Capítulo 19 #2
—¡Y otra clienta de honor! Qué alegría volver a veros, guardiana Zoltaire.
Thea respondió con un rígido asentimiento. Era lo único que podía hacer con tantos pensamientos sobre Wilder inundándole la mente. Solamente debía soportar la primera hora del baile para volver a ponerse la armadura y liberar al espadachín.
—¡Por fin os dignáis a venir a hacer una cata! —prosiguió Marise antes de bajar la voz—. Os esperaba hace tiempo con cierto espadachín del que no se habla...
—He estado ocupada viajando —murmuró Thea lanzándole una incómoda mirada a la princesa, que no pareció oírla.
—Por supuesto, por supuesto. —El hombre agachó la cabeza antes de juntar las manos con entusiasmo—. Hoy vamos a probar tres de mis mejores vinos.
El mercader se afanó en disponer seis vasitos sobre la mesa.
Mientras tanto, Thea recorrió el salón de baile con la vista, que se iba llenando de gente con cada minuto que pasaba.
Era una buena noticia. Cuantas más personas hubiese en la estancia, más caótica sería la situación cuando Cal y Kipp provocaran la distracción.
Por fortuna, los divisó en el extremo del salón con sendos cálices, pero sin beber nada, ni siquiera Kipp.
Thea contuvo un suspiro de alivio. Estaban exactamente donde debían estar.
Marise le puso un vaso en la mano.
—Este primero, mi intensa amiga, es un rosado suave de las provincias de Valia, al otro lado del Velo.
Thea no sabía qué información asimilar primero: que Marise la hubiera vuelto a llamar «intensa», como el día en el que se conocieron, o que el vino que le ofrecía procediera de un lugar más allá del Velo. Era el mismo lugar donde vivían las mujeres guerreras cuyo estilo de peinado emulaba ella.
Estaba tan distraída que tan solo oía algunas de las pocas palabras que pronunciaba el comerciante de vino.
Algo sobre matices de mora y grosella, algo acerca de un aroma a granja y de un picor en la nariz, sin saber a qué se refería.
Thea cató el vino, diligente, y asintió ante las observaciones de la princesa Jasira.
La joven parecía comprender el vocabulario específico que se necesitaba para esas cuestiones.
Antes de que Thea se diese cuenta, el tercer y último vaso acabó ante ella y lo sorbió un tanto cohibida, pues esa vez Marise clavaba los ojos en los suyos.
En cuanto el vino le llenó la boca, cerró los ojos. El adjetivo delicioso
se quedaba muy corto. Era de otro mundo, elegante y complejo al mismo tiempo.
Marise la miraba con gesto extraño.
—Está muy rico —admitió.
—Qué curioso que ese sea el que os guste más... —El hombre sonrió ligeramente.
La princesa Jasira había entablado una conversación con un noble que estaba cerca de ella y Thea observó al comerciante con la nariz arrugada.
—¿Por qué lo dices?
—Por nada. —Se encogió de hombros—. Quizá es que todos los espadachines tenéis las mismas preferencias.
—No soy una espadachina.
—¿No?
—Todavía no.
—Pues me habríais engañado sin problemas.
—Gracias por la cata. —Thea dejó el vaso encima de la mesa.
—Que el eclipse de luna ardiente os traiga toda la luz que necesitáis.
Thea vaciló unos segundos antes de permitirse que las palabras brotaran de su boca, ya que el vino le había relajado los labios.
—¿A ti no te parece un poco extraño... que haya tanta celebración cuando la oscuridad avanza hacia nosotros?
—Dejad que os diga una cosa, Althea Zoltaire. —Marise le dedicó una sonrisa radiante—. Un buen vino es igual que este acontecimiento... Lo más importante es el final.
Dicho esto, le guiñó un ojo y se giró hacia una nueva oleada de clientes.
Perpleja, Thea se alejó de la parada y le hizo señas a Jasira para indicarle que más tarde se reuniría con ella. Se dirigió hacia Cal y Kipp, que estaban apostados en el otro extremo del salón de baile. Los dos se habían puesto túnicas y chaquetas nuevas.
—Estáis muy elegantes —les dijo al situarse junto a Kipp.
—Tú tampoco estás nada mal, alteza —replicó él—. Todo va según lo previsto. Solo debemos esperar a que las familias reales hagan su entrada... Y entonces se pondrá en marcha la distracción, igual que nosotros.
—Bien... —Thea asintió—. Muy bien.
Notó que la atención de Cal estaba fija en otro sitio y, al seguir su mirada, vio a una mujer en el rincón más alejado.
Thea le dio un codazo a Kipp y asintió hacia su otro amigo.
—¿Qué le pasa?
—Por lo visto, se ha enamorado. —Kipp puso los ojos en blanco.
—Es la muchacha más bella que he visto nunca. —Cal suspiró.
—¿De veras? —terció Kipp con interés, y alargó el cuello para verla mejor—. ¿Eso crees?
—Sin duda.
Fue en ese momento cuando la mujer en cuestión decidió cruzar el salón de baile yendo directa no hacia Cal, sino hacia Kipp.
Y le pasó los brazos por los hombros.
—Kristopher...
Él hizo una mueca.
—Hace tiempo que esperaba saber algo de ti —le dijo ella con voz seductora.
—Tiene que ser una broma. —Cal recorrió con la mirada a ambos.
—Concéntrate —le avisó Thea dándole un golpecito—. Hay cosas más importantes en juego.
Kipp se dispuso a soltarse de la mujer y le susurró algo que la reconfortó antes de reunirse con sus compañeros con expresión avergonzada.
—¿Tienes a una chica en todos los malditos puertos o qué? —Cal negaba con la cabeza.
—Mmm, no exactamente. —Kipp se rascó el cogote.
Hicieron una pausa antes de que Cal se pusiera rígido al ver algo o, mejor dicho, a alguien, en la otra punta del salón.
—¿Habéis visto quién más está aquí? —preguntó señalando a esa persona con la barbilla.
Thea clavó los ojos nuevamente en Seb.
—Sí, ya lo he visto —masculló apretando los puños a los lados.
—Seguro que ahora te arrepientes de no haberme dejado dispararle... —musitó Cal cuando Seb les lanzó una mirada de odio.
—Fue un momento de debilidad por mi parte —admitió Thea.
—Deberías haberle disparado en la entrepierna —soltó Kipp—. Habría pagado para verlo.
—Me temo que es un objetivo demasiado pequeño hasta para mí —dijo Cal riendo.
Como si hubiese presentido que era el tema de conversación, Sebastos Barlowe echó a caminar hacia ellos, con el labio torcido en su habitual mueca horrenda.
—Tendría que haberme imaginado que estaríais los tres aquí...
—¿Haciendo nuestro trabajo, quieres decir? —replicó Kipp con los ojos entornados.
Seb miró a Thea de arriba abajo y se entretuvo con sus curvas.
—Supongo que ser la fulana de un traidor es un trabajo...
Cal se abalanzó, con los puños apretados y en alto, pero Thea alargó un brazo y lo retuvo por el pecho.