Capítulo 24
WILDER
—Joder —masculló Wilder para sí mismo al recorrer el adormilado campamento, con el miembro duro todavía apretándole incómodamente los pantalones.
Esos ojos caídos, esos labios, ese pezón duro entre los dientes...
—Joder —repitió pasándose los dedos por el pelo y buscando algo que golpear, algo con lo que liberar la acumulación de...
—¿Una noche dura? —Dratos sonrió, fumando con la pipa apoyado en una pared llena de provisiones.
—Lárgate —le espetó Wilder.
Su amigo no hizo sino sonreír más ampliamente.
—Parece que tienes algo en mente, espadachín.
—Nada que quiera contarte a ti.
—No hace falta. Lo llevas escrito en la cara.
—¿Te he dicho alguna vez que te prefiero por escrito? Eres más soportable en carta que en persona.
El explorador alado se llevó una mano a la mejilla fingiendo ofensa.
—Me has herido.
—Ojalá alguien pudiera.
Dratos fumaba con ganas su pipa.
—Muy bien. Sácalo todo, canalla malhumorado.
Wilder negó con la cabeza, incrédulo, y se recostó en la pared. Extendió una mano hacia la pipa.
Dratos se la pasó con un mohín de satisfacción.
—Eres una auténtica mosca cojonera, ¿lo sabías? —dijo Wilder antes de dar una calada, empezar a toser y devolverle la pipa a su amigo con los ojos anegados en lágrimas—. Por el amor de las furias, Dratos. Esto no es tabaco.
—¿Por qué iba a fumar tabaco? —Dratos frunció el ceño—. Sabe a mierda. —Aspiró una buena bocanada de la pipa, en cuya cazoleta resplandecieron las ascuas—. Aquí hay la mejor hierba naarviana que una sonrisa como la mía puede comprar.
—¿Te vas a colocar? —Wilder escupió en el suelo el resto amargo—. ¿Ahora?
—Así aplaco tus insultos despiadados.
—También aplacarás tu forma de luchar como nos ataquen.
—Nada aplaca mi forma de luchar —repuso lanzando una mirada significativa a las sombras que se enroscaban a su espalda.
Wilder las observó con recelo. Era algo a lo que no se había acostumbrado todavía a pesar del tiempo transcurrido: a que la oscuridad pudiese luchar con ellos, igual que contra ellos.
—Entonces, ¿has visto lo que están haciendo en este campo de tortura? —le soltó Dratos escudriñándole el rostro—. ¿Se lo has enseñado a tu enérgica aprendiz?
—Lo he visto y se lo he enseñado, sí. —Wilder asintió.
—Estupendo. Debe saberlo. Tanto Anya como Adrienne dicen que necesitamos a Thea y su magia para la guerra que se avecina.
—Eso dependerá de ella.
—No me digas. Pero supongo que tú tendrás algo que ver.
—Hace tiempo quizá sí... Ya no. —Wilder suspiró profundamente. No había habido ni un atisbo de la magia de Thea ni con la rabia ni con el deseo. Nada. Era como si se hubiera evaporado, borrándose del mundo—. Creo que debemos volver a ajustar nuestros planes en consecuencia.
Dratos exhaló una larga columna de humo.
—¿Crees que bastará con una sola portadora de tormentas?
—Tendrá que bastar.
—¿Qué me dices de la otra hermana, la alquimista?
—Sabes que no soy el representante oficial de la familia Embervale, ¿verdad? —Wilder enarcó una ceja.
—Pues cualquiera lo diría. —Dratos se encogió de hombros y dio una patada a una bolsa que tenía a los pies—. Anya me ha pedido que te la diera.
Wilder no reconoció la bolsa, pero sí la ropa y la armadura que salieron del interior.
Era lo que había llevado antes de que lo desnudaran y lo encerraran en la celda helada.
No podía decir que hubiese echado de menos la coraza chapucera ni las hombreras, pero siempre necesitaba más camisas y dio gracias por que su cinturón también estuviese ahí. Había sido de Malik.
Al coger la bolsa del suelo, el pañuelo amarillo de Kipp se cayó junto a su bota.
Tras recogerlo y metérselo en el bolsillo del pecho, estuvo a punto de echarse a reír.
El guardián había estado en lo cierto; Wilder lo había vuelto a necesitar, en efecto, aunque no había tenido tiempo de usarlo.
