Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

THEA

Wilder miró a Thea a los ojos y la atmósfera vibró a su alrededor cuando la tomó del brazo y la guio por el salón de baile con un movimiento fluido.

Olvidó el dolor al sentir el pecho de ella contra el suyo antes de que la joven se derritiera entre sus brazos.

Aspiró su aroma, saboreó el breve roce de su piel y recorrió la curva elegante de su cuello con la mirada.

Thea, al parecer dócil por la sorpresa, permitió que Wilder la llevara y la estrechara hasta arrimarse a ella conforme avanzaba la melodía.

Él no podía apartar los ojos de los suyos; sus cuerpos se movían en perfecta sincronía, como siempre había sucedido.

Durante unos segundos, el mundo que los rodeaba se convirtió en un borrón distante.

Con cada vuelta y cada vez que se rozaban la pierna, daban fe del vínculo que los unía.

Los pasos de Wilder eran medidos, pero bajo ese control ardía un fuego que amenazaba con consumirlos a ambos.

Resplandeciendo en oro rosado, Thea irradiaba magnetismo y lo miraba con los labios carnosos un tanto separados, como si fuera incapaz de creerse que él fuera real, como si tuviera un millón de palabras en los labios y no consiguiera encontrar la adecuada.

—¿Hoy no me vas a hacer ninguna pregunta ingeniosa, princesa? —murmuró, pero estuvo a punto de quebrársele la voz bajo el peso de todo lo que había tenido que acontecer para llegar a esa situación.

—Has... —Thea le apretó más el hombro, como si necesitara asegurarse de que Wilder no era producto de su imaginación—. Me has estado entrenando desde el principio —susurró, con los ojos anegados en lágrimas.

—Me dijiste que habías tirado mi regalo... —Detrás de su máscara, Wilder arqueó las cejas.

—Sí. —Thea siguió su ritmo en otra serie de pasos de vals—. Pero lo he recuperado.

El baile era un juego peligroso que se balanceaba en el precipicio de las revelaciones, pero Wilder sabía que era importante, más que importante, que mantuvieran esa conversación, pues tal vez no habría otras oportunidades.

Se tragó el nudo de la garganta y la acercó a él para poder respirarla solo a ella, ese olor suyo a sal marina y a bergamota.

—Me repetí que era suficiente —murmuró contra su pelo con voz ronca—, que debía dar gracias por el tiempo que habíamos estado juntos. Era más amor del que mucha gente consigue en toda su vida. Pero lo cierto es, Thea, que ni siquiera mil vidas contigo serían suficientes.

Ansiaba besarla más que nada en el mundo y lograr que todo lo que los había separado se desvaneciera en la nada.

Pero Thea se quedó sin aliento.

—Lo siento. Siento mucho todo lo que ha pasado...

—Luego —le dijo él ciñéndole más fuerte la cintura.

Thea se humedeció los labios con la lengua y le escudriñó el rostro con ojos caídos, y Wilder hizo acopio de todo su autocontrol para no besarla en aquel preciso instante y terminar lo que había empezado en los establos antes de que lo detuvieran.

Le dolía pensarlo, le dolía lo cerca que la tenía y cómo su cuerpo se encendía en respuesta al suyo.

Pero se recompuso. Había mucho de lo que hablar, mucho que comprender y perdonar, y un salón de baile no era el lugar apropiado para eso.

—Íbamos a sacarte de la cárcel —murmuró Thea con un deje de desesperación—. Teníamos un plan.

—Luego —repitió Wilder. Extendió los dedos, le acarició las costillas y redujo el ritmo de ambos para ir al compás de la nueva pieza que comenzaban a tocar los ministriles—. El eclipse empezará en breve —le dijo—. Deberíamos ir a la terraza.

—¿Es buena idea? —le preguntó cuando él la alejó del centro del baile.

