Capítulo 22
WILDER
Estrechando a Thea contra su cuerpo, Wilder intentó amortiguar la caída por entre las sombras y el aire, por entre la oscuridad y el hielo. Se estamparon contra el suelo, con el bosque helado debajo de ellos, muy lejos de las cúpulas flotantes de Vios.
En el cielo nocturno, el eclipse se había quedado paralizado en el tiempo. Bloqueaba la luz de la luna y arrojaba una oscuridad interminable sobre los mediorreinos.
Thea gruñó, pero él le tapó la boca con la mano y se llevó un dedo a los labios antes de señalar hacia lo que había divisado detrás de los árboles.
Iluminada por antorchas y hogueras, había una unidad enemiga.
Espectros sombríos, hombres malditos y una variedad de otras criaturas que parecían verter oscuridad en la noche.
Estaban armados, blandían espadas resplandecientes y, aunque Wilder no pudo captar lo que decían, sabía que la violencia los aguardaba en el horizonte.
Thea seguía intentando recobrar el aliento, pero lo miró aterrorizada.
—Cal y Kipp... —Forcejeó entre las manos de él—. Torj. Todos... Debemos volver. Debemos luchar...
—Estarán bien. Tenemos un plan. Torj sabe dónde llevarlos...
—Pero Anya y su aracne les...
—Anya no les hará daño —dijo Wilder para reconfortarla—. Y el aracne no es su aliado. Se encargará de matarlo. Y Cal y Kipp estarán a salvo. —Aunque sabía que sus próximas palabras sonarían estúpidas por lo sucedido en el último año, añadió—: Te lo prometo.
Había miles de preguntas en los ojos de ella, aunque en cierto modo las palabras parecieron calmarla y Thea siguió su mirada para reparar en la imagen siniestra que había ante ellos.
—Nos ha enviado aquí para que muramos —murmuró girándose hacia él, con el bello rostro surcado por el horror.
—No —le aseguró él—. Nos ha enviado aquí para que lo veamos.
Señaló hacia delante de nuevo, esta vez hacia las dos figuras que se hallaban en el centro de la operación.
Esperó hasta que Thea se puso tensa a su lado, abrió la boca y asimiló lo que claramente ocurría.
—Es el maestro de las mazmorras de Harenth... —murmuró con el aliento formando vaho—. Reconozco las joyas.
—Creo que se hace llamar «inquisidor». —En un campamento de guerra, era difícil pasar por alto un adorno en la nariz y una docena de brazaletes de bronce en cada muñeca—. ¿No ves nada más?
Thea recorrió el campamento con la mirada y se mordió el labio inferior.
—Sus sellos... son... alas. Idénticos al que le arrebaté el año pasado a las fuerzas enemigas ante las costas de Thezmarr.
—Y tan idénticos —convino Wilder—. ¿Y qué me dices del poder que irradia a nuestro alrededor? ¿Lo sientes? —le preguntó en voz baja observándole la cara en busca de indicios de comprensión. Thea abrió mucho los ojos al percibir el familiar calor mágico que zumbaba hacia ellos.
—Es... —Thea respiró hondo—. Lo que siento es magia empática, ¿no?
—Dímelo tú... Ya la has sentido antes, ¿verdad?
Thea asintió lentamente y dirigió la vista hacia la fuerza enemiga.
—Artos... Es la magia de Artos.
Wilder agachó la cabeza.
—¿Cómo puede ser? —Boquiabierta, dirigió la mirada hacia el maestro de las mazmorras de Harenth, que avanzaba por el campamento—. No... no lo entiendo.
—Creemos que lleva un tiempo utilizando su capacidad empática para conseguir que otros lo obedezcan y culpando a Anya por lo que hacen.
—¿Culpándola a ella? —Thea se volvió para mirarlo a la cara—. Ya has visto qué es.
—Una maestra de las sombras, sí... Pero ¿a quién iba a atacar en el salón de baile, Thea?
Poco a poco, un surco se formó entre sus cejas y se le aflojaron las facciones al tragar saliva.
—A Artos.
—A Artos. —Wilder asintió y se encogió cuando una sombra alargada se proyectó por el campamento—. Mira hacia el norte —le indicó sin atreverse a apartar los ojos del segador que vio allí.
Thea soltó un grito ahogado al verlo también y al presenciar cómo el cuerpo fibroso se acercaba a una jaula de prisioneros encadenados.
—Wilder —dijo con un jadeo apretándole el brazo y observando sin pestañear.
Pero él la atrajo hacia sí. No iban a poder salvar a esa gente. Él lo había intentado una y otra vez, absolutamente en vano.
Paralizados y horrorizados, Wilder y Thea vieron cómo el rey de los espectros alargaba un brazo hacia el pecho de un aldeano.
La oscuridad se propagaba como una enfermedad a su alrededor y el olor a pelo quemado impregnó el aire.
