Capítulo 25
THEA
Alguien se aclaró la garganta delante de la entrada de la tienda. Thea se incorporó en el lugar en el que había dormitado un poco y se preguntó si Wilder había cambiado de opinión...
—Llamaría —dijo la voz de Anya—, pero la lona no lo permite realmente...
Thea intentó aplacar la decepción y se frotó los ojos para quitarse el sueño de encima.
—Adelante.
La tela se movió y Anya entró en la tienda. Pasó la mirada alrededor un tanto incómoda. Sus alas no estaban a la vista y, al hablar con un deje de timidez, se pareció más a Wren de lo que Thea había captado hasta entonces.
—No sabía si estarías sola... Tienes destrozado al espadachín.
—No está aquí —respondió Thea al tiempo que veía a Anya caminar de un lado a otro de la tienda y pasarse una mano por la cabeza rapada, tan inquieta como una tormenta marina.
Thea no sabía qué hacer con sus propias manos, no sabía qué decir. Aquella desconocida era su hermana, estaba ligada a ella por lazos de sangre y aun así... no sabía nada de Anya más allá de las sombras y las alas.
Por suerte, Anya tomó la palabra primero.
—Siento haberme marchado antes. —Dejó de dar vueltas y trazó un círculo en el suelo con la punta de la bota. Parecía tan incómoda como Thea. ¿Cuál era el protocolo para hablar con una hermana perdida que se había considerado una enemiga durante casi todo un año?
—No pasa nada —repuso Thea—. Supongo que no ha sido fácil volver a visualizar todo aquello...
—No ha sido peor que las pesadillas que tengo cada noche. —Anya se encogió de hombros como si tal cosa sin dejar de mover el pie por el suelo.
—Siento que pasaras por todo eso. Y que sigas sufriéndolo aún.
—Gracias. —Anya agachó la cabeza.
Thea señaló hacia la mesa y las sillas.
—¿Quieres sentarte? —Wren se lo habría ofrecido nada más entrar Anya en la tienda.
Anya vaciló y sus facciones afiladas se suavizaron por la incertidumbre por primera vez.
Thea tomó asiento sin ceremonia.
—A la tercera va la vencida —intentó bromear.
Su hermana tocada por las sombras esbozó una media sonrisa avergonzada y se sentó en la silla delante de ella. Hurgó en los bolsillos y sacó algo envuelto en un paño.
—He pensado que a lo mejor necesitabas comer algo —le dijo—. Te he traído un poco de pan. Por la mañana servirán gachas.
—Gracias. —Thea rozó los dedos de Anya al aceptar la comida y un chispazo eléctrico le hizo dar un brinco.
—Perdona —masculló Anya—. Normalmente lo tengo bajo control, pero... ha sido un día lleno de emociones.
—A mí también me pasaba —admitió Thea mientras desenvolvía el pan y reprimía un quejido al darle un bocado. Era de masa madre y todavía estaba caliente.
—Ya no, ¿eh?
—Ya no.
Anya asintió con la cabeza y se recostó en la silla antes de desenfundar un puñal de la bota y darle vueltas con los dedos.
—Así que no te acuerdas de mí en absoluto, ¿no? —le preguntó en voz baja y con la atención fija en el arma.
—No muy bien... —Thea hizo una mueca—, pero de algunos detalles sí.
Anya levantó la vista.
—Recordé algunas cosas cuando Wilder y yo visitamos Delmira hace aproximadamente un año. Vi flores... Me acuerdo de trenzar collares con alguien... Al principio pensé que se trataba de Wren, pero habría sido demasiado pequeña. Eras tú, ¿verdad?
—Nuestra madre me enseñó. —Anya asintió—. Siempre elaboraba collares para todo el mundo. Me pasé dos veranos sin hacer otra cosa.
—Tampoco me acuerdo de ella —dijo Thea—. Ni de él... Nuestro padre.
—Durante mucho tiempo, me dio miedo olvidarlos —le confesó Anya—.
Sobre todo sin ti y sin Wren. En algún momento, llegará un día en el que ya no recuerde el sonido exacto de las risas de mamá ni cómo la luz del sol iluminaba el pelo de papá.
Pero me acuerdo de las cosas importantes.
Fueron gobernantes buenos y amables. Fueron padres buenos y amables.
—A nosotras nos dijeron que fueron unos tiranos.
