Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

THEA

Un rugido atravesó la noche y un viento afilado como un puñal azotó a la multitud, cerrando las ventanas de golpe y provocando que toda la cúpula traquetease.

De pronto, Thea y Wilder se vieron atrapados en la oleada de gente histérica que huía del caos, empujándose unos a otros para escapar, con el rostro demudado por el terror y la desesperación.

A Thea se le desbocó el corazón al intentar encontrar la fuente de ese rugido.

No era un segador ni un espectro sombrío, sino otra cosa.

No vio nada más que garras que destrozaban extremidades y los ojos desorbitados por el pánico de los nobles que la rodeaban.

Wilder intentó estrecharla contra el pecho y protegerla de la carnicería, pero ella tiró de él para que se adentraran en la multitud.

No tendrían ninguna oportunidad contra la marea de gente aterrada.

Debían moverse con los demás, aunque fuera para, por lo menos, no perder pie.

Las velas del interior se habían apagado y el eclipse interminable que se desarrollaba tras los ventanales no iluminaba ningún rastro de la criatura que había provocado el tumulto.

Thea apretó la mano de Wilder; todavía no estaba dispuesta a separarse de él, pues el guerrero no contaba con medios para defenderse, y ella únicamente tenía las estrellas arrojadizas y su puñal.

Wilder pareció caer en la cuenta también y recorrió el salón con la vista en busca de un arma improvisada.

Thea bajó una mano y desenvainó el puñal para tendérselo.

—Quédatelo tú —dijo Wilder gruñendo mientras cogía una silla y rompía dos de las patas.

Thea no discutió, sino que se levantó las faldas y las arrancó de un tirón para facilitar sus movimientos. Ya que estaba, aprovechó para coger varias estrellas arrojadizas que llevaba sujetas a los muslos.

En la terraza sonó otro rugido casi ensordecedor, que los puso en acción a ambos.

Entretanto, los gritos humanos reverberaban por la pista de baile.

Los cristales se rompieron cuando las mesas de los comerciantes cayeron como fichas de dominó ante el intento de la multitud por escapar de la oscuridad que entraba por las puertas abiertas.

—¿Qué diablos es eso?

Cal había aparecido con dos candelabros por encima de la cabeza a modo de garrotes.

—Ni idea. Ni un espectro ni un segador —dijo Thea—. ¿Dónde está Kipp?

—Ha ido a buscar nuestras espadas —contestó su amigo observando el grupo de guardianes desarmados que los rodeaban y a los reyes, que se encogían de miedo tras sus guardias en el escenario, entre los instrumentos abandonados de los músicos.

Thea cogió el puñal con la palma de la mano justo cuando la terraza crujió bajo el peso de algo monstruoso.

—Creo que era una trampa.

—No me digas. —Torj apareció junto a Cal blandiendo dos atizadores de hierro de la gran chimenea—. Cuánto tiempo sin verte, aprendiz.

—Es un buen momento para reencontrarse, diría. —Cal sonrió.

Thea miró a Wilder, que seguía llevando la máscara, pero con esa compañía era imposible ocultar quién era.

—Deberías irte —le susurró ella intentando empujarlo sutilmente hacia la puerta—. Márchate ahora que puedes.

Wilder no se movió ni un centímetro.

—No hay nada en el mundo que pueda alejarme de ti ahora mismo —le aseguró. Y añadió mirando a Torj—: Además, ¿quién crees que me ha ayudado a escapar de la celda?

Thea avanzó entre los pocos nobles que seguían corriendo en dirección al escenario.

—Maldita sea —dijo al ver quiénes se encogían de miedo entre las armas y los violines destrozados: la princesa Jasira, la reina Reyna y el rey Elkan. No había rastro de los demás gobernantes ni de sus guardias reales.

Thea se detuvo y se agachó al lado de los monarcas.

—Debéis huir de aquí, majestades. Seguro que hay algún sitio donde podáis esconderos, ¿no? Algún lugar seguro...

La reina Reyna abrió la boca para emitir un grito silencioso y a Thea se le erizó el vello de la nuca.

—Marchaos —les rogó a los reyes. Alargó un brazo hacia Jasira y le dio un apretón en la mano antes de girarse hacia el guardia—. Sácalos de aquí. ¡Cumple con tu deber!

Sin embargo, el viento gélido que entró en el caótico salón de baile le confirmó que no disponían de tiempo. Con una última mirada suplicante, se puso en pie y se dio la vuelta para enfrentarse a la sombra de oscuridad que había aparecido con el eclipse.

Apenas oyó el grito que surgió tras ella, pero notó su vibración en el pecho al clavar los ojos en la masa de sombras que se alzaba justo delante, cuya oscuridad la envolvía e impedía momentáneamente que la vieran.

