Capítulo 26
WILDER
La mañana llegó antes de lo que a Wilder le habría gustado, indicada por el breve tañido de la campana que sonaba en el centro del campamento.
Aunque en ese lugar había un ritmo tranquilo que le agradaba.
Le recordaba a la vida en Thezmarr de cuando era joven, cuando la vida consistía en comer a las horas programadas, entrenar y pelearse con sus amigos y con su hermano.
Por aquel entonces, todo era más sencillo.
Se dirigió hacia el centro de la cueva, donde se habían dispuesto varias mesas y Adrienne ya estaba leyendo atentamente unos trozos de pergamino con el ceño fruncido.
Anya estaba a su lado, pasándose las manos por la cabeza afeitada con impaciencia; aunque Anya siempre estaba impaciente.
En eso le recordaba a Thea: siempre quería moverse, siempre necesitaba seguir avanzando, como si una tormenta le pisara los talones.
Cuando se les acercó, las dos levantaron la vista.
—El mismísimo espadachín caído nos honra con su presencia. —Así fue como lo saludó Anya.
Wilder le lanzó una mirada de advertencia. Anya sabía que no le había resultado fácil dar la espalda al gremio, ni siquiera después de ver lo que Osiris le había hecho a ella. El comentario lo irritaba, por más que fuera en broma.
Adrienne deslizó un cuenco de gachas humeantes por la mesa hacia él.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste o dormiste? Tienes un aspecto que da pena.
—Esta mañana da gusto veros —dijo Wilder gruñendo.
—Nos esforzamos al máximo —contestó Adrienne con una sonrisilla.
Él negó con la cabeza con desdén, cogió el cuenco y se llevó la cuchara a la boca... donde se quedó paralizada, pues acababa de ver a Thea.
Que llevaba puesta su camisa.
Y nada más que las botas.
Era sumamente posible que Wilder estuviera con la boca abierta, pero no pudo evitarlo al observar las piernas largas y desnudas de Thea, así como el cuerpo perfecto que se insinuaba bajo aquella tela tan fina.
Cuando Thea llegó junto a la mesa, lo miró desafiante con una ceja arqueada.
—Tus pantalones me van demasiado grandes.
Adrienne echó la cabeza hacia atrás y resopló. Mientras lo hacía, volcó el cuenco de su desayuno y las gachas salpicaron el pergamino.
—Encantadora —le dijo Anya lanzándole a Adrienne un pegote que se había adherido a su ropa. A Wilder se le había pasado por la cabeza arrojarle su propio desayuno a la exploradora naarviana por su falta de sutileza, pero resultaría un tanto hipócrita, ¿no?
—¿Algún problema? —le preguntó Thea fulminándolo con la mirada.
Wilder abrió la boca para responder alguna réplica ingeniosa, pero Adrienne lo salvó al ponerse en pie y coger a Thea del brazo.
—Ven conmigo. Vamos a buscarte ropa apropiada antes de que a tu querido espadachín le explote una vena del cuello.
Wilder no se había dado cuenta de lo tenso que estaba ni de que estaba agarrando la mesa con tanta fuerza que la madera se astilló bajo su mano al verlas partir.
Anya siguió su mirada con expresión divertida.
—¿Crees que van a intercambiar impresiones? —lo provocó.
Él le lanzó una mirada penetrante antes de mirarlas de nuevo.
Aquella idea ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
Lo cierto era que no pensaba en Adrienne en esos términos, por mucho que entre ambos hubiera habido algo tiempo atrás.
Era su amiga, nada más, además de una mosca cojonera.
Dratos y ella hacían muy buena pareja en ese sentido.
Sin embargo, el comentario de Anya penetró en su cerebro. Adrienne no le diría nada a Thea, ¿no? Como la situación era tan delicada...
—Thea y yo... hablamos anoche —dijo Anya—. Como las furias mandan.
Wilder no ocultó la sorpresa. Anya era tremendamente reservada. No había esperado que se abriese con Thea tan pronto ni que se lo contase a él, ya puestos.
—¿Y bien?
—Fue duro. —Igual que el tono que empleaba Anya, pero Wilder la conocía lo suficiente como para comprender que, debajo de la fachada de granito, había mucho dolor y trauma—.
Fue difícil digerir hasta qué punto nos lo arrebataron todo.
Fue difícil contárselo. Y fue difícil para ella oírlo, sin duda. Fue muy duro todo.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—He tenido años para asimilar la verdad. Thea solo ha dispuesto de unas pocas horas...
A Wilder le dio un vuelco el estómago. Además de rabia y de confusión, Thea también debía de sentir mucha pena. Él sabía que estaba sufriendo y, por más que su relación fuese complicada, no podía aceptarlo así como así.
—No me has contestado —le dijo a Anya. Tampoco quería que su compañera metiese el dolor debajo de la alfombra.
—Te he contestado lo suficiente —repuso con frialdad.
Wilder dejó que se hiciera un breve silencio.
Había una fina línea que separaba el saber cuándo presionar a una hermana Embervale y cuándo quedarse callado.
De ahí que se comiera las gachas, que ya se habían enfriado.
Mientras tanto, siguió recorriendo el campamento con la vista en busca de Thea y de Adrienne, con una semilla de incomodidad creciendo en su interior al pensar en lo que podrían estar hablando.