Había sangrado muchas veces desde ese encuentro.
—Esa armadura es una porquería —afirmó Dratos asintiendo hacia la piel curtida que sobresalía de la bolsa.
—Ya me he dado cuenta. —Wilder puso los ojos en blanco—. ¿En qué estado se encuentran el resto de las fuerzas?
—Adrienne ha preparado a los exploradores naarvianos tanto como le ha sido posible.
—La expresión de su amigo cambió—. Anya ha corrido la voz entre los tocados por las sombras que hay por los mediorreinos, pero aun con la magia sombría nos está costando más de lo esperado reunir a luchadores dispuestos.
No todos nosotros hemos hecho las paces con esta vida.
Wilder asintió. Recordaba cómo había estado Talemir en los primeros días. Detestaba tantísimo su nueva forma que estuvo a punto de envenenarse al buscar una cura.
—¿Qué me dices de nuestros recursos? Acero y...
—El acero es un problema, como siempre. La forja naarviana está siendo vigilada, como te puedes imaginar. Sacar el mineral de hierro es otro de los problemas. No es un trabajo sigiloso. —Dratos se aclaró la garganta—. Nuestro príncipe tiene bajo control lo demás.
—Es tu príncipe, no el mío.
—Tú y tus rencores, espadachín. —Dratos sacudió una mano.
Wilder lo ignoró.
—¿Cuándo adoptaremos una posición?
El explorador soltó una bronca carcajada.
—¿Vas a poner algo encima de la mesa? Además de tus cambios de humor y de tus músculos, quiero decir.
—He traído a una futura espadachina.
—Estupendo, y yo he traído a mi primo Gus —repuso Dratos con aspereza—. ¿Algo más?
Wilder siguió la mirada de Dratos hasta la mata de pelo castaño revuelto que vio en el campamento.
Se sobresaltó. Conoció brevemente al muchacho en Naarva cuando, hacía tres años, a Talemir y a él les asignaron una misión.
Gus no solo era el primo de Dratos, sino el huérfano al que Adrienne y su amiga Drue habían adoptado como si fuera su hermano pequeño.
Junto a otros tantos, los espectros sombríos los habían retenido.
Tal y Wilder habían ayudado a rescatarlos.
Por aquel entonces, Gus apenas había sido capaz de mantener el equilibrio por culpa de las nuevas alas que le salieron en la espalda.
Ahora, Wilder vio que lo único que distinguía al adolescente Angus Castemont de los demás era la prenda de punto que llevaba.
Dratos siempre se había quejado de su hábito de tejer.
—Santas furias... —masculló Wilder—. ¿Cuántos años tiene ya?
—Casi diecinueve —repuso Dratos con pesar—. Y la mayor parte del tiempo se comporta como un idiota.
—A saber de quién lo habrá sacado.
—Vete a la mierda.
Ese comentario le arrancó una carcajada a Wilder antes de retomar la conversación que mantenían.
—Un equipo se reunirá con nosotros dentro de dos días.
—¿Un equipo? Qué misterioso.
—Debo mantenerte concentrado.
—Hay varias mujeres que se encargan de eso, espadachín. Guárdate los esfuerzos para tu bonita aprendiz.
—Ni una sola palabra sobre ella, Dratos. —Wilder profirió un gruñido.
—Pero es que haces que sea muy divertido. —La malicia danzaba en los ojos verdes del explorador.
—Da otra calada, anda. —Wilder le dio un ligero empujón.
—Uy, esa es mi intención, te lo aseguro.
Wilder dejó al explorador alado con sus vicios y se dirigió hacia el perímetro del campamento para dar una vuelta.
No era capaz de regresar a su tienda, donde estaba Thea.
Había tomado la decisión correcta, había enfriado las cosas entre ambos, o eso se repetía.
Era como si hubiera demasiadas palabras por decir, asuntos que sacar a la luz antes de que siguieran por donde lo habían dejado...
Si es que era acaso posible, después de todo lo que había pasado.
Sabía que le había hecho daño, pero... ella también le había hecho daño a él.
No se había atrevido a verbalizarlo, pero allí, recorriendo las afueras del campamento de los tocados por las sombras, por fin lo admitió para sus adentros.
Mientras caminaba, intentó concentrarse, pero acabó frustrado por no poder hacerlo en la guerra que se avecinaba, sino en Thea.