Capítulo 23 #4
Él le sujetó las manos y las apartó.
—Creo... creo que no hemos llegado a ese punto.
A Thea se le tensó la garganta y notó una opresión en los pulmones cuando bajó las manos hasta la barriga para contener la presión que sentía.
—Pero has dicho...
La avergonzaba que se le rompiera la voz. No era esa chica. Ya había sido esa chica y juró no volver a ser así nunca más.
—No te fiaste de mí para contarme la verdad —protestó mirándolo a la cara y deseando que no le cayeran las lágrimas.
—Tú no te fiaste de mí, y punto —repuso él enfurecido.
—Si me lo hubieras contado todo, te habría creído.
—Ni yo mismo conocía la verdad. —Wilder la observó con expresión dolorida—. Quería asegurarme antes de meterte en todo este caos.
—Por eso precisamente deberías habérmelo contado. —Desesperada, Thea levantó la voz—. Deberías haberme dicho que no lo sabías.
—¿Para qué? —Wilder enarcó las cejas y comenzó a caminar de un lado a otro, exasperado—. ¿Para poner en peligro tu futuro en Thezmarr? ¡Cooperar con los tocados por las sombras es traición! Querías ser espadachina más que nada en el mundo...
Thea respiró hondo. Aún a punto de echarse a llorar, lo sujetó y lo obligó a mirarla.
—Más que nada, no —murmuró—. Quería estar contigo. Más que nada en el mundo. Ahora lo sé.
Los sentimientos encontrados batallaron en los ojos de Wilder al acercarse a ella y levantarle la barbilla con un solo dedo.
—¿Ah, sí? —La melodiosa profundidad de su voz le hizo a Thea flexionar los dedos de los pies—. Demuéstramelo.
Ella se quedó paralizada unos segundos antes de cogerle la camisa con el puño y estampar la boca contra la de él.
Los labios de Wilder eran embriagadores.
Sabían a fuego y a tentación, a hogar. Él le devolvió el beso con fervor, con cada vez más intensidad y fuera de control, al tiempo que le bajaba las manos por la columna y por la curva de la espalda para levantarla.
Con una velocidad imposible, la colocó encima de la mesa y derribó los mapas con un rápido gesto.
Ella lo rodeó con las piernas, con los jirones del vestido levantados por los muslos.
—Thea —dijo él gruñendo con voz ronca por el deseo.
Ella se arqueó, presionó los senos contra su pecho y se frotó ante la dureza que notaba debajo de los pantalones de él.
Todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo cobraron vida y se crisparon ante la mínima fricción.
Por todos los dioses, cuánto lo deseaba...
Lo deseaba con todo su ser. Le alzó la camisa y le pasó las uñas por las aristas del abdomen esculpido, decidida a marcarlo como suyo, hasta que él se quitó la prenda por la cabeza y la tiró al suelo.
Desesperada por tocarlo, extendió las manos por la amplitud de su pecho y se deleitó con su calor y su dureza; la pasión la atravesó y le humedeció la entrepierna.
Con un gemido, Wilder le subió las ásperas manos por los muslos y los separó, se arrimó más y la inmovilizó contra la mesa mientras la devoraba con la boca.
Thea ahogó un jadeo cuando él le mordió el labio inferior y le pasó los dientes por la columna del cuello antes de arrancarle el corpiño del vestido para desnudarle los senos.
—Que las furias se apiaden de mí —murmuró él al verlos y acto seguido bajó los labios hasta su pezón.
Thea soltó un grito y todo su cuerpo se entregó a las caricias de él y los movimientos de su lengua. Dirigió las manos hacia el cinturón. Necesitaba tocarlo, necesitaba paladearlo, necesitaba sentirlo dentro de ella después de tanto tiempo.
Wilder gimoteó cuando ella metió una mano dentro de los pantalones y le rodeó la dura erección con los dedos. La sacudió y se imaginó la primera embestida en su interior, se imaginó la fuerza que desataría él sobre ella...
Mascullando una maldición, Wilder se alejó, le apartó la mano y jadeó ligeramente.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Thea al tiempo que se subía el vestido para taparse.
Él se pasó los dedos por el pelo y recogió la camisa del suelo.
—Es que... No hemos llegado a ese punto, Thea. Han pasado tantas cosas que no sé...
—¿Ya no sientes lo mismo por mí? —A Thea se le cayó el alma a los pies.
—No he dicho eso. —Se abrochó la camisa con dedos temblorosos. La prueba de su excitación seguía abultándole los pantalones.
—Pues quédate —murmuró Thea. Se mordió el labio e ignoró el escozor de las lágrimas en los ojos.
—Podría quedarme. Me apetece quedarme. —Wilder la repasó con la mirada como si estuviera hambriento de ella—. Pero no lo haré. Aún no. Porque no estás segura.
—Sí estoy segura...
—Estás segura del sexo, de la distracción, pero no de mí.
Ni de nosotros. Todavía debemos decirnos muchas cosas y no pienso volver a acostarme contigo hasta que estés convencida.
Hasta que sepas que no hay vuelta atrás.
—Se le oscurecieron los ojos al embeberse nuevamente de ella antes de abrir la puerta de la tienda—. Buenas noches, Thea.
Thea se quedó mirando la espalda musculosa de él, que desapareció afuera. Con la sangre bulléndole, ella seguía ardiendo por Wilder.