bienvenidos y todo eso —comenzó con voz ronca haciéndoles gestos poco ceremoniosos con las manos—. Pongamos orden en este consejo de guerra. Hay mucho de lo que hablar.
Un «consejo de guerra». Así era como lo describían los tocados por las sombras.
Era oficial, concluyó Thea con un sobresalto. Estaba sentada en un consejo de guerra con el enemigo, o con aquellos que habían sido sus enemigos. ¿En qué se habían convertido a esas alturas? ¿En aliados?
—¿Qué noticias hay de Vios? —Anya fijó los ojos en Dratos—. ¿En qué estado dejamos la situación con el aracne, para empezar?
—Está muerto —repuso Dratos sin más—. Los dos espadachines se encargaron del monstruo. Hasta cierto punto. —Miró a Thea—. Tus amigos están ilesos. Se marcharon con el Asesino de Osos.
Aunque únicamente le estaba confirmando lo que Wilder le había dicho, el alivio que sintió Thea fue inmenso. Asintió hacia Dratos con la cabeza, agradecida.
—Los niños de las mazmorras heladas fueron rescatados sin problemas gracias a la ayuda de los espadachines. Ahora los están atendiendo en uno de nuestros campos más tranquilos. —Prosiguió a toda prisa sin maquillar sus siguientes palabras—: Falleció un miembro de la realeza.
El alivio inicial de Thea se convirtió en miedo, y en su mente enseguida apareció la princesa Jasira. No debería haberla abandonado, debería haberse asegurado de que la dejaba en un lugar seguro...
—¿Quién? —le preguntó Wilder.
—El rey de Aveum. —Dratos hizo una mueca.
Un silencio se instaló entre el grupo.
—¡Por todos los dioses! —exclamó Anya al final mientras se pasaba las manos por la cabeza—. ¿Conocemos los detalles?
—No... Solo que lo hirieron durante el enfrentamiento del salón de baile y que murió más tarde, esa misma noche. Me han dicho que a consecuencia del veneno. —Dratos llenó la pipa con la bolsa que llevaba en la cintura—. Ahora nos costará muchísimo más aliarnos con alguna fuerza real.
—Siempre fue una cuestión problemática —comentó Adrienne.
—Pero que un rey muriera como resultado de un ataque como ese... —Anya negó con la cabeza—. La reina Reyna no estará en sus cabales.
—Eso no lo sabes. —Dratos encendió la pipa.
—¿Cómo que no? —Anya enarcó una ceja—. ¿El resto de la capital sufrió daños? ¿Hubo más ataques aparte del de las cúpulas?
—Que sepamos, no. Y todavía no sabemos si lo del aracne fue un ataque planeado o no.
Esos monstruos tienden a cruzar el Velo pasando desapercibidos.
Podría haber sido por un error de Artos o una fase de un plan mayor.
Dejando aparte el exterior de la cúpula y el salón de baile, los daños no fueron importantes.
—Dratos dio una calada a su pipa, pensativo—.
¿Habéis encontrado la guarida de los segadores?
Sorprendida, Thea giró la cabeza hacia Anya.
—Es lo que estábamos haciendo en Vios —le explicó su hermana—.
Alguien, además de Artos, debe de saber dónde se encuentra la hueste principal.
Pretendíamos encontrar a esa persona e interrogarla.
Cuando sepamos dónde está la guarida, podremos atacar.
Matar a los segadores es matar al resto de los espectros. Muerto el señor, se acabó la plaga.
—Pero ¿no encontrasteis a esa persona?
—No.
Thea se dio cuenta al instante y el temor le agujereó el estómago.
—¿Por mi culpa? ¿Porque intenté detenerte en el salón de baile?
—Por muchos motivos —repuso Anya—. Además, era una posibilidad bastante remota. Las habilidades empáticas de Artos son increíbles. No era probable que pudiéramos averiguar la ubicación de la guarida de los segadores en una sola noche.
—¿Y ahora qué haremos? —quiso saber Dratos.
—Lo único que podemos hacer —contestó Anya—. Lo volveremos a intentar.
—Tengo una pregunta... —se arriesgó a intervenir Thea, con las palmas apoyadas en la mesa para no removerse ante todas las miradas que se fijaron en ella—. ¿Qué habéis oído decir de la huida de Wilder? ¿Y del hecho de que yo desapareciera con él? Seguro que corren rumores...
Dratos asintió.
—Nada sólido. Hay quien dice que el espadachín caído te ha tomado como rehén, otros afirman que cambiaste de opinión al ver a tu antiguo mentor encarcelado. Algunos aseguran que la Sombra de la Muerte se abalanzó sobre el miserable traidor para ir a por él otra vez.
A Thea se le erizó el vello de la nuca y una ráfaga de escalofríos recorrió su piel.
—¿Los gobernantes se decantan por alguna opción en particular? —preguntó Wilder a su lado.
—Con la muerte del rey Elkan, no ha habido muchas noticias desde las cúpulas excepto sobre los preparativos del funeral.
—Dratos —dijo Anya—. Asegúrate de que hacemos correr algunos rumores nuestros. Como que la asesina de espectros de Thezmarr ha ido efectivamente a atrapar al traidor.
—Eso está hecho —repuso Dratos.
Adrienne se aclaró la garganta y señaló a Terrence con la barbilla.
—¿Quién ha tenido noticias del príncipe?
—Un servidor. —Dratos alargó una mano para revolver las plumas de Terrence antes de tenderles un manuscrito—. En lo que a él respecta, todo va según lo previsto. Por lo menos hasta el momento.
El joven que estaba tejiendo lo que parecía una bufanda levantó la vista.