—En ninguno de los dos había un solo hueso de maldad. —Anya negó con la cabeza.
—Nos dejaron ante las puertas de Thezmarr...
—Para protegernos.
—Podrían haber... —Thea se interrumpió al ver a Anya escudriñándola con la cabeza ladeada—. ¿Qué pasa?
—Ahora todo cobra sentido —murmuró Anya.
—¿El qué?
—Que creyeras tan fácilmente que tu espadachín también te había abandonado.
Thea abrió y cerró la boca, con repentinos cosquilleos de incomodidad en la piel.
—Nunca he pensado que...
Pero Anya le restó importancia con un gesto.
—Fueron buenas personas. Necesitas saberlo. Demasiado confiados, pero buenos.
—Como tú. —Thea visualizó a la niña atrapada en la corrupción de Thezmarr.
—Una lección que solo tuve que aprender una vez —replicó Anya con tristeza.
Thea le dio una mitad del pan y se dio cuenta de que su hermana estaba demasiado delgada. Anya la cogió sin mediar palabra.
—¿Qué pasó después de que entraras en la cueva de las Islas Rotas? —le preguntó Thea.
—Allí había una criatura... —Anya masticó el pan, pensativa—. Se parecía a mí. Me mantuvo con vida durante un tiempo. Una nueva persona tocada por las sombras es como un potro recién nacido, torpe e incapaz.
—¿Cuántos años tenías? ¿Seis? En las visiones se te veía...
—¿Alta? —dedujo Anya—. Lo era para mi edad. Pero no, era más joven. Tú y yo nacimos con solo diez meses de diferencia.
Thea la observó y recordó el grueso libro que había encontrado en la cabaña de Wilder, Un estudio sobre los linajes reales de los mediorreinos
. En la estirpe delmiriana, no figuraban herederos, y mucho menos los nombres de las hijas de los reyes.
—¿Cómo lo sabes? No había registros de nuestro nacimiento.
—En el continente no. Pero cuando estuve en Naarva...
—¿Encontraste archivos?
—No del todo... Encontré cartas. Cartas personales de nuestra madre a la reina Yolena. Eran amigas.
—Pero Delmira ya había caído antes de que naciéramos.
—Por lo visto, siguieron en contacto —Anya se encogió de hombros— incluso mientras nuestros padres se escondían.
—¿Te llevaste las cartas?
—Sí. Las tengo en mis aposentos de la Universidad de Naarva. Algún día me gustaría enseñártelas. Y a Wren.
—Me gustaría leerlas... Y seguro que a ella también.
El brillo de satisfacción que iluminó los ojos de su hermana le provocó cierto abatimiento.
—Eras muy pequeña... —susurró.
—Sobreviví. —Anya le dedicó una triste sonrisa.
—¿Cómo? —insistió Thea.
—Naarva estaba envuelta en oscuridad, pero bajo tierra había algunos lugares donde refugiarse.
Había gente tocada por las sombras como yo.
Otros eran civiles que habían huido de los combates...
Enseguida aprendí a controlar mis habilidades, así que no les resultó obvio qué era.
Me guardé las sombras para mí. El pueblo de un reino caído no acoge con los brazos abiertos a alguien como yo... Al menos, por aquel entonces.
—¿Y estuviste sola?
—Durante una temporada.
—Te vi en una visión —dijo Thea con cautela—. Te cortabas el pelo con un puñal... y luego echabas a caminar por un prado. Había otros tocados por las sombras sufriendo torturas... —No lo pronunció a modo de pregunta, pero oyó el tono interrogativo de su voz.
Anya también.
—Era uno de los campamentos de Artos. Habíamos derrotado a una horda de espectros sombríos.
La gente que crees que estaba siendo torturada eran personas tocadas por las sombras que hacían la transición por primera vez.
Viste que en la cueva a mí me ocurrió eso mismo.
No había nada que hacer. Debían sentirlo.
Y aceptarlo. —Respiró hondo—. Yo no les hice daño.
—Ahora ya lo sé. —Thea se sonrojó.
—¿Seguro? —Anya la miró fijamente con unos ojos que Thea había descubierto que eran los de su madre.
—Sí —le aseguró alzando la barbilla—. Así que, mientras Wren y yo estábamos sanas y salvas en Thezmarr, tú estabas...