Pero no era ningún espectro ni ningún segador... Porque se escabulló por las puertas abiertas de la terraza. Destrozó buena parte de las cristaleras, que se fragmentaron en mil pedazos. Se cernía sobre la entrada, una forma desconocida que se ondulaba sin parar, una silueta de lo más siniestra.

—¿Qué demonios...? —Thea oyó la voz grave de Vernich cerca de allí y, por una vez, se alegró de luchar junto al Carnicero, con la esperanza de que el guerrero estuviese a la altura de su apodo.

Con un extraño sonido que ponía la piel de gallina, los bucles de niebla de ónice desaparecieron de alrededor del monstruo y a Thea se le escapó un grito ahogado de terror.

No se parecía a nada que hubiera visto antes.

Medía tranquilamente el doble que un semental de Tver, con el torso superior aplastado, brazos y cabeza de ser humano, piel morada y ocho ojos amarillentos.

Los colmillos le sobresalían de la boca, y de las manos, tiempo atrás humanas, le brotaban garras.

En la parte inferior, tenía un abdomen gigantesco parecido al de una araña y ocho patas colosales cubiertas de vello.

—¡Es un aracne! —exclamó Wilder. Dio media vuelta, sin dejar de sujetar las patas rotas de la silla como si en cierto modo pudieran servirle para enfrentarse a ese monstruo—. Tened cuidado con su red.

—¡Y con sus tenazas! —añadió Torj ondeando los atizadores de hierro—. Están cubiertas de veneno. Una gota en una herida abierta y...

Una red apareció de la nada y no llegó a alcanzar a Torj por los pelos.

—¿Y? —quiso saber Thea, que apretaba cada vez más el puñal. Era el único acero naarviano que tenían. Un solo puñal contra la fuerza de aquella criatura malvada.

—Y hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que te mate. Tarda en activarse, así que no te das cuenta enseguida —les explicó el Asesino de Osos—. Pero debéis evitarlo sea como sea. Os dejará hecho trizas de todos modos.

—Que las furias se apiaden de nosotros... —Cal había palidecido—. ¿Está maldito?

El sonido se intensificó y la criatura los observó con los ocho ojos, como si estuviera sopesando a cuál de ellos matar primero.

—Sí. Por lo general, los aracnes no utilizan sombras además de redes —repuso Torj sin apartar la vista del monstruo.

—Pues qué bien —masculló Cal.

Con el corazón en un puño y solamente un puñal en la mano, Thea llamó a su magia en un acto reflejo para recurrir al poder de la tormenta de dentro y de fuera. Esperó a que el primer destello de relámpago crepitara en sus dedos para desatar el caos que anhelaba.

«Yo soy la tormenta», se repitió hurgando en sus adentros.

Una red salió volando hacia ella. Thea saltó para esquivarla, rodó por el suelo y se puso de pie con un susurro de frustración.

Su magia había desaparecido. Iba a tener que enfrentarse a esa bestia a la antigua.

—¡Espadachines! —gritó—. ¡Formación de tres puntos!

Thea no miró si obedecían su orden. Tan solo se abalanzó hacia delante, saltó del escenario y se agachó para evitar el primer golpe de sombras y esquivar el siguiente, corriendo en zigzag hacia el cuerpo de la criatura, en el centro de la oscuridad que la envolvía.

Por todos los dioses, esperaba que Kipp se diera prisa con las espadas.

Oía los gritos de los demás, oía los chillidos que proferían al dirigirse hacia el monstruo para atacar también, pero se concentró en su propio camino.

Si pudiera acercar el puñal, podría herir a la criatura.

Después de tantos enfrentamientos con monstruos sombríos, había aprendido que no había nada ni nadie inmune al acero naarviano...

Se detuvo de pronto y se quedó estupefacta cuando varios ojos se clavaron en ella, ardientes con una malevolencia potente y sobrenatural.

Y la criatura se escabulló subiendo por la maldita pared.

Con un estremecimiento de repulsa, Thea lanzó varias estrellas arrojadizas. Los discos diminutos y puntiagudos se convirtieron en borrones plateados al volar por los aires.

Cuando dos de las estrellas le dieron en los ojos, el ser emitió un chillido que helaba la sangre por completo y se deslizó por la pared.

Wilder se abalanzó y, dando un golpe poderosísimo, atacó al monstruo en una extremidad con una de las patas de la silla y la sujetó en el suelo.

—¡Ahora, Thea! —gritó.

Thea se puso en marcha y trepó por la pata inmovilizada hacia el cuerpo, sin dejar de esquivar los azotes de las demás patas. A duras penas consiguió evitar un lanzamiento de red pegajosa que surgió de un lugar que ni siquiera vio.

