Capítulo 23
THEA
Wilder la condujo hacia las profundidades de las montañas de Aveum y, al cabo de un rato, le dio la capa sin mediar palabra.
Thea apenas notaba el azote del frío, pero ciertamente tampoco se había dado cuenta de que se estaba congelando lentamente hasta morir en aquella cueva; así que la aceptó, agradecida por el peso y el calor que le envolvieron los hombros, y también por verse rodeada por su olor.
No le gustaba haber dejado a sus amigos en medio de una refriega. Después de todo lo que Cal, Kipp y ella habían vivido, no le parecía correcto que no estuviesen juntos. Habían estado a su lado pese a todo, habían...
—Con Torj están a salvo —le dijo Wilder con aspereza.
Thea dejó de apretar la mandíbula y relajó el ceño fruncido. Supuso que la preocupación que la embargaba estaba escrita en su cara, como de costumbre.
—Pero el ataque...
—Lo tienen controlado.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—El Asesino de Osos acaba de salvarme la vida —respondió—. Si me ha dicho que los llevará hasta el punto de encuentro, eso es exactamente lo que hará.
Con aquellas palabras no había margen para discutir.
Mientras caminaban por entre los matojos, apareció un rayo de luna; por fin se terminaba el eclipse. Thea no sabía qué significaba que hubiese durado tanto ni que se estuviera acabando. Tampoco lo preguntó.
Bajo la creciente luz de la luna, vio que Wilder arrugaba la nariz, con el rostro atravesado por un conflicto.
Estaba en desacuerdo consigo mismo. Thea había visto esa expresión en numerosas ocasiones, a menudo en ella misma.
Pero esa vez... Esa vez a ella la culpa le atenazaba las entrañas.
No conocía toda la historia, todavía no, pero sabía que se había equivocado con él y esa certeza bastaba para humillarla y hacerle guardar silencio.
Había notado en los huesos que algo no encajaba, pero lo había perseguido por los mediorreinos de todos modos.
Había maldecido su existencia y lo había mandado hacia las mazmorras de hielo.
Había permitido que el odio la amargara y la volviera resentida con lo que habían llegado a compartir.
Pero ahí estaba él, estoico y recio como siempre.
La tensión entre ambos se intensificó con cada instante que transcurría, y Thea sabía que él también estaba asimilando sus propios sentimientos.
¿Qué podía decir ella para enmendar siquiera una parte del daño?
¿Qué podría hacer para borrar el dolor que le había provocado? No se merecía el perdón de Wilder.
El beso ardoroso que se habían dado en los establos de Vios regresó a su mente, igual que las palabras que le había dirigido él.
«Nunca dejaré de ser tuyo».
Thea apenas sabía qué sentir por todo lo que acontecía a su alrededor, pero sabía que había cometido un tremendo error. Y que Wilder había pagado el precio.
Se dispuso a reprimir todas las preguntas que no dejaban de formarse en sus labios.
¿Cuánto tardarían en encontrarse con los tocados por las sombras?
¿Qué había pasado con el monstruo de la cúpula flotante?
¿Y con todos sus amigos? ¿Cómo iban a poder recorrer los reinos sabiendo a lo que se enfrentaban?
El silencio de Wilder le recordó al primer viaje que hicieron juntos, cuando la escoltó desde Thezmarr hasta Harenth para pedir a los gobernantes que le permitieran ser escudera. Habían pasado dos años. Dos años que parecían toda una vida con todo lo que había ocurrido.
—Ten cuidado con...
Pero el aviso llegó demasiado tarde. Thea resbaló en el terreno irregular al bajar por una cresta.
Wilder la cogió y le rodeó la cintura con las manos cálidas; extendió los dedos hasta sus costillas con una fuerza casi embriagadora.
Thea no pudo evitarlo y aspiró su olor para deleitarse con su aroma familiar y con una caricia que la abrasó pese a la ropa.
Y, durante unos segundos, él bajó la vista hasta sus labios, con los ojos ensombrecidos.
Pero la mirada ardiente desapareció, Wilder se aclaró la garganta y la sujetó hasta que Thea volvió a poner los pies en tierra firme.
—Gracias. —Deseó que siguiera tocándola.
Pero no fue así.
—Wilder... —empezó a decir, incapaz de seguir soportando el silencio.
—Ya falta poco —la interrumpió el guerrero antes de adelantarse.
Thea lo siguió y se dio cuenta de que, en esa parte de Aveum, todos los árboles estaban retorcidos, como si una fuerza los hubiera doblado y enredado.
Un tronco desnudo especialmente alto se alzaba en medio del bosque.
Su base estaba rodeada de rocas escarpadas cubiertas de un musgo verde pálido que a Thea le recordó a un encaje elegante.
Con un gruñido, Wilder aplicó toda su fuerza sobre una de las rocas gigantescas y la empujó. La enorme piedra rodó a un lado y dejó al descubierto una entrada.
—Pensaba que íbamos a un campamento... —insinuó Thea.
—Y a un campamento vamos. Más o menos.
—¿Dónde estamos?
—Seguimos en Aveum, pero bajo tierra.
—¿Aquí es donde nos reuniremos con Torj y con los demás?