—Juntando a los tocados por las sombras, rastreando los desgarrones del Velo, cazando monstruos... Cada vez había más criaturas, y no solo espectros. Reuní un pequeño grupo que me era leal y nos enteramos del rumor sobre una colonia. Al cabo de un tiempo, conocí a Dratos... —Anya soltó un suspiro.
—Ojalá hubiera podido estar contigo, luchando a tu lado —dijo Thea.
—Yo me alegro de que no. —Una sonrisa de tristeza curvó los labios de su hermana—.
Me alegro de que estuvierais en la fortaleza.
Me ayudaba saber que Wren y tú no corríais el mismo peligro, aunque sé que el tiempo que pasasteis ahí no fue precisamente perfecto...
Regresé una vez, ¿sabes?, a Thezmarr. Me moría de ganas de veros a Wren y a ti.
Dratos no quería que fuese, dijo que era demasiado peligroso, pero... tuve que hacerlo.
—¿Cuándo fue?
—No estoy segura... Todavía no éramos adolescentes —le contó Anya—.
Audra y Farissa os habían llevado a todos a jugar a las Llanuras de Orax.
Wren estaba casi pegada a Farissa, pero tú...
te alejaste del grupo y te fuiste caminando por ahí con un palo en la mano.
Creo que fingías que era una espada —añadió con un dejo de cariño—.
Utilicé la magia de las tormentas para llamar tu atención y atraerte hacia el bosque.
Seguiste muy confiada los pequeños relámpagos, y no me cupo duda de que todo volvería a ser como había sido antes.
Pero, cuando estabas a tan solo unos cuantos metros, me di cuenta de algo...
El mundo que podía ofrecerte estaba plagado de peligros y de oscuridad.
Thezmarr era un lugar seguro. En la fortaleza había guardianes y espadachines, había luz...
Wren y tú merecíais todo eso, no la vida a medias que llevaba yo en las sombras, perseguida y odiada.
—Entonces, ¿no te me apareciste? ¿No hablaste conmigo?
—Me marché. —Anya negó con la cabeza—. Fue la última vez que vi Thezmarr.
—Y a nosotras.
—Y a vosotras —convino Anya.
—No recuerdo haber seguido la magia de las tormentas hacia el bosque Sangriento.
—No me sorprende. Creo que ni siquiera sabías qué estabas siguiendo. Fue muy sutil, no como el espectáculo que hiciste en Notos.
La mención de la capital de Tver heló la sangre de Thea. La brutal batalla estaba grabada a fuego en su mente.
—¿Por qué intentaste llevarte a Wren?
—Quería llevaros a las dos. Quería sacaros de las garras de Thezmarr y explicároslo todo.
—Pues qué manera más curiosa de intentarlo.
—Admito que podría haberlo planeado con un poco más de detalle.
—No me digas —dijo Thea resoplando.
—Pero luego a Dratos le dispararon una flecha. Creo que fue cortesía de tu amigo, ¿no? Y supe que, si me llevaba a Wren sin ti, nunca me lo perdonarías.
—Te va a costar lo tuyo arreglar las cosas con Wren tal como están ahora.
—¿Algún consejo? —rezongó Anya.
—Dale una bolsa enorme llena de plantas raras y pociones. —Thea se rio.
—Gracias.
—No hay de qué.
Tras aquella breve conversación, a Thea le dolía el corazón por lo que podría haber sido. Le dolía por los años que había perdido y que Artos les había robado a ella y a su familia, por la furia a causa de lo que le habían hecho a su hermana.
La expresión triste de Anya era idéntica a la suya.
—Lo siento. —Thea habló entre susurros—. Siento que pasara todo eso. Y siento no haber estado allí contigo.
—Estás aquí ahora —replicó Anya.
—Y Wren...
—Se reunirá con nosotras. —Anya sonrió—. Es lo que nos deparaba el destino.
—¿Crees en eso?
—Sí. —Anya se puso en pie y se sacudió las migas de pan del regazo—. No nos conocemos demasiado bien, pero... me gustaría conocerte.
—A mí también —le aseguró Thea.
Anya le tendió una mano.
—Las portadoras de tormentas debemos estar unidas.
Thea estrechó la mano de su hermana, que encontró tan áspera y llena de callos como la suya.
—Yo ya no soy una portadora de tormentas.
Anya la soltó, enarcó una ceja y abrió la puerta de la tienda, dispuesta a irse.
—¿Seguro que no?