Al cabo de un rato, Anya profirió un gruñido gutural de disgusto.
—Por el amor de las furias, Hawthorne. Vete ya. Ya planearé yo sola la rebelión de las narices. Total, en este estado no me sirves para nada. Lárgate.
La supuesta Hija de la Oscuridad casi lo echó de la mesa, y fue el único aliento que necesitaba él para cruzar el campamento y examinar las hileras de tiendas para encontrar a las dos mujeres.
Cuando se dirigió hacia su propia tienda, Adrienne salió del interior y se detuvo en el umbral para darle un apretón en el brazo. Wilder la miró unos instantes con el ceño fruncido. ¿Qué significaba ese gesto? ¿Pretendía mostrarle apoyo? ¿Empatía?
Cuando entró en la tienda, encontró a Thea con pantalones y abrochándose una camisa limpia, una que era de su talla. Durante unos segundos, no pudo hacer más que observar cómo su aprendiz se metía la piedra del destino bajo los pliegues de tela y se ataba el puñal de Malik en la cintura.
—Es de mala educación mirar fijamente a alguien —comentó sin levantar la vista de su labor.
—Me gustaba más cómo te quedaba mi camisa —murmuró él con voz grave.
—Pues qué manera más curiosa de demostrarlo.
Wilder siguió observándola y reparó en sus movimientos vacilantes y en su reticencia a dirigirle más que unas pocas palabras. Estaba tensa, con los nervios a flor de piel.
—Anya me ha dicho que ayer hablasteis... —se atrevió a decir.
—Así es.
—¿No fue bien?
—Todo lo bien que puede ir una conversación entre hermanas perdidas que han crecido siendo enemigas. Creo... creo que me cae bien.
—Entonces, ¿qué ocurre? ¿Te ha dicho algo Adrienne? —Se le escaparon esas palabras antes de poder impedirlo.
—Me ha dicho varias cosas. —Thea seguía sin mirarlo a los ojos.
—A ver, me refiero a lo que te ha puesto de esta manera.
No era rabia lo que brillaba en los ojos de Thea. Era pena y más pena. Wilder conocía bien ese efecto, así como el arrepentimiento que dejaba tras de sí esa sensación.
Se acercó a Thea. El dolor de ella era el suyo y lo notaba en lo más hondo de su pecho.
—Lo que te haya dicho...
—Me ha dicho que hace tiempo le habló de ti a su mejor amiga...
A Wilder le dio un vuelco el corazón. ¿Había malinterpretado la amistad que lo unía a la general naarviana? Habían terminado su relación de forma amistosa, ¿no? ¿O acaso le había hecho daño sin darse cuenta? Sus pensamientos comenzaron a descontrolarse. Que Adrienne hablase de él con Drue...
Thea respiró hondo.
—Le dijo a su mejor amiga que ibas a necesitar a una guerrera más fuerte que ella para soportar tu poder. Y luego me ha dicho a mí que yo soy esa guerrera y que has encontrado esa fuerza en mí. Me ha dicho que no te decepcione.
Todo el cuerpo de Wilder se suavizó por completo.
—Thea... —dijo jadeando.
La vio con los ojos llenos de lágrimas al pasar la vista por la tienda.
—Pero sí que te he decepcionado. Fui muy tonta al negarme a poner en tela de juicio lo que tenía delante de mí, al permitir que una lealtad ciega gobernase mis acciones y al creer lo peor de ti cuando te conocía a la perfección. Yo te metí en esa mazmorra. Por mi culpa te hicieron daño. Y casi...
Wilder se inclinó hacia delante, le pasó el pelo detrás de las orejas y apoyó la frente en la suya.
—Mírame, Thea... —susurró. Thea le había hecho mucho daño, pero porque el amor que sentía por ella no había bastado para ganarse su confianza, su fe en él. Y no soportaba verla sufrir. No podía tolerarlo.
Thea levantó la cabeza al fin y clavó los ojos intensos en los suyos.
Wilder le sujetó la cara con las manos y le acarició el contorno de las mejillas con los pulgares.
—¿Qué necesitas, princesa?
Thea emitió un sonido que podría haber sido un gimoteo y alzó las manos para posarlas en los antebrazos de él.
Tenía el rostro demudado por una pena inconmensurable.
Wilder debería haber previsto que habría un punto de inflexión y que cualquiera de las revelaciones que había experimentado Thea bastaría para sobrepasar a una persona normal y corriente.
Thea las había ido encajando una a una y de pronto se acumulaban y formaban un peso demasiado grande.
Las palabras de Adrienne, por amables que hubieran sido, habían sido el golpe definitivo.
Wilder vio cómo se agravaba la culpa de ella, que le anegaba los ojos de lágrimas.
Le acarició la línea dura de la mandíbula con los dedos.
—Dime qué necesitas —repitió.
—A ti —le dijo ella—. Siempre te he necesitado a ti.
Wilder supo que se desmoronaba. Era incapaz de negárselo.
Fue imposible saber quién se movió primero. Los dos se juntaron apasionada y violentamente en una maraña de extremidades con un beso lo bastante poderoso como para dejar marcas.
Qué boca tenía, por todas las furias. Wilder gimió contra sus labios cuando ella los separó y permitió que le rozara la lengua. Aquella sensación bastó para enviarle una punzada de deseo directamente hasta la entrepierna.