Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Thea se entregó a él y Wilder la imitó al sujetarle el pelo con una mano y ladearle la cabeza para poder venerarla con mayor precisión.

Ella le devolvía cada beso con la misma exigencia que recibía, con embates de lengua que emulaban los de él; el deseo se incrementó entre ambos, un intento por dejar atrás todo el dolor.

—Te deseo —dijo Thea con un jadeo arrugándole la ropa con los puños—. Te deseo muchísimo.

Wilder fundió la boca con la de ella y no se arrepintió de nada más que del tiempo que había pasado sin besarla.

Cada instante en el que no lo hacía era un instante perdido.

Le pasó los dedos por el delicado cuello y sintió el pulso que se aceleraba bajo su piel y una suavidad tan embriagadora que se emborrachó de ella.

Estaba desesperado por penetrarla, desesperado por notarla tensa alrededor de su miembro, aunque los gritos amortiguados provocados por aquellos besos tan fieros le dieron ganas de prolongar el proceso.

Quería que Thea le suplicara, que sollozase por lo mucho que lo ansiaba, que se volviese tan loca por el deseo como para no volver a alejarlo jamás de su lado.

Thea le pasó las manos por todas partes. Las bajó por su espalda y le tiró de la camisa, pero Wilder las apartó y la recostó sobre el poste de apoyo del centro de la tienda. Primero iba a tenerla a su manera.

Allí introdujo las manos en los pantalones de ella. A Thea se le aceleró la respiración y Wilder interrumpió el beso para observarle la cara mientras le metía un dedo en la humedad que encontró entre sus piernas.

Thea echó la cabeza hacia atrás y un rubor se le extendió desde las mejillas hasta la parte superior de sus senos anhelantes.

Por todas las furias, quería desnudarla en el acto.

Quería lamer y sorber cada centímetro de ella y luego embestirla con tanta fuerza que no pudiera volver a caminar recta.

Pero no era el momento. En esos instantes, se trataba de ella y solamente de ella.

A Thea se le escapó un grito ahogado cuando Wilder le rodeó el clítoris.

Con pasadas lentas y soberbias, la provocó hasta que sintió cómo se retorcía ante él.

Thea quiso quitarle el cinturón, pero Wilder le sujetó la muñeca y le inmovilizó las dos manos por encima de la cabeza al tiempo que seguía con las caricias fulminantes.

Fue similar a la primera vez que lo hicieron en el bosque Sangriento.

Thea arqueó las caderas hacia él y Wilder escogió ese instante para introducirle otro dedo. Reprimió un gemido cuando el gesto le hizo imaginarse lo que sería hundirse en ese prieto calor.

—Santas furias —dijo Thea jadeando con los ojos desorbitados y la boca abierta cuando él comenzó a penetrarla con los dedos, lenta y duramente, añadiendo otro y rodeándole de nuevo el clítoris con el pulgar.

Thea soltó un grito y separó más las piernas.

Wilder no había estado tan excitado en la vida. La erección estaba a punto de salírsele de los pantalones, con la punta húmeda por el deseo y con cierto dolor en los testículos.

—Vas a estallar para mí, Thea —le dijo con voz teñida de lujuria y flexionando los dedos dentro de ella hasta oírla medio sollozar—. Y vas a estallar a lo grande.

Los dos seguían completamente vestidos, ya que Wilder tan solo le había metido una mano en los pantalones, pero aquella imagen lo volvió salvaje.

Su control se iba disipando con los segundos; su propio deseo latía por todo su ser con fuerza propia, que no hizo sino acrecentarse cuando Thea se humedeció y se tensó más sobre sus dedos.

—Thea... —le advirtió, pero no supo de qué. Se había perdido en ella.

—Wilder, voy a...

Tensa de la cabeza a los pies, clavó los ojos en los de él cuando un gemido se le escapó de los labios. Se estremeció al alcanzar el clímax. Wilder siguió y siguió estimulándola para provocar todas las oleadas de su orgasmo con una satisfacción primitiva, hasta que la notó temblar.

En lo que a Thea respectaba, Wilder jugaba con fuego. Lo había sabido en cuanto la vio, pero aquello...

Sin dejar de contemplarla, le sacó los dedos y se deleitó con el ansia descarnada que la embargó cuando se los llevó a la boca y los lamió.

Thea abrió muchísimo los ojos al oírlo gruñir tras saborearla, con la erección tirándole de los pantalones.

—¿Quieres comprobar a qué sabes? —dijo rugiendo.

Lentamente, Thea asintió.

Wilder se abalanzó hacia delante y le estampó un beso feroz antes de apartarse sin aliento.

—Sabes a mía. Siempre has sido mía.

Thea se lo quedó mirando como si lo estuviera viendo por primera vez. Con los ojos abrasados por el deseo y las manos libres por fin, las bajó hacia su cinturón.

Wilder la detuvo con una sonrisa en los labios.

—Creo que tenemos que planear una guerra... Los demás nos están esperando. Y supongo que con poca paciencia a estas alturas.

Ella entornó los ojos cuando él la apretó contra su cuerpo.

—Tú y yo tenemos asuntos pendientes —le dijo Thea, algo parecido a lo que él le había dicho en el bosque Sangriento de Thezmarr antes de que todo cambiase entre ambos.

Wilder la besó de nuevo. No quería apartarse de ella, sino maravillarse con el calor que desprendía y la intensidad que ardía en sus ojos.

—No te diré que no.

La dejó un instante para que se recobrara y ocultó la gracia que le hacía ver el músculo que le temblaba en la mandíbula. Se había introducido en su interior y allí era donde tenía pensado quedarse.

Cuando Thea se adecentó, Wilder entrelazó los dedos con los suyos y saboreó ese sencillo gesto de intimidad.

—Vámonos a la batalla, princesa.