Capítulo 23 #3
La niña se quedó en el suelo, sangrando.
—Te lo hicieron ellos... —dijo Thea jadeando ante su hermana mayor, con lágrimas ardientes en los ojos, y se obligó a observar cómo subía y bajaba a trompicones el pecho de la niña inconsciente.
—Sí, me lo hicieron ellos —repuso Anya sin más con expresión indescifrable.
En la orilla de las Islas Rotas, Thea se encontró ante la entrada de una cueva.
El aire salado del mar le enredaba el pelo y la Anya mayor estaba a su lado, mientras que la misma niña de antes se hallaba ante el hueco de piedra.
Bajo su piel, las venas se le habían oscurecido y creaban una red negra que parecía resplandecer.
—Cierto espadachín me dijo que nuestros padres estaban ahí dentro —le explicó Anya al ver cómo su versión más joven daba un paso hacia la abrupta entrada—. Supe que me mentía incluso entonces.
—¿A quién encontraste ahí dentro? —Thea no sabía si estaba respirando siquiera.
—A nuestros padres no, eso está claro.
«Nuestros padres». La expresión sonaba extraña, aunque Thea comprendía que era cierta. La mujer que estaba a su lado y la niña... Era una parte de Thea y una parte de Wren, aunque hubiera estado ausente durante la vida de ambas.
—¿Qué encontraste? —insistió Thea, sin saber si quería conocer la respuesta.
Y, de repente, se puso en la piel de su hermana y experimentó la humedad de la cueva y la caricia de las sombras en su propio cuerpo.
Anya entró en la cueva y siguió caminando más y más hasta quedarse a solas. Durante unos segundos, la completa oscuridad la rodeó.
No había ninguna muerte rápida e indolora esperándola. No había ninguna muerte.
Un aliento ronco surgió en el interior... No era el suyo.
Pero Anya no tenía miedo.
Conocía la oscuridad y la oscuridad la conocía a ella. Ya estaba dentro, le corría por las venas y le envolvía el corazón.
Y entonces comenzó la transición para transformarse en un semiespectro.
La pequeña cayó de rodillas cuando le surgió un dolor tremendo en la espalda, en la punta de los dedos y en el pecho. Lo sentía todo al rojo vivo y la agonía era tan intensa que sus gritos se volvieron silenciosos.
La oscuridad siguió exigiendo que la notara avanzar por cada parte de su ser hasta someter su cuerpo por completo.
A LA SOMbrA DE UN REINO CAÍDO, EN PLENA TORMENTA,
UNA HIJA DE LA OSCURIDAD EMPUÑARÁ UNA ESPADA
EN UNA MANO Y CON LA OTRA REGIRÁ LA MUERTE.
Thea no supo cuándo volvió en sí ni cuánto tiempo se quedaron contemplando la tortura, incapaz de ayudar a la pobre pequeña mientras agonizaba.
La joven Anya se retorcía y suplicaba, chillaba y gateaba por el suelo.
Cuando le brotaron garras en los dedos, entró en pánico y se golpeó la piel, la cara, los ojos.
En algún momento, la Anya mayor le tocó el brazo.
—Ya está —le aseguró, con la voz desprovista de toda emoción.
La versión más joven de sí misma se había desmayado, con alas membranosas sobresaliéndole de la espalda.
Thea viajó hasta el presente. Las paredes de piedra húmeda de la cueva estaban demasiado cerca y la luz titilante de las hogueras resultaba demasiado intensa. Con el corazón acelerado y el sudor perlándole la frente, intentó asimilar lo que había visto.
Anya la observaba con atención.
—Por eso no intenté ir a buscaros a Wren y a ti —murmuró—. Por eso me he quedado oculta en las sombras. Hasta ahora.
A Thea le temblaban las manos a los lados, pero no supo qué decir. Ninguna palabra podría deshacer lo que le habían hecho a su hermana.
—¿Ahora lo ves? —insistió Anya—. Él lo ha organizado todo y nos ha culpado a nosotros por el avance de la oscuridad. Es él. El rey Artos es la plaga que está acabando con los reinos.
«Ten cuidado con la furia de alguien de Delmira». Las palabras de Malik regresaron hasta Thea nuevamente en forma de susurro apresurado.