—Mejor idea que seguir bailando. Uno de los dos terminará cometiendo una estupidez —contestó en voz baja mientras se marchaban de la pista de baile y se mezclaban con la multitud que se agolpaba ante las puertas de la terraza.

Había sido peligroso entrar en el baile y no huir sin más de las cúpulas flotantes, pero Marise había argumentado que a veces resultaba mejor ocultarse a plena vista.

Wilder no pudo llevarle la contraria, aunque estaba dispuesto a apostar a que no disponían de mucho tiempo antes de que los guardias se despertaran de una supuesta borrachera y se dieran cuenta de que había desaparecido de la celda.

No había vino suficiente en el mundo para devolverles el favor a Marise y a Torj.

En cuanto a la tercera persona involucrada...

Wilder todavía no estaba preparado para pensar en eso.

Se fijó en que Thea hacía señas a Cal y a Kipp, que estaban a unos cuantos metros.

No habían tenido tiempo de informarles sin poner en riesgo la seguridad de Wilder.

Él no sabía a cuál de los amigos de Torj debía darle las gracias por el atuendo formal y por la máscara, pero a caballo regalado no le iba a mirar el diente.

Arrimó a Thea hacia él y la protegió del trajín de la muchedumbre, ya que los nobles se daban empellones para gozar de unas buenas vistas desde la terraza de la cúpula.

Pero su aprendiz dio lo mejor de sí misma y les abrió paso hasta una de las barandillas, con el rostro iluminado y alerta tras la máscara.

Wilder la sorprendió mirándolo de soslayo por el camino, con los ojos nublados por el arrepentimiento, y llevándose la mano a la piedra del destino que él sabía que llevaba debajo del corsé.

Había transcurrido un año.

Quedaba un año.

Era una realidad que siempre ocupaba el primer lugar en su mente, incluso durante los momentos más caóticos.

Detestaba que el destino obligase a Thea a correr contrarreloj y que los últimos doce meses no les hubieran tratado a ninguno de los dos con amabilidad, así como ignorar lo que el tiempo les deparaba.

Cuando Thea volvió a levantar una mano hacia la piedra, Wilder se la cogió y acarició con el pulgar la cicatriz que tenía en la piel. A Thea le tembló el labio inferior antes de mordérselo y girarse para observar las estrellas.

Wilder no sabía qué esperar del eclipse, pero la ilusión que flotaba en el aire que los rodeaba era palpable.

Ese ambiente le provocó inquietud, igual que el sinfín de cuerpos apiñados a su alrededor.

El pueblo de Aveum y el pueblo de los mediorreinos llevaban meses preparándose para ese acontecimiento, rezando por que el inusual evento celestial fuera a salvarlos a todos.

—Bienvenidos seáis. —La voz de la reina Reyna se proyectaba hasta el último de los presentes desde una segunda terraza superior—.

Hoy es un día trascendental en nuestra historia...

Un día en el que presenciaremos la magia y la gloria del eclipse de luna ardiente.

Durante mucho tiempo, los mediorreinos han estado atormentados por la profecía que pende sobre nosotros.

La reina invernal respiró hondo antes de recitar:

A LA SOMbrA DE UN REINO CAÍDO, EN PLENA TORMENTA,

UNA HIJA DE LA OSCURIDAD EMPUÑARÁ UNA ESPADA

EN UNA MANO Y CON LA OTRA REGIRÁ LA MUERTE.

CUANDO LOS CIELOS SE OSCUREZCAN,

EN EL FIN DE LOS DÍAS, EL VELO CAERÁ.

LA MAREA CAMBIARÁ CUANDO ELLA DESENVAINE LA ESPADA.

UN AMANECER DE SANGRE Y FUEGO.

Entre los presentes se instaló un silencio de estupefacción.

La monarca señaló al cielo nocturno.

—El eclipse de luna ardiente dará la vuelta a las mareas del destino.

No se trata de un eclipse normal y corriente; tan solo durará unos cuantos segundos y es el primero en un siglo.

