Capítulo 23 #2
Anya era la furia personificada, de acuerdo, y Thea tuvo que echar mano de todo su temple para no dar un paso atrás.
—Nuestra hermana —repitió Anya—. Soy tu familia, te guste o no.
—No me diste una primera impresión demasiado buena.
—Por lo menos esta vez te acuerdas de mí.
Las dos mujeres se miraron la una a la otra. No tenían tan solo el mismo color de ojos, sino también las mismas cejas fuertes y oscuras, que ambas arqueaban.
Hermana
. Aquella palabra vibró en el interior de Thea como una campana mientras observaba la prueba de ello que tenía ante sus ojos.
—¿Por qué, en lugar de esconderte entre las sombras, no te presentaste y nos dijiste a Wren y a mí quién eras?
Si Thea pensó que en algún momento su magia resurgiría en la superficie, era ese. La mezcla de emociones que se revolvían en su interior era un mar espumoso que se sacudía ante un torbellino.
—¿Crees que estaba en condiciones de hacer eso? —Anya soltó una dura carcajada—. Deja que te enseñe una cosa, hermanita. Deja que te enseñe lo que tu querido gremio y tu querido rey me hicieron. Lo que hicieron a nuestra familia.
La oscuridad se extendió y las rodeó a Anya y a ella con una caricia que era como una fría brisa. Alarmada, Thea lanzó una mirada hacia Wilder, pero de pronto el mundo que la rodeaba desapareció con un remolino de sombras.
Se tambaleó cuando los adoquines le golpearon la suela de los pies y se encontró en un lugar que le resultaba demasiado familiar...
Desde la base de la muralla, Thea veía el patio de la fortaleza de Thezmarr. Docenas de espectros sombríos lo inundaban, con sombras que se enroscaban y azotaban a su voluntad, y un olor a pelo quemado que era casi abrumador.
Anya estaba al lado de Thea y con expresión ceñuda le señaló hacia la rejilla de la piedra, desde donde se asomaban un par de ojos verdes.
—Al principio estuve ahí contigo —le dijo con voz lejana—. Igual que todos los niños. Audra me dijo que me quedase contigo y con Wren. Pero nunca se me ha dado bien hacer caso.
Horrorizada, Thea vio cómo los guardianes de Thezmarr salían de la fortaleza y caían de rodillas cuando los monstruos los atacaban con sus propias pesadillas.
«¿Dónde están los espadachines?». Thea recorrió el caos con la vista y vio cómo todos los guerreros, uno a uno, sucumbían a la oscuridad. El destello de acero naarviano brillaba por su ausencia.
—Ya había comenzado...
Anya se quedó callada al ver cómo un carro de provisiones salía volando por los aires, rodeado por una masa de sombras y tentáculos que azotaban a los transeúntes.
Enseguida el color carmesí tiñó el suelo, mientras las ruedas del carruaje seguían dando vueltas y el hidromiel se derramaba de los barriles rotos.
Aturdida, Thea asimiló la escena que se desarrollaba en torno a ella.
—He visto esto antes...
—Así no —dijo Anya señalando con un dedo.
Más espectros sombríos cayeron sobre Thezmarr. Aporrearon las murallas de piedra con las garras y arrojaron cordones de oscuridad sobre los guardianes y los escuderos que eran lo bastante valientes como para defender la fortaleza.
—Allí. —Anya señaló hacia el perímetro de la batalla, donde una niña pequeña se encogía de miedo contra la muralla de piedra.
No debía de tener más de seis años y agarraba un collar de flores secas.
La niña, que para sorpresa de Thea era Anya, se dirigió hacia la puerta de los criados con los ojos desorbitados y aterrorizada—.
Ven conmigo —le pidió la Anya mayor tirándole de la manga.
Las dos cruzaron el escenario de la matanza y siguieron a la niña hacia un pasadizo lateral de la fortaleza, lejos de la batalla. Thea lo había recorrido muchísimas veces, pero nunca había tenido esa sensación. Todas las antorchas estaban apagadas a excepción de una del final.
Vio cómo la joven Anya reparaba en la única llama prendida y se ocultaba en un hueco justo a tiempo.
Thea se detuvo en seco al atisbar a dos figuras con capa en el extremo del oscuro pasadizo. A lo lejos, oyó gritos, y alguien con un ataque de rabia estaba siendo arrastrado.
—¡Parad esto! Paradlo ahora mismo... —exclamó alguien, pero sus palabras se interrumpieron, seguidas por otra clase de grito. Uno de pánico y de temor.
Con el corazón desbocado, Thea se acercó al final del pasadizo y lanzó una mirada interrogativa a su hermana mayor cuando las figuras de los dos hombres le resultaron más definidas. Anya se limitó a observar, impasible, cómo su versión joven permanecía oculta en el hueco.
Los hombres del final del pasillo giraron la cabeza hacia los nuevos gritos que se oyeron antes de mirarse. La tensión era palpable.
—No se lo vas a contar a nadie.
La voz era extrañamente familiar, igual que la sensación que producía su presencia, aunque Thea no conseguía reconocerlo. Contempló cómo el hombre hacía señas hacia el arma que llevaba en la mano, una guadaña, de cuyo acero se elevaban bucles de sombras.
—Por supuesto —repuso el otro hombre, con otra voz de barítono reconocible—. Jamás lo haría...