—Todavía no. Con ellos nos reuniremos más tarde. No estarán lejos de nosotros. —Señaló hacia el agujero—. Las princesas primero.
Por inercia, ella le lanzó una mirada, pero al poco se recompuso.
Agachada, Thea entró en el oscuro espacio, con las manos delante de la cara.
Descubrió que no se veía ni un dedo al adentrarse en lo que debía de ser una especie de túnel.
Tras ella sonaba el crujido de las piedras, y oyó a Wilder sacudirse las manos al seguirla hacia el interior.
Con un chasquido de pedernal, la luz de una antorcha iluminó de pronto la cueva.
—Por aquí —le indicó Wilder poniéndose delante de nuevo al encaminarse hacia las profundidades de debajo de la tierra.
—¿Este sitio está conectado con los túneles que recorren los mediorreinos por debajo de los que me hablaste?
—Sí —admitió mirándola como si lo sorprendiera que hubiese tardado tanto en romper el silencio con una de sus preguntas—. Que yo sepa, la red sigue un diseño similar al de un reino que está al otro lado del Velo. Pero nuestros túneles empezaron conectando cinco lugares claves.
—Los cinco reinos dominantes —dedujo Thea.
—Es un poco menos pomposo que eso... ¿Recuerdas que te hablé de las tabernas hermanadas?
Thea se apartó un mechón de pelo de los ojos.
—El Zorro Feliz de Harenth, El Tejón Bailarín de Naarva, El Ciervo... de Delmira... —Dejó la frase a medias, pues no se acordaba del resto de los nombres.
—El Ciervo Volador, sí. Y El Oso Sonrojado de Tver y...
—La Liebre Cantora de Aveum. Debería haber caído. Kipp lleva meses insistiéndome para que vayamos.
—¿Por qué será que no me sorprende? —Wilder soltó una ronca carcajada.
—Kipp es Kipp. —Thea se encogió de hombros.
—En cualquier caso, esas tabernas fueron el punto de inicio de toda la red.
—Wilder siguió caminando—. Al principio, sirvió para infringir una ley de prohibición concreta y luego para evitar los impuestos de importación de los distintos reinos.
Ahora es una red mucho más extensa, pero poca gente conoce estos túneles.
Y la que los conoce, en fin... Es gente que seguramente ya frecuentaba las tabernas originales. De baja calaña, vaya.
Dicho esto, el espadachín volvió a quedarse callado, pero, cuando se adentraron más en las cuevas, Thea oyó otros ruidos.
Personas. Hogueras chisporroteantes. Niños.
El túnel se abrió al fin hacia una cueva mucho más grande, que estaba bañada por la luz dorada de las pequeñas hogueras, antorchas y velas.
Por todo el espacio, habían dispuesto tiendas abovedadas formando pequeños círculos, como la estructura de una aldea o un pueblo.
A juzgar por los padres que perseguían a sus retoños con risas en los labios, era un lugar seguro...
Era una comunidad, una familia. Resultaba obvio incluso para alguien de fuera.
A lo lejos alguien tocaba un violín, y Thea se quedó sin aliento.
—No se parece a...
Pero no terminó la frase. No le había contado explícitamente a Wilder las visiones que había tenido de Anya.
La Hija de la Oscuridad se cortaba el pelo y avanzaba entre campamentos de tortura, levantando gritos a su paso.
Allí no gritaba nadie, no torturaban a nadie.
De hecho, era el lugar más acogedor que Thea había visitado en mucho tiempo.
—¿A qué no se parece? —preguntó Wilder con el ceño fruncido.
Thea abrió la boca para decirle lo que había visto de su supuesta hermana...
Cuando el nombre se formó en sus labios, la Hija de la Oscuridad en cuestión echó a correr hacia ella por entre los grupos que charlaban alrededor de las hogueras.
Y Thea vio cómo era Anya en realidad: una tormenta viviente. Era la personificación de la magia que ella había tenido y perdido, de ese vacío que se abría en su interior, donde buscaba la semilla de un poder que ya no estaba allí. La ausencia le provocaba un profundo dolor.
«La magia de las tormentas pasa de generación en generación en la familia delmiriana.
Es igual de poderosa en cada una de nosotras», le había dicho Anya.
En ese momento, al detenerse en seco delante de Thea, Anya mostraba una tormenta a punto de arreciar que le iluminaba los ojos.
Parecía la temida líder de una fuerza enemiga por la cabeza rapada, las facciones afiladas y esa cicatriz salvaje que le iba de la ceja del ojo derecho a la mejilla. Thea no la recordaba tan pronunciada.
—Es una pena que no nos conozcamos en otras circunstancias —le dijo Anya con rigidez mirando a Thea de los pies a la cabeza.
—Ya nos conocimos —le recordó Thea—. Cuando tomaste como rehén a mi hermana en Notos.
—A nuestra hermana —la corrigió Anya, con voz ronca por la emoción y sus grandes alas desplegándose tras ella. Tenía un aspecto más fiero todavía, mucho más vengativo.
Thea tan solo pudo quedarse observándola. Las palabras que Malik le había dirigido un día se reprodujeron en su cabeza: «Ten cuidado con la furia de alguien de Delmira».