Y garantizará que volvamos a encontrar paz en nuestras tierras.

Este acontecimiento celestial es una bendición enviada por las mismísimas furias.

Que nos dé la fuerza y el poder para triunfar sobre la oscuridad.

Wilder notó cómo Thea se ponía rígida delante de él.

Se inclinó hacia delante para decirle algo, pero no supo qué; tan solo deseaba tranquilizarla, estar cerca de ella, a fin de que el hielo que le congelaba su propio corazón pudiera derretirse.

Pero entonces se alzaron gritos ahogados y susurros de sorpresa entre la multitud.

Todos los ojos se clavaron en el cielo cuando la oscuridad comenzó su lenta travesía sobre la faz de la luna, arrojando una sombra espeluznante sobre el paisaje helado.

A medida que avanzaba el eclipse, el mundo que los rodeaba se oscurecía más y más.

Los árboles cubiertos de nieve se convirtieron en siluetas recortadas contra el cielo opaco y la nieve brillante adoptó una tonalidad anaranjada.

Fue como si una mano espectral hubiese tapado con un velo el orbe resplandeciente de la luna para que pasara de ser un faro blanco a una esfera de rojo sangriento que sumía los mediorreinos en la oscuridad y cubría las tierras con una quietud perturbadora.

Wilder aspiró el aire gélido, atrajo a Thea y la estrechó entre los brazos.

Había pasado mucho tiempo anhelando abrazarla así, todo un año de deseo no satisfecho.

Las estrellas parecieron atenuarse como deferencia y una sensación de magia antigua impregnó el mundo que los rodeaba.

Se preguntó si Thea también lo sentía, si la tormenta de su interior se despertaría de su letargo y se alzaría en presencia de otro poder sobrenatural.

Pero en la piel de ella no había atisbo alguno de tormenta ni crepitar de relámpagos. Tan solo se le nublaba el aliento delante de la cara debido al frío aire nocturno.

Wilder observó a la gente que había en torno a sí: a los guerreros iluminados por un fervor desesperado, a los reyes con expresión engreída, a la gente de la calle con los ojos desorbitados y esperanzados...

Sabía que, fuera provocado o no por las mismas furias, el acontecimiento que se desarrollaba ante ellos era un momento crucial en las mareas del destino.

Sabía que en los pueblos, a pesar del frío, todo el mundo saldría a presenciar el espectáculo y que habría quien rezaría a los dioses mientras otros se limitarían a deleitarse con la extraña belleza del eclipse.

Bajo el poder del orbe de color rojo sangre, el aire se enfrió más si cabe, hasta calarle los huesos. Como el resto de Vios, Wilder esperó conteniendo la respiración a que pasaran esos segundos, a que la sombra que tapaba la luna reculase y a que la luz bañara el mundo nuevamente.

Pero la luz no llegó.

Cerca de él, alguien ahogó un grito.

La gente se inquietó y la conmoción se extendió por la muchedumbre.

Sin soltar a Thea, Wilder alargó el cuello y vio que los guardias se llevaban las manos a las armas y se abrían paso entre el gentío.

Alguien gritó.

Thea se giró hacia el chillido y se levantó la falda del vestido con una mano para alcanzar el puñal que llevaba atado al muslo...

De pronto, alrededor de los zapatos de seda, las faldas de tul y el suelo de mármol, la oscuridad se acrecentó.

Avanzaba como una marea, lamiendo los pies de la gente, inundando la terraza y extendiéndose por el salón de baile interior.

Se dividió en forma de enredaderas que reptaron por las paredes de las cúpulas y rodearon los tobillos de los presentes.

Los gritos de terror llenaban el aire.

La guardia real recorría la multitud, preparándose para la batalla.

Por encima de ellos, la luna aún estaba teñida de rojo cuando la oscuridad descendió.

Y la luz siguió sin aparecer.