A Wilder se le formó un nudo en la garganta al contener las ganas de apartar a Thea de aquella pesadilla, pero debía verlo por sí misma, debía ver de qué era capaz Artos y qué le estaba haciendo al mundo.
En silencio, contemplaron cómo el segador transmitía su maldición al inocente prisionero. Varios bucles de oscuridad danzaron alrededor del campamento y los gritos perforaron la noche.
—¿Así es como se crean los tocados por las sombras? —susurró Thea, con el rostro pálido—. ¿Es a lo que te referías?
—Una persona tocada por las sombras es un intento fallido de lo que procuran hacer aquí —respondió Wilder lentamente mientras intentaba impedir que sus propios recuerdos lo sobrepasaran—.
Esto es algo peor... ¿Ves a las criaturas creadas allí?
No son iguales que los tocados por las sombras.
Son seres mutilados con sombras desde dentro, no desde fuera...
Son experimentos malditos que obedecen a ciegas la voluntad de su señor. El rey los controla a todos.
—¿Estás seguro de que se trata de Artos? —preguntó, resignada.
—Es el empático más poderoso de la historia —replicó Wilder apretando los dientes—.
¿Recuerdas el ataque de los mercenarios en Harenth y el precio que pusieron a nuestras cabezas?
—Había sido un vergonzoso momento de debilidad para Wilder, pero un momento crucial en la formación de Thea como guerrera.
—¿Cómo iba a olvidarlo? Ese día maté a once hombres.
Wilder se acordaba bien.
—Fue Artos. Fue Artos quien organizó la agresión. Mis fuentes me lo confirmaron hace unas cuantas semanas.
Thea guardó silencio durante unos segundos antes de volver a tomar la palabra.
—Se disgustó muchísimo...
—Por lo visto, es un gran actor —reconoció Wilder.
—Si todo esto es cierto... ¿Qué tiene planeado?
—Artos reúne a gente y poder —le dijo él en voz baja, con escalofríos en la piel por lo cerca que estaban de aquellos horrores—. No tenemos ni idea de a quién controla. No sabemos a quién influye siendo tan poderoso.
—En Harenth utilizó su poder conmigo...
—Pues sí.
—Ni siquiera me di cuenta de lo que sucedía hasta que interviniste tú. —Thea tragó saliva—. Lo usó para reconfortarme, para que me sintiera... en calma.
—Ahí está el peligro.
Thea quiso ponerse en pie, pero Wilder tiró de ella hacia el suelo del bosque.
Su aprendiz le lanzó una mirada de incredulidad.
—¡Debemos ayudarlos! —exclamó, como si fuera la tarea más sencilla del mundo.
—No podemos ayudarlos nosotros solos... —Los remordimientos teñían las palabras de Wilder.
—Sí que podemos, hemos ganado en circunstancias peores...
Wilder soltó un sonoro suspiro y le puso una mano en el hombro con amabilidad. Thea temblaba, pero no sabía si por el frío o por la rabia.
—A veces ser un espadachín no solo va de luchar, sino de aprender cuándo mantenerse al margen para seguir con vida un día más.
—Wilder... —le imploró.
—Debemos marcharnos. —Negó con la cabeza—. Debemos reunirnos con los demás.
Pensó que Thea insistiría más, pero la vio asentir con la cabeza y alargar los brazos hacia las espadas del suelo. Las espadas de él.
Con manos temblorosas, se las tendió.
—Te las has ganado —le dijo Wilder—. Me capturaste. Ese fue el pacto que hiciste con Osiris, ¿no? Se aseguraron de contármelo en la celda de hielo. —Intentó sin éxito expulsar el tono de amargura de su voz.
Thea le colocó las armas en las manos con mayor firmeza.
—No necesito las tuyas —afirmó, con voz más estable de lo que esperaba él—. Voy a ganar las mías.
Wilder se la quedó mirando unos segundos y reparó en los restos deshilachados de su vestido y en los arañazos y moratones que le surcaban la piel que tenía al descubierto. «Debe de estar congelada».
—Eso no lo he dudado en ningún momento —le dijo antes de aceptar sus espadas, sujetárselas a la espalda y deleitarse nuevamente con su peso.
—Ahora ya lo sé. —Thea lo miró a los ojos.
A Wilder le hormigueaba la mano al sopesar la posibilidad de entrelazar los dedos con los de ella, pero algo se lo impidió. Alerta como siempre, Thea advirtió su vacilación, aunque no dijo nada y compuso una expresión indescifrable.
Wilder se preparó, cuadró los hombros y comenzó a alejarse de los horrores que se desarrollaban en el campamento de allí abajo.
—Vámonos.
—¿A dónde? —preguntó Thea al caminar sincronizada con él—. ¿A buscar a Cal y a Kipp?
—Pronto, pero todavía no —contestó—. Ha llegado la hora de que conozcas a los tocados por las sombras, princesa.