Destino y furias (Leyendas de Thezmarr 3) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—Aquí no —exclamó con voz tranquila y firme.

Cal temblaba por la rabia que sentía, pero hizo lo que le había pedido.

Y eso no hizo sino lograr que Seb se pusiera más petulante.

—¿Siempre haces lo que te indica la ramera de la fortaleza, Whitlock?

Thea oyó a su amigo coger aire para mantener la furia bajo control.

Kipp intervino y se colocó delante de Cal. Incluso se dignó a ponerle una mano en el hombro a Seb con condescendencia.

—¿No tienes amiguitos con los que jugar, Seb? —le dijo con ligereza—. ¿Ni nada mejor que hacer que soltar estúpidos insultos a los que somos mejores que tú?

Seb emitió un gruñido de repulsa y se apartó de la mano de Kipp.

—Aléjate de mí. Y ¿cómo que sois mejores que yo? ¿Tú te crees mejor que yo?

—¿Por qué si no te pasarías la vida buscándonos? —murmuró Thea. Vio cómo Kipp se quitaba los guantes y se los guardaba con cuidado en el bolsillo exterior de su túnica oscura, donde brilló un destello violeta.

—Porque sois un maldito insulto para la institución de Thezmarr —le dijo Seb—. Y te engañas a ti misma por pensar que algún día oirás la llamada del Gran Rito. ¿Una mujer? Por favor. No tienes lo que hay que tener. Solo has llegado donde estás enseñando los pechos y chupándosela a tu mentor...

Una cólera helada inundó a Thea, que se permitió dar un paso adelante.

—Te he salvado la vida varias veces, Barlowe, y tu agradecimiento ha brillado por su ausencia. Así que te voy a recordar la promesa que te hice un día... Cuando volvamos a enfrentarnos, te inmovilizaré en el suelo. Y, a diferencia de mí, tú no vas a poder levantarte.

—La promesa vacía de una mujer. —Seb resopló—. Sigo en pie, descarriada.

—Porque yo te lo he permitido —repuso Thea, sombría—. Camina lejos de aquí, Seb, antes de que te arrebate la capacidad de hacerlo.

Seb abrió la boca para responder, pero el silencio se adueñó del salón de baile y el cambio del ambiente de la estancia lo detuvo.

Los ministriles tomaban asiento en el escenario, preparándose para actuar.

Después de fulminarla con la mirada, Seb se alejó y regresó junto a Vernich Warner, en el extremo opuesto de la sala.

Allí, el Carnicero ni siquiera miró a su aprendiz, sino que se limitó a observar la fiesta con su habitual ceño fruncido.

Thea hundió los hombros.

—De verdad que deberías haberme dejado que le disparara —rezongó Cal lanzándole una mirada penetrante a Seb—. Haría casi cualquier cosa para ver a ese desgraciado sumido en un profundo dolor...

—Bueno, tal vez no estés ahí para verlo, pero te aseguro que se sumirá en un profundo dolor —dijo Kipp, que parecía bastante satisfecho consigo mismo.

—¿A qué te refieres? —le preguntó Thea, con la ceja arqueada en señal de suspicacia.

—Antes de que nos marcháramos de Notos —Kipp sonreía de oreja a oreja—, la bella Wren me proporcionó una sustancia muy curiosa, las cenizas de la viuda... Tengo entendido que la conoces, ¿no?

—No me digas que la has usado... —Thea se lo quedó mirando boquiabierta.

—Uy, y tanto que sí.

—¿Cómo la has usado? —quiso saber Cal.

Thea emitió una carcajada ronca y negó con la cabeza, incrédula.

—Digamos que el pobre Seb va a pasar una noche muy larga con mucho picor.

—Me gusta cómo suena. —Cal sonrió.

Pero Thea había desplazado la atención hacia los músicos. Ya instalados, acercaron los arcos a los violines, los dedos a las arpas y los labios a las flautas.

—¿Dónde están los gobernantes? —susurró—. Seguro que los anuncian antes de...

Los músicos tomaron aire antes de comenzar la primera interpretación de la noche.

De repente, el salón cobró vida con carcajadas y melodías, con parejas que salían a la pista de baile, dando vueltas con gracia, haciendo ondear capas de tul y de seda por la reluciente superficie.

La luz de la luna entraba por los grandes ventanales y arrojaba un resplandor etéreo sobre los nobles.

Thea entornó los ojos para contemplar la entrada majestuosa, donde los guardias y los heraldos estaban preparados, aunque sin indicio alguno de los reyes y la reina de los mediorreinos.

Necesitaba que las familias reales entrasen en escena antes de que pudieran implementar la primera fase de su misión de rescate.

Preparada para ponerse en marcha, Thea dio un paso adelante cuando las notas delicadas de la orquesta resonaron por la sala. Los vestidos de lujo y los conjuntos regios creaban un caleidoscopio de extrema opulencia.

—En cualquier momento...

—¡Todavía no! —Kipp intentó sujetarle el brazo.

Pero Thea se alejó y echó a caminar hacia la salida. No pensaba dejar a Wilder congelándose en la celda ni un minuto más. Iba a arriesgarse, iba a...

De repente, una mano enorme, cubierta de rasguños, envolvió la suya. Otra se le posó sobre la cintura y la llevó hasta la pista de baile sin esfuerzo, rodeándola con cierto olor a cuero y a palisandro.

Con un grito ahogado, Thea levantó la vista.

Detrás de una elaborada máscara con adornos negros y rojos, un par de ojos plateados se clavaron en los suyos.

—Tengo entendido que me andabas buscando, princesa.