A la delmiriana enfurecida en cuestión se le había agotado la paciencia. Y Thea no podía decir que la culpase.
Miró a Anya a los ojos, donde vio una tormenta de desesperación, pena y arrepentimiento. Era como mirarse al espejo.
—Por fin. —Anya exhaló—. Por fin estamos de acuerdo. —Dicho esto, se marchó. Su gente le abrió paso cuando se dispuso a cruzar el campamento.
Thea la vio irse y se preguntó si debía seguirla, sin saber qué podría decirle.
—Podría haber sido peor —comentó una voz desconocida—. También podría haber sido mejor.
Sobrepasada, Thea miró a la derecha, donde un hombre alado observaba a Anya cruzado de brazos y con las bellas facciones tensas por el recelo.
Unas sombras delicadas danzaban a su alrededor como si se moviesen al son de sus pensamientos.
Debía de tener la edad de Wilder y era apuesto a su manera.
Al notar la atención de Thea, clavó los ojos verdes en los suyos.
—No nos conocemos todavía —repuso con el mismo tono de antes, arrastrando las palabras, y le tendió una mano enorme—. Soy Dratos Castemont. O Dratos el Sinalba, si lo prefieres.
Thea le estrechó la mano un tanto atónita.
Nunca había estado tan cerca de uno de los suyos.
Siempre que había estado junto a Anya, se había concentrado demasiado en todo lo demás como para reparar en las alas de su hermana.
Pero Dratos... Parecía una especie de guerrero aéreo aterrador, dispuesto a surcar los cielos.
—Nadie te llama de esa manera —intervino Wilder poniendo los ojos en blanco ante el general.
Dratos se encogió de hombros y se puso una pequeña pipa entre los dientes, con sus sombras danzando alrededor.
—En el futuro sí, amigo mío.
—Me lo creeré cuando lo oiga —replicó Wilder con brusquedad antes de mirar a Thea y examinar el raído vestido que dejaba demasiadas partes al desnudo—. Deberíamos ir a buscarte algo para ponerte.
—Pero si está preciosa así. —A Dratos se le iluminaron los ojos.
Wilder ya tiraba de ella para alejarla del general tocado por las sombras.
—Esa no es la cuestión —masculló.
A Thea le dio un vuelco el corazón al oír la respuesta del guerrero y al notar el calor que desprendía su mano mientras sujetaba la suya para conducirla por el campamento.
Era muy tarde ya. Atrás quedaban los niños riendo y los movimientos constantes entre las estructuras de lona; el silencio que se había instalado en la cueva era reconfortante, nada que ver con la quietud espeluznante que Thea había experimentado a lo largo del último año viajando por ahí.
En la caverna había calor y vida..., y sus acciones la habían puesto en peligro.
¿Cuántas veces le había salvado la vida a Artos?
¿Dos? El miedo le atenazó las entrañas al pensar en la pobre Jasira.
¿Sabía la princesa lo que era su padre? ¿Qué pensaría cuando todo saliera a la luz?
Wilder la acompañó hasta una tienda situada en un rincón alejado y abrió la puerta. El interior era lo bastante grande incluso para que él siguiera en pie y, por las armas y por los mapas que cubrían la mesa, Thea dedujo que era su tienda y que no la compartía con nadie.
El guerrero señaló hacia un petate para dormir que había en el suelo.
—Ahí hay una camisa y unos pantalones de sobra. Por la mañana te buscaré algo más apropiado. —Se giró para marcharse.
—¿Te vas? —le preguntó Thea sin pensar.
Wilder se puso tenso, con los ojos plateados llenos de calor líquido al clavarse en los suyos. Thea lo sintió en la sangre y bajo la piel.
El pecho musculoso de él se hinchó, como si estuviera haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para mantenerse quieto.
—No sé qué es lo que estás pensando..., pero no creo que sea buena idea.
Thea tomó las riendas de la situación, redujo la distancia que los separaba y le puso las manos en el pecho, donde notó el corazón de él martilleando bajo sus palmas.
—Wilder... —Se deleitaba con el calor que irradiaba y saboreó su aroma.