La primera figura alzó una mano para pedir silencio y recorrió el pasillo con la mirada hasta el lugar donde se había escondido la pequeña Anya.
Se adelantó y redujo la distancia con tan solo unas cuantas zancadas.
La niña gritó cuando él le cogió el brazo con una mano. A todas luces, con la fuerza suficiente como para dejarle un moratón.
—La respuesta a nuestro problema está delante de nuestras narices... —repuso el segundo hombre, asintiendo hacia la guadaña.
A Thea se le heló la sangre al reconocer esa voz, tan clara como el agua.
Era Osiris, el maestro del gremio de Thezmarr.
Pero no tuvo tiempo de asimilar la sorpresa, ya que el primer hombre puso en las manos temblorosas de la pequeña Anya la guadaña, de cuyo filo brotaba oscuridad. Al hacerlo, se retiró la capucha de la cara.
Thea ahogó un grito cuando el rey Artos de Harenth sacó a la niña del hueco y la empujó por el pasadizo no lejos del peligro, sino hacia el patio cubierto de sangre.
—¿Qué...? —dijo Thea jadeando. No era así como lo había visto antes. No era eso lo que le habían mostrado sus visiones...
El rey Artos, seguido de cerca por Osiris, dio un puntapié a la puerta y mandó a Anya hacia la refriega.
—¡Hemos encontrado a la culpable de esta locura! —gritó por encima de la violencia y del caos—. ¡Es tal como decía la profecía! ¡La Hija de la Oscuridad ha blandido una espada y nos ha traído el fin de los días!
La pequeña Anya intentó escabullirse, pero Artos le afianzó el arma en la manita. De la punta de la guadaña no dejaba de surgir oscuridad.
Un trueno retumbó al otro lado de la muralla de la fortaleza.
—Es la que aparece en la profecía —anunció Osiris señalando hacia los tentáculos de magia que se elevaban por los aires a su alrededor justo cuando un relámpago destelló en el cielo nocturno.
La niña comenzó a llorar e intentó alejarse de los hombres y dirigirse hacia el cobijo del carruaje. La tormenta arreció, engullendo volutas de obsidiana a su paso, pero no bastó para salvarla.
Osiris se agachó para coger la guadaña y fingió arrancársela a Anya de las manos. Con un breve grito, la niña la soltó y el acero chasqueó al golpear la piedra del suelo y caer entre los ríos de sangre que avanzaban hacia sus zapatillas.
En aquel preciso instante, los espectros sombríos y su oscuridad se retiraron de Thezmarr.
Qué conveniente y perfecto.
Al cabo de un minuto, Thea y la Anya mayor se encontraban en el gran salón de la fortaleza y presenciaron cómo la niña era presentada como un enemigo de los mediorreinos.
Todos la habían visto empuñar el arma naarviana.
Todos habían visto a la oscuridad retroceder cuando le quitaron la guadaña de las manos.
Todos los que importaban.
—Es la hija de la oscuridad, es un monstruo. —La voz de Osiris resonó como una campana—. Hay que encargarse de ella antes de que desate más locura sobre todos nosotros. Nos ha traído la verdad de la profecía hasta nuestra mismísima puerta...
«Mentira... Todo es mentira...». Un puño de pánico estrujó el corazón de Thea, pero aquello no había terminado, en absoluto.
—¿Cómo ha podido hacerlo una niña pequeña? —exclamó alguien.
—Vosotros lo habéis visto —repuso el rey Artos desde la tarima—.
Igual que yo. Ha sido lo que predecía la profecía: una niña que ha empuñado un arma y nos ha traído la oscuridad.
Si Osiris no la hubiera desarmado, nos enfrentaríamos a un amanecer de sangre y fuego.
—Extendió una mano temblorosa—. Lleváosla.
La magia de la obsidiana se enroscó alrededor de Thea y de pronto se transportó a la noche para ver cómo se desplegaba otra escena, esa más horripilante todavía que la anterior.
Vio movimientos apresurados cuando arrojaron a la pequeña a un agujero profundo situado en el bosque, a las afueras de Thezmarr.
La niña sollozó... y en las sombras tintineó una cadena.
Un grito murió en los labios de Thea al ver a un espectro avanzar hacia la pequeña. El monstruo llevaba grilletes en los tobillos, pero la cadena era lo bastante larga como para alcanzarla.
La niña retrocedió, pero no fue lo bastante rápida.
Aunque un relámpago destelló a su alrededor, era demasiado pequeña y demasiado joven como para usarlo contra un monstruo como aquel.
Las garras atravesaron el aire.
La pequeña gritó y gritó mientras el espectro intentaba llegar hasta su corazón.
Las garras le atravesaron la carne y los huesos. El espectro gruñía y siseaba al luchar contra una fuerza invisible; Thea se dio cuenta de que era la fuerza de la propia niña.
«Los tocados por las sombras son aquellos que combaten la maldición cuando un segador intenta convertirlos», le había contado Wilder.
Los chillidos de la pobre pequeña se convirtieron en un ahogado gorgoteo al tiempo que su cuerpo se sacudía ante los intentos del espectro que la estaba apalizando.
Con un chillido furibundo, el monstruo la lanzó a un lado, descartándola como si no le sirviera de nada, antes de salir volando hacia el cielo, rompiendo sus cadenas y dejando tentáculos de oscuridad a su paso.