—¡Un poco de ayuda! —pidió con un gruñido antes de coger el puñal entre los dientes y seguir subiendo por la dura superficie de la pata del monstruo. Hizo una mueca cuando tocó el vello con las manos.

Un atizador de hierro voló por los aires y clavó otra de las patas del aracne a la pared del fondo.

El cuerpo del monstruo se sacudió y Thea se aferró con todas sus fuerzas. Poco a poco reducía la distancia que la separaba de la parte humanoide del aracne.

Los seis ojos restantes de la criatura se fijaron en su mano.

Thea dio un salto y cayó en la parte inferior del cuerpo, con el puñal en la palma.

Había matado a segadores y a espectros sin magia, así que también podría acabar con esa monstruosidad.

Seguro que en la cavidad torácica morada había un corazón palpitante que arrancar...

El grito de dolor que profirió Wilder le hizo dudar y de pronto comenzó a caer.

Thea se estrelló contra el suelo y el impacto le sacó el aire de los pulmones y le provocó castañeteos en los dientes.

Alguien la sujetó por el brazo y la levantó justo cuando una masa húmeda de telarañas caía sobre el suelo de mármol donde hacía unos segundos había estado ella.

Jadeando, miró alrededor frenéticamente y vio a Kipp a su lado.

—¿Las espadas? —preguntó resollando, con una mueca ante el dolor que le latía por todo el cuerpo.

Kipp le puso los aceros en la mano, pero, cuando Thea se dispuso a desenvainar las espadas de Wilder, un rugido hizo añicos los candelabros en forma de carámbanos.

El aracne liberó las patas arrojando una lluvia de sangre negra. La oscuridad inundó el salón de baile con fuerza, lanzando a todos por los aires.

Thea se golpeó la espalda con una mesa volcada y algo afilado se le clavó en el costado. Pero se puso de pie en un abrir y cerrar de ojos con las espadas en las manos y un sabor a cenizas en la boca.

Poco a poco, las sombras retrocedieron.

Un grito silencioso se formó en los labios de Thea.

Entre la carnicería del salón de baile, no solo estaba el aracne, totalmente libre ya e irradiando poder sombrío, sino Anya, la Hija de la Oscuridad. Con las alas batiendo tras ella y una guadaña ensangrentada en la mano, se dirigía hacia los gobernantes de los mediorreinos.

Ya estaban todos allí. Incluso el rey Artos, que empujaba a la princesa Jasira tras él usando su propio cuerpo como escudo para protegerla.

«¿Por qué no han huido cuando se lo he pedido?».

Boquiabierta, vio cómo el rey Leiko de Tver daba un tambaleante paso atrás y la reina Reyna y el rey Elkan se juntaban. Para su horror, la pernera de los pantalones del rey Elkan estaba desgarrada y manchada de sangre y una capa de algo traslúcido le cubría la piel.

—¡Thea! —La súplica desesperada de la princesa Jasira sonó por encima de todo lo demás.

Thea se abalanzó hacia ella con las espadas en alto.

El tiempo se ralentizó y se aceleró y Thea presenció cómo varias cosas sucedían a la vez.

Varios latigazos de oscuridad azotaron el aire. Anya blandía su arma, cuyo acero destellaba bajo la poca luz que había en la sala. El aracne destrozó toda una pared de cristal y provocó que miles de esquirlas salieran volando hacia la noche.

En cuestión de segundos, Thea era lo único que se encontraba entre la Hija de la Oscuridad y las familias reales de los mediorreinos, con los ojos clavados en la mujer que los tenía del mismo color celadón que ella, uno atravesado por una brutal cicatriz.

El ambiente entre ambas se estremeció, pero no fue por la magia de Thea, sino por la de Anya.

Thea notaba su sabor en la lengua, familiar y embriagador.

Las sombras se derramaron en torno a las dos y Anya dio un paso adelante.

—Apártate —dijo gruñendo.

—Jamás. —Thea agarró las espadas con más fuerza aún.

Anya entornó los ojos antes de observar con detenimiento la piedra del destino, que se había salido del vestido de Thea. La Hija de la Oscuridad palideció antes de ondear el arma con gesto amenazador.

—No volveré a pedírtelo.

—Thea... —La voz de Wilder sonó distante, pero ella no lo miró, todavía no.

Se limitó a respirar hondo y a hacer acopio de la energía que le quedaba, y a continuación se abalanzó sobre su hermana...

Una ráfaga de oscuridad sobrepasó la balaustrada y apareció como la ola de una marea. Levantó a Thea del suelo y removió el aire a su alrededor. Una mano cálida sujetó la suya.

Y de pronto comenzó a caer.